Capítulo 7
—Ponle las manos así, que luego se quedan como las dejas.
Gyda le cogió a la muerta las dos manos y se las cruzó encima del vientre, una sobre otra, y se las apretó un poco para que se estuvieran quietas.
Llevaban desde el anochecer las dos solas con ella. En esa isla no se deja a un muerto sin nadie, y Bergdis no había querido entrar desde media tarde, y Ormar no podía salir de la habitación del fondo, así que quedaban ellas.
Hild tenía la palmatoria en la mano y la había ido moviendo según lo que Gyda hacía.
—¿Dónde la van a enterrar? —dijo.
—Aquí no.
—¿Por qué aquí no?
—Porque esta no es de aquí. —Gyda se estiró la espalda—. Esta la querrán en Birsay, o la querrá su padre en Sogn. En Sogn, digo yo, que para eso la pagó.
—Sogn está a dieciocho días.
—Sogn está donde está. Eso ya no es cosa nuestra.
Miró la cara de la muerta con la cabeza un poco ladeada, como se mira una labor que se ha acabado.
—Pobre —dijo—. Y encima se iba a casar con un hombre que no le ha visto la cara.
Hild movió la palmatoria.
—¿Nunca?
—Nunca. Ni él a ella ni ella a él. —Gyda le recogió a la muerta un pelo suelto de la sien y se lo metió en la trenza—.
Así se casan los de arriba. Se ven el día de la boda y lo de antes lo arreglan los padres.
Yo estuve de moza en casa de Rognvald de Egilsay y allí trajeron a una de Caithness que no había visto a su marido en su vida, y la trajeron de noche.
—¿Y qué pasó?
—Nada. Se casó. Lo que pasa siempre.
Gyda se fue a dormir un rato al banco de la pared con la boca abierta, porque tenía sesenta años y llevaba en pie desde antes del amanecer.
Hild se quedó sola con ella.
Se sentó en el taburete y estuvo mirándola mucho rato. Tenía las manos cruzadas y la trenza recogida y la lana roja hasta los tobillos, y estaba peinada mejor que en los doce días que llevaba Hild peinándola.
Salió una vez al patio. Thorgils estaba en la puerta de la habitación del fondo, sentado en un taburete con la espalda contra la jamba, y no dormía.
—¿Necesitas algo? —dijo Hild.
—No.
—¿Y él?
—Él está despierto.
Desde dentro, la voz de Ormar dijo una cosa a través de la tabla.
—Dile a tu tía que no venda el barco todavía.
Hild no contestó. Entró en la cocina. Bergdis estaba de rodillas delante del arcón grande con todo lo suyo fuera, la manta de las bodas, dos camisas, un cuenco de madera con una cenefa quemada, y lo iba poniendo en montones.
No estaba llorando. Estaba haciendo montones, uno grande y uno pequeño, y el pequeño era lo que valía algo.
—Vete a dormir —dijo Hild.
—Vete tú.
Volvió con la muerta.
Se sentó otra vez en el taburete. Y en algún momento de aquella noche, sin decidirlo, empezó a decir en voz baja lo que llevaba trece días con ella.
—Astrid Sigvaldadottir. Hija de Sigvaldi de Sogn. Vengo bajo la palabra de Vigfus Hallsson y del hombre que responde por las islas.
Lo dijo porque se lo había prometido. Se lo había prometido el día once, delante de nadie, que se diría en voz alta, y llevaba desde la madrugada anterior con la palabra atravesada.
Lo dijo con las paradas donde iban. Lo dijo con la voz de ella, que era la única manera que sabía de decirlo.
Y se oyó.
Se quedó con la boca abierta y el aire dentro y no se movió del taburete durante lo que tardó la palmatoria en consumir un dedo de sebo.
Después empezó a contar, porque contar era lo que sabía hacer cuando se le venía algo grande encima.
Le habían visto la cara de cerca, viva, cinco personas.
Gyda, Bergdis, su tío desde la puerta, el hombre del conde y ella.
La isla la había visto una vez, de pie en la arena, a doce pasos, con el pelo suelto y la fiebre puesta, hacía trece días.
Y muerta la habían visto once hombres aquella misma mañana, uno detrás de otro, de un vistazo y con el gorro en la mano.
Los de Sogn se habían ido el día ocho. Estaban en el mar o estaban ya en Noruega, y se habían llevado en la cabeza a una mujer enferma, no a una muerta.
