Capítulo 10
El cobertizo de las redes olía a alquitrán y a pescado de hacía un año, y era el único sitio de Nesbol con una puerta que cerraba por dentro.
Kolbein la había mandado llamar allí y había esperado de pie, porque en el cobertizo no había dónde sentarse que no fuera una red.
Volvía de las otras islas. Había estado diez días en Eday, en North Ronaldsay y en la punta de Stronsay cerrando lo que faltaba del skatt, y lo había hecho solo, porque Nefsteinn se había llevado el barco del tributo el día diez, dos días antes de que se muriera nadie, y no había vuelto a poner los pies en Sanday.
Eso era lo único bueno que tenía todo aquel asunto y Kolbein lo sabía. El escribiente del conde había salido de aquella isla con una mujer viva en la cabeza y seguiría teniéndola viva hasta que alguien le contara otra cosa, y lo que le contaran sería lo que había apuntado la vara.
Había hecho los diez días como los hacía siempre y no había dormido ninguna de las diez noches.
Volvió a Sanday con la marea de la tarde y desde el agua vio lo que había pasado en la isla en diez días.
La vio a ella antes que a nadie. Estaba en lo alto de la duna, de pie, mirando el barco entrar, con la lana roja y una capa oscura encima, y detrás de ella, a cuatro o cinco pasos, había dos mujeres de la isla paradas también, esperando a que ella bajara para bajar.
Nadie le había mandado a nadie hacer eso. Lo habían hecho solos, en diez días.
Cuando llegó al patio de Nesbol se dio cuenta de lo otro. La casa estaba barrida. La leña estaba apilada de otra manera. Bergdis se había puesto la toca de las fiestas un día que no era fiesta y hablaba en voz baja dentro de su propia cocina.
Una isla entera estaba ensayando.
Ella entró y cerró.
Llevaba la lana roja porque no tenía otra cosa que ponerse, y en diez días se le había puesto peor, con el bajo comido de andar por la hierba y una mancha de turba en el costado que no se iba.
—Siéntate.
—No hay dónde.
—Entonces no te sientes.
Kolbein se apoyó en el poste.
—El primero de mayo bajó de un barco una mujer que llevaba dieciocho días en el mar y que no había puesto un pie en tierra desde Sogn —dijo—.
Esa mujer tenía las uñas limpias y las manos blancas.
El catorce de mayo se puso delante de cuarenta vecinos una mujer con la misma ropa y con las manos de trabajar en la orilla. Eso es lo primero.
Ella esperó.
—Lo segundo. La declaración que dijiste en el patio la dijiste con las mismas dos paradas que la de la orilla. Yo estaba en las dos. Nadie repite una cosa igual trece días después. Solo la repite igual el que la ha aprendido.
Ella seguía sin decir nada.
—Y lo tercero. —Kolbein se separó del poste—. La muerta que enterrasteis tenía las manos de una mujer que no ha llevado un cubo en su vida. Yo le levanté la mano en el banco antes de que la metierais en el hoyo.
Hild levantó la cabeza.
—¿Y por qué no lo dijiste?
—No has preguntado bien.
—Te estoy preguntando por qué no lo dijiste.
—Pregúntame primero si lo sé.
—Ya sé que lo sabes.
—Pues entonces no me preguntes lo otro delante de una puerta que no sabemos quién hay detrás.
Se quedaron callados. Fuera se oía el mar y se oía a Ormar en la orilla con el mazo, que había vuelto a darle brea a las mismas juntas.
Kolbein abrió la puerta, miró a los dos lados y la volvió a cerrar.
—El fiador era yo —dijo.
Lo dijo como el que da una cifra.
—Si esa mujer se murió en esta isla, el que rompió la palabra soy yo. Pierdo Hamnavoe, pierdo la tierra de arriba, pierdo dos vacas y pierdo el cargo, y el que la trajo pierde el cuello o lo que quieran dejarle. Y si esa mujer está viva, no ha pasado nada.
—Entonces esto lo haces por ti.
—Esto lo estoy haciendo por mí desde el catorce de mayo por la mañana.
Hild se quedó mirándolo.
—Yo pensé que era por mi tío.
—Tu tío es el otro que gana. Eso no me hace bueno.
Kolbein se pasó la mano por la barba.
