Capítulo 11
Sacaron el barco con la marea alta y a los cien remos ya no se veía la casa.
Hild iba en el banco de proa, de cara a la popa, que es como va el que no rema. Delante tenía ocho espaldas subiendo y bajando a la vez y detrás tenía el mar, y en medio, entre sus pies y el arcón de la muerta, iba el saco de cuero con todas las varas del skatt de las islas del norte.
No tenía nada que hacer con las manos. Llevaba veintitrés años sin que eso le pasara.
Las tuvo un rato encima de las rodillas. Después las metió debajo de la capa. Después se agarró a la regala, que fue lo que mejor le salió, porque así al menos parecía que sujetaba algo.
A las tres horas se les acabó el viento del todo y hubo que remar de verdad.
Ormar los llevó a paladas largas y contadas, que es como se rema cuando queda mucho, y a la segunda hora de eso el que iba en el tercer banco de estribor empezó a perder el compás.
Era Onund, que tenía sesenta y dos años y que iba porque en un barco de ocho no se deja a nadie en tierra cuando hay ocho.
Se le fue la pala dos veces. A la tercera se paró.
—Cambio —dijo Ormar.
No había a quién cambiar. Iban los ocho y el patrón, y el noveno era un hombre del conde que llevaba el saco de las varas y que no iba a coger un remo delante de nadie, y la décima era ella.
Hild se levantó.
Le salió del cuerpo antes que de la cabeza, como la cuenta de los barriles. Dio un paso hacia el tercer banco con la mano ya puesta en la capa para quitársela.
Su tío la miró desde el timón.
No abrió la boca. No hizo ningún gesto. Solo la miró un momento y siguió mirando la proa, y con eso bastó.
Hild se sentó otra vez en su banco y se puso las manos debajo de la capa.
Remó Bardi doble un rato, que tenía dieciséis años y aguante, y luego Onund volvió a coger el compás y llegaron.
Vararon antes del anochecer en una ensenada de Rousay, al abrigo de la punta, porque de Sanday a Birsay no se va de un tirón y porque Ormar no pensaba meter aquel barco de noche en un sitio donde no había estado nunca.
Hicieron fuego en la arena con lo que llevaban, que era poco, y con lo que encontraron, que fue menos. Los ocho se pusieron alrededor. Comieron pescado seco y bebieron agua y hablaron de lo que hablan los hombres que llevan siete horas remando, que es de nada.
A Hild le pusieron una piedra plana al lado del fuego, aparte, con una manta doblada encima.
Nadie se lo mandó a nadie. Lo hizo Hrut, que fue el primero que bajó del barco, y lo hizo sin mirarla y sin decir nada, y cuando ella se sentó ahí los demás se corrieron hacia el otro lado del fuego sin darse cuenta de que se estaban corriendo.
Comió sola a cuatro pasos de ocho hombres que la habían visto nacer.
Al otro lado del fuego seguían hablando y ella los oía todo el rato, y esa fue la parte peor.
Hablaban de la marea de la mañana y de si el viento iba a rolar.
Hablaban de un primo de Hrut que se había casado en Westray y de lo que había pagado por la casa.
Thorstein contó por tercera vez en dos años la historia del hombre de Eday que se quedó dormido remando, y se rieron los mismos en los mismos sitios.
Nadie habló de ella y nadie habló de la muerta, y eso costaba trabajo, porque una isla entera había hecho otra cosa hacía trece días y era de lo único que se podía hablar.
A Hild le llegaba todo y no podía meterse en nada. Una vez, cuando Onund se equivocó en el nombre del primo de Hrut, abrió la boca para corregirlo.
La volvió a cerrar y se quedó con el pescado seco en la mano.
Su tío se le acercó cuando ya estaba oscuro. Se puso en cuclillas al lado de la piedra, de cara al fuego, y estuvo un rato sin decir nada.
—Los del tercer banco —dijo al final.
—¿Qué.
—Que tenías razón. Onund ya no puede. El año que viene lo tengo que dejar en tierra y me va a costar decírselo.
—Dile que necesitas a alguien en la orilla para las redes.
—Eso ya lo he pensado. —Ormar se rascó la barba—. Es que él también lo va a pensar.
Se quedaron los dos mirando el fuego.
—Cuando llegues allí no me busques —dijo él—. Yo descargo, cobro y me vuelvo. Si me buscas en el muelle, la gente mira.
—Ya lo sé.
—Te lo digo yo antes de que te lo diga él.
Se levantó con las dos manos en las rodillas, como se levantan los hombres de cincuenta y cuatro años, y se fue con los demás.
