Bajo el nombre de Astrid Capítulo 15
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Capítulo 15

—Sujeta esto y no la muevas.

Erlend le puso una vara en la mano izquierda, de canto, con las muescas hacia arriba, y volvió a su lado de la mesa.

El aposento de las cuentas era la habitación más pequeña de toda la casa y la única con una puerta que se podía cerrar. Tenía una mesa, dos taburetes, un arcón, una lámpara de aceite colgada y ventana no tenía. Olía a sebo y a madera cortada.

Fuera, en el pasillo, estaba sentada una de las mujeres del banco, porque una mujer contratada puede estar a solas con el hombre con el que la han contratado, pero no del todo.

—¿Esto qué es? —dijo Hild.

—El paño de las islas de en medio. Lo trajeron ayer y lo contaron dos veces, y las dos veces salió lo mismo, y aun así no me cuadra con lo del año pasado.

—¿Por qué te iba a cuadrar con lo del año pasado?

—No tiene por qué. —Erlend cogió otra vara—. Pero cuando dos años no se parecen, alguien ha cambiado algo, y saber qué ha cambiado es todo mi trabajo.

Estuvo un rato leyendo. Iba pasando el pulgar por las muescas sin mirarlas, que es como lee un hombre que lleva años leyendo varas, y de vez en cuando decía un número en voz baja.

—Catorce —dijo al final—. ¿Cuántas hay en esa?

Hild la tenía en la mano desde hacía un cuarto de hora.

—Catorce.

Lo dijo antes de pensarlo. No miró la vara y no contó.

Erlend levantó la cabeza. Fue lo único que hizo, pero lo hizo despacio.

—¿Las has contado mientras hablábamos?

—Las he contado cuando me la has dado.

—Hace un rato.

—Sí.

—Y te has acordado.

Hild se quedó con la vara en la mano y con la sensación exacta de estar de pie en el borde de una cosa.

—Se me quedan los números —dijo—. Me pasa desde pequeña. Y las palabras.

—A mi hermano Thorfinn le pasa con las caras. —Erlend le quitó la vara de la mano y la puso con las otras—. No se le olvida una. Es lo único que hace bien y no le sirve para nada.

Hild esperó a que dijera algo más de aquello y no lo dijo. Cogió la vara siguiente, la leyó con el pulgar y la dejó.

—¿Siempre cuentas tú? —preguntó ella, porque le habían dicho que preguntara.

—Desde los quince.

—¿Y quién contaba antes?

—Un hombre que se llamaba Ozur y que llevaba treinta años en esta casa. —Erlend dejó la vara—. Mi padre lo mandó a Shetland un invierno y no volvió, y como nadie sabía dónde estaba nada, estuvimos dos años sin saber lo que teníamos.

—¿Y os faltaba?

—Nos sobraba. —La miró un momento—. Eso es lo que nadie se cree. Cuando no hay quien cuente, no roban más. Es que no se sabe qué hay, y lo que no se sabe que hay se pudre en un cobertizo.

Se sentó en el taburete de enfrente y no se movió de ahí.

—Te he llamado por otra cosa —dijo—. Nos casamos después de la siega y no te he preguntado nada en un mes. Eso está mal hecho.

—No hace falta.

—Hace falta. —Lo dijo despacio—. A mí me da igual lo que sea costumbre. Yo me voy a acostar con una mujer de la que no sé nada y prefiero saber algo.

Hild notó que se le subía el calor a la cara y no supo si se le notaba con aquella luz.

—Perdona —dijo él—. Lo he dicho como lo pienso y eso aquí no se hace.

—No pasa nada.

—Sí pasa. —Se pasó la mano por la mandíbula, que la tenía sin barba y se le notaba el gesto—. Mi hermano te habría dicho lo mismo de otra manera y te habrías reído. Yo no sé hacer eso.

—Prefiero esto.

—Eso lo dices hoy.

Hild se agarró las manos encima del regazo.

—Pregunta.