—Ahora óyeme, que esto es lo que he venido a decir. Desde hoy tú y yo tenemos el mismo cuello en la misma soga y eso quiere decir que no hay dos versiones. Hay una y me la sé yo.
—Dila.
—Tú no sabes por qué murió la sobrina de Ormar, porque tú estabas en la cama.
Tú no viste lavarla. Tú no sabes cómo se llamaba el perro de esta casa, y si te preguntan te lo inventas, porque una mujer de Sogn no sabe el nombre de un perro de Sanday.
Tú lo que sabes es lo que dijo la mujer de Sogn en trece días y eso lo puedes decir todo, porque de eso nadie te va a coger.
—Eso ya lo hago.
—Ya lo sé que lo haces. Lo estoy diciendo yo en voz alta para que después no digas que no lo dije.
Ella asintió.
—Falta una —dijo.
—Dime.
—¿Qué me pasa a mí?
Kolbein se quedó callado.
—Me has dicho lo que pierdes tú y lo que pierde mi tío —dijo ella—. De mí no has dicho nada.
—No lo he dicho porque no lo sé.
—Dime lo que te parezca.
—Lo que me parezca no vale nada.
—A mí sí.
Kolbein se apoyó otra vez en el poste.
—A una mujer que se hace pasar por otra delante de un conde no la he visto nunca —dijo—.
Y llevo veinte años en esto. Así que no te puedo decir lo que hacen, porque nadie lo ha hecho.
Lo que sí sé es lo que hay debajo. Debajo hay un hombre del rey al que le han mentido en la cara, y esa gente no perdona por la mentira.
Perdona o no perdona por lo que le cueste la mentira.
—¿Y qué le cuesta?
—Al rey, nada. A Vigfus Hallsson, todo. Él dio su nombre igual que yo. Si sale esto, él ha llevado a un conde a casar a su hijo con una mujer de una orilla. Eso en Noruega se paga en la cara, delante de gente, durante el resto de su vida.
—Entonces a él también le conviene que no salga.
Kolbein la miró.
—Eso lo has pensado deprisa.
—Llevo trece días sin pensar en otra cosa.
—Pues piensa también esto. Que a un hombre le convenga callar no quiere decir que calle. Hay hombres que prefieren arder ellos a quedarse con una cosa así dentro. Y yo a Vigfus Hallsson no lo conozco.
Hild miró la red colgada del poste.
—Ella me pidió una cosa —dijo—. La mujer.
—Ya me lo contaste.
—No te conté todo. Me pidió que se dijera en voz alta y delante de gente que había llegado. Y yo se lo prometí. —Levantó la cabeza—. Y lo que hice aquella noche empezó siendo eso.
—Ya.
—¿Ya qué.
—Ya, que empezó siendo eso. —Kolbein se separó del poste—.
Óyeme bien, porque esto te lo digo una vez y no te lo vuelvo a decir en lo que nos queda.
Lo que hiciste esa noche no es lo que ella te pidió.
Ella te pidió que dijeras que llegó. Tú has dicho que eres ella.
Eso no es lo mismo y tú lo sabes, porque si fuera lo mismo no habrías tenido que quitarle el vestido.
Ella no contestó.
—Y no te lo digo para hacerte daño —dijo él—. Te lo digo porque en algún momento de los próximos meses te va a hacer falta creer que esto lo hiciste por ella. Y el día que empieces a creértelo, se te va a notar en la cara, y en esa casa hay gente que vive de ver cosas en las caras.
—¿Y qué me creo entonces?
—Lo que hay. Que lo hiciste por tu tío y que yo lo consiento por mi casa. Eso se sostiene, porque es verdad.
—Y una cosa más, y esta es la que importa. —Kolbein bajó la voz—. No vuelvas a jurar.
—Ya he jurado.
—Has dicho quién eres. Eso no es jurar. En Birsay te van a hacer jurar delante del conde y delante de un hombre del rey, y con la mano encima de algo, y eso es otra cosa.
Cuando llegue ese día, te callas y hablo yo.
Si no puedo hablar yo, dices lo que sabes y no dices lo que no sabes, y no dices nunca esas dos palabras.
—¿Y si me las piden?
—Me las pides tú a mí primero.
Hild se apoyó en la pared del cobertizo y por primera vez en diez días pareció una mujer de veintitrés años.
