Bajo el nombre de Astrid Capítulo 12
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Capítulo 12

—Kolbein Ottarsson. Cuánto tiempo sin verte bajar por tu propio pie.

Arnkel Einarsson estaba en el muelle cuando llegaron, con dos hombres detrás y sin capa, y cogió él mismo el cabo de proa y lo amarró.

Kolbein saltó al muelle con el saco de las varas al hombro.

Un hijo mayor de conde no baja a amarrar el barco de nadie.

Baja un criado, o baja un hombre del salón si el que llega es alguien.

Que bajara el mayor a amarrar el barco de un patrón de Sanday quería decir que aquel barco le interesaba mucho a Arnkel Einarsson, y que quería que se supiera, y que quería ser el primero en verle la cara a la mujer.

—Tengo el skatt de las islas del norte —dijo Kolbein—. Y traigo lo otro.

—Lo otro ya lo veo.

Arnkel se apartó del cabo y le dio la mano a Hild para ayudarla a bajar, que es lo que se hace, y ella se la cogió y bajó.

—Astrid Sigvaldadottir —dijo ella.

—Lo sé. —Arnkel sonrió. Tenía treinta años y una sonrisa que llegaba antes que él—. Llevamos un mes sabiéndolo. Bienvenida a una casa donde hay demasiada gente y poca cosa que hacer.

—¿Ha tenido buen viaje?

—Ha tenido el viaje que hay.

—Ya. —Arnkel la miraba sin disimulo ninguno, de arriba abajo, y lo hacía de una manera que no ofendía, que era lo raro—.

Perdona. Llevamos un mes con esto encima.

Primero llegó una carta, luego llegó un aviso de que estabas enferma, luego no llegó nada durante diez días y mi padre empezó a decir que se había roto una palabra dada en sus islas.

En esta casa no ha habido otra conversación.

—Lo siento.

—No lo sientas. Ha sido lo más entretenido del año.

Se rio él solo y echó a andar hacia arriba.

Descargaron hasta el anochecer.

Kolbein lo hizo él mismo, saco por saco y vara por vara, con dos hombres del salón apuntando lo que entraba, porque el tributo se entrega contado y se recibe contado y eso no se delega ni cuando llevas dos días en el agua.

Mientras contaba preguntó lo que había ido a preguntar.

—¿Ha llegado Nefsteinn?

—No ha llegado.

—¿Y se le espera?

—Se le espera con el tributo de Eday y las de en medio. —El hombre del salón cambió el peso de pie—. Dos semanas. Lo de siempre.

Kolbein siguió contando.

Al salón lo metieron por la puerta de arriba, que es la que se usa cuando se quiere que la gente vea entrar a alguien.

Hild iba delante con Ingimund. Kolbein detrás, con el saco todavía al hombro porque no había querido soltarlo.

Dentro había sesenta o setenta personas y dos fuegos largos, y el humo salía por arriba y no del todo, así que a la altura de los ojos se veía bien y a la altura del techo no se veía nada. Olía a turba, a cordero y a lana mojada de mucha gente junta.

Kolbein llevaba nueve años entrando en aquel salón once días al año y aquella noche lo vio como lo veía ella, porque iba detrás de ella y le veía la espalda.

Se paró un momento en el umbral. Medio paso, no más, y siguió.

Lo que había dentro no se puede contar de una vez.

Hay dos hileras de postes tallados que sostienen el caballete y entre poste y poste hay bancos, y encima de los bancos duerme la gente y debajo guarda lo suyo.

En la pared del fondo hay tres escudos colgados que no ha bajado nadie en veinte años.

Del caballete cuelgan cuatro cadenas con lámparas de aceite, que es lo que más impresiona a la gente que viene de una isla, porque en una isla no se quema aceite.

El conde estaba en el banco del medio y no se levantó.

Torf-Einar tenía la cara de un hombre que se ha pasado la vida fuera, con la piel de los pómulos curtida como el cuero de una bota vieja, y un ojo peor que el otro. Le quedaba pelo blanco en los lados y nada arriba. Llevaba una capa buena y ningún adorno.

No miró a Hild.

—¿Cuánto ha puesto Sanday para dar de comer a los catorce? —dijo.

Kolbein se descolgó el saco y sacó la vara.

