Capítulo 22
—Mi marido quiere hablar contigo.
Ingibjorg lo dijo a media mañana, sin levantar la vista de las llaves, y siguió andando hacia la despensa.
Y con eso bastó, porque en aquella casa nadie decía «quiere hablar contigo» de nadie. Se decía «te llama el conde» o se decía «ven». Aquello era otra cosa y Hild lo notó en el estómago antes que en la cabeza.
El aposento de Arnkel estaba en el lado bueno, pegado al tabique del norte, y era el más grande de los tres que tenían puerta.
Tenía cama de tablas con cortina, dos arcones, un banco con cojines de lana y una rueca en el rincón, y encima del banco había un montón de ropa de crío sin coser y una aguja clavada en un paño.
Olía a madera y a algo dulce que Hild no supo reconocer, y era el único sitio de aquella casa que parecía de alguien.
Ingibjorg entró detrás de ella, se sentó en el banco y cogió la costura.
—Sal un rato —dijo Arnkel.
Su mujer se levantó, dejó la costura donde estaba, salió y cerró la puerta.
Cerró la boca. No preguntó nada. No tardó ni cuatro respiraciones, y Hild estuvo mirando la puerta cerrada y entendió dos cosas: que aquello pasaba en aquella habitación otras veces, y que lo que dijera allí dentro no lo iba a contar nadie de fuera.
—Siéntate —dijo Arnkel—. Ahí, que ahí se está mejor.
Hild se quedó de pie un momento porque no sabía si sentarse era peor.
—Siéntate, mujer, que no te voy a pegar. —Se rio—. En esta casa nadie le ha pegado a nadie desde que yo tengo memoria, y mira que hay motivos.
Se sentó en el banco de los cojines.
Él siguió de pie y no se acercó. Fue a la ventana, que era la única del aposento, un hueco con postigo, y la abrió del todo para que entrara luz.
—Voy a ser rápido y no voy a levantar la voz —dijo—. Y no te va a pasar nada hoy. Eso te lo digo primero porque si no, no vas a oír nada de lo que venga después.
—Te oigo.
—Bien.
Se apoyó en la pared, al lado del hueco.
—El veintiocho de junio, un hombre de esta casa que se llama Odd bajó a Eday con el bote por lo de la madera.
Odd es un buen hombre y lleva doce años aquí y no ha robado nunca nada.
—Arnkel lo decía sin ninguna prisa—. Yo lo que hago es preguntarle a la gente qué ha hecho.
Lo hago con todos, todos los días, y por eso esta casa me aburre tanto como me gusta.
Hild se sujetó una mano con la otra y las dejó quietas.
—Le pregunté qué había hecho en Eday. Me dijo lo de la madera. Le pregunté si había hecho algo más y me dijo que sí, que había cruzado a Sanday a llevar un recado del ármaðr a una vieja.
—Eso no tiene nada de raro.
—Nada. —Arnkel levantó un dedo—. Y esperar a que te acusen antes de defenderte es lo que hay que hacer, y lo estás haciendo bien, así que te lo voy a poner más difícil.
Se separó de la pared y volvió al hueco de la ventana.
Se paró y la miró.
—Y como Odd es un hombre al que le han enseñado a repetir los recados palabra por palabra, me lo repitió palabra por palabra.
Y entonces lo dijo.
—Que si alguien de fuera pregunta por la sobrina de Ormar Hrutsson, se contesta que se llamaba Hild Ketilsdottir, que tenía diecinueve años, que era menuda y morena y muy callada, con la cara redonda y una marca de viruela en la sien derecha, y que no salía de la casa porque estaba delicada del pecho desde chica.
El aposento se quedó muy silencioso.
—Ahí no hay nada —dijo Arnkel—. Eso es lo primero que pensé. Un hombre le manda decir a una vieja lo que tiene que contestar sobre una muerta. Eso no es un delito, eso no es nada, eso es un hombre ordenado.
Se acercó dos pasos y se sentó en el arcón de enfrente, que fue lo más cerca que estuvo de ella en toda la mañana.
—Yo me paso el día haciendo esto —dijo—.
Le pregunto a todo el mundo qué ha hecho y luego me siento aquí a pensar por qué.
La mayoría de las veces no hay nada. Un hombre baja al pueblo y ha bajado al pueblo.
