Bajo el nombre de Astrid Capítulo 6
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Capítulo 6

Vino por el camino de arriba y de noche, como le había dicho, y aporreó la puerta del establo de Grimsgarth en lugar de la de la casa, y Kolbein supo lo que era antes de abrir.

Bajaron sin hablar. La chica andaba deprisa y no llevaba luz, y él la siguió por un camino que no se sabía, pisando donde ella pisaba.

En la casa estaban las dos mujeres y estaba el tío, de pie contra la pared del fondo con las manos colgando, como quien espera a que le manden hacer algo.

Kolbein se acercó a la cama y apartó la manta hasta el pecho.

Miró lo que había que mirar. La cara, el cuello, las manos por las dos caras, los brazos hasta el codo. No había nada que no fuera fiebre. Le volvió a subir la manta y siguió al lado sin tocarla más.

—¿Quién estaba?

—Yo —dijo la chica.

—¿Sola?

—Sola.

—¿A qué hora.

—Después de las últimas brasas y antes de la luz.

—¿Quién lo puede decir además de ti?

—Nadie.

Se quedó un momento callado, contando con los dedos contra el muslo, aunque no había nada que contar.

—¿Ha dicho algo?

—Pidió agua y no se la pudo tragar. Y que le quitara el peso de encima.

—¿Qué peso.

—La manta. No tenía otra cosa encima.

Kolbein se volvió hacia Bergdis.

—¿Tú dónde estabas?

—Durmiendo ahí. —Señaló el banco de la pared—. No me despertó.

—¿Y por qué no te despertó?

—Porque no había nada que hacer —dijo la chica.

Kolbein sacó la vara del cinto y el cuchillo.

—Que venga Gyda. Que la lave y que la vista con lo que traía puesto cuando bajó del barco, y que no le quite ni le ponga nada. Nada, Bergdis. Ni una cinta.

—Está la lana roja en el arcón.

—Esa. Y los broches como los llevaba. —Kolbein puso la punta del cuchillo en la vara—. Y que la vean los catorce del barco antes de que se la lleve nadie. De uno en uno y que digan su nombre delante de mí.

—¿Para qué? —dijo Bergdis.

—Para que la vea gente. Toda la que se pueda.

Gyda llegó antes de que se hiciera de día, con su barreño y su paño, porque en esa isla llevaba cuarenta años lavando a los muertos y no hacía falta ir a buscarla dos veces. Se paró en la puerta, miró la cama y se remangó.

—Fuera los hombres —dijo.

—Yo me quedo hasta que le quites la manta —dijo Kolbein.

—Tú te quedas hasta que yo diga.

Kolbein se quedó. Gyda apartó la manta, le abrió la camisa hasta la cintura y se hizo a un lado para que él viera, y él miró lo que tenía que mirar y no tocó nada, y después salió al patio y se quedó de espaldas a la puerta.

Dentro, Gyda le fue diciendo a la chica lo que había que hacer y en qué orden, como se le dice a una aprendiza. Se oía todo a través de la puerta. El agua, el trapo, el nombre de cada cosa que pedía.

Hizo la muesca del día.

—Doce de mayo —dijo en voz alta, que era como las hacía.

—Trece.

Se paró.

La chica estaba al otro lado de la cama, con las manos metidas debajo de los brazos.

—Pasó de media noche —dijo—. Las brasas ya estaban por el segundo tepe y ese lo eché yo cuando cambió el día.

Kolbein miró la muesca que acababa de hacer. Rebajó la madera con el filo hasta borrarla y volvió a empezar al lado. Le quedó una vara con una mordida, igual que la de Skalabakki.

—Trece de mayo —dijo.

Fue entonces cuando Ormar se separó de la pared.

—¿Y yo qué? —dijo.

—Tú siéntate.

—No me voy a sentar. —Le temblaba la mano y se la agarró con la otra—. Yo no la he tocado. Yo la bajé del barco, la subí aquí y no he vuelto a entrar en este cuarto en doce días. Que lo diga mi mujer.

—Nadie ha dicho que la hayas tocado.

—Entonces qué.

—Entonces la palabra está rota —dijo Kolbein—. Y eso no depende de lo que tú hayas hecho. Esa mujer viajaba bajo grið. Tenía que llegar viva a Birsay. No ha llegado. Y cuando una palabra se rompe, responde el que la trajo y responde el que la esperaba. Tú y yo.

—Yo no la he matado.

—Ni yo. Y da igual.

—No me digas que da igual. —Ormar dio un paso—. Yo la traje en mi barco porque tú me lo mandaste. Yo no fui a Sogn a buscarla. Yo estaba en mi casa y vino un hombre del conde y dijo Ormar Hrutsson, y yo dije aquí, como he dicho siempre.

