Capítulo 17
—¿Tú sabes lo que le pasa a una liberta cuando deja de hacer falta?
Kolbein estaba en el montón de la turba, detrás de las casas, ayudando a apilar porque era lo único que había encontrado que hacer aquella tarde. Se enderezó con dos tepes en las manos.
Thorbjorg estaba a tres pasos, con las mangas subidas.
—No —dijo.
—Nada. No le pasa nada. Eso es lo que la gente no entiende.
—Se acercó y cogió un tepe del montón de abajo, que es de donde se coge cuando se sabe—.
No te echan. Nadie te echa. Simplemente un día te dan de comer más tarde, y luego duermes más lejos del fuego, y al invierno siguiente ya no eres nadie, y si te pones mala te mueres en el banco como se muere un perro en el establo, que tampoco lo echa nadie.
—¿Y por qué me lo cuentas a mí?
—Porque eres el único de esta casa que ha sido pobre.
Kolbein apiló los dos tepes.
—Yo no soy pobre.
—Tienes una casa y dos vacas y lo llevas puesto encima. —Thorbjorg puso el suyo al lado—. Eso es lo que tiene un hombre que ha sido pobre y ya no lo es. El que nunca lo ha sido no sabe ni lo que tiene.
Estuvieron un rato apilando sin decir nada. La turba de junio pesa poco y está seca por fuera y húmeda por dentro, y deja las manos negras y no las mancha.
—He mandado preguntar a Sanday —dijo Thorbjorg.
Kolbein no se paró. Ese fue el único acierto de toda la tarde: no pararse.
—¿Qué has mandado preguntar?
—Se lo he dado a Eystein, el de la barca del correo del sur, que sube a Eday el mes que viene y de Eday cruza a Sanday si hay tiempo. Le he dado una onza de plata, que es lo que tengo, y le he dicho tres preguntas.
—Dilas.
—Cómo se llamaba la sobrina del patrón. Qué edad tenía. Y cómo era de cara.
Kolbein cogió otro tepe.
—¿Y eso a ti qué te importa?
—Nada. —Thorbjorg se limpió las manos en el delantal—. A mí lo que me importa es lo otro, y lo otro no se puede preguntar.
—Pregúntamelo a mí.
Se volvió a mirarlo. Tenía la cara ancha y colorada del calor y los ojos muy juntos, y no había en ella ni una gota de disimulo.
—¿Esa mujer va a cantar en esta casa el resto de mi vida?
Kolbein tardó en contestar.
—Esa mujer no canta —dijo—. Dice.
—Eso es lo mismo en esta casa, y tú lo sabes.
—Thorbjorg se sentó en el montón bajo, con las manos entre las rodillas—.
El conde tiene sesenta y tantos años y no ha vuelto a hacer un verso en veinte, y lo único que quiere de la vida es que alguien diga cosas en ese salón que no se le olviden.
Llevo veinte años dándoselo yo. Y llega una en junio y en dos semanas la comarca entera se sabe cuatro líneas suyas.
—Eso no te quita nada.
—Eso me lo quita todo.
Lo dijo sin ninguna pena, como quien lee una cuenta.
—Yo no tengo casa —dijo—. No tengo tierra. No tengo un hombre y no me hace falta. Lo que tengo es que cuando el conde quiere oír algo, me llama a mí, y por eso en esta casa como caliente y duermo en el tercer sitio del fuego. Eso es lo mío. No hay más.
Kolbein se quedó de pie con el tepe en la mano.
Podía haberle dicho cuatro cosas. Que nadie iba a quitarle el sitio. Que la mujer de Sogn no iba a cantar porque iba a estar criando. Que el conde era viejo. Todo eso era mentira o era inútil, y las dos cosas se notan.
—¿Qué quieres? —dijo.
—Quiero saber si tengo que pelear. —Thorbjorg se levantó—. Eso es todo. Si hay pelea, yo peleo, que llevo cuarenta y cuatro años peleando y no se me da mal. Pero si no hay, no quiero gastarme una onza de plata en tres preguntas tontas.
—Ya te la has gastado.
—Ya me la he gastado. —Se sacudió el delantal—. Y por eso te lo estoy diciendo a ti, Kolbein Ottarsson, en vez de esperar a que vuelva Eystein en agosto. Porque si lo que hay es lo que me parece a mí que hay, prefiero que me lo digas tú ahora y nos ahorramos todos el verano.
