Capítulo 8
En el patio de Grimsgarth había más gente de la que había llamado.
Kolbein los contó desde el muro, por costumbre. Había llamado a los once que vieron el cuerpo y a la dueña de Nesbol. Había cuarenta y tantos, contando mujeres y críos encima de la tapia, que es la isla entera menos los que no andan.
Eso fue lo primero.
Lo segundo fue que nadie hablaba. En un patio con cuarenta personas y un thing por delante siempre hay dos o tres discutiendo de una linde, y aquella mañana estaban todos callados y mirando el camino de Nesbol.
Lo tercero fue Gyda. La vieja estaba delante del todo, a la izquierda de la piedra, que es donde se ponen los que van a hablar, y llevaba puesto el pañuelo bueno. Gyda no se ponía el pañuelo bueno ni para las bodas.
Kolbein había hecho treinta o cuarenta asambleas pequeñas en nueve años y sabía cómo huele una a la que la gente viene a mirar y cómo huele una a la que la gente viene con algo decidido.
Sacó la piedra del muro él mismo, porque no había mandado a nadie hacerlo, y la puso en el sitio de siempre, en el hueco entre el establo y la casa grande, donde el viento pega menos. Puso las varas encima de la piedra plana de al lado, en fila, de canto.
Y se sentó encima, que es como se abre.
—Por la muerte de la mujer que vino de Sogn bajo palabra dada —dijo—. Levanta la mano el que tenga algo que decir y que lo diga delante de los demás.
Y entonces vino ella por el camino.
La vio primero la gente del muro, que estaba de cara a Nesbol, y se fueron volviendo los demás por detrás, en orden, como se vuelve la hierba cuando entra el viento por un lado.
Venía andando despacio, sola, con Bergdis tres pasos detrás como se anda detrás de una señora.
Llevaba la lana roja y los dos broches y traía el pelo trenzado y recogido alrededor de la cabeza.
Andaba mirando al frente y no miraba dónde ponía los pies, y eso en un camino de Sanday en mayo lo hace quien no ha andado nunca por él o quien ha decidido no mirar.
Kolbein la vio desde lejos y siguió sentado en la piedra.
Tenía tiempo de sobra para pensar lo que estaba viendo y no lo aprovechó, porque lo que estaba viendo no necesitaba que lo pensara nadie.
Cuando llegó al patio, la gente se abrió sin que nadie lo mandara. Ella se paró a cuatro pasos de la piedra y se quedó de pie, muy derecha, con las manos delante.
—Astrid Sigvaldadottir —dijo—. Hija de Sigvaldi de Sogn. Vengo bajo la palabra de Vigfus Hallsson y del hombre que responde por las islas.
Lo dijo con una parada antes de Sogn y otra antes del hombre que responde. Las mismas dos.
Kolbein se quedó mirándole las manos, que las tenía juntas por delante a la altura de la cintura. Las uñas cortas y rotas. Los callos duros en la base de los dedos. La cicatriz blanca y curva en el pulpejo del pulgar izquierdo.
Estuvo mirándolas el tiempo que tardó el viento en dar la vuelta al patio.
—¿Quién ha muerto en Nesbol? —dijo.
—La sobrina del dueño —dijo Bergdis—. Hild Ketilsdottir. Se puso mala cuidando a la señora y se murió anteanoche.
—¿Quién estaba cuando murió?
—Yo —dijo Gyda—. Yo estaba.
—¿Sola?
—Sola. La otra no se podía tener en pie.
—¿Y quién la ha lavado?
—Yo. Y la he vestido con lo suyo.
—¿De qué murió?
—De la misma fiebre. Empezó con el frío por la espalda el día once y el doce ya no se tenía.
—El once —dijo Kolbein.
—El once.
Era mentira y era una mentira mala, porque el once y el doce la sobrina de Ormar había estado en el patio de aquella misma casa, y la había visto Bergdis y la había visto el que le llevaba la leña.
Kolbein podía haber preguntado quién la vio en el patio el día once.
—¿Y avisasteis a alguien? —dijo.
—¿A quién íbamos a avisar? —dijo Gyda—. Aquí no hay a quién avisar. Aquí te pones mala y te mueres o no te mueres.
—Eso es verdad.
Sacó la vara y el cuchillo.
—¿Hay alguien que diga otra cosa?
