Capítulo 20
Se enteró por Ingibjorg, contando manteles.
—Otoño —dijo Ingibjorg—. Dos bodas este año en esta casa y las dos después de la siega, que no sé de dónde voy a sacar sábanas.
—¿Dos?
—La tuya y la del hombre de tu isla. —Puso un mantel doblado encima del montón—. El de la barba. Kolbein.
Hild siguió contando cucharas, que era lo que le habían dado que hacer.
—Le han dado el cargo de todas las islas esta mañana —dijo Ingibjorg—. Y con el cargo, a la viuda de Caithness. Tres barcos.
—Ya.
—Es un buen trato para él. —Ingibjorg se paró a mirar un mantel al trasluz—. Y para ella también, que a los treinta y cuatro y sin hermanos o te casas tú o te casan.
Hild contó las cucharas dos veces y las dos veces le salió veintinueve, que no podía ser, porque eran treinta.
A la tercera le salió treinta.
—¿Y ella qué tal? —dijo Hild, porque había que decir algo.
—Buena mujer. —Ingibjorg doblaba y ponía—. De las que hablan claro. A mí esas me cansan y me fío de ellas, que es lo que pasa siempre.
—¿Y él?
—Él es de tu isla, tú sabrás. —Ingibjorg levantó la vista del mantel—. ¿Lo conocías de antes?
—De once días al año. —Hild puso una cuchara en la caja—. Venía a cobrar y se iba.
—¿Y qué tal cobraba?
—Bien. Mejor que el que traía con él.
—Eso es lo que dice todo el mundo. —Ingibjorg volvió al montón—. En esta casa, cuando se habla de él, se dice siempre lo mismo y con las mismas palabras, que es la mejor señal que hay de que un hombre no ha hecho nada raro en nueve años.
Hild puso treinta cucharas en la caja y cerró.
—Es un hombre serio.
—Eso me ha parecido. —Ingibjorg cogió el último mantel—. Serio y con suerte. Un hombre así, a los treinta y nueve, con una casa de dos vacas, se muere teniendo una casa de dos vacas. Y en una semana tiene cuarenta municipios y tres barcos.
—Sí.
—A mi marido no le ha sentado del todo bien, aunque fue idea suya. —Ingibjorg se rio con la nariz—. Eso pasa con las ideas de mi marido.
El resto del día lo pasó bien. Hiló mal por la mañana, comió en el banco, estuvo por la tarde con Ingibjorg y las llaves y aprendió dos puertas más. Contestó a lo que le preguntaron y preguntó lo que hacía falta preguntar. No le tembló la voz en ningún momento y no se equivocó en nada.
A media tarde, Erlend cruzó el salón con dos varas y la saludó con la cabeza al pasar, y ella le devolvió el saludo, y él siguió hacia el aposento de las cuentas y ella estuvo pensando que aquel hombre le iba a preguntar algún día por qué su prometida tenía los ojos rojos y que tendría una respuesta preparada, y que eso era lo que era su vida ahora.
Por la noche se acostó en su sitio del banco de las mujeres, de cara al tabique, y estuvo despierta hasta que se apagaron los dos fuegos y hasta que la casa hizo el ruido que hace una casa cuando duermen setenta.
Entonces se levantó.
Se quedó tumbada un rato largo haciendo la única cuenta que le quedaba por hacer.
Podía no bajar. Eso era lo primero y era lo más fácil.
Podía quedarse ahí de cara al tabique, dormirse a las dos horas, levantarse por la mañana y no hacer nada de lo que iba a hacer, y en octubre casarse con un hombre que le movía los bancos sin decir nada y que no iba a preguntarle nunca por qué lloraba, y vivir cuarenta años en aquella casa siendo alguien que no existía.
Eso se podía. Eso lo hacía media isla de la que venía.
Se levantó.
