Bajo el nombre de Astrid Capítulo 21
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Capítulo 21

La vara la llevaba en el cinto desde hacía cuatro días y no era del conde.

Se la había hecho él en Eday, una noche, con un pedazo de remo partido, y no tenía ninguna muesca de tributo.

Tenía tres marcas largas arriba, que eran tres mareas, y dos cortas debajo, que eran dos días, y en el canto, hacia el final, una cruz, que en la vara del paño quiere decir una pieza y en aquella no quería decir nada más que Caithness.

Un hombre que lleva veinte años anotando lo que hay acaba anotando también lo que no hay. Eso es lo que no se dice de ese oficio.

La había hecho la segunda noche de las islas, cuando ya llevaba dos semanas con el cargo y ya sabía lo que el cargo le daba.

Le daba que podía mover una barca y no dárselo a explicar a nadie.

Le daba dos hombres a sus órdenes, elegidos por él.

Le daba pasar por cualquier casa de cuarenta municipios y preguntar cualquier cosa sin que nadie pensara nada raro, y le daba una bolsa que cobraba en Birsay el primero de cada mes y que no había cobrado todavía.

Le daba, en resumen, lo que hace falta para sacar a una persona de unas islas.

Aquello se le había ocurrido la primera noche y se había pasado la segunda calculándolo, y la tercera había entendido lo que estaba haciendo, que era buscarle una salida a lo que él mismo había atado. Y ni por esas lo dejó.

Volvió a Birsay el veintidós de julio con el recuento de Eday a medio hacer y pidió ver a la mujer de Sogn delante de Ingibjorg, que es como se pide.

—Tengo que hablar con ella de lo de su isla —dijo—. Del descuento del tributo, que lo lleva mi oficio y ella tiene que saber lo que se ha pagado en su nombre.

—Pues habla.

—No aquí.

Ingibjorg lo miró un momento con las llaves en la mano.

—Bajad al embarcadero —dijo—. Y que vaya Kolla detrás.

Bajaron por el camino de la costa con la irlandesa quince pasos atrás, que a aquella distancia no oye nadie si se habla bajo y si sopla el viento, y aquella tarde soplaba.

Era la primera vez que la tenía cerca desde la noche del cobertizo de los barcos.

En el salón se habían cruzado seis o siete veces en tres semanas y se habían dado los buenos días delante de gente, y él había hecho lo que hay que hacer en una casa así, que es mirar a una mujer el tiempo justo.

Ella había hecho lo mismo. Los dos lo habían hecho bien y a Kolbein le había parecido, las seis o siete veces, una cosa sucia.

La miró de lado mientras bajaban. Tenía peor cara que en junio y no era de dormir mal. Era de estar todo el día conteniendo algo.

Kolbein esperó a la tercera curva, que es donde había esperado Ragna.

—Te puedo sacar de aquí —dijo.

Ella no se paró.

—Sigue andando —dijo—. Si te paras, se para ella.

Siguieron andando.

—Dime cómo.

—Ragna Thorgilsdottir tiene un barco chico en Caithness con seis remos, y ese barco cruza el Pentland cuatro veces al mes con el correo de su casa. Yo puedo mandar aviso de que suba a las islas por una carga que yo me invento, porque el que dice qué carga sube y baja soy yo desde hace tres semanas.

—Sigue.

—La noche antes de la boda hay setenta personas bebiendo en ese salón y dos días de fiesta por delante.

—Kolbein hablaba mirando al frente—. Se sale por la puerta de abajo, que no chirría.

Hay tres horas de camino hasta la punta de Marwick andando por la costa.

Y allí hay un barco de seis remos con cuatro hombres que no son de aquí.

—¿Y después?

—Caithness en una noche si el Pentland está. Y de Caithness a Alba por tierra, que son cuatro días, o a Irlanda si sale barco, que sale siempre. Tengo plata para eso. Nueve onzas.

—¿Y los cuatro hombres del barco?

—Cobran y no preguntan. Son de Caithness y no han estado aquí en su vida.

—Cobran y no preguntan hasta que alguien les paga más.

—Eso es verdad de cualquier hombre.

