Capítulo 5
El pedazo de vara lo tenía escondido debajo del jergón, y todas las noches, antes de acostarse, le hacía una muesca con el cuchillo de pelar.
Lo había empezado sin pensarlo, la tercera noche, porque se le habían juntado los días y no sabía si la mujer llevaba dos o llevaba cuatro.
Las hacía cortas y en el mismo canto, como le habían enseñado.
Al octavo día la vara ya se leía de un vistazo y eso a Hild le sirvió para dos cosas: para contestar cuando le preguntaban y para saber que no había mejora.
Los días eran todos el mismo día.
Por la mañana el paño y el agua. A mediodía caldo, si lo tomaba, y tres de cada cinco no lo tomaba. Por la tarde la fiebre subía y era cuando hablaba. Por la noche bajaba un poco y dormía mal, con la boca abierta, y había que darle la vuelta a la almohada porque la dejaba empapada.
Hild aprendió cosas que no sabía que se aprendían. Que una enferma pesa más que una sana. Que si le pones la mano en el esternón al toser se cansa menos. Que la orina cambia de olor antes de que cambie nada más. Que hay que cortarle las uñas, porque se araña dormida y no se entera.
Bergdis entraba dos veces al día y se iba enseguida. No lo decía, pero entraba menos cada día.
La sexta noche fue la peor de las primeras.
Le subió al anochecer y no le bajó. A medianoche estaba hablando con gente que no estaba y quería levantarse, y se levantó, y Hild tuvo que cogerla por la cintura en mitad del suelo de tierra y volverla a la cama, y aquella mujer que pesaba lo que pesa un saco de malta se le resistió como si pesara el doble.
Le dio con el codo en la boca sin querer.
Después se puso a llorar de rabia, no de dolor, y le dijo cosas a Hild que Hild no le repitió a nadie.
A la madrugada se quedó quieta. Hild se sentó en el suelo con la espalda contra la cama y se durmió sentada, y se despertó con el frío de la tierra metido en las caderas y con la boca hinchada por dentro.
Por la mañana la mujer no se acordaba de nada.
—¿Te he hecho algo?
—No.
—Tienes el labio partido.
—Me lo he dado con el cubo.
La mujer la miró un momento y no dijo nada más, y desde ese día pedía las cosas por favor, que antes no lo hacía.
El tío Ormar preguntaba desde la puerta y no entraba.
—¿Cómo va.
—Igual.
—¿Come?
—Poco.
Y se iba a la orilla a seguir con el barco. Un barco que llevaba doce días calafateado y no necesitaba nada, y él le daba brea a las mismas juntas todas las tardes, porque un hombre que espera tiene que tener las manos encima de algo.
Fuera pasaban cosas. Los hombres del barco dormían en el cobertizo grande y se les oía.
El tío Ormar bajaba a la orilla a trabajar en el barco que ya no sabía cuándo iba a salir, y volvía y preguntaba lo mismo todas las tardes, y todas las tardes Hild le contestaba lo mismo.
El hombre del conde entraba una vez al día, hacía sus tres preguntas y se iba.
Dentro, no pasaba nada más que la mujer.
El quinto día empezó lo de las cosas.
Estaba con la fiebre alta y hablaba sin parar, y no hablaba para nadie. Decía trozos. Decía un nombre y se callaba, y al rato lo volvía a decir con algo pegado detrás.
—Groa —dijo—. La prima de mi padre. La de los dos dedos.
Y más tarde, mucho más tarde, cuando ya Hild creía que estaba dormida:
—Se los comió el telar. Un peso que se soltó y la mano debajo. Y aprendió a hilar con lo que le quedó, y hacía más que yo con las dos manos enteras.
—¿Y los versos? —dijo Hild, por decir algo.
—Los versos también me los enseñó ella. Mi padre cree que fue él. Que lo crea.
El séptimo día fue la caseta de los botes.
—Vangsnes —dijo—. En Vangsnes hay una caseta de botes con el techo hundido por el lado del agua.
—¿Y qué hay ahí?
—Estuve yo. Una noche y un día entero. Tenía nueve años y me iban a llevar a una boda y no quería ir, y me metí ahí y no salí.
—Estuvo callada tanto rato que Hild se levantó a mirarla—.
Me encontró el perro. Hosa. No ladró ni nada.
Siguió sentado en la puerta y no se movió, y mi padre vino detrás del perro.
Yo lo oía respirar al otro lado de la tabla y no lo llamé.
—¿Al perro o a tu padre?
—A ninguno de los dos.
El noveno día fue el nudo, y el noveno día fue el peor de todos.
—Tenía siete años —dijo—. Vino a casa de mi padre un hombre del rey.
