Capítulo 19
—Siéntate, que esto es largo.
El conde estaba solo en el salón, que a esa hora de la mañana pasaba una vez al mes, y tenía al lado un cuerno de leche cuajada que no había tocado.
Kolbein se sentó enfrente. Un criado le puso delante otro cuerno y lo retiró sin que se lo pidiera nadie, porque en aquella casa los criados sabían cuándo una conversación no era de beber.
—Te voy a dar las islas —dijo Torf-Einar.
—¿Cuáles.
—Todas. —El conde se movió en el banco—. Ahora mismo tengo cuatro hombres cobrando en cuatro pedazos y los cuatro me cuentan lo suyo y ninguno me cuenta lo del de al lado. Eso vale mientras yo pueda andar. Hace dos años que no ando.
—Tú andas.
—Yo no ando, yo salgo a la puerta. —Se le puso el ojo malo más entrecerrado—. Quiero un hombre encima de los cuatro. Uno que vaya a todas partes, que cuente lo que le cuentan y que me diga a mí lo que cuadra y lo que no. Tú.
Kolbein se quedó un momento sin contestar.
Era el puesto. Era el puesto que no se pide y que se da una vez cada veinte años, y era mucho más de lo que un hombre de Hamnavoe podía esperar de una vida.
—¿Por qué yo?
—Porque no me lo has pedido nunca. —El conde se rascó por debajo de la barba—.
Llevo cuarenta años dando cosas. Cargos, tierras, barcos, mujeres.
Y en cuarenta años solo he visto dos clases de hombre: el que me lo pide y el que se pone donde yo lo vea.
Tú llevas nueve años sin hacer ninguna de las dos.
—He venido a pedirte trabajo hace diez días.
—Trabajo. Has venido a pedirme trabajo, que no es lo mismo.
—Levantó un dedo—. Y además, porque llevas nueve años cobrando en las peores islas y no me ha llegado nunca una queja, ni tuya ni contra ti.
—El conde levantó un dedo—. Y porque este año has hecho una cosa que no había hecho nadie, que es leerme delante de setenta personas una lista de lo que había puesto un municipio de su bolsillo y pedirme que se lo devolviera.
Eso no se le ocurre a un hombre que quiere quedar bien conmigo.
Eso se le ocurre a un hombre que quiere quedar bien con la isla, y a mí me sirven los dos, pero el segundo me dura más.
—¿Y de quién ha sido la idea?
Torf-Einar lo miró.
—¿La idea de qué.
—De dármelo a mí.
—De mi hijo mayor. —Lo dijo sin ningún cuidado—. ¿Y qué? A mi hijo mayor se le ocurren tres cosas al día y dos son buenas. Esa es de las buenas.
Kolbein asintió despacio.
—Dime lo que cobra el que hace eso —dijo.
—Lo que cobras ahora y la mitad otra vez. Y dos hombres a tu cargo, que los eliges tú, y no me los traigas de Sanday.
—Nefsteinn.
—Nefsteinn es de los que hay que tener donde se le vea. —El conde bajó la vista al cuenco—. Si te parece, se queda contigo. Si no, lo mando a Shetland, que es donde mando lo que no quiero mirar.
Kolbein se lo pensó dos respiraciones.
—Se queda conmigo.
—¿Por qué?
—Porque cuenta mal y ya sé exactamente de qué manera cuenta mal. Uno nuevo tendría que aprendérmelo.
Torf-Einar se rio, corto y seco, con un ruido que se le quedó en el pecho.
—Esa es la mejor razón que me han dado este año para quedarse con un inútil —dijo—. Hay más.
—Ya lo sé que hay más.
—Ya lo sé que hay más.
—Pues entonces no me hagas decirlo bonito.
—El conde cogió el cuerno de leche y lo volvió a dejar—.
