Bajo el nombre de Astrid Capítulo 4
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Capítulo 4

Los puso en fila en la arena con la primera luz y los fue mirando de uno en uno.

Catorce. Kolbein les miró las manos por las dos caras, el cuello por debajo de la oreja y los ojos, y a cada uno le hizo abrir la boca.

Nefsteinn iba detrás con la vara y marcaba.

Marcaba de mala gana, con la capa buena puesta y los brazos pegados al cuerpo, y cuando el sexto hombre tosió, dio dos pasos atrás.

—Quieto ahí —dijo Kolbein.

—Ha tosido.

—Ha tosido porque lleva diecinueve días durmiendo mojado. Tú también toserías.

El sexto hombre era el más joven de los catorce y tenía las manos peor que ninguno, agrietadas hasta la sangre por los nudillos. Kolbein se las giró y se las volvió a girar.

—¿Esto es de la cuerda?

—De la cuerda y del frío.

—¿Y duermes al aire?

—Duermo donde me toca.

Kolbein le soltó las manos y siguió por el séptimo.

El patrón esperó a que acabara la fila y entonces se le puso delante.

—Ya los has visto. Ninguno tiene nada. Suéltalos.

—Suéltalos ya está hecho. Comen en tierra.

—Y yo salgo con la marea de la tarde.

—Tú no sales.

El patrón estuvo mirándolo. Era un hombre que llevaba dieciocho días mandando en un barco y le costaba dejar de hacerlo en tierra.

—Alguien tiene que ir a Birsay a decir que la señora está enferma —dijo—. Y el que tiene que decirlo soy yo, que soy el que la ha traído.

—El que tiene que decirlo es el que responde por ella en estas islas, y ese soy yo. —Kolbein se limpió las manos en el muslo—. Si lo llevas tú, lo lleva la otra parte. Y el día que alguien pregunte quién avisó y de qué manera, no quiero que la respuesta sea un hombre de Sogn.

—Eso es desconfiar de mí.

—Eso es que mañana no me acuerde de lo que dijimos hoy y tengamos que preguntárselo a la gente. Prefiero que la gente conteste lo mismo.

Con los catorce en tierra empezó el otro problema, que era darles de comer.

Thorgils lo dijo a media mañana, en el patio de Grimsgarth, con medio pueblo delante.

—Catorce hombres. Catorce hombres en mayo.

—Catorce hombres del rey —dijo Kolbein.

—Catorce hombres del rey que comen lo mismo que catorce de aquí. —Thorgils tenía las manos en el cinto—. Nosotros el mes que viene estamos comiendo lapas. Eso lo sabes.

—Lo sé.

—¿Y qué haces?

Kolbein sacó la vara y la puso encima del muro para que la vieran.

—Lo apunto —dijo—. Casa por casa y día por día. Lo que salga de cada puerta va aquí con el nombre de la casa, y esto lo leo yo delante del conde y lo descuenta él o lo descuento yo de lo mío. Si alguien cree que le he apuntado de menos, que venga y lo vemos delante de otro.

—La palabra del conde ya nos la sabemos.

—Esta no es la del conde. Es la mía.

Thorgils lo miró un rato. Después escupió a un lado, que era su manera de firmar, y dijo que en su casa había cebada del año pasado y que empezaran por ahí.

Fueron trayendo. Pescado seco de tres casas, cebada de dos, una oveja vieja que Hoskuld mató esa misma tarde y que no habría llegado al verano de todas formas. Kolbein lo apuntó todo con el nombre delante y en voz alta, y al final del día la vara de las entregas era más larga que la del skatt.

Mandó traer el bote pequeño. Puso en él a Bardi y al hijo mayor de Sæbjorn, que eran los dos más jóvenes de la isla que sabían navegar sin que se les fuera la cabeza, y los sentó en la arena delante de él y de cuatro hombres más.

—Lo que vais a decir es esto y no es otra cosa. Kolbein Ottarsson, que responde por las islas, hace saber al conde que la mujer de Sogn desembarcó en Sanday por su propio pie, delante de la isla, y que está enferma de la misma fiebre que se llevó a su criada en el mar. Hasta aquí.

Bardi lo repitió. Se comió lo de por su propio pie y hubo que hacérselo decir tres veces. El hijo de Sæbjorn lo dijo entero a la primera y sin respirar, como quien devuelve algo que le quema.

—Otra vez los dos. Juntos.

Lo dijeron juntos.

—Y si os preguntan si se va a morir, ¿qué decís?

—Que no lo sabemos —dijo Bardi.

—Que no lo sabemos. Ni sí, ni no, ni parece que. Eso lo decís aunque os lo pregunte el conde.