—Vino un hombre de Sogn el año pasado, con lo de la carta de tu padre. Se llamaba Kalf y se quedó nueve días porque hizo mal tiempo, y en nueve días contó todo lo que sabía de tu casa, que era mucho. —Erlend se encogió de hombros—. Yo estaba llevando las cuentas al lado y lo oí todo.

—Ya.

—Me acuerdo de tres cosas.

Y ahí Hild dejó de oír el pasillo y el fuego y todo lo demás.

—La primera —dijo Erlend—. Que en tu casa había una mujer que hilaba con ocho dedos.

Hild soltó el aire por la nariz.

—Groa —dijo—. La prima de mi padre.

—¿Qué le pasó?

—Se le soltó un peso del telar y le cogió la mano debajo. Perdió dos de la izquierda. —Se oyó decirlo con el ritmo de la muerta y bajó un poco la voz para quitárselo—. Y siguió hilando con lo que le quedó y hacía más hilo que yo con las dos manos enteras.

—Eso también lo contó él.

—Pues ya lo sabías.

—Ya lo sabía. —Erlend no se movió—. Te lo pregunto igual porque una cosa es lo que cuenta un hombre en nueve días de mal tiempo y otra cosa es cómo la cuentas tú.

—¿Y la cuento distinto?

—La cuentas con las manos quietas. —Dejó la frase donde estaba—. La gente que se inventa las cosas se toca la cara.

Hild tenía las manos encima del regazo desde que se había sentado y no las movió.

—La segunda. Que un día, de pequeña, te escondiste para no ir a una boda.

—En la caseta de los botes de Vangsnes. La que tiene el techo hundido por el lado del agua. —Esta le salió más fácil, porque era una historia y las historias van solas—. Una noche y un día entero. No me encontró nadie hasta que fue el perro.

—El perro.

—Hosa. No ladró. Se sentó en la puerta y no se movió, y mi padre vino detrás del perro.

—¿Y saliste?

—No. Me oyó respirar.

Erlend se calló un momento.

—Eso último no lo contó Kalf —dijo.

—Es que eso no lo sabía Kalf.

Se hizo un silencio en el aposento de las cuentas y Hild entendió, con el estómago, que acababa de hacer algo bien y por el motivo equivocado, porque lo que había dicho era verdad de la otra y le había salido porque se la sabía, no porque la hubiera pensado.

—La tercera —dijo Erlend.

Hild esperó.

—Que llevas encima una correa de cuero con un nudo, que te la dio un hombre del rey cuando tenías siete años, y que la has llevado toda tu vida.

Fue como poner el pie donde no hay suelo.

—Vigfus Hallsson —dijo, porque eso sí lo tenía.

—Ese.

—Me hizo recitar encima de un banco delante de la mesa entera.

Me dio una moneda de plata y me cerró los dedos encima, y mi padre me la hizo devolver allí mismo, porque en esa casa las mujeres no cobran.

—Se oyó la voz firme y le dio miedo—. Y entonces él se sacó una correa del cinto y me hizo un nudo delante de todos y me dijo que eso sí me lo podía quedar, porque no valía nada.

Erlend la miró.

—Enséñamela —dijo.

—No la llevo.

—¿Y dónde está?

Hild tenía dos salidas y las dos eran malas, y la que escogió fue la que no se podía comprobar.

—No lo sé.

Erlend miró el suelo.

—Se me perdió en algún momento —dijo ella— y no sé cuándo, y eso es lo peor de todo, porque si se pierde una cosa así y no sabes ni el día, es que ya no la mirabas.

Lo dijo de un tirón y le salió bien, y le salió bien porque era verdad de ella y no de la otra. A Hild se le habían perdido cosas así toda la vida.

Erlend siguió sin decir nada durante cuatro o cinco respiraciones.

—Yo tenía una cosa así —dijo al final—. Un hueso de la primera oveja que maté. Doce años. Lo llevé encima hasta los veinte y un día no estaba, y estuve tres días buscándolo por toda la casa como un tonto.

