Bajo el nombre de Astrid Capítulo 23
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Capítulo 23

Las tres calas del poniente de Eday estaban como él las había dejado en abril, menos la del medio.

Kolbein varó el bote en la del sur, que es la peor, y subió andando por encima de la ladera, porque un hombre que llega por arriba ve lo que hay y un hombre que llega por el agua avisa de que viene.

La del medio tenía fondo de arena y la conocía todo el mundo. Lo que no tenía en abril era un camino.

Había uno ahora. Se veía desde arriba, marcado en la hierba corta, subiendo de la playa a la ladera con dos curvas, y el que lo había hecho lo había hecho con carga, porque la hierba estaba aplastada en un ancho de dos hombres y no de uno.

Se quedó un rato arriba, tumbado en la hierba con la barbilla en las manos, mirando la cala entera.

Lo hacía desde hacía veinte años y siempre por el mismo motivo, que es que una playa cuenta lo que ha pasado en ella durante tres o cuatro semanas y después deja de contarlo. Un recuento se puede repetir en invierno. Una playa no.

Bajó despacio.

En la playa había ocho rodillos nuevos.

Los contó dos veces. Ocho, de abedul, cortados el mismo día, a la misma medida y con el corte todavía claro, que es lo que dura un corte de abedul tres o cuatro semanas y no más.

Estaban apilados contra el borde de la duna y tapados con algas secas, y las algas secas se las había puesto alguien encima, porque las algas no se suben solas cuatro pasos por encima de la marea.

Siguió el camino de la hierba hasta arriba.

En la ladera, metido en el corte del terreno y disimulado con tepes, había un socavón con techo de ramas y encima turba, de los que se hacen para guardar la pesca en verano.

Dentro no había pesca. Había cuatro barriles con la tapa sellada de brea, doce sacos de malta y dos fardos de paño encerado de los que se usan para tapar bancos de remo.

Kolbein se quedó en cuclillas en la puerta del socavón un rato largo.

Doce sacos de malta son la cerveza de veinte hombres durante un invierno largo, o de cuarenta durante medio.

Cuatro barriles sellados de brea son lo que se gasta calafateando dos barcos de veinte bancos, y la brea sellada se guarda porque se seca.

El paño encerado de tapar bancos de remo no lo compra nadie que no tenga bancos de remo que tapar.

Eso no era una despensa. Eso era la mitad de un invernadero de barcos y le faltaba la otra mitad, que es la gente.

Malta se guarda en una isla porque se bebe en esa isla. Malta se guarda en el poniente de Eday, que no tiene casas porque no tiene agua buena, porque alguien va a pasar el invierno ahí.

Contó lo que había. Lo contó dos veces, como contaba siempre, y después salió y contó los rodillos otra vez desde la duna, y después bajó a la orilla y anduvo la playa entera mirando el suelo.

Encontró lo que buscaba en el extremo norte, en la arena dura encima de la línea del agua. Marcas de quilla. Dos. La misma barca entrando y saliendo, o dos barcas pequeñas, y por la separación de las marcas era una barca de seis u ocho remos y no un barco de veinte bancos.

Nadie estaba invernando allí todavía. Alguien estaba preparándolo.

Sacó la vara y lo apuntó todo. Ocho rodillos de abedul, cortados tres o cuatro semanas atrás. Cuatro barriles sellados. Doce sacos de malta. Dos fardos de paño encerado. Dos entradas de quilla de barca chica. Camino nuevo en la hierba, con carga, entre la playa y la ladera.

Lo apuntó como apuntaba el tributo, con el sitio delante y el número detrás, porque una vara que se lee en Birsay dentro de diez días tiene que leerse sola.

Volvió a Birsay el veintinueve de julio con el sol ya bajo.

Subió del muelle por el camino de la izquierda, con el saco al hombro, y no llegó a la puerta de arriba.

Arnkel estaba sentado en el muro de piedra seca del alto, solo, sin capa, como quien ha salido a que le dé el aire.

—Buen viaje —dijo.

—Bueno.

—¿Has estado en Eday?

Kolbein se paró.

—He estado.

—Ya. —Arnkel se bajó del muro—. Anda, ven, que te acompaño y de paso hablamos, que arriba hay setenta personas.

Fueron por el alto, hacia el poniente, con el saco de las varas pesando en el hombro de Kolbein.

Anduvieron veinte pasos sin hablar y en esos veinte pasos Kolbein entendió que aquel hombre lo estaba esperando desde por la mañana, porque un hijo de conde no se sienta en un muro sin capa a última hora de la tarde por gusto.

—Te voy a ahorrar la mitad de la conversación —dijo Arnkel—. Yo sé lo que has visto, porque lo he puesto yo. Ocho rodillos, cuatro barriles, doce sacos y dos fardos. Lo bajó Ottar el de Rendall en dos viajes en junio y le pagué yo.

—Está en el poniente de Eday.

—Está en el poniente de Eday porque me lo dijiste tú en junio, andando por la costa, y te lo agradezco, que me ahorraste tres semanas.

Kolbein siguió andando.

—¿Cuánto llevas con esto? —dijo Kolbein.

—Desde que me dijiste dónde. Junio.

—No. Digo desde cuándo llevas hablando con los de Dublín.

Arnkel se rio.

—Eso no te lo voy a contestar hoy —dijo—. Pero te voy a decir una cosa que es verdad, y es que yo no he traído a nadie a estas islas todavía. No hay un hombre de fuera en Eday. Hay ocho rodillos, cuatro barriles y doce sacos, y eso lo puede tener cualquiera.

—Y dos marcas de quilla.