Los fue llamando por su nombre, de uno en uno, y cada uno dio un paso adelante y dijo lo que tenía que decir.
Thorgils lo dijo corto y claro y volvió a su sitio. Sæbjorn lo dijo mirando a Kolbein a la cara, que no lo hacía casi nadie. Eirik y Sumarlidi y Hrut y Onund y Grim lo dijeron uno detrás de otro y se les notaba el orden aprendido.
Ketil el Cojo dijo que la señora de Sogn había estado en pie en el patio de Nesbol el día once.
Se hizo un hueco pequeño. Bergdis cerró los ojos.
—El once, la señora estaba en cama —dijo Kolbein—. Ketil, ¿tú entraste en esa casa el día once?
—Yo no entré.
—¿Y viste a alguien en el patio?
—A alguien vi.
—¿De lejos o de cerca.
—Del camino de arriba.
—Del camino de arriba a ese patio hay ochenta pasos y una mujer con un vestido es una mujer con un vestido. —Kolbein hizo la muesca—. Ketil Hrutsson dice que vio a una mujer en el patio de Nesbol el día once desde el camino de arriba.
—Eso es lo que digo —dijo Ketil, agradecido, y se apartó.
Hoskuld habló el último y habló menos que nadie.
—Yo he visto muerta a la sobrina de Ormar Hrutsson —dijo—. Y eso es todo lo que yo he visto.
Cuando acabaron, Kolbein se levantó de la piedra.
—Voy a ver a la muerta.
Entró en Nesbol solo. Bergdis fue detrás y él le dijo que se quedara en el patio.
La habían puesto en el banco de la pared, no en la cama, con una camisa de lino basto y el pelo suelto, y le habían atado la mandíbula con una tira de paño como se hace con todo el mundo.
Kolbein se quedó a un paso.
Tenía la cara más chica de lo que la recordaba. La fiebre le había comido la carne en doce días y la muerte le había quitado lo poco que quedaba, y con el pelo suelto y la camisa basta parecía lo que la isla iba a decir que era. Casi.
Le levantó la mano derecha por la muñeca.
Blanca. Sin un callo. Las uñas largas y limpias, cuidadas, con las medias lunas hechas. La mano de una mujer que no ha llevado un cubo en su vida.
Se la dejó otra vez encima del pecho, como estaba.
Siguió de pie en la casa vacía más rato del que hacía falta. Por la puerta entraba el ruido del patio, cuarenta personas que no hablaban y que respiraban.
Con nueve palabras se acababa. Esta mujer tiene manos de remo y la muerta no. Lo dices desde la piedra y se cae todo, y en tres semanas hay un hombre colgado en Birsay y una isla arruinada y una casa suya en Hamnavoe con otro dentro, y no ha dejado de ser verdad ni un momento que el fiador era él.
Le subió la camisa a la muerta hasta el cuello, que Gyda se la había dejado abierta de cuando la lavó, y le remetió la tela por los hombros.
Salió al patio y se sentó en la piedra.
—La he visto —dijo—. Doy fe de que ha muerto en esta casa una mujer, y de que la han lavado y la han velado como se debe.
Hizo la muesca. Después hizo la segunda.
—La palabra dada no está rota, porque la mujer de Sogn está viva y está en esta isla. Ormar Hrutsson sale de su casa y queda libre de la custodia. Thorgils Bardason y Hoskuld Onundsson quedan libres de guardarlo.
Hubo ruido en el patio, y el ruido era el que hace la gente cuando lleva tres días sin respirar.
—Una cosa más —dijo Kolbein, y el ruido se cortó—.
Todo lo que se ha dicho hoy aquí lo he apuntado con el nombre de quien lo ha dicho.
Cuando venga de Noruega el que responde por esa mujer, y va a venir antes del otoño, me va a preguntar a mí y me va a preguntar a vosotros.
Y os va a preguntar de uno en uno y no delante de los demás, que es como pregunta la gente que sabe preguntar.
Nadie dijo nada.
—El que quiera cambiar algo de lo que ha dicho, que lo cambie ahora. Después ya no se puede.
Esperó lo que tarda uno en contar hasta veinte.
—Pues está dicho.
Ormar salió de su casa al mediodía.
Salió andando, con la puerta abierta detrás y Thorgils apartándose del quicio, y en el patio había todavía quince o veinte personas que se quedaron esperando a ver qué hacía.