—¿Y lo encontraste?

—No. —Se levantó—. Y me acuerdo del día exacto y del sitio donde miré primero, así que lo tuyo no es como lo mío.

Lo dijo sin acusar nada. Lo dijo como se dice que dos cuentas no dan lo mismo.

Después alargó la mano, cogió una vara pequeña del montón de la izquierda, le dio la vuelta y le hizo tres muescas cortas seguidas en el canto de abajo con el cuchillo, sin mirarla a ella.

No dijo qué eran. Dejó la vara con las otras, pero no en el montón de la izquierda. La puso aparte, contra el arcón.

—Bueno —dijo—. Ya sé tres cosas.

Se levantó y echó un tepe al fuego, que estaba bajo.

Y mientras estaba en cuclillas de espaldas, con el atizador en la mano, dijo una cosa en voz baja para sí mismo, como quien prueba el peso de un saco antes de levantarlo.

Del nudo que no vale nada no se acuerda el que lo ató.

Se acuerda la que lo lleva.

Y el día que se pierde, no se pierde el nudo.

Se pierde el que lo ató.

Lo dijo una vez entera y después repitió el segundo verso solo, cambiándole una palabra, y luego lo dejó como estaba la primera vez.

Se levantó, cogió del canto de la mesa un pedazo de corteza de abedul con algo marcado a punta de cuchillo, y lo echó al fuego.

Prendió enseguida, que la corteza prende enseguida.

—¿Qué era eso? —dijo Hild.

—Nada.

—Algo era.

—Nada que sirva. —Erlend se sacudió las manos y volvió a la mesa—. En esta casa el que compone es el conde y ya no compone. Los demás llevamos cuentas.

—Eso no es un motivo.

—No es un motivo, es lo que hay. —Cogió una vara y la dejó otra vez—. Mi padre hizo cinco versos en su vida y esos cinco se los sabe todo el norte, porque los hizo después de matar a un hijo del rey y porque los dijo delante de gente que podía repetirlos. Eso es lo que hace que un verso exista.

—Un verso existe si alguien se lo aprende.

—Un verso existe si alguien que importa se lo aprende. —La miró—. Si lo dice un segundo hijo que lleva las cuentas, no se lo aprende nadie, y entonces lo único que has hecho es enseñarle a tu hermano mayor una cosa que no sabía de ti.

Hild se quedó callada.

—Tú anoche dijiste uno delante de setenta personas —dijo él— y esta mañana lo cantaba media casa. Esa es la diferencia.

—Tu hermano dijo el otro día que a ti te gustaban los versos.

—Mi hermano dice muchas cosas y todas sirven para algo. —Cogió la vara del paño y se puso a leerla otra vez con el pulgar—. Gracias por venir. No te voy a tener aquí más rato, que después hablan.

Hild se levantó.

En la puerta se paró, porque había una pregunta que le quemaba y porque le habían dicho que preguntara siempre.

—¿Y la tercera cosa te ha cuadrado?

Erlend no levantó la cabeza de la vara.

—Yo no he dicho que estuviera cuadrando nada —dijo.

—Lo has apuntado.

—Apunto todo. —Pasó el pulgar por tres muescas y siguió—. Eso es lo que hago desde los quince años y es lo único que se me da bien, y la gente cree que es porque desconfío. No desconfío de nadie. Es que se me olvida, y lo que se me olvida deja de existir.

—A mí no se me olvida nada.

Erlend se quedó quieto un momento con el pulgar encima de la madera.

—Entonces tú no necesitas varas —dijo.

—No.

—Vaya. —Volvió a bajar la cabeza—. Pues eres la primera persona que entra en esta casa que no las necesita.

Hild salió al pasillo.

La mujer del banco se levantó del taburete y echó a andar delante de ella hacia el salón, y a los diez pasos Hild se dio cuenta de que iba diciendo por dentro, con las paradas donde iban, los cuatro versos que aquel hombre había dicho de espaldas y había quemado.

Se paró en mitad del pasillo.