Salió por la puerta de abajo, que es la que no chirría, y bajó al muelle por el camino de la izquierda, descalza y con los zapatos en la mano, porque los zapatos en la piedra suenan.
Era julio y no era de noche del todo. A esa hora, allí, no lo es nunca.
El cobertizo de los barcos estaba vacío, que es lo que están en verano.
Es un caballete largo y bajo, abierto por el lado del agua, con el suelo de rodillos gastados y las paredes llenas de cabos y remos colgados y dos barcas viejas del revés al fondo.
Olía a brea y a cuerda y al agua que queda debajo de las piedras cuando baja la marea.
Kolbein estaba sentado en una de las barcas del revés, con la espalda contra la pared.
No se sorprendió. Levantó la cabeza cuando ella entró y se quedó mirándola y no dijo nada, que fue peor.
—Me lo ha dicho Ingibjorg —dijo Hild.
—Iba a decírtelo mañana.
—Ya lo sé.
Dejó los zapatos en el suelo y no se sentó a cuatro pasos, con la falda mojada del rocío de la hierba hasta media pantorrilla.
Estuvieron un rato sin decir nada. Fuera, el agua daba en las piedras despacio, que en julio y con aquella calma es lo único que se oye en todo Birsay.
—¿Por qué has dicho que sí?
—Porque si decía que no, en agosto estaría en Stronsay.
—Eso ya me lo imaginaba. —Hild se cruzó los brazos—. Te he preguntado por qué.
Kolbein se pasó la mano por la barba.
—Porque me quedo.
—Dilo entero.
—Porque me quedo cerca de ti hasta que esto se acabe de una manera o de otra, y para quedarme cerca de ti he tenido que decirle que sí a una mujer que no me ha hecho nada. —Bajó las manos—. Eso es lo que he hecho esta mañana. Lo he hecho con la cabeza fría y lo volvería a hacer.
Hild descruzó los brazos.
Anduvo los cuatro pasos y se paró delante de él, y como él estaba sentado en la barca y ella de pie, por una vez lo tenía más abajo.
—Levántate.
Kolbein se levantó.
—No —dijo, antes de que ella dijera nada—. Escúchame primero y luego haces lo que quieras.
—Di.
—Te casas en tres meses con el hijo de un conde. Y el día de esa boda tiene que haber una mujer intacta, porque si no la hay, se deshace el contrato, y si se deshace el contrato se mira todo otra vez desde el principio, y lo que hay al principio es una palabra dada y dos hombres que responden.
—Ya lo he pensado.
—No lo has pensado hasta el final.
—Lo he pensado hasta el final tres veces. —Hild no se movió—. Óyeme tú a mí ahora.
Y se lo dijo.
—Si esto se descubre, se descubre por el nombre.
Por el nombre y por las manos y por una vieja de Sanday con setenta años que se vaya de la lengua, o por Thorbjorg, o por una pregunta que haga alguien en agosto.
Por eso me cuelgan, o me hagan lo que me hagan.
Esto de ahora no añade una cuerda. Es la misma.
—No es lo mismo.
—Para lo que me va a pasar, es lo mismo, y tú lo sabes porque llevas veinte años contando estas cosas.
—Se le acercó un paso más—. Y hay otra cosa y te la voy a decir también.
Llevo dos meses siendo una cuenta. Me han pesado, me han contado, me han puesto precio delante de trescientas personas y me lo han dicho en onzas, y no he decidido nada en dos meses, ni lo que me pongo ni cómo me peino ni cómo me llamo.
Kolbein tardó.
—Esto lo decido yo —dijo ella—. Esta noche y aquí. Y si dices que no, me voy y no hablamos de esto nunca más y mañana seguimos.
—No voy a decir que no.
—Pues dilo bien.
—No quiero decir que no.
Fue ella la que le puso las manos en el pecho otra vez, como en la bodega de la turba, y esta vez le buscó el cinto y le sacó la hebilla, y él le sujetó las dos muñecas un momento, no para pararla sino para tener algo que hacer, y luego se las soltó.