—¿Y qué te parece a ti que hay?
Thorbjorg lo miró.
—Me parece que esa mujer no ha estado en su vida en una casa como esta —dijo—. Y eso no lo digo por las manos, que las manos las tiene media Noruega. Lo digo porque no sabe dónde ponerse.
—Explícame eso.
—Una que ha crecido en una casa grande se pone en un sitio y se queda.
Sabe dónde le toca desde el primer día, porque lo lleva sabiendo desde los cuatro años.
—Se cruzó de brazos—. Esa se pasa el día buscando sitio.
Se sienta y se levanta. Se va al hueco de la puerta, se va detrás del telar.
Eso lo hace el que ha entrado a servir, no el que ha entrado a mandar.
Kolbein apiló otro tepe.
—A lo mejor está asustada.
—Claro que está asustada. Todas lo estamos el primer mes. —Thorbjorg no se movió del sitio—. Pero el miedo de una que va a mandar es distinto del miedo de una que no sabe qué es.
—Eso son pocas cosas para una onza de plata.
—Eso son muchas cosas para una onza de plata. —Se echó a andar y se paró a los tres pasos—. Y te voy a decir la que más. Cuando el conde le preguntó de quién era el verso, ella dijo mío. Y lo dijo bien. ¿Tú sabes lo que cuesta decir mío bien?
—No.
—Quince años. —Thorbjorg se pasó la lengua por los dientes—. A mí me costó quince años decir mío delante de un conde y no ponerme roja. Y esa lo dijo el primer día.
Se fue hacia la casa y a los diez pasos se volvió una última vez.
—Y no me lo has contestado —dijo.
—No.
—Ya. —Thorbjorg asintió despacio—. Pues eso también es una contestación, y esa no me ha costado nada.
Kolbein se quedó apilando turba hasta que se acabó el montón, que fue media hora larga, y en media hora no se le ocurrió una sola manera de que aquello se arreglara hablando.
A Ragna Thorgilsdottir la conoció al día siguiente, y la conoció porque el conde lo llamó y lo sentó al lado de ella sin decir para qué.
Era una mujer de treinta y cuatro años, ancha de hombros, con la cara quemada del viento de cruzar el Pentland, y llevaba las llaves de su casa colgadas igual que Ingibjorg, solo que las suyas eran cuatro y más grandes.
Hablaron de lo que se habla delante del conde, que es de nada, y a media tarde ella se levantó y le dijo que le enseñara el embarcadero de abajo.
No le interesaba el embarcadero de abajo.
Bajaron por el camino de la costa, con un criado suyo quince pasos detrás, y ella esperó a la tercera curva.
—Te lo digo yo antes de que te lo diga él, que siempre es mejor —dijo—. Me han traído para casarme contigo.
Kolbein siguió andando.
—Eso me parecía.
—¿Y qué te parece?
—Todavía no me han dicho nada.
—Ni te lo van a decir hasta que estén seguros de que no vas a decir que no. —Ragna se apartó el pelo de la cara—. Así que te lo pregunto yo. ¿Vas a decir que no?
—No lo sé.
—Yo sí.
Anduvieron un trecho. Abajo se veía el embarcadero y dos hombres subiendo algo.
—Yo tengo tres barcos —dijo ella—. Dos de veinte bancos y uno chico. Me los dejó mi marido, que era buen hombre y mal patrón, y en cuatro años yo he hecho con ellos más de lo que hizo él en catorce, porque él fletaba cuando le apetecía y yo fleto cuando paga.
—Eso lo he oído.
—Lo ha oído todo el mundo, y por eso estoy aquí. —Se paró—. El día que yo me case, esos tres barcos pasan a ser de mi marido. No la mitad. Todos. Y el día que sean de mi marido, el conde de estas islas tiene tres barcos más sin haberlos pagado, que es lo que quiere.
—¿Y tú qué quieres?
—Yo quiero seguir fletando cuando paga.
—¿Y no hay manera?
—Hay una y es mala. —Ragna se pasó el pulgar por una de las llaves del cinto—. La manera es casarse con un hombre al que no le interesen los barcos. Uno viejo. Uno que ya tenga lo suyo y que quiera que le den de comer caliente hasta que se muera. Ese te deja fletar porque no sabe ni cuántos tienes.
