Capítulo 13
El huso le duró dos días.
Se lo dieron la primera mañana, sin ceremonia ninguna, porque en aquella casa a una mujer que llega se le da un huso igual que a un hombre que llega se le da algo que cargar. Se lo puso en la mano una de las mujeres del fondo, le señaló el banco y se fue.
Había once mujeres hilando en el lado del tabique, sentadas en fila, y entre todas hacían un ruido bajo y continuo que era el ruido de fondo de aquella casa a todas horas.
Hild se sentó y empezó.
A los veinte pasos de hilo ya lo sabía todo el banco.
Lo supieron sin mirarla, por el sonido, que es lo que pasa cuando once personas llevan toda la vida haciendo lo mismo al lado unas de otras.
El huso de la nueva daba vueltas mal. El hilo le salía gordo en unos sitios y fino en otros y con el torcido flojo, y eso en paño de casa grande no vale porque se abre en el telar.
La mujer de al lado le miró las manos.
—En mi casa había quien hilaba —dijo Hild—. Yo no hilaba.
Lo dijo como se lo había enseñado Gyda, sin disculparse y sin prisa, y funcionó de una manera que a ella le dio miedo.
La mujer de al lado apartó los ojos enseguida, y la de más allá dijo algo de que en las casas del rey las hijas aprenden otras cosas, y en cuatro respiraciones habían decidido entre todas que la nueva era de una casa donde no se hila, y siguieron hilando.
Hild siguió sacando hilo malo toda la mañana, y cada vuelta del huso le costaba un poco menos de lo que le habría costado hacerlo bien.
Al mediodía comieron en el banco, con los cuencos en las rodillas, y fue entonces cuando empezaron a preguntar.
Preguntaron once mujeres durante una hora y media y preguntaron todo lo que se pregunta. Si en Sogn hacía más frío. Cuántos días de barco. Si había pasado miedo. Si su madre vivía. Cuántos hermanos tenía. Cómo era la casa de su padre. Si había visto alguna vez al rey.
Hild contestó lo mínimo de cada cosa y devolvió una pregunta cada vez, como le habían dicho en la playa de Rousay.
En Sogn hace más frío, ¿y aquí nieva? Aquí no nieva casi, nieva y se va.
Dieciocho días, ¿y vosotras habéis cruzado alguna vez?
Ninguna de las once había cruzado nunca.
Miedo pasé en tres tormentas, ¿y aquí cómo sabéis cuándo viene una?
Y ahí se le fueron veinte minutos, porque las once tenían opinión sobre eso y ninguna era la misma.
Cuando acabó la hora y media, Hild había dicho de sí misma menos de lo que había dicho en cualquier tarde de su vida en la cocina de su tía, y las once se levantaron con la impresión de haber estado hablando con la nueva.
Después se pasó el resto del día temblando por dentro, porque a la pregunta de los hermanos había contestado que no tenía, y lo había contestado sin pensarlo, y ya no lo podía cambiar.
Thorbjorg vino a media tarde.
Venía del caldero y traía las manos mojadas, y se las secó en el delantal antes de acercarse.
De cerca era más joven de lo que parecía en el salón, cuarenta y tantos, con la cara ancha y los ojos muy juntos y una voz que sonaba igual hablando bajo que cantando, que es la voz de la gente que canta desde niña.
—Así no —dijo.
Le cogió la mano derecha y se la puso en el huso de otra manera, con el dedo corazón por debajo y el pulgar arriba.
—El torcido se lo das tú, no el peso. Si esperas al peso, sale lo que te está saliendo.
—Gracias.
—De nada.
Y no le soltó la mano.
La tuvo un momento más. Le pasó el pulgar por la base de los dedos, por donde estaba el callo, una vez, despacio, como quien comprueba el filo de un cuchillo ajeno sin pedir permiso.
Después se la soltó.
—Buenas manos —dijo—. Para el remo.
No lo dijo como una pregunta. No esperó respuesta y no miró la cara que ponía. Se dio la vuelta, volvió al caldero y estuvo el resto de la tarde cantando por lo bajo mientras trabajaba, y lo que cantaba era el estribillo de la muerta, y lo cantaba entero y sin una palabra cambiada.