—Ocho días. Pescado seco de tres casas, cebada de dos, una oveja y lo demás está aquí por casas y por días.

—Léemelo.

Kolbein se lo leyó entero. Cuarenta y tantas muescas, casa por casa.

El salón se quedó oyendo cómo un hombre leía una lista de cebada en voz alta delante de setenta personas, y nadie se movió, porque a la gente de aquella casa le interesaba mucho más aquella lista que la mujer que estaba de pie en medio.

Cuando acabó, el conde asintió una vez.

—Se descuenta entero —dijo—. No la mitad. Entero.

—Es más de lo que yo iba a pedir.

—Ya lo sé lo que ibas a pedir. —Torf-Einar se movió en el banco—. Una isla que da de comer a los hombres del rey durante ocho días en mayo y no manda a nadie a quejarse es una isla que el año que viene me paga sin que tenga que ir nadie. Eso vale más que la cebada.

Y entonces la miró.

—Astrid Sigvaldadottir.

—Sí.

—Tu padre me mandó una carta hace dos años con un hombre que no sabía leerla. —El conde estuvo mirándola con el ojo bueno—. ¿Sigue vivo tu padre?

—Sí.

—Dale recuerdos cuando le escribas, que no le vas a escribir. Aquí no escribe nadie.

Eso fue todo lo que dijo el conde aquella noche sobre la mujer con la que iba a casar a su hijo.

Al segundo hijo lo vio Kolbein en la mesa de la derecha, la que está pegada al tabique, con dos varas delante y un cuchillo de marcar.

Erlend Einarsson no se levantó cuando entraron. Levantó la cabeza, miró a Hild el tiempo que se tarda en leer una línea y volvió a bajarla.

Kolbein lo conocía de once días al año desde hacía nueve años y sabía cómo miraba aquel chico las cosas. Miraba las cuentas así. Cuando una cuenta le cuadraba, la pasaba. Cuando no le cuadraba, no decía nada, la dejaba encima de la mesa y volvía a ella más tarde.

A Hild la miró de la segunda manera.

Un rato después, cuando ya la habían sentado en el banco de las mujeres y ella llevaba media hora con el frío de la travesía metido en la espalda, Erlend se levantó, cogió el banco pequeño que había junto al fuego del fondo, el que nadie usaba porque estaba en el paso, lo llevó hasta donde ella estaba y lo puso de manera que quedara entre ella y la puerta.

No le dijo nada. No esperó a que le dijeran nada. Volvió a su mesa y a sus varas.

El pequeño estaba en el rincón de la izquierda, sentado en el suelo con la espalda en el tabique y las rodillas dobladas, y no había abierto la boca desde que ellos entraron.

Diecisiete años. Thorfinn. En aquella casa no contaba para nada, porque el primero manda, el segundo lleva las cuentas y el tercero espera a que se muera alguien.

Kolbein lo miró dos veces en toda la noche.

Las dos veces el chico estaba mirando a la mujer de Sogn. Y no la miraba como la miraban los hombres de las mesas, ni como la miraba su hermano mayor. La miraba como se mira a alguien cuando se está intentando acordar de dónde lo has visto antes.

Sacaron la cerveza a la segunda hora y a la tercera fue cuando Arnkel se puso de pie.

—Padre —dijo, y lo dijo alto para que llegara a los dos fuegos—. Nos han mandado de Sogn a una mujer que compone.

Se hizo el silencio de los salones, que no es silencio sino que la gente deja de hablar y sigue masticando.

—Eso decía la carta —dijo el conde.

—Eso decía la carta. —Arnkel se volvió hacia el banco de las mujeres—. Y hay setenta personas en esta casa que se han pasado el invierno oyendo a Thorbjorg, con todo el respeto.

Hubo risa. Desde el fondo, una mujer de unos cuarenta y tantos, de pie junto al caldero, se rio la primera y más fuerte que nadie, y siguió riéndose después de que se callaran los demás.

—Yo digo que la oigamos —dijo Arnkel.

Kolbein miró el fuego y no se le movió un músculo de la cara.

Lo tenía todo pensado menos aquello. Había pensado la entrega, el tributo, lo que iba a decir del grið y lo que no iba a decir, y había pensado cómo sacarla de allí si alguien preguntaba de más. No había pensado que la primera noche le fueran a pedir que abriera la boca delante de setenta personas.

