Capítulo 14
Llevaba once días en aquella casa sin hacer nada y el duodécimo fue a pedir trabajo.
Kolbein esperó a que el conde acabara de oír a dos hombres de Harray que se peleaban por un muro, que es lo que hacía por las mañanas, y cuando se quedó el banco despejado se puso delante.
—Dame algo.
Torf-Einar lo miró con el ojo bueno.
—Tienes cama, comida y cerveza y no tienes que remar. Hay hombres que matarían.
—Yo no.
—Ya lo sé que tú no. —El conde se movió en el banco—. ¿Qué quieres?
—Lo que venga. El tributo de las islas de en medio entra esta semana y el que lo trae cuenta mal.
—¿Nefsteinn?
—Nefsteinn.
El conde se quedó pensando un momento y a Kolbein le pareció que se estaba divirtiendo.
—Ve a recibirlo tú, entonces —dijo—. Y cuéntalo dos veces, que así se te va la mañana.
Salió del salón con eso y con la sensación rara de haber pedido un hueso.
Once días. Se había levantado once mañanas en el banco más frío de la casa, había desayunado con setenta personas y se había pasado el día andando por la costa hasta el mediodía y volviendo por la tarde.
Un hombre que lleva veinte años cobrando tributos sabe llenar un día con once casas. No sabe llenarlo con ninguna.
Y en once días había hecho la cuenta de lo suyo tres veces, siempre igual.
Hamnavoe estaba cerrada desde abril. La vaca vieja se la había dejado a la mujer de Skaill, que le daría la leche y se quedaría con lo que sobrara, y eso era justo.
La otra estaba con el hijo de Skaill. El techo aguantaba hasta el otoño y del otoño en adelante ya se vería, porque si aquello acababa mal el techo iba a ser problema de otro.
La barca de Nefsteinn se avistó al día siguiente por el lado de Eynhallow, y Kolbein bajó al embarcadero de abajo, que está a media hora andando por la costa, porque el tributo se recibe allí y no en el muelle grande.
Bajó a pie y no bajó solo.
—Voy contigo —dijo Arnkel, y ya estaba andando.
Fueron por el camino de la costa, que va alto y que en junio está lleno de armerías rosas entre la hierba. Arnkel andaba deprisa y hablaba todo el rato, y llevaba haciéndolo once días, y en once días le había sacado a Kolbein más conversación que el conde en nueve años.
—Te voy a preguntar una cosa de tu trabajo —dijo.
—Pregunta.
—En las islas del norte, en invierno. ¿Cuánta gente queda?
—La que hay. Nadie se va en invierno.
—No me refiero a eso. —Arnkel apartó una mata con la bota—. Me refiero a que tú te las andas todas once días al año. ¿Cuál está más vacía?
Kolbein anduvo cuatro o cinco pasos antes de contestar.
—Depende de qué llames vacía.
—Llamo vacía a que tú puedas estar en ella una semana sin que se entere nadie de la de al lado.
—Entonces la punta de Stronsay. Y el lado de poniente de Eday, que no tiene casas porque no tiene agua buena.
—¿Y se puede varar?
—En Eday sí. Hay tres calas al abrigo del noroeste y una de ellas tiene fondo de arena.
—¿Cuántos barcos?
Kolbein se paró a mirar un cormorán que no le interesaba nada.
—Depende del barco.
—Barcos de veinte bancos.
—Cuatro. Cinco apurando.
—Cinco. —Arnkel asintió despacio y siguió andando—. Y en invierno, cinco barcos con su gente ahí metidos, ¿cuánto tardaría en saberse en Birsay?
—Si nadie va, no se sabe hasta la primavera.
—¿Y por qué no iba a ir nadie?
—Porque en enero nadie cruza ese sound por gusto.
Arnkel se rio.
—Eres el único hombre de esta casa que contesta lo que le preguntan.
—Me lo has preguntado tú.
—Eso mismo digo. —Arnkel se rio y siguió andando—. Te voy a decir por qué pregunto, que si no vas a estar toda la noche dándole vueltas.
—No le iba a dar vueltas.
—Sí ibas.
Anduvieron un trecho.