—¿Cuánto dura esto? —dijo.
—No lo sé.
—Dime lo que sepas.
—Sé que en dos días estás en Birsay. Sé que te van a casar en verano con un hombre que no te ha visto.
Sé que antes del otoño viene de Noruega Vigfus Hallsson a ver si la palabra se cumplió, porque para eso la dio.
—Kolbein volvió a lo suyo—. Y sé que en esta isla hay trece personas que lo saben y una de ellas tiene setenta años y otra es un crío de dieciséis.
—Bardi no habla.
—Bardi es el que menos me preocupa. —Se ajustó la correa del saco—. Me preocupa que dentro de dos años alguien se enfade con su vecino por una linde.
Fuera, en el camino de arriba, alguien empezó a gritar.
Salieron los dos. Venía el hijo de Hoskuld corriendo desde la punta y traía a un hombre detrás, a caballo, y el hombre a caballo era de Birsay porque llevaba capa buena y porque en Sanday no hay caballos.
El caballo era pequeño y venía reventado, porque lo habían bajado en un barco a la punta y desde la punta hasta Nesbol hay lo que hay. El hombre se bajó antes de que el animal parara del todo.
Tenía cincuenta años y llevaba la capa buena mojada por los hombros y el cinto con hebilla. Era de los que llevan un recado y no lo sueltan hasta que están delante de quien tiene que oírlo.
—¿Kolbein Ottarsson?
—Aquí.
Se llamaba Ingimund. Se sacudió el agua de la capa con dos golpes de mano y lo dijo delante de la casa, con Ormar, Bergdis, Gyda y media isla oyéndolo.
—El conde manda que la mujer de Sogn vaya a Birsay ahora. No cuando se tenga en pie. Ahora. Y manda que la lleve Kolbein Ottarsson y que responda él de lo que ha pasado en esta isla.
—¿Eso es todo?
—No. —Ingimund se volvió hacia Hild y bajó la cabeza como se hace—. Su hijo Erlend Einarsson manda decir que la casa está dispuesta y que la espera.
Hild se llevó la mano al broche izquierdo y se lo tocó, y después bajó la mano.
—Dile que se lo agradezco —dijo.
—Se lo voy a decir yo mismo.
—¿Y por qué manda él el recado y no su padre? —dijo Kolbein.
Ingimund se lo pensó antes de contestar, que es lo que le pasa a un hombre del salón cuando le preguntan por la casa donde come.
—Porque el conde ha mandado lo suyo y él ha mandado lo suyo detrás —dijo—. Los dos recados salieron el mismo día y los traigo los dos yo.
Kolbein no preguntó más delante de la gente.
Aquella noche, en el establo, hizo la cuenta de lo que aquello quería decir y no le gustó ninguna de las tres maneras de entenderlo.
Salieron con la marea de la mañana siguiente.
Los ocho remos de Ormar y Ormar al timón, y en el banco de proa la mujer de Sogn con la lana roja y una capa prestada de Bergdis, y detrás de ella el arcón de madera clara con refuerzos de hierro y el saco de cuero con todas las varas del skatt de las islas del norte.
Bajó la isla entera a empujar, que es lo que se hace, y bajó también la que no tenía por qué bajar.
Bergdis llegó la última, con un hatillo, y se lo dio en la mano.
—Dos camisas —dijo—. Son mías y te van cortas. Pero es que tú no tienes nada y una señora no llega a una casa así con una sola camisa puesta.
—Bergdis.
—No me digas nada. —Su tía se secó las manos aunque las tenía secas—. Y la manta no te la doy porque la manta la enterramos.
Se dio la vuelta y subió la duna sin esperar a ver salir el barco.
Gyda sí esperó. Se quedó en la arena, con el agua rozándole los zapatos, y cuando ya estaban metiendo los remos levantó una mano y se tocó la sien con dos dedos, que era el sitio donde iba la trenza.
Kolbein sacó la vara del día antes de que se despegaran de la orilla, porque eso se hace en tierra y no en el agua.
Veintiséis de mayo. Salida de Sanday hacia Birsay. Ocho remos, patrón Ormar Hrutsson.
Y los dos nombres de los que embarcaban, que es lo que se pone siempre.
Escribió el suyo primero.