A la irlandesa la vio el segundo día.
Era la que llevaba el agua. Diecinueve o veinte años, muy delgada, con el pelo negro recogido con una tira de paño y una marca vieja de quemadura en el antebrazo izquierdo. Iba y venía del pozo al caldero todo el día y no le hablaba a nadie y nadie le hablaba a ella salvo para mandarle algo.
—Kolla —dijo la mujer del caldero—. Agua.
La chica siguió andando tres pasos.
Fueron tres pasos. Después se dio la vuelta y fue a por el agua sin decir nada, y nadie de aquella casa se dio cuenta de nada, porque llevaban cuatro años viéndola hacer eso y para ellos era una chica lenta.
Hild se quedó con el huso parado en la mano.
Contó los tres pasos dos veces, hacia atrás, y le salió lo mismo las dos veces. No es lentitud. Es el tiempo que tarda una persona en acordarse de que la están llamando a ella.
Al tercer día se le acercó el pequeño.
Estaba ella sola en el hueco de la puerta de abajo, que era el único sitio de la casa donde daba el aire y no daba la gente, y el chico apareció por el lado del establo con dos cuerdas al hombro y se paró.
—Tú eres la de Sogn.
—Soy.
—Yo soy Thorfinn.
—Ya lo sé.
Siguió ahí, con las cuerdas, sin decidirse a pasar ni a irse.
—Ese verso de anoche —dijo—. El del final.
—El estribillo.
—Eso. —Se cambió las cuerdas de hombro—. ¿Por qué dice la puerta de mi padre? ¿Por qué no dice la casa?
Hild lo miró mejor. Tenía la cara sin hacer todavía y los ojos del conde, el bueno y el malo.
—Porque una casa te la puede quemar cualquiera —dijo— y una puerta la abres tú.
Se lo había contestado sin pensar y no era lo que le había explicado nunca la muerta, porque la muerta no le había explicado nada. Le salió a ella.
Thorfinn estuvo mirando el suelo un momento.
—Eso está bien —dijo.
Y se fue con las cuerdas.
La sarta se la enseñaron el cuarto día.
Vino a buscarla la mujer de Arnkel, que se llamaba Ingibjorg y que era la que mandaba en el lado de las mujeres aunque no lo dijera nadie. Tenía veintiocho años, tres críos y un manojo de llaves en el cinto, y andaba deprisa por toda la casa.
—Ven, que hay que enseñarte una cosa y luego se guarda.
La llevó al aposento del fondo, abrió un arcón con una de las llaves y sacó un paño doblado, y encima del paño, sin desdoblarlo del todo, estaba la sarta.
—Esta es la de esta casa —dijo.
Eran cuentas de ámbar y de vidrio, alternadas, con una de plata en medio, y colgaban de dos anillas que se enganchaban en los broches, una en cada uno, para que la sarta quedara cruzada por delante del pecho.
—La llevó la madre de Erlend hasta que se murió —dijo Ingibjorg—. Y antes la llevó la madre de ella. En esta casa la lleva la mujer del hijo que se casa, y se la ponen el día, no antes.
—¿Y hasta entonces?
—Hasta entonces se queda aquí y tú vas como vas.
Hild se quedó mirándola.
—¿Puedo contarlas?
Ingibjorg levantó las cejas.
—Cuéntalas si quieres.
Hild las contó con el dedo sin tocarlas, de izquierda a derecha. Treinta y una. Quince de ámbar, quince de vidrio y la de plata en medio, que era la que partía la cuenta en dos mitades iguales.
—Treinta y una.
—Eso no lo sabía yo —dijo Ingibjorg, y volvió a doblar el paño y a cerrar el arcón y a colgarse la llave del cinto—. Y llevo aquí nueve años.
Salieron del aposento y en el pasillo Ingibjorg se paró.
—Una cosa —dijo—. Aquí las mujeres no nos llevamos ni bien ni mal, nos llevamos como se puede. Yo tengo las llaves porque mi marido es el mayor. El día que se muera el conde, si las cosas salen de una manera, las sigo teniendo. Si salen de otra, las tienes tú.
—Yo no quiero las llaves.