—Sí.

—Y ahora resulta que dije aquí a esto.

—Dijiste aquí a esto.

Ormar estuvo parado en mitad del suelo. Era un hombre de cincuenta y cuatro años que había sacado su barco de dos galernas y no sabía qué hacer con las manos.

—Yo le di el mejor sitio de mi casa —dijo—. Le di la cama de mi mujer. Mi mujer lleva doce días durmiendo en un banco.

—Eso lo voy a decir.

—¿Y sirve?

—Sirve para que no te tengan por un hombre que la dejó tirada. No sirve para lo otro.

Ormar se sentó. Se sentó en el suelo, contra la pared, con las rodillas dobladas, y estuvo mirando el fuego apagado.

—El barco no —dijo, para nadie—. La casa la que quiera. El barco no, que con el barco comen ocho.

—Escríbelo de otra manera —dijo Bergdis.

Kolbein se volvió.

—Escribe que llegó —dijo ella. Lo dijo bajo, deprisa, con el cubo todavía en la mano—. Escribe que llegó a Birsay y que allí se puso mala. ¿Quién lo va a saber? Tú eres el que escribe.

—Treinta personas la vieron bajar de ese barco en esta orilla.

—Treinta personas de esta isla.

—Treinta personas a las que cualquiera puede preguntar, y catorce hombres de Sogn en un cobertizo que estarán en Noruega antes del otoño contándolo en tres puertos. —Kolbein guardó la vara—. No, Bergdis.

—Es mi marido.

—Ya lo sé de quién es.

—No, no lo sabes. —Bergdis había bajado la voz y eso era peor que si la hubiera subido—.

Tú tienes una casa vacía en Hamnavoe y dos vacas.

Si te las quitan, te vas a servir a otro y comes igual.

Yo tengo a ese de ahí y no tengo hijos, y si a ese de ahí lo cuelgan en Birsay, yo me pongo a pedir por las puertas de esta isla, que es la misma isla donde he dado de comer a todo el mundo durante veinte años.

Eso es lo que tú estás escribiendo en esa vara.

Kolbein tardó un rato en hablar.

—Lo sé —dijo al final.

—Pues entonces escríbelo de otra manera.

—No.

Bergdis dejó el cubo en el suelo. Se le fue el agua por el borde y nadie la recogió.

—Has hecho lo que se puede —dijo—. Doce días. Has venido todos los días. Nadie te puede decir nada.

—Eso no es lo que se mira.

—Pues yo lo miro. Y digo que has hecho lo que se puede.

Kolbein estuvo un momento con la mano en el cinto.

—Hace once años se me murió la mujer de una fiebre —dijo—. Y el crío detrás, cuatro días después. Yo estaba en Egilsay cobrando la renta de once casas. Me vinieron a buscar y llegué con los dos ya lavados. —Se ajustó la correa del saco—. También había hecho lo que se puede.

No volvió sobre eso y nadie le preguntó. Bergdis se agachó a recoger el cubo.

Salió al patio y llamó a Thorgils y a Hoskuld, que estaban al otro lado del muro desde hacía rato porque en esa isla no se puede aporrear una puerta de noche sin que se entere media parroquia.

—Ormar Hrutsson no sale de su casa —dijo—. Ni a la orilla, ni al barco, ni a Grimsgarth. Vosotros dos os turnáis. No lo atáis y no lo tocáis. Si sale, me lo decís a mí y no se lo decís a nadie más.

—¿Y si sale? —dijo Hoskuld.

—Si sale, lo que viene detrás es peor para él y para vosotros.

—¿Nos vas a poner en la vara? —dijo Thorgils.

—Os voy a poner en la vara.

—Yo con ese hombre he ido al mar veinte años —dijo Hoskuld.

—Por eso os pongo a vosotros y no a dos de Grimsgarth. Si se escapa, se escapa de dos amigos suyos y entonces el que queda mal es él. Si le pongo a dos que le tengan ganas, el que queda mal soy yo.

Hoskuld rumió eso.

—¿Y si se escapa igual?

—No se va a escapar. ¿A dónde.

Los apuntó. Thorgils Bardason y Hoskuld Onundsson, custodia de Ormar Hrutsson de Nesbol, desde el trece de mayo. Dos muescas y los nombres dichos en voz alta delante del otro, que es como se hace para que después ninguno diga que no estaba.

A media mañana hizo lo único que se podía hacer, y no servía.

Los de Sogn se habían ido el día ocho. Los había soltado él.

Ocho días de catorce hombres comiendo en una isla que en mayo come lapas, con Thorgils preguntándole todas las mañanas cuántos días más, y la mujer sin mejorar y sin empeorar.