—Eso es verdad de cualquier hombre y por eso no se le da a cuatro una cosa que solo pueden saber dos. —Hild seguía andando—. ¿Y Ragna Thorgilsdottir?

—Ragna no sabe nada y no tiene por qué saberlo. Yo pido que suba el barco y el barco sube.

—¿Y cuando se pregunte por ese barco?

—Contestaré yo.

—Contestarás tú. —Ella asintió despacio—. Sigue.

Hild anduvo un trecho sin decir nada.

—Sigue —dijo.

—En Alba hay casas grandes que cogen a una mujer que sabe trabajar y no preguntan de dónde viene, porque allí viene todo el mundo de algún sitio. —Se pasó la mano por la barba—. Y tú te pones el nombre que quieras. Ese es el único sitio del mundo donde te puedes poner el tuyo.

Eso último lo dijo peor de lo que quería y se dio cuenta al decirlo.

—¿Y tú? —dijo ella.

—Yo me quedo hasta septiembre, digo lo que haya que decir, aguanto lo que caiga y bajo en el invierno.

—Eso no es un plan. Eso es lo que dice el que se queda.

—Es lo que hay.

—Dime una cosa —dijo Hild—. ¿Cuántas veces lo has contado?

—¿El qué.

—Todo esto. La marea, las horas, los remos, la plata. ¿Cuántas veces lo has contado entero?

Kolbein tardó.

—Cuatro noches.

—Y las cuatro te ha salido.

—Las cuatro me ha salido.

—Pues es la primera vez que te oigo contar algo cuatro veces y no decirme el número que sale. —Hild lo miró de lado—. Cuando cobras un tributo dices los barriles. Cuando miras un cuerpo dices la hora. Llevas cuatro días con esto y no me has dicho ni una vez lo que cuesta.

Llegaron al alto desde donde se ve el embarcadero y ella se paró, y quince pasos detrás Kolla se paró también y se puso a mirar el agua.

—¿Puedo hablar ya?

—Habla.

—El día que yo no esté en esa casa, se abre todo otra vez.

—Hild lo dijo despacio, como quien lee una cuenta en voz alta para que el otro la compruebe—.

La mujer de Sogn ha desaparecido antes de la boda.

Eso no es una mujer que se fuga, eso es una palabra dada que no se ha cumplido, y hay un hombre del rey que llega en septiembre a comprobar si se cumplió.

—Eso lo he pensado.

—Pues dímelo tú, a ver si lo has pensado igual que yo.

—Dirían que la mujer de Sogn se ha ido con alguien.

—Eso dicen el primer día. —Hild negó con la cabeza—.

Al tercero, alguien pregunta con quién, y en esta casa hay setenta personas contando lo que hace todo el mundo.

Y al cuarto, alguien se acuerda de que el ármaðr de las islas del norte no estaba en el salón dos noches antes, o de que un barco de Caithness subió por una carga que no ha visto nadie.

Kolbein siguió andando.

—No lo has pensado hasta el final. —Le puso la mano en el antebrazo un momento y la quitó enseguida—.

Si no aparezco, se pregunta. Y lo primero que se pregunta es dónde desembarcó y quién la vio, y eso lleva a Sanday.

Y en Sanday hay doce hombres que juraron una cosa, y no juraron que yo fuera nadie.

Juraron que se murió una mujer que no se murió.

—Los juramentos de Sanday no los va a mirar nadie si tú apareces muerta.

Hild se quedó quieta.

—Ahí vamos —dijo—. Dilo.

Kolbein tardó.

—Se puede hacer de otra manera —dijo—. En vez de irte, te ahogas. Sales de noche, el mar se lleva a una mujer al agua en esta costa doce veces al año, no aparece el cuerpo y no tiene que aparecer, porque aquí no aparecen. Se acabó la boda, se acabó la pregunta y nadie busca a nadie.

—¿Y los doce de Sanday?

—Los doce de Sanday juraron que murió una sobrina en mayo y eso nadie lo va a tocar, porque la que importa se ha muerto en julio delante de setenta personas.

Hild se quedó mirando el mar un rato largo.

—Está bien pensado —dijo.

—Llevo cuatro días pensándolo.