—Mi padre tiene sesenta y tantos y no lo sabe ni él —dijo Arnkel—. Compró estas islas pagándole sesenta marcos de oro a un rey y cobrándoselo a cada hombre de aquí, y lleva veinte años sin que nadie le discuta nada porque la gente que se acuerda de eso se está muriendo. Bien. Eso es suyo.
—Eso es suyo.
—Y el día que se muera, esto se reparte en tres. —Arnkel apartó otra mata—. Tres. Yo, el que cuenta y el crío. ¿Tú sabes lo que es un tercio de unas islas?
—Un tercio de unas islas.
—Es nada. Es un hombre con cuarenta casas que le pagan y que tiene que pedirle permiso a sus dos hermanos para mover un barco.
—¿Y qué quieres?
—Yo quiero lo que quiere todo el mundo, que es no depender. —Arnkel se paró en el alto y se quedó mirando el sound—. Y para no depender hacen falta barcos, y los barcos no los da la tierra. Los barcos los da el que los tiene.
—¿Y quién los tiene?
—Ahora mismo, los de Dublín. —Se volvió y echó a andar cuesta abajo—. Este año le han ganado una batalla de mar a la gente de Man y ha entrado una flota entera en Irlanda. Eso lo sabes tú tan bien como yo, que te lo cuentan los patrones.
—Me lo cuentan.
—Pues ya está. No te he preguntado nada que no sepa cualquiera que mire un mapa, si es que hubiera mapas.
Bajaron la cuesta del embarcadero y ya se veía la barca del tributo doblando la punta, con el palo abatido y la carga hasta la regala.
Kolbein siguió andando y fue entonces cuando lo pensó.
Le había contestado cuatro preguntas seguidas sobre dónde se pueden esconder barcos en invierno sin que se entere el conde. Y a la tercera se había parado a mirar un cormorán.
Un hombre tranquilo no se para a mirar un cormorán.
El tributo de las islas de en medio venía en ocho sacos de malta, once barriles y catorce piezas de paño, y Nefsteinn lo llevaba todo en la cabeza y en dos varas.
Contaron en la arena, con dos hombres del salón apuntando. Kolbein contó primero y Nefsteinn después, y esta vez cuadró todo, hasta la última pieza, porque llevaba un mes contando para llegar allí y enseñárselo.
—Está —dijo Kolbein.
—Está.
Nefsteinn se enderezó y se limpió las manos. Llevaba la capa buena y los zapatos peores que en abril, porque había andado once islas.
—He oído lo de Sanday —dijo.
—¿Qué has oído?
—Que se murió la sobrina del patrón. Cuidando a la otra.
—Se murió.
—Vaya. —Nefsteinn miró el mar con las manos en el cinto—. Pues mira, yo esa chica no la podía ver.
Kolbein esperó.
—Y ahora se ha muerto y resulta que da lo mismo. —Nefsteinn movió la cabeza—. Once días al año, me dijiste. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste en aquel patio?
—Me acuerdo.
—Pues aquí estamos los dos en Birsay en junio, y ninguno de los dos tiene once días de nada.
Arnkel estaba a cuatro pasos, hablando con los del salón sobre el paño. Kolbein miró la cuesta y calculó cuánto se tarda en subir andando hasta el salón grande. Media hora larga. Menos si se va con ganas.
—Ven a contar el paño conmigo —dijo.
—Ya lo han contado.
—Ven a contarlo otra vez.
Se apartaron hasta el montón de las piezas, que estaba al otro lado del bote, y se pusieron los dos en cuclillas con la mercancía por medio.
Kolbein sacó dos varas del saco y las puso en la arena, una al lado de otra.
—Las cuatro casas del sur de Sanday —dijo—. Esta es la tuya. Esta es la que me trajeron a mí.
Nefsteinn no las miró.
—Sandvik, cuatro barriles —dijo Kolbein—. En la tuya hay tres. Y el hijo de Hoskuld, que bajó contigo a contar, está casado en Sandvik.
Nefsteinn seguía sin mirar las varas. Tenía los ojos en un punto de la arena a un palmo de ellas.
—Un barril —dijo.
—Un barril este año. Yo no he mirado los otros ocho.
—No hay otros ocho.
—Eso no lo sé y tú tampoco sabes lo que sé yo.