Y en Birsay no la había visto nadie. Ni el conde, ni sus hijos, ni el hombre con el que se iba a casar.
Hild contó todo eso dos veces, como contaba los barriles, y la segunda vez le dio lo mismo que la primera.
Después contó lo otro, que era más corto.
Su tío tenía cincuenta y cuatro años y un barco de ocho remos y una casa con el techo bueno y ninguna otra cosa.
Si le quitaban el barco, los ocho hombres que comían del barco comían de otro sitio o no comían.
Su tía no tenía hijos. Ella tenía veintitrés años, un jergón en la cocina de su tío y dos varas de cuenta que no eran suyas.
Eso era todo lo que había en el otro lado de la balanza, y no llegaba a nada.
No se levantó en un rato. Le entró frío por los pies, que es lo que pasa cuando uno lleva horas quieto en un suelo de tierra, y se los fue frotando uno contra otro sin darse cuenta.
No hubo ningún momento en el que decidiera. Hubo un momento en el que se levantó.
Se levantó.
Le desabrochó los broches a la muerta con las dos manos, despacio, porque la lana se había quedado tiesa en los dobleces y el ojal no soltaba.
El bronce estaba frío, como la primera noche.
Le sacó el vestido rojo hacia arriba, sujetándole la cabeza con el antebrazo para que no se le fuera hacia atrás, y la dejó en camisa encima de la cama, y le volvió a cruzar las manos donde Gyda las había puesto.
Se quitó lo suyo. Se puso la lana roja, que le venía corta de bajos porque ella era más alta, y buscó los ojales con los dedos y se prendió los broches sin verlos.
Después se deshizo la trenza y empezó otra vez.
La trenza de corona no se la había hecho nunca.
Es peinado de mujer hecha y de casa con gente, y en Nesbol se llevaba el pelo atado y se acabó.
Lo intentó tres veces. La primera se le soltó por detrás.
La segunda le quedó suelta y se le caía encima de la oreja.
La tercera se la apretó tanto que le tiró de las cejas, y esa aguantó.
Cuando acabó, despertó a Gyda.
La vieja abrió los ojos, la miró desde el banco y no se levantó de golpe ni dijo ninguna de las cosas que se dicen. Se incorporó sobre un codo, se quedó un rato mirándola de arriba abajo y luego miró la cama.
—¿Y esa? —dijo.
—Esa es Hild Ketilsdottir, que se puso mala cuidando a la señora de Sogn y se murió anoche.
Gyda se pasó la lengua por los dientes de arriba.
—¿Y tú?
—Yo llegué a esta isla el primero de mayo.
La vieja se sentó del todo en el banco. Puso los pies en el suelo y se quedó así, con las manos en las rodillas.
—A mí me van a preguntar —dijo—. Yo lavé a la enferma y yo la vestí, y a mí me lo va a preguntar el que venga de Noruega.
—Sí.
—Y yo tendré ochenta años o tendré ninguno, pero tendré que contestar.
—Sí.
Gyda estuvo callada un rato.
—¿Y el hombre del conde?
—No lo sé.
—Ese lo va a ver.
—Puede.
—No, puede no. Ese lo ve. —Gyda se levantó despacio, apoyándose en el banco, y se fue hasta la cama y le puso a la muerta la manta por encima hasta la barbilla—. Ese le mira a la gente las manos antes que la cara.
—¿Y entonces para qué me ayudas?
La vieja se quedó con la manta cogida por el borde.
—Yo no te estoy ayudando. Yo te estoy diciendo lo que hay.
—Le remetió la manta por el costado, que era lo único que le quedaba por hacer con aquella mujer—.
Y lo que hay es que a mí me quedan cuatro años, y en esta isla solo hay una casa que me manda leña en enero sin que yo la pida, y es esa de ahí fuera con un hombre encerrado dentro.
—Nunca me lo has dicho.
—No se dice. Se manda la leña y ya está.
Fueron a buscarlos de noche.
Los trajeron al establo porque en el establo cabían y porque tenía una sola puerta. Vinieron once y trajeron a Ormar desde el fondo de su casa, y Thorgils se quedó en la puerta y no se apartó de ella en toda la noche.
Hild se puso de pie contra la pared del fondo, con la lana roja y la trenza y los dos broches, y esperó a que los ojos de todos hicieran lo que tenían que hacer.