El día siete había hecho la cuenta y el día ocho los había mandado salir con la marea, y el patrón le había dado la mano en la arena y le había pedido que se dijera en Sogn que la señora no se había quejado ni una vez en dieciocho días y tres tormentas.

De modo que en las islas no quedaba ni un hombre de la otra parte que pudiera decir que la había visto muerta.

Los que había eran los de Sanday.

Los mandó llamar igual. Los puso en fila fuera y los fue metiendo de uno en uno, y dentro la mujer estaba ya lavada y vestida con la lana roja, con los dos broches puestos y las manos encima, y Gyda le había hecho la trenza y se la había recogido alrededor de la cabeza, porque con el pelo suelto no parecía de casa buena y eso Gyda no lo iba a consentir.

Entró Thorgils. Entró Hoskuld. Entró Sæbjorn, que se quitó el gorro en la puerta y volvió a ponérselo fuera.

Entraron Eirik y Sumarlidi y el viejo Onund y Hrut y Thorstein y Ketil el Cojo, que tardó lo suyo.

Entró Grim. Cada uno se paraba a los pies, decía su nombre y salía, y Kolbein iba haciendo la muesca en la vara y sabía lo que estaba haciendo, que era llenar una vara de nombres que no valían.

Once hombres de un mismo municipio, todos parientes de alguna manera, todos con una renta que pagar y uno de los suyos encerrado en su propia casa por culpa de aquella muerta. No había en toda la isla un testigo que no fuera parte.

No le pareció poco lo que acababa de perder al soltar aquel barco, y ya no había manera de deshacerlo.

Cuando se volvió, la chica estaba sentada en la piedra de la entrada, con la espalda contra el quicio. No había llorado. Tenía la cara de la gente que lleva sin dormir el tiempo suficiente para que ya no se le note en los ojos sino en la boca.

—¿Qué le pasa a mi tío? —dijo.

Kolbein podía haberle contestado cuatro cosas. Escogió la que no se podía discutir.

—Va a Birsay conmigo y responde delante del conde. Y cuando venga el hombre del rey, responde otra vez delante de él. Si les basta con la casa y el barco, se queda sin casa y sin barco. Si no les basta, no se queda con el cuello.

—Él no ha hecho nada.

—No.

—¿Y tú?

—Yo di el nombre.

—Tú no la trajiste.

—Yo dije que llegaba. —Kolbein se apoyó en la jamba—. Un fiador no promete cuidar a nadie. Promete el resultado. Si el resultado no está, el fiador paga aunque haya hecho todo bien, porque si no fuera así la palabra no valdría nada y nadie mandaría a una hija suya a ningún sitio.

—Eso no es justo.

—No tiene que serlo. Tiene que ser seguro.

—Entonces díselo tú al conde.

—Se lo voy a decir. —Kolbein se pasó la correa por el hombro—. Y no sirve de nada, porque lo que se juzga no es lo que hizo. Se dio una palabra y la palabra dice que esa mujer llega viva. No ha llegado.

La chica se quedó mirando el suelo. Tenía las manos metidas en las mangas y llevaba así desde que él había llegado.

—Ella quería que se dijera una cosa —dijo.

—¿Qué cosa.

—Que llegó. Me lo pidió el día once, cuando estuvo lúcida. Que se dijera en voz alta y delante de gente que salió de Sogn y cruzó y llegó. No que se murió. Eso.

Kolbein aguantó quieto.

—¿Delante de quién te lo pidió?

—De nadie. Estábamos las dos.

—Entonces no vale —dijo él, y se oyó decirlo, y se oyó que era la segunda vez en nueve días que le decía a aquella chica esas dos palabras.

—No te estoy pidiendo que valga. Te estoy diciendo lo que me pidió.

—Ya.

—Y llegó —dijo ella—. Bajó de ese barco ella sola y anduvo hasta la arena sin que nadie la tocara. Eso lo vio la isla entera. Tú también.

—Lo vi.

—Pues está dicho, entonces.

—Está dicho en Sanday. —Kolbein se pasó la correa del saco por el hombro—. Y lo que no está dicho en Birsay es como si no estuviera dicho.

Se quedaron los dos un momento sin hablar. Dentro se oía a Gyda pidiéndole algo a Bergdis y a Bergdis contestándole mal.

—¿No hay manera? —dijo la chica.

—No.

Lo dijo despacio, para que no hubiera que decirlo dos veces.

—Ya no hay manera, Ketilsdottir. Había una, y era que bajara de ese barco y llegara a Birsay, y estuvo doce días ahí dentro y no llegó.

Se guardó la vara por dentro del cinto y subió por el camino de arriba con la primera luz dándole en la espalda.