Bajo el nombre de Astrid Capítulo 16
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Capítulo 16

Vaciaron el salón de bancos a media tarde y lo barrieron dos veces, y a la segunda barrida empezó a llegar gente de fuera.

Vinieron de Harray y de Evie y de los dos lados del sound.

Vino el hombre que tenía los molinos y vinieron tres patrones de barco con sus mujeres, y vino un viejo al que llamaban el de Kirbuster que no se levantaba de una silla en todo el día y al que trajeron en un carro.

En las noches de verano se sale de las casas.

A Hild la vistieron entre cuatro. No tenía otra cosa que ponerse que la lana roja, así que le lavaron la lana roja dos días antes y se la secaron al humo, y le dieron una camisa de lino fino de Ingibjorg que le venía bien de largo, y le rehicieron la trenza como se hace aquí, que es distinto, con el remate por debajo.

—El hueco lo dejamos —dijo Ingibjorg, y le puso dos dedos en el pecho, entre los broches, igual que se los había puesto ella misma aquella noche a oscuras—. Hoy no. Hoy solo se firma.

Los esponsales no son la boda. En la boda hay comida durante tres días. En los esponsales hay mucha gente de pie y se dicen números en voz alta.

Gyda se lo había explicado en su cocina de Sanday, con el huso en la mano, tres semanas antes.

—Lo de la boda es para la gente —le había dicho—.

Lo de antes es para los hombres. Ahí se dice lo que da cada casa y quién responde si alguien se echa atrás, y eso se dice delante de todo el que quiera oírlo, porque el que lo oye es el que lo va a repetir dentro de veinte años cuando haya un pleito.

—¿Y yo qué hago?

—Tú estar de pie y no decir nada. Eso es lo bueno que tiene. En lo tuyo no hablas tú.

Y era verdad y era lo peor, porque si no hablaba ella tenía que hablar alguien por ella.

Empezó el conde.

Torf-Einar se levantó del banco, que era la primera vez que Hild lo veía de pie, y resultó ser un hombre alto al que le había pasado el tiempo por encima sin doblarlo.

—Se contrata el matrimonio de mi hijo segundo, Erlend Einarsson, con Astrid Sigvaldadottir, de Sogn —dijo—. Y lo que se contrata se dice delante de todos, para que lo oigan y lo repitan.

Lo fueron diciendo todo, y tardaron lo que tarda un hombre en leer una lista larga y otro en repetirla.

Se dijo delante de los dos fuegos, con la gente de pie en tres filas a cada lado y los que no cabían asomados por las dos puertas. Hacía calor, que en esa casa pasa dos semanas al año.

Dijeron lo que daba el conde: las dos casas de arriba del camino de Evie, con la tierra que tienen, que son de odal de la casa y no se venden ni se parten, y nueve cabezas, y el derecho a la mitad del molino pequeño.

Lo dijo Erlend en voz alta y lo dijo sin entonación, como quien lee una vara, y en cuanto empezó Hild se dio cuenta de que era él quien había hecho la lista.

Dijeron lo que daba la casa de Sogn, que era lo que había venido en el arcón y lo que iba a venir, y aquí hubo un momento raro, porque lo que había venido en el arcón lo tenía que decir alguien que lo hubiera visto, y el arcón se había abierto y contado una sola vez, en una playa de Sanday, delante de una isla.

—Eso lo digo yo —dijo Kolbein.

Salió un paso del sitio donde estaba, que era pegado al poste de la izquierda, y lo dijo sin sacar ninguna vara, porque aquello se lo sabía.

Paño, tantas piezas. Una cadena. Dos vasos. Un peine. Y un saquito de piel con lo que pesaba dentro, que se dijo en onzas y que nadie discutió.

—Contado en la arena de Sanday el primero de mayo —acabó—, delante de la isla, por la propia mujer, que lo abrió ella misma y mandó que se contara allí.

Eso último no hacía falta decirlo y lo dijo.

Hubo un murmullo bueno en el salón. A la gente le gustó. Una mujer que baja enferma de un barco y lo primero que hace es mandar contar su arcón delante de testigos es una mujer que sabe dónde se mete, y eso en aquella comarca vale más que ser guapa.

Después vinieron los fiadores, que es lo que importa de verdad.

Por la casa del conde se nombraron tres hombres. Uno fue Arnkel y otro fue el de los molinos y el tercero fue Ingimund.

Y entonces el conde se volvió hacia el lado donde estaba ella.