Un hombre que anda todas mis islas no puede ser un hombre con una casa de dos vacas en Hamnavoe, porque el primero que lo vea llegar sabe lo que vale y lo compra con cuatro ovejas.
Tiene que ser un hombre con algo detrás.
—Ragna Thorgilsdottir.
—Ragna Thorgilsdottir. Tres barcos, casa en Caithness y ni un hermano vivo. —El conde abrió una mano y la cerró—. Y no es fea y no es tonta, que a tu edad es más de lo que le toca a nadie.
—¿Y ella qué dice?
—Ella dice que sí despacio, que es lo que dicen las viudas con barcos.
Kolbein se rio por la nariz antes de poder evitarlo, y el conde levantó una ceja y no preguntó.
—¿Y si digo que no? —dijo Kolbein.
—Si dices que no, te vuelves a las islas del norte en agosto y sigues cobrando en Sanday y en Eday once días al año hasta que te canses o hasta que me muera, lo que pase antes. —El conde no lo dijo de mala manera—. Y no te lo tengo en cuenta. Un hombre puede no querer.
—¿Y el cargo?
—El cargo se lo doy a otro. A Ingimund, probablemente, que cuenta peor que tú y que se lleva bien con mis tres hijos, que es justo lo que no quiero.
—Entonces no se lo vas a dar a Ingimund.
—Se lo voy a dar a Ingimund si tú dices que no, porque no hay más. —Torf-Einar se encogió de hombros—. Yo no elijo entre cuatro. Yo elijo entre el que hay y el que queda.
Ahí estaba el sitio donde había que decidir y Kolbein lo hizo mientras el viejo se acababa de acomodar en el banco.
Si decía que no, volvía a las islas del norte en agosto.
Volvía a once días al año en aquella casa.
Y en aquella casa se quedaba una mujer de veintitrés años con una liberta preguntando en Sanday, un segundo hijo apartando varas contra un arcón, un escribiente comprado que no sabía por qué, y un hombre del rey llegando de Noruega antes del otoño.
Y no era solo eso. Si él se iba en agosto, el que respondía por ella en estas islas seguía siendo él y estaría a dos días de mar.
Un fiador que no está es un fiador que no sirve. Eso se lo había dicho a Ormar en su propia cocina el veintinueve de abril, con otras palabras.
Si decía que sí, se quedaba. Se quedaba en aquella casa hasta las noches de invierno, con un cargo que le daba un motivo para estar en todas partes y para preguntar cualquier cosa a cualquiera, que es lo que le hacía falta y lo que no podía pedir.
Y si decía que sí, se quedaba.
Eso era todo el cálculo y no había otro, y lo peor de todo era que el cálculo daba el mismo resultado que las ganas, que es la manera que tienen los hombres de no enterarse de lo que están haciendo.
—¿Cuándo? —dijo.
—El cargo, ahora. Lo otro, en otoño, que en la siega no se casa nadie.
—¿Y si ella dice que no?
—No va a decir que no. —El conde se rascó la barbilla—. Y si lo dice, tú te quedas con el cargo igual y yo me busco la manera de los barcos por otro lado, que para eso tengo tres hijos y uno todavía sin casar.
Kolbein levantó la cabeza.
—¿Thorfinn?
—Thorfinn tiene diecisiete años y una mujer de treinta y cuatro se lo comería vivo, y ella lo sabe y yo también. —Torf-Einar hizo un gesto con la mano—. Lo digo por decir. Uno no pone todo en la misma cuerda.
—Entonces sí.
—¿Al cargo o a lo otro?
—A las dos cosas.
El conde estuvo mirándolo un momento más de lo que hacía falta.
Torf-Einar lo miró un rato largo.
—No has preguntado lo que cobras.
—Lo cobraré.
—Eso lo he oído decir dos veces en mi vida —dijo el conde— y las dos veces era mentira. La tuya no sé.
Se levantó del banco, que le costó, y le hizo un gesto a un criado para que le trajera lo que fuera.
