Bajo el nombre de Astrid Capítulo 9
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Capítulo 9

—No. Con el dorso de la mano no. Con esta parte, y sin mirar lo que coges.

Gyda le pasó el cuenco por delante y se lo quitó antes de que lo tocara.

—Otra vez.

Llevaban dos días así, en el rincón de la cocina de Gyda, que era donde no entraba nadie porque Gyda vivía sola y no tenía nada que a nadie le hiciera falta.

Se sienta primero y se levanta la última.

No se pone de pie cuando entra alguien, salvo que sea un hombre del conde o un hombre de iglesia.

No se le da las gracias a quien sirve, se le dice que está bien.

No se coge el pan con la mano que está más cerca, se coge con la derecha siempre, aunque haya que cruzar el brazo por delante de otro. Y no se mira lo que se coge.

—¿Y por qué no se mira?

—Porque los que tienen siempre saben que va a haber. Los que no tenemos miramos para ver cuánto queda.

Gyda había estado de moza tres años en casa de Rognvald de Egilsay, y de aquello le quedaba un ojo que Hild no le había visto en trece años de conocerla.

—Las manos —dijo la vieja.

—¿Qué.

—Las manos, hija. Eso no hay quien lo arregle. —Le cogió una y se la puso bajo la luz de la puerta—. Esto se va en dos años de no hacer nada y tú no tienes dos años. Así que lo que vas a hacer es esto: no las enseñes y no las escondas.

—No entiendo.

—Si las escondes, todo el mundo te las mira.

Si las pones encima de la mesa como si tal cosa, no las mira nadie.

—Gyda le soltó la mano—. Y si alguien te dice algo, dices la verdad.

Dices que en el barco te pusieron a remar cuando cayeron dos con la fiebre.

Eso lo puede haber hecho cualquiera y no lo puede desmentir nadie, porque los que iban en ese barco están en Sogn.

Hild se quedó con esa frase. La primera cosa que le enseñaron a decir no era una mentira entera. Era una verdadera de otra persona.

—Y ahora lo difícil —dijo Gyda—. Lo que no sabes.

—Dime.

—Tú no sabes hacer nada de lo que hace una mujer de esa casa. Tú sabes remar, sabes destripar, sabes contar y sabes callarte. Nada de eso te sirve allí.

—Sé hilar.

—Sabes hilar para ti. —Gyda cogió el huso de la repisa y se lo puso en la mano—. Hila.

Hild hiló. A los veinte pasos de hilo Gyda se lo quitó y lo levantó a contraluz de la puerta.

—Esto es hilo de saco. Para paño de casa buena esto no vale, y en esa casa te van a sentar con las mujeres a hilar el primer día, porque es lo que se hace con una que llega, para verla.

—¿Y entonces qué hago?

—Lo haces mal y dices por qué. —La vieja le devolvió el huso—. Dices que en tu casa había quien hilaba y tú no hilabas. Eso en casa de un señor no es vergüenza, es lo contrario. Yo he visto a la mujer de Rognvald romper tres husos en un invierno y nadie se rio nunca.

—¿Y lo que sí sé hacer?

—Eso es lo peligroso. —Gyda se sentó en el banco—. Eso es lo que te va a salir sin que te des cuenta. El día que se te vuelque un cubo en aquella casa, tú no lo cojas. Que se vacíe. Y el día que veas contar mal a alguien, tú te callas.

—Eso no lo puedo prometer.

—Pues empieza a poder.

A media tarde del primer día vino la mujer de Thorgils con media rueda de queso.

Era la misma media rueda que había ofrecido en el patio de Grimsgarth el día del tributo, la que llevaba guardando desde el otoño, y la trajo envuelta en un paño limpio y la dejó encima de la mesa de Nesbol sin que nadie se la pidiera.

Y después no se fue.