Lo de después fue lento porque lo hizo ella lento.
Le quitó el cinto y lo dejó en el suelo, y sonó la hebilla en la piedra y los dos se quedaron quietos un momento escuchando la casa de arriba, que no oyó nada porque estaba a doscientos pasos.
Él le desabrochó los broches. Le costó los dos, el izquierdo más, y ella no se los desabrochó porque quería ver cómo lo hacía. Los dejó encima de la regala de la barca del revés, boca arriba, con la aguja hacia dentro.
La lana roja cayó donde caen las cosas.
Tenía las manos ásperas de la cuerda y del remo y las tenía frías del principio, y a ella eso le pareció bien, porque las suyas eran iguales. Nada de lo que hicieron aquella noche lo hicieron con manos de gente que no trabaja.
Ella marcó el paso todo el rato y él se dejó llevar donde iba, y las dos o tres veces que quiso ir más deprisa ella le puso la mano abierta en el esternón y esperó, y él esperó.
Le dolió al principio y después dejó de dolerle, y en algún momento se le fue el miedo entero por primera vez en dos meses, y estuvo un rato sin ser nadie de los dos nombres.
Hicieron poco ruido. En un sitio así no se puede.
Después se quedaron en el suelo del cobertizo, encima de la capa de él, con los rodillos clavándose por debajo, y ninguno dijo nada durante lo que tardó la marea en subir un palmo por las piedras de fuera.
—Se va a notar —dijo él.
—No se nota.
—En la boda hay mujeres que lo saben ver.
—Ya lo sé. —Hild se incorporó sobre un codo—. Lo sé desde antes de bajar. Y he bajado igual.
Kolbein estuvo mirando el techo del cobertizo.
—Ahora hay dos —dijo.
—Hay dos.
—Y la segunda la he hecho yo tanto como tú.
—La segunda la he hecho yo y tú has estado aquí. —Hild se sentó del todo y empezó a buscar la camisa a tientas—. No te la lleves también.
—¿Te arrepientes? —dijo ella.
—No.
—Dilo entero, que te lo estoy preguntando en serio.
Kolbein se incorporó y se quedó sentado con la espalda contra la barca del revés.
—No me arrepiento de esto —dijo—. Me arrepiento de todo lo demás y de esto no. Y la que tiene que arrepentirse eres tú, que eres la que se juega el cuello en octubre.
—Yo tampoco.
—Pues ya está.
—Ya está.
Se quedaron un rato más. Fuera, el agua había subido lo suyo y ya se oía debajo de las piedras del embarcadero, que es un ruido que hace glu y que no lo hace cuando está baja.
—Se me va a hacer raro —dijo él.
—¿El qué.
—Verte en ese salón mañana y decirte buenos días.
—A mí ya se me hace raro todo. —Hild se rio, muy bajo, y fue la primera vez que se reía desde el catorce de mayo—. Tú por lo menos solo tienes que decir buenos días. Yo tengo que decirlos en noruego.
Se vistieron sin prisa y sin mirarse, y ninguno de los dos quería que se acabara mientras estuvieran todavía haciendo algo.
Ella se prendió los broches sin verlos, como la primera noche.
—Una cosa —dijo, cuando ya estaban los dos de pie.
—Dime.
—Dilo.
Kolbein aguantó quieto.
—Dilo una vez —dijo ella—. Aquí no hay nadie. No lo has dicho nunca, ni en Sanday. Me llamaste Ketilsdottir cuatro veces y se acabó.
Él no lo dijo.
—Si lo digo una vez, lo voy a decir otra —dijo—. Y la otra va a ser en esa casa, a las tres de la tarde, con gente delante. Así es como se cae la gente. No se cae por lo grande.
Hild se agachó a por los zapatos.
—Ya —dijo.
Y no dijo nada más.