Una mujer va a ver a su madre y ha ido a ver a su madre.
Nueve de cada diez cosas que averiguo en esta casa son lo que parecen y no me sirven para nada.
—¿Y la décima?
—La décima me ha dado todo lo que tengo.
Se apartó de la pared.
—Y luego lo pensé dos veces, que es lo que hago siempre, y me salió esto. Si esa chica murió en esa casa y la enterró esa vieja y la vio media isla, ¿para qué hay que decirle a nadie cómo era de cara?
Hild no movió las manos.
—Eso es todo lo que tengo —dijo Arnkel—. Un recado. No he mandado a nadie a Sanday, porque no me hace falta y porque un hombre que manda a preguntar deja rastro. Y no se lo he dicho a mi padre.
—¿Y a tu hermano?
—Mi hermano tiene tres muescas en una vara apartada contra un arcón desde hace tres semanas y no me ha dicho ni una palabra, así que él sabrá lo suyo.
—Se removió en el banco—. Yo no le cuento a Erlend lo que averiguo.
Erlend cuenta lo que hay y yo cuento lo que va a haber, y son dos oficios distintos.
Hild respiró una vez, despacio.
Le había venido a la garganta lo que se le viene a cualquiera, que es negarlo, y lo que la paró fue una cosa que le había dicho aquel hombre de la barba en una playa de Rousay hacía dos meses. El que se defiende de lo que no le han acusado se está acusando.
Arnkel no la había acusado de nada.
—¿Qué quieres? —dijo.
Fue la primera cosa que dijo en toda la conversación y le salió firme, y por el gesto de él supo que había acertado.
—Eso —dijo Arnkel—. Justo eso. La mitad de la gente me habría dicho que no entiende nada.
—Yo entiendo todo lo que me has dicho.
—Ya lo veo.
Volvió a apoyarse en la pared.
—No quiero nada.
—Eso también me lo dijeron hace poco y era mentira —dijo Hild.
—¿Quién te lo dijo?
—Da igual.
Arnkel se rio, corto.
—No quiero nada hoy —dijo—. Que es distinto. Te lo explico, que te lo has ganado por no llorar, y por aquí ha llorado mucha gente en ese banco.
Cogió la aguja del paño de su mujer, la sacó y la volvió a clavar donde estaba, que fue lo único que hizo con las manos en toda la conversación.
—Yo quiero tres barcos y no los tengo —dijo—.
Mi padre se va a morir y esto se parte en tres, y a mí un tercio no me vale.
Para lo que quiero hacer me hace falta un hombre que conozca todas las islas, que sepa lo que hay en cada cala y a quién le importa cada cosa, y que no pueda decirle que no a nadie.
—Kolbein Ottarsson.
—Kolbein Ottarsson. —Arnkel asintió—. Que es el hombre más difícil de comprar que he conocido en mi vida, porque no quiere tierra, no quiere plata y no quiere quedar bien. Llevo desde mayo mirándolo y no le he encontrado el sitio por donde se coge.
Hild notó adónde iba aquello y llegó antes que él.
—Y ahora se lo has encontrado.
—Ahora se lo he encontrado.
Se quedaron los dos callados. Fuera, en el patio, alguien estaba partiendo leña.
—Yo no valgo para eso —dijo Hild.
—Tú vales exactamente para eso, y lo sabes desde hace dos minutos igual que yo.
—Tú no sabes nada de mí y de él.
—Yo no sé nada y no me hace falta. —Arnkel levantó una mano—.
Un hombre manda un recado a una vieja de Sanday para que diga cómo era de cara una muerta.
Ese hombre está tapando algo y lo está tapando bien, y lo que tapa está sentado en ese banco.
Con eso me basta para lo mío, y lo demás es cosa vuestra y me da lo mismo.
Hild se quedó mirando la costura del banco, que era ropa de crío sin coser, y le contó las puntadas que llevaba dadas Ingibjorg antes de que la mandaran salir. Dieciséis.
Lo hizo porque era lo que hacía siempre y porque le daba dos respiraciones.
Y después hizo la única cosa que se le ocurrió, que fue contar lo otro.
Ella no tenía nada. No tenía tierra, ni parentela, ni plata, ni un solo hombre en aquella casa que pudiera hablar por ella. Tenía tres cosas y dos no valían.
La tercera sí.
—Te voy a decir lo que yo tengo —dijo.