—De una barca de seis remos que es mía y que lleva el de Rendall. —Miró a otro lado—. Eso es lo que hay hasta hoy, y es lo único que puedes contar, y el que lo oiga va a decir que un hijo del conde ha guardado malta en una isla de su padre.

—Eso es lo que hay hasta hoy.

—Exacto. Ahí está todo el asunto.

—Eso lo tengo que decir.

—Claro que lo tienes que decir. Es tu oficio y mi padre te lo dijo el primer día: lo que oigas me lo cuentas a mí y no a ellos. —Arnkel se metió las manos en el cinto—. Yo estaba delante cuando te lo dijo. Se lo dije yo que te lo dijera.

—¿Por qué?

—Porque un hombre al que le han dicho eso delante de mí es un hombre que después tiene que decidir delante de mí. Y eso vale más que si no se lo hubiera dicho nadie.

Anduvieron un trecho.

—Y ahora te digo lo otro —dijo Arnkel—. Si tú entras esta noche en ese salón y le pones a mi padre esa vara delante, pasan dos cosas.

La primera es que yo lo niego, y luego lo reconozco a medias, y luego resulta que un hijo del conde estaba guardando malta en una isla del conde, que es lo que hacen los hijos de los condes.

Me cae una bronca de las buenas. En tres meses se le olvida, porque tiene sesenta y tantos años y me necesita para todo.

—¿Y la segunda?

—La segunda es que a partir de esa noche mi padre mira.

Arnkel se paró en el alto, donde se acaba la hierba y empieza el canto.

—Ese viejo no ha llegado a los sesenta y tantos en estas islas por ser bueno —dijo—. Cuando empieza a mirar una cosa, mira todo lo que hay alrededor. Y lo que hay alrededor eres tú. Y lo primero que se mira de un hombre es lo último raro que ha hecho.

Kolbein no se sentó con el saco en el hombro.

—Y lo último raro que has hecho tú —dijo Arnkel— es mandarle un recado a una vieja de Sanday, el veintiocho de junio, con Odd, explicándole punto por punto cómo tiene que decir que era de cara una chica que se murió en mayo.

Kolbein no se movió y no dijo nada, y el no decir nada fue lo único que le salió bien en toda la tarde.

—Yo no sé lo que hay debajo de eso —dijo Arnkel—. Te lo digo en serio y te lo digo una vez: no lo sé y no lo quiero saber. Tengo una idea y me la guardo, porque las ideas que no se dicen se pueden cambiar y las que se dicen ya no.

—Se lo has preguntado a ella.

—He hablado con ella esta mañana, sí. Y no le he preguntado nada. —Arnkel se encogió de hombros—. Me gustó, por cierto. Esa mujer negocia mejor que mi hermano.

Kolbein se pasó el saco al otro hombro, porque tenía que hacer algo con las manos.

—¿Qué quieres? —dijo.

—Otra vez esa pregunta. —Arnkel se rio—. Me la ha hecho ella hace seis horas con las mismas palabras. Hacéis buena pareja para lo malo.

—Contéstala.

—Quiero que no le lleves esa vara a mi padre.

—Eso no lo puedo hacer.

—Lo puedes hacer perfectamente. —Arnkel echó a andar de vuelta—.

No te estoy pidiendo que mientas. No te pido que digas que no hay nada.

Te pido que tardes. Cuatro semanas. Tú sigues contando islas, y en septiembre, cuando esté aquí el hombre del rey y se haya cerrado lo de la palabra dada y mi hermano se haya casado, entras en ese salón con la vara y se la lees entera.

—En septiembre ya no sirve.

—En septiembre ya no me sirve a mí, que es de lo que se trata. —Se volvió a medias sin dejar de andar—. Y a ti te sirve, porque en septiembre esa mujer ya está casada con un hijo del conde y a una mujer casada con un hijo del conde no se la cuelga así como así. Eso lo sabes mejor que yo.

Llegaron al borde del patio y Arnkel se paró.

—Piénsalo esta noche —dijo—. No hace falta que me contestes. Si mañana esa vara está leída, yo me como mi bronca y tú te comes lo tuyo. Y si no está leída, no volvemos a hablar de esto en la vida.

Se fue hacia la puerta de arriba silbando, igual que se había ido del salón el día del cargo.

Kolbein se quedó en el borde del patio hasta que se hizo de noche del todo.

Hizo lo que sabía hacer, que era poner las cosas en dos columnas.

En una, que si leía aquella vara esa noche, el conde miraba, y cuando ese viejo mira encuentra, y lo que iba a encontrar era el recado de Odd, y detrás del recado de Odd estaba todo lo demás y estaban doce hombres de Sanday.

En la otra, que si no la leía, en algún momento del invierno iba a haber cinco barcos en el poniente de Eday, y los de Eday iban a perder tres calas y un invierno de pesca, y en las cuarenta casas que él cobraba iba a haber gente preguntándose por qué el hombre del conde no se había enterado.

Y debajo de las dos columnas estaba la cosa que no se podía poner en ninguna, que era que aquel hombre tenía razón: en septiembre ella estaría casada y una mujer casada con un hijo del conde no se cuelga así como así.

Hizo la cuenta tres veces y las tres le salió lo mismo, que es lo que pasa cuando uno ya ha decidido antes de empezar a contar.

Después entró, atravesó el salón sin mirar a nadie, dejó el saco de cuero del conde en el rincón de la pared del norte, donde lo dejaba siempre, y se sentó en el banco.

Antes de tumbarse abrió el saco.

Sacó las varas de Eday, que eran tres: la del recuento de las casas, la de las entregas y la otra.

Las dos primeras las volvió a meter.

La tercera se la puso por dentro del cinto, con lo suyo, al lado del brazalete.