Bajo el nombre de Astrid Capítulo 18
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Capítulo 18

Lo intentó tres veces y las tres se le fue.

La primera fue en el patio, a media mañana.

Lo vio pasar hacia el establo y echó a andar detrás con un cesto vacío en la mano, que es la mejor manera de andar por una casa sin que nadie pregunte a dónde vas, y a los quince pasos se le puso al lado la mujer de uno de los patrones de Evie, que había venido a devolver una fuente y que llevaba dos días buscando conversación.

La segunda fue en la puerta de abajo. Él estaba allí solo, hablando con Odd, y ella esperó a que Odd se fuera, y cuando Odd se fue apareció Ingimund con dos hombres.

Hild se paró en el hueco de la puerta, oyendo a Ingimund contar lo que había que hacer con una partida de madera, y se dio cuenta de que aquello no era mala suerte.

En una casa de setenta personas no hay mala suerte. Hay setenta personas.

La tercera fue la peor, porque lo tuvo a dos pasos en el salón, delante del fuego del norte, con sesenta personas cenando, y estuvieron los dos ahí de pie tres minutos sin poder decirse nada que no pudiera decirse delante de sesenta personas, y lo que dijeron fue del tiempo.

En aquella casa no había cinco minutos.

Los había para otras cosas. Ingibjorg y su marido tenían un aposento con puerta.

El conde tenía el banco del medio y un rincón detrás del tabique.

Erlend tenía el aposento de las cuentas.

Los hombres se iban al establo o se iban a la orilla, y dos que quisieran hablar de algo se metían en el hueco de las redes y nadie preguntaba nada, porque eran hombres.

Lo que no había eran cinco minutos para una mujer contratada.

Eso era lo que nadie le había explicado y lo que había tardado cinco semanas en aprender.

En Sanday se podía estar solo. Bajabas a la orilla y estabas sola, o ibas a por turba y estabas sola, o te quedabas la última en la cocina.

Allí no. Setenta personas dentro de un caballete, un patio con gente cruzando a todas horas, dos puertas vigiladas por costumbre y no por orden, y una mujer contratada a la que además miraban.

Y ella tenía que decirle una cosa.

Tenía que decirle que Erlend le había preguntado por la correa del nudo y que ella había contestado que se le había perdido sin saber cuándo, porque si alguna vez alguien le preguntaba a él por lo mismo, tenía que decir lo mismo. Eso era todo. Era una frase.

Al cuarto día fue a por turba.

No le tocaba. Hacía cinco semanas que no le tocaba nada, y la turba la traía Kolla, o la traía una de las mujeres del banco, o la traía quien pasara. Pero aquella tarde el cesto de al lado del fuego de las mujeres estaba vacío y no había nadie cerca, y Hild lo cogió y salió por la puerta de abajo.

La bodega de la turba estaba detrás, pegada al establo, medio metida en la ladera, con el techo bajo y una puerta de tablas que no cerraba del todo. Dentro estaba fresco y olía a tierra y a humo de antes.

Se puso a llenar el cesto.

Lo hizo bien y lo hizo deprisa, como se hace cuando se ha hecho mil veces, y por primera vez en cinco semanas tuvo las dos manos ocupadas en algo que sabía hacer. Cogió de abajo, que es de donde se coge. Puso los tepes de canto para que cupieran más.

Cuando llevaba medio cesto se dio cuenta de que estaba llorando, y se le pasó enseguida, y se limpió con el antebrazo porque tenía las manos negras.

Le llevó menos de lo que quería. Se quedó mirando el cesto lleno con las manos negras y pensó en volver a vaciarlo para llenarlo otra vez, y se dio cuenta de lo que estaba pensando y estuvo parada en mitad de la bodega, avergonzada de una manera nueva.

Kolbein entró cuando iba por el cesto entero.

—Me han dicho que habías salido.

—¿Quién?

—Ingibjorg, que cuenta todo lo que se mueve en esta casa.

Se quedó en la puerta, con la luz detrás, y no entró del todo.

—Esto no lo tienes que hacer tú.

—Ya lo sé.

—Si te ve alguien.

—Que me vea. —Hild se enderezó—. Una mujer de Sogn que coge un cesto de turba es una mujer que quiere ayudar. Eso es lo que van a decir. Lo sé porque llevo cinco semanas oyendo lo que dicen de todo.

Kolbein entró y empujó la puerta con el talón hasta dejarla a un palmo.

—Dime lo que me tengas que decir, que llevas cuatro días detrás de mí.

—El hijo del conde me preguntó por una correa de cuero con un nudo, de las tres cosas que sabía. Y yo le dije que la había tenido toda la vida y que se me perdió sin saber cuándo. Eso es lo que hay dicho y eso es lo que tienes que decir tú si te preguntan.

—Bien.

—Es solo eso.

—Bien.

Y se quedaron los dos ahí de pie con el cesto en medio.

Fuera se oía a alguien llamando a un perro y se oía el ruido de la casa, que no paraba nunca, y dentro de la bodega no se oía nada.

—Thorbjorg ha mandado preguntar a Sanday —dijo él.

—Ya lo sé.

—¿Y no me lo ibas a decir?

—Te lo iba a decir cuando pudiera decírtelo. —Hild señaló la puerta con la barbilla—. Llevo cuatro días para contarte una frase de nueve palabras. ¿Cuándo querías que te contara lo otro?

—¿Cómo lo sabes?