No se sentó junto a la puerta, con las manos cruzadas, mirando. Bergdis le ofreció sentarse y dijo que no. Le ofreció beber y dijo que no. Estuvo allí el tiempo que se tarda en hacer una cosa larga, y lo que estaba haciendo era mirar a la señora de Sogn sentada en el sitio bueno de la cocina.

Hild aguantó. No cruzó las manos, no se las metió debajo del delantal y no se levantó. Las puso encima de la mesa, una al lado de otra, como le habían dicho, y las dejó allí.

—¿Y en Sogn hay vacas? —dijo la mujer de Thorgils al final.

—Hay.

—¿Y son como estas?

—Son más grandes.

La mujer asintió como si acabara de recibir una información importante y se fue.

Cuando se cerró la cancilla, Bergdis habló por primera vez en dos días, y habló a la pared de al lado.

—Más grandes —dijo—. Ni se te ocurra decir eso en Birsay. Allí hay gente que ha estado en Noruega.

Aquellos dos días fueron los más largos de su vida y casi no pasó nada en ellos.

Lo peor no fue la gente de fuera. La gente de fuera no entraba. Lo peor fue dentro de la casa donde había nacido su madre.

No podía sacar agua. Lo intentó la primera mañana, por costumbre, y Bergdis le quitó el cubo de la mano en mitad del patio y miró alrededor para ver quién lo había visto.

No podía echar turba al fuego. No podía ir a la orilla.

Tenía que estar sentada en el sitio bueno de la cocina, que era el único sitio de la casa donde nadie se sentaba nunca porque desde ahí no se llega a nada, y ver a su tía hacer sola el trabajo de dos.

Bergdis no le habló en dos días. No de mala manera. Le ponía la comida delante y se iba a hacer otra cosa, y cuando tenía que decirle algo se lo decía a la pared de al lado.

Su tío tampoco. Ormar entraba, se sentaba a comer, miraba el cuenco y salía. Una vez levantó la cabeza y la miró de frente un momento, y lo que le salió no fue nada bueno, y se levantó y se fue a la orilla.

La segunda noche, Hild se despertó y oyó a los dos hablando al otro lado de la pared de tablas.

—Es tu sobrina —decía Bergdis.

—Ya no.

—Es tu sobrina y está en esa cocina y lleva tres días sin que le digas ni el buen día.

—¿Y qué le digo?

—Lo que le decías antes.

—Antes le decía Hild. —La voz de su tío se quedó parada un momento—. Dime tú cómo la llamo ahora en mi casa.

Bergdis no le contestó. Hild oyó el ruido de alguien que se da la vuelta en un jergón y después no oyó nada más, y estuvo despierta hasta que empezó a entrar luz por debajo de la puerta.

Por la mañana su tío entró, se sentó, se tomó las gachas y al levantarse le puso la mano en el hombro al pasar. No le contestó. Fue todo lo que hubo y fue mucho más de lo que ella esperaba.

La isla la llamó la señora desde el primer día. No hubo que pedirlo. Lo empezó a decir la mujer de Thorgils y en media jornada lo decía todo el mundo, y ese fue el único trabajo que no le costó nada a nadie.

El único que falló fue un crío.

Fue en la cancilla, la segunda tarde. El pequeño de Grim, que tendría cinco años, venía con su madre y se paró a mirarla, y dijo lo que dicen los críos, que es lo que ven.

—Esa es la de las varas.

Su madre le dio un tirón del brazo que casi lo levanta del suelo y se lo llevó sin decir buenas tardes.

Hild se quedó en la cancilla con la lluvia. Entró, se sentó en el sitio bueno y estuvo un rato contando las vigas del techo, que eran once y siempre habían sido once.

La enterraron la tercera mañana, encima de la playa, donde se entierra a los de la isla.

Fueron todos. Cavaron Thorgils y el hijo de Hoskuld, que era el que mejor cavaba.

Bergdis le había puesto a la muerta una cinta en el pelo, que era suya, y nadie dijo nada de eso.

Hacía viento del norte y llovía de lado, de esa lluvia que no moja de arriba sino de un lado, y la tierra que sacaron salió negra y pesada y se quedó apilada sin desmoronarse.