Ella se levantó.

Se levantó sin mirarlo a él, que era lo primero que había hecho bien en todo el día, y se puso donde se pone el que va a decir algo, entre los dos fuegos, con la espalda a la puerta de arriba.

—Es una drápa de mi casa —dijo—. La hizo una mujer que ya no está.

Y la dijo.

La dijo despacio y con las paradas donde iban.

No levantó la voz. A la tercera estrofa, el hombre que estaba sirviendo cerveza en la mesa larga se quedó con la jarra en el aire y no la bajó hasta que ella acabó.

Un crío que estaba jugando con un hueso debajo de la mesa de la derecha dejó de darle vueltas.

Al fondo, dos hombres que habían empezado a hablar entre ellos se callaron sin que nadie les dijera nada, que es lo más difícil que pasa en un salón.

Y el estribillo lo dijo cuatro veces, como se dice.

Lo que se dice en voz alta no se pierde.

Lo que se calla se lo queda el mar.

Dije mi nombre en la puerta de mi padre

y la puerta lo guarda mejor que yo.

Cuando acabó no aplaudió nadie, porque allí no se aplaude.

Lo que hicieron fue lo otro. El hombre de la jarra bajó la jarra y siguió sirviendo y no dijo nada.

En la mesa larga, dos o tres se volvieron hacia el que tenían al lado y dijeron algo corto.

Una mujer del fondo se levantó y salió por la puerta de abajo, y volvió a entrar al poco con otra detrás, y la otra siguió de pie en la puerta.

Eso, en un salón, es lo que hay.

El conde no se movió del banco en un rato.

—Otra vez el estribillo —dijo.

Ella lo dijo otra vez.

—¿De quién es?

Hild no se sentó entre los dos fuegos con setenta personas mirándola.

—Mío —dijo.

Y lo dijo bien, sin que se le notara nada, y eso fue lo peor de toda la noche.

El conde asintió despacio, dos o tres veces, como asiente un hombre que está sumando.

—Yo hice versos de joven —dijo—. Malos. Se me daba mejor lo otro. —Se volvió hacia el fondo del salón—. Thorbjorg.

—Señor.

—Apréndetelo.

—Ya me lo sé, señor.

Se rieron. Se rio ella también, con la boca.

Cuando la gente empezó a moverse otra vez, Arnkel cruzó el salón y se puso al lado de Kolbein junto al fuego del norte.

—Bien —dijo—. ¿Eso lo sabías tú?

—¿El qué.

—Que canta.

—No la he oído nunca.

—Trece días en la misma isla y no la has oído nunca.

—Trece días en una isla con esa mujer en una cama y cuarenta casas que cobrar. —Kolbein se agachó a mover un tepe con el pie—. No la he oído nunca.

Arnkel estuvo un momento callado, mirando los dos fuegos.

—Mi hermano tiene suerte —dijo—. Y lo peor es que no se ha enterado.

Se fue hacia la mesa de la derecha, le puso a Erlend una mano en el hombro al pasar y no se paró.

Kolbein sacó la vara del día cuando ya se estaban acostando en los bancos y la gente iba apagando los fuegos con ceniza, y se puso a un lado con la palmatoria para escribir lo que escribía siempre al acabar un viaje. Tributo entregado. Encargo cumplido. Vuelta a las islas del norte.

Lo tenía ya puesto el cuchillo encima de la madera.

—Kolbein Ottarsson.

Era Ingimund, que venía del banco del conde.

—El conde dice que te quedas.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que se cierre lo de la palabra dada. Dice que el que respondió por esa mujer estará aquí el día que venga de Noruega el que respondió por ella allí, y que esa es la única manera de que un asunto así se acabe de verdad.

Kolbein se quedó con el cuchillo en la mano.

—¿Eso lo ha dicho él o lo ha dicho alguien y él ha dicho que sí?

Ingimund se lo pensó.

—Lo ha dicho su hijo mayor. Y él ha dicho que sí.

No hizo la muesca.

Limpió el filo en el muslo, lo guardó, guardó la vara sin escribir y se fue a buscar un sitio en el banco de la pared del norte, que es el que está más cerca de la puerta y el más frío y el que nadie quiere.