—Porque se lo dijo a la mujer del caldero y la mujer del caldero se lo dijo a otra en el banco. —Hild se apartó un mechón de la cara con el dorso de la mano—. Esta casa es una isla peor que la mía. Aquí se sabe todo en dos días y nadie sabe nada seguro.

—¿Y qué has hecho?

—Nada. ¿Qué voy a hacer?

—Hay gente que se pondría mala. Tres días en cama y no hay que hablar con nadie.

—Eso lo hace el que tiene miedo. —Se limpió las manos en el delantal, que era la primera cosa de mujer de orilla que hacía delante de él en cinco semanas—. Y el que tiene miedo lo enseña.

Kolbein estuvo mirándola.

—¿Tú tienes miedo? —dijo.

—Todo el rato.

—No se te nota.

—Ya lo sé que no se me nota. Eso es lo que me da más miedo de todo.

—¿Por qué.

—Porque en Sanday se me notaba todo. —Se apoyó en la pared de la bodega, que estaba fresca—.

Mi tía me miraba y sabía si había dormido.

Gyda me miraba y sabía si había comido. Aquí llevo cinco semanas y no me ha preguntado nadie ni una vez si estoy bien, y no es porque no les importe. Es que no se ve nada.

—Es una casa grande.

—Es que yo he aprendido a no dejar que se vea. —Se miró las manos—. Y eso no se desaprende. Cuando esto se acabe, como se acabe, yo ya voy a ser una que no deja ver nada.

Estuvo callada un momento.

—Yo antes no sabía hacer esto —dijo—. Yo no había mentido en mi vida.

Y llevo cinco semanas y ya sé cuándo tengo que tardar en contestar, y sé que a la gente le gusta que le preguntes, y sé poner las manos quietas encima de una mesa para que no me las miren.

Eso lo he aprendido en cinco semanas. ¿Cuánto crees que tarda uno en aprender todo lo demás?

—No lo sé.

—Yo tampoco, y por eso no duermo.

Kolbein dio un paso y le quitó el cesto de delante, y lo puso contra la pared para que no estuviera en medio.

Y después no se apartó.

Se quedó donde estaba, que era más cerca de lo que había estado nunca de ella con luz, y le miró la cara como se mira un sitio en el que se lleva mucho tiempo sin entrar.

—Voy a decirte una cosa y después me voy —dijo.

—Dímela.

—En Sanday, el veintiocho de abril, cuando te oí decir que eran cinco barriles, pensé que te iba a costar caro y no pensé nada más. —Hablaba muy bajo y muy seguido, como quien va descargando—. Y llevo desde el catorce de mayo diciéndome que lo que estoy haciendo lo hago por Hamnavoe.

—Y lo haces por Hamnavoe.

—Lo hacía.

Hild bajó la vista.

—Eso es todo —dijo él—. No hace falta que contestes.

—No iba a contestar.

Fue ella.

Levantó la mano derecha, que la tenía negra de turba, y se la puso en el pecho, encima de la lana cruda, y notó debajo del paño el latido de un hombre de treinta y nueve años que llevaba cinco semanas durmiendo en el banco más frío de una casa que no era suya.

Y después subió esa mano hasta la mandíbula, por encima de la barba, y tiró de él hacia abajo.

No fue rápido y no fue torpe. Fue lo que tarda alguien que ha decidido.

Él le puso una mano en la nuca, por debajo de la trenza, y con la otra le sujetó el codo, y eso fue todo lo que hicieron con las manos. La boca de él sabía a cerveza y a sal, y tenía la barba más áspera de lo que parecía de lejos, y le raspó encima del labio y ella no se apartó.

Duró lo que dura, que no es nada.

Se separaron un dedo y se quedaron así, respirando el uno en la cara del otro, y él dijo algo que no llegó a ser una palabra, y ella volvió a subir la mano.

La puerta se abrió del todo.

Kolla estaba en el umbral con un cesto vacío.

Se calló. No se sobresaltó, no se tapó la boca, no dio un paso atrás. Estuvo quieta el tiempo justo para ver lo que había y después entró, se fue al rincón del fondo, se agachó y empezó a llenar su cesto de la pila de abajo, de espaldas a ellos, sin prisa.

Kolbein se apartó dos pasos. Se pasó la mano por la boca, cogió el cesto de Hild de donde lo había dejado, se lo puso a ella en las manos y salió por la puerta sin decir nada.

Hild se quedó con el cesto.

Kolla llenó el suyo y se levantó. Al pasar por delante no la miró.

—Kolla —dijo Hild.

Tres pasos. Después se dio la vuelta, con el cesto apoyado en la cadera, y esperó.

Hild tenía cuatro cosas que decir y las cuatro eran de una persona que pide algo.

No digas nada. Eso era la primera.

Yo no soy lo que tú crees. Esa era la segunda y era la más tonta de las cuatro, porque era lo que creía.

Te lo pagaré. Esa era la peor, y la peor de todas era la cuarta, que era decirle que ella sabía lo de los tres pasos.

Porque si le decía eso, le estaba diciendo que la había estado mirando, y una mujer que va a ser la señora de aquella casa no mira a la que lleva el agua.

Y porque si le decía eso, le estaba diciendo lo otro sin decirlo, y en dos meses y medio no se lo había dicho todavía a nadie que no lo supiera ya.

No dijo ninguna.

Kolla se cambió el cesto de cadera, esperó dos respiraciones más y se fue.