—Eso es una vida.
—Eso es cuatro años de aguantarle la tos y después ser viuda otra vez con cuarenta. —Se rio sin ganas—. Y ya lo hice una vez. Mi marido tenía cincuenta y dos cuando me casé con él y yo tenía veinte, y era buen hombre, que eso lo digo siempre y es verdad. Pero cuatro años de eso bastan.
—¿Y yo qué soy?
—Tú eres el problema. —Ragna se paró en mitad del camino—. Tú tienes treinta y nueve años, estás entero, andas islas, te acaban de dar un cargo y sabes contar. Un hombre así coge tres barcos y en dos años los está usando para lo que le parece a él, y hace bien, porque serían suyos.
Kolbein estuvo mirando el mar.
—Entonces los dos queremos lo mismo —dijo.
—Los dos queremos lo mismo por motivos distintos, que es lo que hace que un trato aguante. —Ragna echó a andar otra vez—. No sé por qué tú no quieres, y no te lo pienso preguntar. Me da igual. Lo que te propongo es esto: cuando te lo digan, no digas que no.
—¿Cómo que no diga que no?
—Di que sí despacio. —Le lanzó una mirada de lado—.
Un hombre que dice que no a un conde es un hombre al que el conde recuerda.
Un hombre que dice que sí y luego tiene que ir a Caithness a ver la tierra, y luego hay que esperar al otoño porque no se casa nadie en la siega, y luego resulta que hay un pleito con los cuñados por el barco chico, ese es un hombre que no le da un disgusto a nadie.
—¿Hay pleito con los cuñados?
—Todavía no. —Ragna se encogió de hombros—. Hay un cuñado.
Se rieron los dos, que fue la primera vez que Kolbein se reía en cinco semanas.
—Eso nos hace aliados —dijo ella.
Siguieron bajando. Abajo, en el embarcadero, los dos hombres habían acabado de subir lo que fuera y estaban sentados.
—Te voy a hacer una sola pregunta —dijo Ragna— y después no te vuelvo a hablar de esto en la vida.
—Hazla.
—¿Hay otra?
Kolbein no contestó enseguida, y eso ya fue la contestación, y los dos lo supieron.
—No te he preguntado quién —dijo ella—. Ni me lo digas.
Te lo pregunto porque si hay otra, esto va a durar más de lo que tú crees y menos de lo que crees.
Más, porque un hombre que no quiere casarse aguanta mucho.
Y menos, porque un hombre que no quiere casarse por una mujer concreta, tarde o temprano hace una tontería.
—No voy a hacer ninguna tontería.
—Todos decís eso. —Ragna echó a andar otra vez—. Yo solo te pido una cosa. El día que la hagas, que no me pille a mí en medio de un contrato firmado. Antes o después, me da igual. Encima no.
Aquella noche Kolbein fue a buscar a un hombre de la casa que se llamaba Odd y que bajaba a Eday con el bote del conde por lo de la madera.
Lo sacó fuera y lo puso de cara al muro, que es donde no hay nadie detrás.
—Vas a llevar un recado a Sanday —dijo—. A Gyda, la vieja que vive sola detrás de Grimsgarth. A ella y a nadie más, y se lo dices cuando no haya nadie delante.
—¿Y si hay?
—Esperas a que no haya.
Odd asintió.
—Dile esto. Que Kolbein Ottarsson le manda decir que si alguien de fuera pregunta por la sobrina de Ormar Hrutsson, ella contesta lo que sigue y no contesta más.
Y se lo dijo.
Se llamaba Hild Ketilsdottir. Tenía diecinueve años. Era menuda y morena y muy callada, y tenía la cara redonda y una marca de viruela en la sien derecha, y no salía de la casa porque estaba delicada del pecho desde chica.
—Repítelo.
Odd lo repitió y se comió lo de la viruela.
—Otra vez.
Lo repitió entero.
—Otra vez, y esta vez como se lo vas a decir a ella.
Odd lo dijo por tercera vez, en la oscuridad, de cara al muro, la descripción exacta de una muchacha de diecinueve años con una marca de viruela en la sien derecha que no había existido nunca.