—¿Y por la mujer?

Hubo un movimiento en el salón.

Aquello lo tenía que hacer la parentela de la novia. Un padre, un hermano, un tío, alguien de su sangre que la entregue y que responda si después hay pleito, porque un contrato en el que una de las dos partes no tiene quién responda por ella no es un contrato, es un regalo.

Y allí no había parentela de nadie. La parentela de aquella mujer estaba a dieciocho días de mar.

Hild vio cómo la gente de las filas de delante se miraba entre sí. Vio a Ingibjorg volver la cabeza hacia la puerta de arriba. Vio al de los molinos decirle algo al oído a su mujer. Hild notó que se le ponía todo el cuerpo frío de golpe, desde las manos hacia dentro.

—Por la mujer respondo yo —dijo Kolbein.

Salió al medio de los dos fuegos. Llevaba la lana cruda de siempre, porque no tenía otra cosa, y se había sacado el brazalete de plata de dentro de la manga y lo llevaba por fuera, que era la primera vez que Hild se lo veía.

—Di lo que tienes que decir —dijo el conde.

Y Kolbein lo dijo.

—Yo, Kolbein Ottarsson, que respondí por esta mujer en estas islas cuando se dio la palabra, y que respondo todavía, la traigo y la entrego a esta casa. —Se paró, que fue lo único—. Y la traigo por su nombre, que es Astrid Sigvaldadottir, hija de Sigvaldi de Sogn.

Hild lo estaba mirando mientras lo decía y no dejó de mirarlo.

Él no la miró a ella. Miró al conde, que es a quien se le habla.

Lo dijo despacio y lo dijo entero y no se le quebró nada, y cuando llegó al patronímico lo separó un poco del nombre, como se hace en los actos, y ese medio silencio fue lo peor de toda la noche.

Hild lo sintió en los hombros, como un peso que le pusieran encima desde atrás con las dos manos abiertas. No fue una manera de hablar. Se le dobló un poco la espalda y tuvo que recolocar los pies.

Alguien del fondo dijo que sí, que estaba bien dicho. Otro repitió el nombre, porque es lo que se hace, que los nombres se repiten para que queden.

Se oyó por el salón, en ocho o diez bocas distintas, el nombre de una mujer enterrada encima de una playa de Sanday.

El conde se sentó otra vez, que era la señal de que lo formal se había acabado.

—Queda dicho —dijo—. Y el que lo ha oído que lo repita cuando haga falta.

Después le cogieron la mano derecha.

Se la cogió Ingibjorg primero y se la puso encima de la de Erlend, y Erlend cerró los dedos.

Tenía la mano seca y caliente y no apretó. La sostuvo el tiempo que había que sostenerla, que es mientras se dice el plazo, y ni un momento más, y cuando el conde acabó de decirlo la soltó él y no ella.

El plazo lo dijeron así: después de la siega de la avena, antes de las noches de invierno, en esta casa.

Y con eso quedaron contratados.

Lo que vino después fue cerveza y gente.

A Hild la tuvieron dos horas de pie recibiendo.

Vino todo el mundo. Vino el de los molinos con su mujer, que le preguntó por Sogn.

Vinieron los tres patrones, que le preguntaron por la travesía y que quisieron saber cuántos días y con qué viento, y esa la contestó bien porque se la sabía de la muerta.

Vino un hombre de Evie que le habló de un primo suyo que había estado en Noruega, y Hild le dio conversación cinco minutos sin decir una sola cosa suya.

Al viejo de Kirbuster lo llevaron hasta ella en el carro, porque no se bajaba, y desde el carro le cogió la mano con las dos suyas y se la tuvo un rato.

—Yo conocí a la madre del chico —dijo—. Esa sí que era buena mujer. Tú pórtate bien con él, que ese no sabe pedir nada.

—Me portaré bien.

—Ya. —El viejo le soltó la mano—. Eso decís todas.

Thorbjorg cantó tres veces desde el fondo.

La primera fue una cosa de bodas que se sabía todo el mundo y que la gente acompañó dando en la mesa. La segunda fue larga y triste, de un barco, y la escucharon.

La tercera fue el estribillo de la muerta.

Lo cantó entero y lo cantó con música, que era una cosa que Hild no había oído nunca, porque ella lo decía y aquella mujer lo cantaba. Y en la última línea se calló y la cogió media casa, porque en dos semanas se lo había aprendido todo el mundo.