—¿Qué hombre.
—Vigfus. Vigfus Hallsson, el mismo que ahora responde por mí, que cuando yo tenía siete años ya era viejo y ya llevaba la barba así. —Se le fue la cabeza a un lado—. Me hicieron recitar. Me pusieron encima de un banco y me hicieron recitar delante de todos y yo lo hice bien.
—¿Y?
—Y me dio una moneda. De plata. Me la puso en la mano y me cerró los dedos encima.
Estuvo parada ahí. Hild esperó.
—Y mi padre me la hizo devolver —dijo—. Delante de la mesa entera. Que en esa casa las mujeres no cobran. Y yo la devolví y me puse a llorar, y llorar delante de un hombre del rey es peor que cobrar, y eso también me lo dijeron.
—¿Y él qué hizo?
—Se sacó una correa de cuero del cinto. —Astrid levantó la mano dos dedos de la manta y la volvió a dejar caer—. Y me hizo un nudo. Ahí, en la mesa, con todo el mundo mirando. Y me la dio y dijo que eso sí me lo podía quedar, porque no valía nada.
—¿Y te lo quedaste?
—Claro que me lo quedé.
—¿Y dónde está?
La mujer no contestó. Se le había ido otra vez, y cuando volvió, media hora después, estaba hablando de otra cosa y ya no se acordaba de que había empezado nada.
Hild se quedó con las tres cosas. Groa, la de los dos dedos. La caseta de Vangsnes y el perro que no ladró. El nudo de Vigfus Hallsson, que no valía nada y por eso se lo dejaron quedar.
Se quedó con ellas como se quedaba con todo, sin buscarlo. Aquella noche hizo la muesca del día nueve y no pensó nada de lo que iba a pensar tres días después.
Lo del verso empezó antes y duró hasta el final.
Lo decía por la tarde, cuando le subía. Lo decía entero y siempre igual, y Hild se lo aprendió sin proponérselo, de oírlo.
Lo que se dice en voz alta no se pierde.
Lo que se calla se lo queda el mar.
Dije mi nombre en la puerta de mi padre
y la puerta lo guarda mejor que yo.
—Dilo tú —le dijo la mujer una noche.
Hild lo dijo.
—Otra vez. Y para la voz en el mar, que ahí hay que parar.
Hild lo dijo otra vez y paró en el mar.
—¿Lo has oído dos veces o tres?
—Cuatro.
—Cuatro. —La mujer cerró los ojos—. A mí me costó una semana y lo hice yo.
Al día siguiente fue la mujer la que se equivocó. Dijo la puerta de mi casa en vez de la puerta de mi padre, y Hild se lo corrigió sin pensar, como corregía las cuentas, y la mujer se rio y la risa se le fue en tos, pero se rio.
—Eso es mío —dijo cuando pudo hablar—. Y no me acuerdo. Y tú sí.
—Se me quedan las cosas.
—Eso no es quedarse. Eso es tenerlo. —La mujer giró la cabeza para mirarla—. ¿Tú has hecho alguno?
—¿Alguno qué.
—Versos.
—No.
—¿Por qué no?
Hild se quedó con el paño en la mano.
—Porque los versos son de alguien —dijo—. Y yo soy de mi tío.
El día ocho se fueron los de Sogn.
Hild lo supo antes de verlo, por el ruido. Catorce hombres hacen ruido hasta cuando duermen, y aquella mañana el cobertizo grande estaba callado. Salió a la puerta y los vio abajo, metiendo los remos y los sacos, y vio al hombre del conde en la arena con el patrón, hablando.
Estuvieron hablando mucho rato. Después el patrón le dio la mano, que aquí no se hace, y subió al barco el último.
—Se van —dijo Hild desde la puerta.
La mujer estaba despierta.
—¿Quién?
—Los tuyos.
Tardó en contestar.
—No son míos. Son de mi padre. —Miró el techo—. ¿Y el hombre del conde los deja?
—Están en el agua ya.
—Pues ya está.
Esa tarde el hombre del conde entró e hizo sus tres preguntas, y cuando acabó, la mujer le hizo una a él.
—¿Por qué los has soltado?
—Porque esta isla lleva ocho días dando de comer a catorce hombres y en mayo no hay de dónde.
—¿Y si me muero?
—Entonces habré hecho mal —dijo él, y salió.
El día diez quiso vestirse.
Se despertó a media mañana con la cabeza clara y mandó a Hild sacar la lana roja del arcón.
—Hoy me levanto.
—Hoy no te levantas.
—Hoy va a venir ese hombre a hacerme sus tres preguntas y me las va a hacer a una mujer sentada.