—Está muy bien pensado y tiene un agujero, y tú lo sabes desde el primer día, y por eso me lo has contado el segundo y no el primero.

Kolbein dejó pasar eso.

—Si esa mujer se ahoga en julio —dijo Hild—, la palabra dada se ha roto. No se ha roto en Sanday, se ha roto aquí, en Birsay, dos meses después, con el hombre que respondía por ella durmiendo a doscientos pasos y con el cargo de todas las islas puesto.

—Sí.

—Entonces el que responde no pierde dos vacas. El que responde ha cogido a una mujer del rey, se la ha traído a la casa de su señor y la ha dejado ahogarse la víspera de su boda, teniendo el oficio de cuidar que eso no pasara.

—Sí.

—Dilo tú.

—Lo pago yo —dijo Kolbein—. Entero.

—Con el cuello.

—Con lo que decidan. Probablemente con el cuello.

Hild se apartó un paso y se volvió a poner donde estaba, que es lo que se hace cuando se quiere ir y no se puede.

—Y me lo ibas a dejar hacer.

—Te lo iba a ofrecer y tú ibas a decir que sí o que no.

—Sin contarme esa parte.

—Te la he contado.

—Me la has contado porque te la he sacado.

—Le había subido la voz un punto y la bajó enseguida, porque Kolla estaba a quince pasos—.

Llevas desde mayo diciéndome que esto lo haces por ti.

Me lo dijiste en un cobertizo de redes en Sanday y me lo repetiste hace dos semanas en un cobertizo de barcos.

Y ahora resulta que el plan que has hecho en cuatro noches acaba contigo colgado y conmigo en Alba poniéndome el nombre que me dé la gana.

—Eso no cambia lo que dije.

—Eso cambia todo lo que dijiste.

Se quedaron los dos callados. Abajo, en el embarcadero, dos hombres estaban dando la vuelta a una barca.

—No lo vamos a hacer —dijo ella.

—Píensalo.

Kolbein miró el agua.

—Tú tienes veintitrés años —dijo.

—Ya sé los que tengo.

—Digo que tienes veintitrés años y que esto se acaba de una de dos maneras, y en la buena te quedas cuarenta años en esa casa criando hijos de un hombre que no sabe cómo te llamas. Eso es lo bueno. Eso es lo que estamos peleando.

—Ya sé lo que estamos peleando.

—No me parece que lo sepas.

—Lo sé desde la noche del trece de mayo, cuando me puse ese vestido.

—Hild se volvió hacia él por primera vez desde que habían empezado a bajar—.

Yo no me lo puse para vivir bien. Me lo puse para que no colgaran a mi tío.

Lo que viene después es lo que hay, y lo que hay es una casa grande, un hombre callado y cuarenta años. Hay gente que tiene menos.

—Eso no te lo crees ni tú.

—No, no me lo creo. —Se apartó el pelo de la cara—. Pero me lo digo todas las noches y algunas noches funciona.

Se quedaron un momento sin hablar.

—Lo he pensado mientras lo decías, que es lo que hago yo con todo. —Hild se ajustó la capa—. Y te voy a decir lo que hay, que es más feo que tu plan y es más barato. Yo me caso en octubre. Yo aguanto a Vigfus en septiembre. Y si un día se cae, se cae conmigo dentro, que es donde tiene que caerse.

—Si se cae, yo caigo igual.

—Tú caes por haber callado. Eso es una cosa. —Se volvió y echó a andar cuesta abajo—. Lo otro sería que cayeras por algo que has hecho tú para salvarme a mí, y eso ya no te lo consiento, porque entonces la que te ha matado soy yo y no ellos.

Kolbein la siguió tres pasos por detrás, que es como iba a tener que andar detrás de ella durante los dos meses siguientes.

—Una cosa más —dijo ella sin volverse.

—Dime.

—No me lo vuelvas a ofrecer.

—¿Por qué.

—Porque la próxima vez a lo mejor digo que sí.

Aquella noche, en el muelle, Kolbein sacó del cinto la vara de las tres mareas y los dos días y la cruz del final, y la partió con las manos, que se parte fácil porque era un pedazo de remo viejo.

Tiró los dos trozos al agua por separado, que es como se tira lo que no se quiere que vuelva junto.