Kolbein la llamó más tarde, cuando el fuego ya estaba bajo y la mitad de los hombres dormía. La llevó veinte pasos por la arena, hasta donde rompía el agua, que es el único sitio del mundo donde dos personas pueden hablar rodeadas de gente.
—Te voy a preguntar y tú contestas —dijo—. Como si fuera allí.
—Ya me has dicho lo que tengo que decir.
—Decir es fácil. Ahora lo hacemos.
Se puso de cara a ella.
—¿Quién eres?
—Astrid Sigvaldadottir, hija de Sigvaldi de Sogn.
—Bien. Otra vez, y esta vez tarda un poco menos en contestar, que las contestas demasiado rápido y eso lo hace el que se las ha aprendido.
Lo repitió.
—¿Juras delante de estos hombres que eres esa mujer?
Hild abrió la boca.
—No —dijo Kolbein—. Ahí no.
—Si no contesto, se nota.
—Se nota menos que lo otro. Y no se contesta esa pregunta porque esa pregunta no te la puede hacer cualquiera. Te la puede hacer el conde o te la puede hacer el hombre del rey, y si te la hacen, tú me miras a mí y yo digo que el fiador soy yo y que el fiador responde por la persona.
—¿Y si no estás?
—Estaré.
—¿Y si no estás?
Kolbein estuvo callado.
—Si no estoy, dices: «No he venido a jurar, he venido a casarme». Y te callas.
Hild lo repitió dos veces por dentro, con la parada donde iba.
—Más —dijo.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintitrés.
—Eso es verdad. Bien, la verdad se usa siempre que se pueda. ¿Qué día saliste de Sogn?
—No me acuerdo del día. Salimos con la luna nueva de abril.
—Eso no lo sabes.
—Lo sé porque llegamos el primero de mayo y estuvimos dieciocho días.
Kolbein la miró.
—Eso lo has hecho tú ahora.
—Sí.
—No lo hagas. Si tienes que sacar una cuenta delante de alguien para contestar una cosa que tendrías que saber de memoria, estás perdida. Esas te las aprendes esta noche y no las vuelves a sacar.
—¿Cuáles.
—El día que saliste. El nombre del barco. El nombre del patrón. Cuántos hombres iban. Cuántos días. Cuándo murió tu criada y cómo se llamaba.
Hild aguantó quieta.
—No sé cómo se llamaba.
—Pues ya tienes la primera. —Kolbein miró el agua—. Y esa te la van a preguntar seguro, porque se murió en el mar bajo la misma palabra dada, y el hombre del rey va a querer su nombre para decírselo a alguien en Sogn.
—Ella nunca lo dijo.
—Entonces te lo inventas, y te lo inventas esta noche, y a partir de esta noche esa mujer se llama así y se ha llamado así toda tu vida.
Hild miró el agua negra.
—Groa —dijo.
—¿Por qué Groa?
—Porque es el único nombre de Sogn que me sé y porque si alguna vez se me traba la lengua, me va a salir ese.
—Vale. —Kolbein asintió una vez—. Groa. ¿De qué murió?
—De lo mismo que yo casi. Cuatro días antes.
—¿Dónde la echasteis?
—En el mar, con lo que llevaba puesto.
—¿Quién la echó?
—No lo vi. Yo estaba en el banco, tapada.
—Eso es bueno. —Él se apartó un paso—. Eso es lo mejor que has dicho en toda la noche. Cuando puedas no haber visto algo, no lo veas.
—Más.
—Ahora al revés. —Kolbein se sentó en la arena, con los antebrazos en las rodillas—. Pregúntame tú.
—¿Yo qué te pregunto?
—Lo que te vas a preguntar tú sola a las tres semanas de estar allí y no vas a tener a quién preguntárselo.
Hild no se apartó.
—¿Quién me puede tocar?
Kolbein levantó la cabeza.
—Nadie hasta la boda. Ni él. Si alguien te pone una mano encima antes de la boda, ese hombre le está haciendo un daño al conde y no a ti, y eso lo sabe todo el mundo en esa casa. Estás más segura ahí que en Sanday.
—¿Y después de la boda?
—Después de la boda eres de él.
Lo dijo sin cargarlo de nada, como había dicho lo de los dieciocho días de travesía.
—¿Y lo demás? —dijo ella.
—¿Qué demás.
—Cuando me pregunten cosas de mujeres. Lo que hacía mi madre. Cómo se llamaba mi abuela. Si tengo hermanos. Eso no me lo ha contado nadie y eso me lo van a preguntar en el primer mes cincuenta veces.
Kolbein estuvo mirando la arena.
—Eso es lo que me quita el sueño a mí también —dijo—. Y no tengo nada que darte.