Hild sacó el vestido. Se lo puso por la cabeza, que fue trabajo de las dos, y le pasó los tirantes por delante y buscó los broches.
La mujer levantó las manos para prenderlos ella misma y no llegó.
Los dedos le llegaban al ojal y no lo encontraban, y lo intentó cuatro veces, y a la cuarta bajó las manos y las dejó caer en la manta.
—Ponlos tú.
Hild se los prendió. Tuvo que acercarse mucho para verlo, y desde ahí se le veía a la mujer el pulso en el cuello, muy deprisa, y no había hecho nada más que levantar los brazos.
Quiso sentarse en el borde. Se sentó. Estuvo sentada el tiempo de contar hasta cuarenta y después dijo, sin drama ninguno, que la tumbara.
Hild la tumbó, le quitó los broches y le sacó el vestido, y lo dobló en tres y lo volvió a meter en el arcón.
Aquella tarde el hombre del conde hizo sus tres preguntas de pie a los pies de la cama, y la mujer contestó las tres desde abajo.
El día once dejó de hablar de Sogn.
Estaba lúcida. Llevaba dos días sin estar lúcida y de pronto lo estaba, y Hild supo lo que eso quería decir porque a su madre le había pasado igual.
—Siéntate —dijo la mujer—. Ahí no. Donde te vea.
Hild se sentó en el borde de la cama.
—Tú sabes contar. Te he oído contarle al de la vara.
—Sé.
—Pues cuéntame una cosa. Yo he salido de casa de mi padre con un nombre, una palabra dada y catorce hombres. Y de todo eso, ¿qué es lo que llega?
—No te entiendo.
—Si yo me muero esta noche, ¿qué llega a Birsay?
Hild lo pensó.
—Llega que has muerto.
—Eso no. Eso es lo que pasa. Yo te pregunto qué llega de mí.
—El arcón —dijo Hild—. Y lo que cuente la gente.
—La gente. —La mujer asintió despacio, con la barbilla—. Dieciocho días en un banco de remo y lo que llega es lo que cuente la gente.
Se calló un rato largo. Fuera se oía a los hombres del barco, que a esa hora siempre discutían.
—Óyeme esto —dijo—. Si me muero, quiero que se diga una cosa en voz alta y delante de gente. No quiero que se diga que me morí, que eso se dice solo. Quiero que se diga lo otro.
—¿Qué otro?
—Que llegué. —La mujer buscó la mano de Hild encima de la manta y no la encontró y dejó la suya donde estaba—. Que salí de Sogn y crucé y llegué. Que puse los dos pies en la arena yo sola y dije mi nombre entero. Eso hay que decirlo delante de gente o no cuenta.
—Lo vio la isla entera.
—Lo vio y se le olvida. Lo que no se dice en voz alta no se queda.
Hild le dijo que sí. Se lo dijo deprisa, como se le dice que sí a los enfermos, y la mujer se dio cuenta.
—No me lo digas así. Dímelo como si te lo fuera a cobrar alguien.
—Se dirá —dijo Hild—. Delante de gente.
—Bien.
Se durmió al poco. Durmió casi todo el día doce y por la tarde no le subió la fiebre, y eso Hild ya no supo si era bueno.
Murió de noche, entre las últimas brasas y la luz.
No fue nada grande. Pidió agua y no se la pudo tragar. Le entró por un lado de la boca y le salió por el mismo sitio y Hild se lo secó con el dorso de la mano, y entonces la mujer le dijo que le quitara el peso de encima.
Encima no tenía más que la manta de las bodas de Bergdis. Hild se la quitó. La mujer se quedó destapada en la camisa, con los brazos a lo largo del cuerpo, y respiró tres o cuatro veces mejor, o pareció que mejor.
Después dejó de estar difícil. Eso fue todo. La respiración se le fue haciendo más corta y más separada y en algún punto hubo una que no llegó, y Hild estuvo esperando la siguiente un rato largo antes de entender que ya no la esperaba nadie más que ella.
Le tocó la muñeca por si acaso. Le cerró los ojos con dos dedos, que se quedaron cerrados a la primera, y eso fue lo único que le salió bien en doce días.
Hild siguió sentada en el borde de la cama hasta que se hizo de día. No llamó a nadie. No había nada que nadie pudiera hacer y despertar a Bergdis era empezar el día siguiente, y el día siguiente iba a ser largo.
Cuando entró la primera luz gris por la puerta, se levantó, le puso la manta otra vez por encima hasta la barbilla y no se sentó a su lado.
—Llegó —dijo.
Lo dijo en voz alta, en una casa donde no había nadie despierto para oírlo.