—No —dijo Hoskuld.
Fue el primero en hablar y lo dijo antes de que nadie explicara nada.
—Ni siquiera sabes qué es.
—Sé lo que es. Llevo setenta años en esta isla y sé lo que es una mujer con el vestido de una muerta.
Bergdis lo contó. Lo contó ella, no Hild, y lo contó mal y deprisa, y a la mitad Ormar se tapó la cara con las dos manos y no se la destapó hasta el final.
Cuando acabó hubo un silencio de los que hacen ruido.
—Nos van a colgar a los doce —dijo Eirik.
—A los doce no cuelgan —dijo Thorgils desde la puerta—. A doce hombres de un municipio entero no los cuelga nadie, porque entonces quién paga la renta el año que viene. A uno sí. A uno cuelgan.
—Pues que sea uno y no doce.
—Ese uno es Ormar.
—Ormar sabía lo que hacía cuando dijo que sí al encargo.
—Ormar dijo que sí porque se lo mandó el conde —dijo Sæbjorn.
Fue el segundo en hablar. Estaba en el rincón, con los brazos cruzados, y no había mirado a Hild desde que entró.
—Y a mí el conde me contó cuatro barriles donde había cinco —dijo—, y si esa chica se hubiera callado como se calla todo el mundo, yo estaría este mes buscando un barril que no tengo. Eso fue hace quince días.
—Eso no tiene nada que ver.
—Tiene que ver con lo que yo hago esta noche.
Se descruzó de brazos.
—Yo juro.
Después de eso fue más rápido y fue peor, porque los que siguieron ya no estaban decidiendo, estaban contando cuántos faltaban.
Onund preguntó qué había que decir, y se lo hicieron repetir.
Hrut preguntó qué pasaba si venía alguien de Sogn con la cara de la muerta en la cabeza, y nadie le contestó.
Ketil el Cojo dijo que él lo que dijeran los demás.
Grim dijo que su mujer no iba a saber nada y le dijeron que su mujer lo iba a saber en tres días como toda la isla, y dijo que bueno.
Thorstein, que no había abierto la boca, la abrió cuando ya estaba casi todo hecho.
—¿Y cuándo se acaba? —dijo.
Nadie le contestó.
—Lo digo en serio. Lo pregunto porque nadie lo ha preguntado. Esto, ¿cuándo se acaba? ¿Cuando se case? ¿Cuando tenga un crío? ¿Cuando se muera el conde?
—Se acaba cuando se acabe —dijo Thorgils desde la puerta.
—Eso no es una respuesta.
—No, no lo es.
Thorstein estuvo mirando el suelo del establo.
—Es que yo tengo once años menos que tú —le dijo a Thorgils—. Yo voy a estar vivo cuando tú no estés, y voy a ser el que quede sabiendo esto.
—Pues aguanta más que yo.
Hoskuld fue el último en dar el brazo a torcer y no lo dio del todo.
—Yo no juro por ti —le dijo a Hild, y era la primera vez en la noche que alguien le hablaba directamente—. Yo he ido al mar veinte años con ese hombre de ahí. Juro por él. A ti no te conozco.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. —El viejo se acercó dos pasos—. Tú esta noche te has puesto el vestido de una muerta y te crees que eso lo pagas tú. Esto lo paga mi hijo, que está casado en Sandvik y tiene tres críos. Y lo va a pagar dentro de cinco años, cuando ya no se acuerde nadie de por qué.
Nadie dijo nada a eso.
Lo hicieron al final, de pie y de uno en uno, delante de la puerta abierta del establo con la noche fuera, porque una cosa así hay que decirla mirando a la intemperie y no a una pared.
Thorgils Bardason. Sæbjorn Grimsson. Hoskuld Onundsson. Eirik. Sumarlidi. Thorstein. Hrut. Onund. Ketil, al que llaman el Cojo. Grim. Bardi Thorgilsson, que llegó al amanecer y juró el último de los once sin que nadie tuviera que explicarle nada, porque su padre se lo explicó en la puerta.
Y Ormar Hrutsson.
Cuando ya se iban, Gyda se paró en el umbral con el barreño debajo del brazo.
—¿Y a esa qué nombre le pongo? —dijo—. Para decírselo al que abra el hoyo.
Hild lo dijo delante de todos.
—Hild Ketilsdottir.