—Algo tendrás.
—Tengo una cosa y es mala. —Se levantó—.
En esa casa hay setenta personas y todas quieren hablar.
Si tú preguntas, contestan. Si tú preguntas mucho, contestan mucho y no preguntan ellos.
Una mujer que llega a una casa nueva y se pasa tres meses preguntando cómo se hacen aquí las cosas es una mujer educada.
Una que contesta es una mujer a la que se le acaba lo que sabe.
—Preguntar.
—Preguntar siempre. Preguntar antes de que te pregunten. Y cuando no sepas qué preguntar, pregunta por lo que tienes delante.
Estuvieron así hasta que el fuego se quedó en brasas.
Al final Kolbein se pasó la mano por la nuca y dijo una cosa que no era una pregunta.
—Nefsteinn.
—¿Qué pasa con él?
—Que tiene once casas que cobrar y luego baja a Birsay con el barco del tributo, porque el tributo lo entrega él en persona, que es lo único que hace en todo el año que lo pone por encima de un criado.
—Kolbein se quedó mirando el mar—. Y va a preguntar qué ha pasado en Sanday.
Y se lo van a contar, porque no es un secreto.
—¿Cuánto tarda?
—Dos semanas. Tres si el tiempo se pone feo.
Ella se acordó de una cosa.
—Los nombres de los hombres de Sanday —dijo—. Los que juraron. ¿Los tienes en una vara?
—Los tengo en la vara de la asamblea, que la lee cualquiera que sepa leer una vara.
—¿Y te acuerdas del orden en que los llamaste?
—Me acuerdo de los nombres.
—Del orden, no.
Kolbein se lo pensó y dijo cuatro y se quedó parado en el quinto.
—Eso lo puedes tener —dijo Hild.
—Yo no soy tú.
—No hace falta ser yo. —Se levantó de la arena y se sacudió la falda—. Piensa en un camino que te sepas de memoria. El de tu casa a la orilla, ese.
—Ya está.
—Ahora ponlos por el camino. A Thorgils en la cancilla. A Sæbjorn en el primer recodo. A Hoskuld donde esté lo que haya ahí.
—Hay una piedra grande.
—A Hoskuld en la piedra grande. Y cuando quieras los nombres, andas el camino por dentro.
Kolbein estuvo un rato callado, andando aquel camino.
—Once —dijo al rato—. Y Ormar.
—Ya está.
—¿Eso quién te lo enseñó?
—Nadie. Yo no aprendí a hacerlo. Yo aprendí que se podía dejar de hacer y no me sale.
Salieron al amanecer con mal tiempo, de esos días que no son tormenta pero que no dejan de dar.
El agua entraba por estribor cada seis o siete paladas, siempre las mismas, y a la segunda hora Hild iba empapada hasta la cintura y tenía el pelo pegado a la cara en dos mechones sueltos que la trenza no le sujetaba porque la trenza se la había hecho ella y no Gyda.
Tenía las dos manos en la regala y no las podía soltar, porque el barco iba dando saltos cortos y el que se suelta en un barco así acaba en el fondo con la rodilla rota.
Kolbein llegó por detrás con el achicador en la mano.
Le apartó el pelo de la cara. Le pasó dos dedos por la sien, le recogió los dos mechones y se los metió por detrás de la oreja, y le limpió el agua del pómulo con el canto del pulgar.
Después siguió hacia proa a achicar.
No tardó nada. Fue lo que tarda alguien en apartar una rama para pasar.
Hild se quedó con las dos manos en la regala y con el sitio del pulgar caliente en el pómulo, igual que se le había quedado el del hombro el día del entierro, y estuvo así una hora sin soltarse, porque no podía soltarse.
Doblaron la punta a media tarde.
La bahía se abrió de golpe, como se abren las bahías, y allí estaba.
Hild había visto casas grandes. Había visto la casa grande de Grimsgarth, que tiene dieciocho brazas y dos puertas y donde se cobra el tributo de cuarenta casas.
Aquello no era una casa. Era una casa larga en lo alto, con el techo de turba verde y el caballete más largo que la playa de Nesbol, y a los lados otras cuatro más pequeñas, y abajo un muelle de piedra con tres barcos amarrados y uno de ellos con la vela todavía puesta.
Salía humo de cinco sitios distintos. Había gente andando entre las casas como andan las hormigas en un camino, siempre en las dos direcciones.
—Esa —dijo Kolbein desde detrás, sin que ella hubiera preguntado.
Hild iba a preguntar cuánta gente vivía allí.
Cerró la boca y se agarró más fuerte a la regala, porque una mujer de Sogn habría visto sitios así toda su vida.