—Eso lo dicen todas el primer mes. —Ingibjorg echó a andar otra vez—. Y no te lo digo para amenazarte. Te lo digo para que sepas por qué hay gente en esta casa que te va a tratar muy bien sin conocerte de nada.
Los días en aquella casa eran todos iguales y eran largos de una manera nueva.
En Nesbol el día empezaba cuando había luz y se acababa cuando se acababa el trabajo. Allí el día empezaba con setenta personas levantándose de los bancos y no se acababa nunca, porque siempre había alguien haciendo algo en alguna parte y siempre había alguien entrando por una de las dos puertas.
Y ella no tenía nada que hacer.
Eso, en una casa de setenta personas, es un trabajo en sí mismo. Hay que estar en algún sitio todo el día. Hay que estar en un sitio donde no estorbes y donde no parezca que te escondes, y eso hay que decidirlo cada hora.
Aprendió los sitios en cuatro días. El banco de las mujeres por la mañana. El hueco de la puerta de abajo a media tarde, cuando entra el aire. El rincón de detrás del telar grande, que no lo usaba nadie porque estaba oscuro.
Aprendió también quién entraba y salía y a qué hora, y no lo aprendió porque quisiera. Se le quedaba.
Hilaba mal por las mañanas. Comía en el banco de las mujeres. Por las tardes le mandaban sentarse con Ingibjorg mientras Ingibjorg llevaba las llaves de un lado a otro, y eso era lo que hacía una mujer que iba a casarse con el segundo hijo: mirar a otra mujer trabajar y aprenderse las puertas.
Erlend vino al lado de las mujeres el quinto día, que es una cosa que no hacían los hombres de aquella casa.
Vino con una vara en la mano. No se sentó.
—Perdona —dijo—. Una pregunta de cuentas.
Las once mujeres del banco no levantaron la cabeza y las once estaban oyendo.
—Dime.
—Aquí tengo lo que puso Sanday para dar de comer a los hombres de tu barco. —Le dio la vara la vuelta con dos dedos—. Ocho días, cuarenta y tres partidas, once casas. Mi padre ha mandado descontarlo entero del tributo del año que viene.
—Eso me han dicho.
—Lo que quiero saber es otra cosa. —Erlend levantó la cabeza—. ¿Esa isla se quedó corta?
Hild tuvo el huso quieto en la mano el tiempo de una vuelta.
Se quedó corta. Se quedó corta de mala manera, y la casa de Kvibakki ofreció cuatro huevos que le hacían falta, y Thorgils dio la cebada del año anterior que estaba guardando para el invierno, y en junio iban a estar comiendo lapas en la mitad de las casas del sur.
—No lo sé —dijo—. Yo estaba en la cama.
Erlend la miró un momento.
—Ya —dijo—. Claro.
Hild se dio cuenta demasiado tarde de que había contestado con lo que le había enseñado Kolbein y de que en esa pregunta no hacía falta.
—Lo que sí sé —dijo— es que el día que bajé del barco había gente en la orilla con los pies en el agua en mayo, y que eso no lo hace por un extraño quien tiene de sobra.
Erlend estuvo quieto.
—Eso es una respuesta mejor que la de antes.
—Es la misma.
—No. —Le dio otra vez la vuelta a la vara—. La de antes era de alguien que no sabe. Esta es de alguien que ha mirado.
Dio la vuelta a la vara otra vez, se la puso debajo del brazo y se quedó un momento más del que hacía falta para irse.
—Es que en la vara está lo que salió de cada casa —dijo—. Y no está lo que le quedó dentro. Eso no lo apunta nadie nunca.
Y se fue.
Aquella noche Hild se quedó la última despierta en el lado de las mujeres, que era lo único de aquella casa que podía hacer a su gusto.
La irlandesa vino a por la lámpara, que era lo último que hacía antes de acostarse.
—Kolla —dijo Hild.
Fueron tres pasos. Los mismos tres. Después se dio la vuelta, cogió la lámpara y se fue con ella hacia el otro lado del tabique sin mirarla a la cara.
Hild quedó a oscuras.
Se llevó los dos dedos al pecho, al hueco que quedaba entre un broche y el otro, y los puso allí donde iban a ir las treinta y una cuentas, y no dijo nada más en toda la noche.