Cantaba mejor de lo que Hild lo decía. Lo sabía, y lo hizo mirando al banco de las mujeres todo el rato.

Cuando acabó vino a servirse cerveza al lado de donde estaba ella, que le quedaba lejos, porque el caldero estaba al otro lado.

—Ha quedado bien —dijo Hild.

—Ha quedado como tiene que quedar. —Thorbjorg se llenó el cuerno y no se fue—. ¿Se canta así en Sogn?

—Yo no canto.

—Eso he visto. —Bebió—. Tú lo dices. Eso está bien para un salón de treinta. Para uno de setenta hay que cantarlo o se te va por las esquinas.

—Ya lo he notado.

—Se nota, sí. —Thorbjorg se limpió la boca con el dorso de la mano—. Yo llevo veinte años en esta casa cantando lo que le gusta al conde. Tú llevas un mes y ya hay media comarca que se sabe una cosa tuya.

—No es mía.

Lo dijo antes de pensarlo y se le quedó en el aire.

—¿Ah, no?

—Es de la mujer que me la enseñó.

—Ya. —Thorbjorg la miró por encima del cuerno—. Anoche le dijiste al conde que era tuyo.

—Y lo es. Lo hice yo y lo aprendí de ella. Las dos cosas.

—Eso no puede ser.

—En mi casa sí.

Thorbjorg se rio, corto, y levantó el cuerno un dedo.

—Está bien —dijo—. Está muy bien. A mí eso no me lo enseñó nadie.

Y se volvió al caldero.

Nefsteinn estuvo en la mesa de abajo toda la noche. No se acercó, no habló con ella y no la miró más de lo que mira cualquiera. Bebió lo suyo y se fue a dormir de los primeros.

Erlend estuvo sentado en su sitio y contestó a los que le fueron hablando, y a las dos horas ya no estaba, y nadie lo echó de menos.

Kolbein se fue del salón poco después de que le soltaran la mano.

Hild lo vio hacerlo entero, porque estaba de pie recibiendo a la mujer del de los molinos y desde allí se veía la puerta de arriba.

Lo vio volver al poste de la izquierda. Lo vio quitarse el brazalete de plata y metérselo otra vez por dentro de la manga, que le costó, porque es más fácil sacarlo que guardarlo.

Lo vio coger el saco de cuero del suelo y pasárselo por el hombro, que es una cosa que en aquella casa no hacía nadie de noche, porque nadie tenía a dónde ir.

Y lo vio salir.

No volvió a entrar en toda la noche.

Ya de madrugada, cuando estaban echando ceniza en los fuegos, Hild se puso al lado de Ingibjorg, que estaba contando jarras.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—Pregunta.

—¿Cuánto se ha pagado por mí?

Ingibjorg dejó de contar y la miró de una manera nueva, que no era desprecio y tampoco era otra cosa buena.

—Eso no se pregunta la misma noche.

—Ya lo sé. Por eso lo pregunto ahora y no mañana.

Ingibjorg se rio con la nariz.

—Doce onzas de plata y cuatro cabezas —dijo—. Y las dos casas de arriba, que esas no son pago, esas son tuyas si él se muere antes que tú.

—Gracias.

—Es mucho. —Ingibjorg volvió a las jarras—. Por mí se pagaron ocho y yo traía tres barcos.

—¿Y eso te parece mal?

—Me parece lo que es. —Puso una jarra boca abajo y cogió otra—. A mí me pagaron por lo que traía. A ti te han pagado por lo que dice la carta que eres, que es la hija de un hombre al que el rey escucha. Si un día resulta que ese hombre ya no cuenta en Noruega, tú vas a valer ocho.

—¿Y si cuenta más?

—Entonces vas a valer catorce y todo el mundo va a decir que se vio venir.

Hild estuvo un momento con eso.

—¿Tú te acuerdas de lo que dieron por ti?

—Yo me acuerdo de cada cabeza. —Ingibjorg puso la última jarra—. Y de quién las trajo, y de cuál venía coja.

Hild se fue a su sitio del banco de las mujeres y se tumbó de cara al tabique.

Una casa de dieciocho brazas con el techo retejado, la tierra de arriba, el pedazo de abajo que se inunda y dos vacas.

Eso era lo que había puesto un hombre encima de una palabra dada, y lo había dicho en voz alta en la cocina de su tío el veintinueve de abril, y ella lo tenía entero con las mismas pausas.

Doce onzas de plata y cuatro cabezas.

No lo dijo en voz alta.