No hizo nada. No abrazó a su mujer ni le dio las gracias a nadie.
Se paró en mitad del patio, miró el cielo para ver qué hora era, cosa que llevaba tres días sin poder hacer, y se fue derecho a la orilla.
Estuvo allí hasta que se hizo de noche, sentado en la arena delante de su barco, sin tocarlo.
El bote pequeño llegó a media tarde. Bardi venía en él, dormido en el fondo, y el hijo mayor de Sæbjorn remando solo los últimos mil pasos porque se habían turnado mal.
—Dilo como te lo dijeron —dijo Kolbein.
El chico se puso derecho en la arena, con el remo todavía en la mano.
—El conde ha oído lo que le mandas. Que se le avise cuando la mujer pueda viajar y que se la lleve a Birsay en cuanto se tenga en pie. Y que si empeora, se le avise también.
—¿Y eso quién lo ha dicho?
—Un hombre del salón, que se llama Ingimund. El conde no estaba.
—¿Y su hijo?
—¿Cuál de los tres?
—El segundo.
El chico se lo pensó.
—Ese estaba. Ese estaba en la mesa de al lado, llevando unas cuentas, y no abrió la boca en todo el rato. Cuando acabamos levantó la cabeza y preguntó una cosa.
—¿Qué cosa.
—Preguntó qué comía.
Kolbein estuvo esperando a que hubiera más y no hubo más.
—¿Y qué le dijisteis?
—Que caldo. Que poco.
—¿Y él?
—Y él dijo que bueno. —El chico se rascó la cabeza—. Y luego le dijo una cosa a un criado, bajito, y el criado salió. Y eso fue todo.
—¿Qué cara tenía?
—¿Quién.
—El hijo del conde.
El chico se lo pensó, porque le estaban preguntando algo que no había mirado.
—Cara de estar sumando —dijo—. Como tú.
Aquella noche Kolbein se sentó en la casa grande de Grimsgarth con la palmatoria y las varas delante y se puso a preparar lo que iba a decir en Birsay.
Lo hizo como lo hacía siempre, por orden y con los nombres.
La mujer bajó del barco por su pie el primero de mayo delante de la isla y dijo su nombre.
Enfermó el mismo día. Estuvo doce días en cama en Nesbol, atendida por la sobrina del dueño.
La sobrina del dueño enfermó cuidándola y murió en la noche del doce al trece.
La mujer de Sogn se ha tenido en pie el catorce y ha hablado delante de cuarenta y tantos vecinos.
Queda por decidir cuándo puede embarcar.
Lo repasó dos veces.
No había en todo aquello una sola frase que fuera mentira, y no había una sola que fuera verdad, y las dos cosas eran obra suya, porque las frases las había escogido él.
Podía haber dicho una cosa aquella mañana en el patio. Una sola. Con nueve palabras se acababa: esta mujer tiene manos de remo y la muerta no.
No la había dicho.
Después empezó la otra lista, que era la que no iba a leer nadie.
Gyda, que había lavado a las dos y que tenía sesenta años.
Bergdis, que había pedido que se falsificara el aviso delante de él tres días antes, y eso lo recordaría cualquiera a quien se lo preguntaran.
Ormar, que era el que ganaba y que no sabía mentir ni para decir la hora.
Hoskuld, setenta años, con un hijo casado en Sandvik.
Ketil el Cojo, que aquella mañana ya había estado a punto.
Bardi, dieciséis años. Thorstein, que había preguntado cuándo se acababa. Los demás.
Y la chica, que era la única de los trece que tenía que sostenerlo en una casa llena de gente que no la conocía, todos los días, desde el primer día, y que en trece días no le había pedido ayuda a nadie ni se le había quebrado la voz.
Kolbein apagó la palmatoria y la volvió a encender, porque no había acabado.
Quedaba lo de Vigfus Hallsson. Eso tenía plazo. Un hombre del rey no cruza en mayo por una boda de un segundo hijo, cruza en agosto o en septiembre, cuando tiene que estar de vuelta antes de las noches de invierno. Tres meses. Cuatro si había suerte.
Tres meses no es nada para ensayar y es demasiado para callarse.
Sacó la vara del día y le hizo la muesca. Catorce de mayo, causa cerrada, once juradores y una declaración.
De lo otro no apuntó nada.