Se quedaron los dos en cuclillas. Detrás, Arnkel se reía de algo con los del salón.
—Tú no has mirado nada —dijo Nefsteinn—. Tú has cogido una vara que te trajo una cría y la has puesto al lado de la mía.
—Eso he hecho.
—Y esa cría está muerta.
—Está.
—O sea que lo que tienes es una vara sin nadie detrás.
—Tengo una vara, un camino que se anega tres veces al año y siempre las mismas tres, y un hombre casado en la segunda de esas cuatro casas que bajó contigo a contarlas. —Kolbein se pasó el pulgar por la barba—. Y eso puesto delante del conde una tarde que esté de mal humor.
Nefsteinn no contestó a eso, que era lo mismo que contestar.
—Nueve años sin una queja —dijo al rato.
—Nueve años sin una queja. Lo he dicho yo mismo delante de gente y lo puedo volver a decir.
—¿Qué quieres? —dijo Nefsteinn.
Kolbein podía haber dicho cuatro cosas. Escogió la que menos decía.
—Nada.
—Nadie enseña dos varas para no querer nada.
—Yo no te estoy pidiendo. Te estoy enseñando lo que tengo. —Kolbein las recogió y las volvió a meter de canto en el saco—. Y te digo una cosa más, que es lo único que te digo. Lo que has oído de Sanday es lo que hay. Y si en esta casa se habla de Sanday, tú no tienes opinión.
Nefsteinn levantó la cabeza por primera vez.
Estuvo mirándolo un rato largo, y lo que Kolbein vio en aquella cara no fue miedo. Fue un hombre haciendo una suma y llegando al resultado de que lo estaban comprando por algo que no sabía lo que era, lo cual quiere decir que era mucho más de lo que costaba un barril de mantequilla.
—Yo de Sanday no tengo opinión —dijo despacio.
—Pues ya está.
—Todavía no está. —Nefsteinn se levantó y se sacudió las rodillas—. Está el día que yo sepa por qué.
Subieron juntos y llegaron al salón a media tarde.
Nefsteinn entró detrás de los sacos, que es como entra el que trae el tributo, y se paró tres pasos dentro para dejar pasar a los que cargaban.
Y la vio.
Estaba en el banco de las mujeres, en el sitio tercero empezando por el fuego, con el huso en la mano y la trenza recogida y la lana roja, y estaba hablando con Ingibjorg de algo, y se reía a medias de lo que le estaban contando.
Kolbein lo vio todo desde el otro lado del salón porque se había puesto donde se ve.
Vio a Nefsteinn pararse. Vio cómo se le fueron los ojos a la cara de ella y se quedaron. Vio que no se movió durante el tiempo que tardan cuatro hombres en cruzar una puerta con un saco cada uno.
Después Nefsteinn se dio la vuelta muy despacio y buscó a Kolbein con los ojos al otro lado de los dos fuegos.
Lo encontró enseguida, porque lo estaba buscando.
Se miraron por encima de setenta personas el tiempo que tarda una en darse cuenta de que lo que le han comprado no era el silencio de un barril.
Kolbein no se movió y no le hizo ningún gesto, porque cualquier gesto en aquel salón lo veían veinte. Nefsteinn tampoco.
Dejó de mirarlo, se apartó del paso y se fue a la mesa de abajo a que le dieran de beber.
Estuvo allí toda la tarde. Bebió despacio, habló con dos hombres del salón de lo que se habla, y dos veces levantó la cabeza y miró al banco de las mujeres, y las dos veces fue cuando ella se reía.
Aquella noche Kolbein sacó del saco la vara de las cuatro casas del sur, la que había traído la chica de Sanday con el barril de más en Sandvik, y se la puso en la rodilla junto a la palmatoria.
Estuvo un rato con la vara en la rodilla sin hacer nada.
Aquella vara la había marcado ella en la mesa de Nesbol el veintinueve de abril, con el cuchillo suyo y a la tercera, y las dos primeras muescas estaban torcidas y hondas y las demás estaban bien. Se le veía dónde había aprendido.
Le rebajó la muesca con el filo.
Lo hizo despacio, sacando viruta fina, hasta que la madera quedó lisa y no quedó manera de saber que allí había habido un barril. Después sopló el polvo y guardó la vara con las otras.