Arnkel levantó las cejas.
—Adelante.
—Yo digo cosas en ese salón y esta casa las repite. —Levantó la cabeza—. En seis semanas he dicho cuatro versos y se los sabe la comarca. Tu padre me pidió el estribillo dos veces la primera noche. Thorbjorg lo canta en las bodas. La mujer de Thorgils de Evie se lo ha enseñado a sus hijos.
—Eso ya lo he visto. Lo vio toda la casa la primera noche.
—Pues mira lo que es. —Hild se puso las manos en las rodillas otra vez—.
En esta casa no escribe nadie. Tú me lo has dicho tú mismo sin decirlo: el que manda a preguntar deja rastro.
Aquí no hay rastro de nada. Lo único que queda de un hombre cuando se muere es lo que se dice de él en voz alta y lo que la gente se aprende.
Arnkel estuvo quieto.
—Sigue.
—Tu padre mató a un hijo de un rey y pagó sesenta marcos de oro, y de eso hace veinte años y ya no se acuerda casi nadie. Menos de una cosa. —Hild lo dijo despacio—. De los cinco versos que hizo después. Esos se los sabe el norte entero y por eso todo el mundo sabe todavía lo que hizo.
—Eso me lo ha dicho mi hermano alguna vez.
—Tu hermano tiene razón. —Se levantó del banco, que fue lo primero que hizo de pie en toda la conversación—.
El día que tú tengas tus barcos, alguien va a tener que decir en voz alta por qué los tienes.
Y va a ser o lo que digan tus hermanos, o lo que diga la gente de Sanday y de Eday cuando les quites las calas, o lo que diga la que se sabe todo y vive en tu casa.
Arnkel la miró un rato largo, y por primera vez en toda la mañana no parecía divertido.
—¿Y qué dirías tú? —dijo.
—Yo no he dicho que fuera a decir nada.
—Te estoy preguntando qué dirías.
—Depende de lo que hagas. —Hild siguió de pie donde estaba—. Si les quitas las calas a los de una isla y les metes barcos dentro, algo se va a decir de todas formas, lo diga yo o no. Eso pasa siempre. La diferencia está en si lo que se dice lo dice alguien que sabe hacerlo.
—Eso es verdad.
—Y la otra diferencia es que lo que se dice en esta casa se acaba diciendo en Noruega, porque aquí entra y sale gente todo el año.
—Eso también es verdad.
Se quedaron los dos callados. Fuera había dejado de sonar el hacha.
—Eso es una amenaza muy bien hecha —dijo.
—No es una amenaza. Es lo que tengo.
—Es lo mismo cuando se dice así.
Arnkel se levantó del arcón.
—¿Sabes lo que te falta? —dijo—. Te falta gente. Tienes la lengua de esta comarca y no tienes un solo hombre que responda por ti. Yo tengo cuarenta y no tengo lengua. Por eso esto de hoy no es una pelea, es una cuenta que sale a favor de los dos si nadie se pone tonto.
—¿Y si me pongo tonta?
—Entonces yo pierdo un verano y tú pierdes el cuello. —Lo dijo sin cambiar la cara—. Eso lo sabes tú igual que yo, así que no hace falta que lo repita nunca más y no lo voy a repetir.
Se apartó de la ventana y fue hacia la puerta, y al llegar se paró con la mano en la tabla.
—¿Sabes lo que más me gusta? —dijo—. Que no me has pedido nada. Podías haberme pedido que no dijera nada y te habría dicho que sí y no te habría servido de nada. Me has enseñado lo que tienes, como se enseña una vara. Eso lo hace muy poca gente.
—¿Y entonces?
—Entonces nada. —Abrió la puerta un palmo—. Cásate tranquila.
Hild dijo la única palabra que le salió.
—Gracias.
Lo dijo de verdad. Eso fue lo peor de todo, que lo dijo de verdad y que lo sintió en el pecho como se siente el alivio, y solo cuando ya estaba fuera, en el pasillo, con la puerta cerrada a la espalda, se dio cuenta de lo que acababa de agradecerle a aquel hombre.
Y en el pasillo estuvo un momento sin acordarse de por dónde se iba a la cocina, en una casa cuyas dos puertas, once vigas, treinta cucharas y treinta y una cuentas entre ámbar y vidrio se sabía de memoria.