No la bajaron con cuerdas porque no hacía falta. La bajó Thorgils con los brazos y se la pasó a Sæbjorn, que estaba dentro del hoyo, y Sæbjorn la dejó y salió.

Ormar dijo lo que había que decir, que fue poco.

Dijo que aquella chica había nacido en aquella isla, que había cuidado a su madre hasta el final y que había cuidado después a una forastera, y que se la llevó lo mismo que a la una y que a la otra no.

No dijo nada de ella que no fuera cierto y tardó menos de lo que se tarda en contar hasta treinta, y al acabar se le fue la voz en la última palabra y se quedó mirando el mar.

Y después dijeron el nombre.

Hild dio medio paso adelante antes de acordarse.

Fue un paso corto, de los que se dan cuando te llaman desde la cocina y estás fuera. El pie derecho se le fue solo y la punta llegó a la tierra apilada.

Lo volvió a poner donde estaba.

No la vio nadie, o no la vio casi nadie, porque estaban todos mirando el hoyo. La vio Gyda, que estaba enfrente, y bajó los ojos enseguida.

El viento arreció cuando estaban echando la tierra y fue entonces cuando se le soltó el broche izquierdo.

Se le soltó del todo. La aguja salió del ojal y el tirante se le fue del hombro y el peso del bronce lo llevó hacia abajo, y ella lo cogió al vuelo contra el pecho con las dos manos, y al cogerlo se le quedaron las dos manos ocupadas y el vestido abierto por arriba y medio hombro de camisa al aire delante de cuarenta personas.

Se hizo un hueco de silencio dentro del otro silencio.

Kolbein cruzó por delante del hoyo. Le quitó el broche de las manos sin decirle nada, le subió el tirante con dos dedos hasta donde tenía que ir, buscó el ojal y metió la aguja, y apretó el cierre con el pulgar hasta que sonó.

Tardó lo que se tarda. No fue rápido y no fue lento.

Después se apartó y se volvió a poner donde estaba, que era al otro lado del hoyo, y siguieron echando tierra.

Hild se quedó con las manos donde le habían quedado. Tenía el sitio del pulgar de él caliente en el hueso del hombro, encima de la lana, y lo tuvo así todo el tiempo que faltaba, que fueron veinte paladas.

Al deshacerse la gente, Sæbjorn se le puso al lado. No la miró. Se puso a su altura mirando el mar, con el gorro en la mano, como quien espera a que pase una fila.

—Los cinco barriles —dijo.

Y se fue detrás de su mujer.

Gyda la alcanzó en la cuesta. Iba despacio, agarrándose a las matas, y no dijo nada hasta que estuvieron las dos por encima del viento.

—Medio paso —dijo.

—Lo sé.

—No lo vuelvas a dar.

—No lo he dado. Lo he puesto otra vez donde estaba.

—Da igual dónde lo pusieras. Lo diste. —La vieja se paró a coger aire—. Y eso no ha sido porque seas tonta. Eso ha sido porque te han llamado. A la gente la llaman por su nombre desde que nace y el cuerpo contesta solo. Eso se te va a ir en años, no en meses.

—¿Y hasta entonces?

—Hasta entonces, cuando digan ese nombre delante de ti, tú haz algo con las manos. Cualquier cosa. Tócate el broche, ajústate la capa, lo que sea. Que el cuerpo tenga algo que hacer antes de que se le ocurra andar.

Volvieron a Nesbol con la lluvia de lado. Bergdis iba delante. En la cancilla se paró, esperó a que Hild llegara y le abrió la cancilla, que era una cosa que no había hecho en su vida con nadie de la casa, y se apartó para dejarla pasar primero.

Hild pasó.

Quiso decirle a su tía que aquello no hacía falta. Abrió la boca en el patio, con la lluvia dándole en la cara, y su tía ya estaba de espaldas metiendo la leña dentro.

No se lo dijo.