—El brazalete —dijo—. El de todas las islas es más ancho que el tuyo y no lo tengo hecho. Te lo hago para las noches de invierno y hasta entonces llevas el que llevas, que ya lo conoce todo el mundo.
—Ya.
—Una cosa más y ya te dejo.
—Di.
—¿Por qué sigues aquí?
Kolbein no se movió.
—Me mandaste quedarme.
—Te mandé quedarme hasta que llegara el hombre del rey, y eso es en septiembre, y estamos en julio.
—El conde lo miraba con el ojo bueno y lo tenía muy fijo para ser de un hombre de sesenta y tantos—.
Un hombre con casa vuelve a su casa a segar.
Todo el mundo vuelve a segar. Tú tienes tierra de arriba en Hamnavoe y no has dicho ni una vez que te vas a segarla.
—La siega la puede hacer el hijo de Skaill.
—La puede hacer. —Torf-Einar se acomodó en el banco—. Yo he tenido en esta casa a muchos hombres que no querían irse a su casa, y siempre ha sido por una de tres. O debían dinero, o tenían miedo de algo, o había una mujer. Y de las tres, la única que no se arregla es la tercera.
—Ya.
—No te lo estoy preguntando. —El conde levantó la mano—. Te lo estoy diciendo para que sepas que lo pienso. Y para que si un día resulta que es la tercera, te acuerdes de que yo lo pensé en julio y aun así te di las islas.
Kolbein miró el suelo del salón.
—¿Y por qué me las das entonces?
—Porque también he tenido en esta casa a muchos hombres a los que nunca les pasó nada, y ninguno me sirvió para nada. —No añadió nada—. A un hombre al que no le importa nada no le puedes pedir que cuente bien. Le da igual.
—Y a partir de mañana andas con la boca cerrada delante de mis hijos, los tres.
—El conde siguió de pie, apoyado en el banco—.
El que anda todas mis islas oye cosas. Y las cosas que oiga me las cuenta a mí, no a ellos, y si alguna vez tiene que elegir entre contármelas a mí o quedar bien con el que va a heredar, que se acuerde de que el que se las ha dado he sido yo.
—¿Eso es un aviso?
—Eso es el contrato.
Kolbein salió del salón por la puerta de arriba y anduvo hasta el alto, donde no había nadie.
Se sacó el brazalete de dentro de la manga.
Era de plata, ancho de dos dedos, con la banda lisa de tanto llevarlo por dentro del paño, y lo tenía desde hacía nueve años.
Se lo dio el mismo hombre que acababa de darle todas las islas, en el mismo salón, un día de invierno en que él tenía treinta años y su mujer llevaba dos años muerta y le daba lo mismo todo.
Acababa de comprar cinco meses al lado de ella.
Los había comprado con una mujer de Caithness que no le había hecho nada a nadie y que solo quería seguir fletando barcos.
Hizo la cuenta entera de pie en el alto, porque era lo único que sabía hacer con una cosa así.
En el otro lado estaba el cargo, que era lo que un hombre como él no consigue en una vida.
Estaban los dos hombres a su mando. Estaba el brazalete ancho que le iban a hacer para las noches de invierno y que se iba a poner delante de cuarenta municipios.
Estaba Hamnavoe, que dejaba de ser una casa de dos vacas y pasaba a ser la casa de alguien.
En este lado estaba una mujer de treinta y cuatro años que le había dicho a la cara lo único que le pedía, que era no quedarse en medio.
Y estaba lo otro, que no tenía nombre y que él no se lo iba a poner.
Se lo volvió a meter por dentro de la manga.
Le costó, porque el paño de la manga estaba húmedo y la plata agarra. Cuando lo tuvo puesto se bajó el puño y estuvo un rato más en el alto, mirando el sound, hasta que empezó a subir gente por el camino de abajo y tuvo que volver a ser un hombre que no estaba haciendo nada.