—¿Y si el conde nos pregunta qué hacemos aquí y no en el barco de los de Sogn? —dijo el hijo de Sæbjorn.

—Le decís que os manda Kolbein Ottarsson.

—¿Y si nos pregunta por qué.

—Entonces os calláis y que me lo pregunte a mí.

Los mandó salir con la marea del mediodía. Se quedó mirando el bote hasta que dejó de distinguir los remos, que es lo que hace un hombre cuando ha soltado una palabra suya en manos de otros.

La sobrina lo estaba esperando junto al cobertizo, con el pedazo de vara en la mano.

—Las cuatro del sur —dijo.

—Dímelas.

Se las dijo. Kvibakki del sur, tres barriles y dos sacos. Sandvik, cuatro barriles, tres sacos y dos piezas de paño. La casa del vado, dos y dos. La de los hermanos, cinco barriles, y que uno de ellos estaba mediado y que lo dijeron ellos mismos sin que nadie preguntara.

Kolbein sacó su propia vara, la que había traído Nefsteinn de la orilla, y la puso al lado de la de ella.

Sandvik tenía tres barriles en la de Nefsteinn.

—¿Te han dicho cuatro o lo has contado tú?

—Me lo ha dicho la mujer. Y me ha enseñado el sitio de la despensa donde estaban, que se ve en el polvo.

—¿Delante de quién te lo ha dicho?

—De nadie. Estábamos las dos.

—Entonces no vale.

Ella se quedó parada.

—¿Y por qué me mandas si no vale?

—Vale para mí. Para lo otro hace falta gente delante. —Kolbein guardó las dos varas de canto en el saco, la suya y la de ella, separadas—. Tú has hecho lo tuyo.

Nefsteinn apareció por la esquina del cobertizo cuando ella ya se iba. Venía de la casa grande y traía la cara de quien lleva un rato buscando el momento.

—¿La has mandado a las cuatro del sur?

—La he mandado.

—Nueve años.

—Eso lo has dicho ya.

—Lo digo otra vez. —Nefsteinn se puso delante de él, que era más de lo que hacía nunca—. Tú no me estás comprobando a mí. Tú le estás diciendo a esta isla que al escribiente del conde le manda cuentas una muchacha. Y el año que viene yo vuelvo solo y ellos se acuerdan.

—Si vuelves solo.

Nefsteinn se quedó con la boca a medio abrir. Después se fue hacia la casa grande y por el camino le dio una patada a un cesto vacío que no le había hecho nada.

No lo apuntó en ningún sitio. Un barril de diferencia en una casa no es nada, y cuatro barriles repartidos en cuatro casas y un yerno en medio empiezan a ser algo, y lo que empieza a ser algo se guarda y no se dice.

Entró en la casa a media tarde porque tenía que entrar. Un hombre que responde por otro tiene que poder decir que la vio, y tiene que poder decir cuándo.

La mujer estaba despierta. Le habían puesto un paño mojado en la frente y lo tenía ya seco por los bordes. Tenía peor color que dos días antes, un color de cera por debajo del rojo, y se le había caído carne de la cara en cuatro días, y eso lo hace la fiebre cuando ha decidido quedarse.

—Astrid Sigvaldadottir —dijo Kolbein.

—El ármaðr del conde.

—¿Te tratan bien en esta casa?

—Me han dado la cama de la dueña.

—Contesta a lo que te pregunto.

—Me tratan bien.

—¿Tienes queja de alguien?

—No.

—¿Quieres algo que esta casa pueda darte?

—Quiero saber cuántos días hay de aquí a Birsay.

—Dos, con parada. Uno y medio si el viento hace lo que tiene que hacer.

—¿Y cuándo pensabais llevarme?

—Cuando pudieras andar hasta el barco.

—Entonces no lo sabes. —Ella movió la cabeza en la paja—. Dime otra cosa. El hijo del conde. El segundo.

—¿Qué quieres saber.

—Lo que sepas tú. Mi padre me ha dicho que es callado y que lleva las cuentas. Eso me lo puede decir cualquiera.

Kolbein se lo pensó. Era una pregunta que tenía respuesta y no había manera de darla bien.

—Tiene veinticinco años —dijo—. Es el segundo, así que no hereda. Lleva las cuentas de su padre porque es lo único que le dejan llevar y las lleva mejor que yo. No bebe como los otros dos. Se afeita.

—¿Se afeita?

—Todos los días.

La mujer estuvo pensando en eso más rato del que parecía que valía.

—¿Y es bueno o es malo?

—No lo sé.

—Llevas nueve años en esa casa.

—Llevo nueve años cobrando en las islas del norte y once días al año en esa casa —dijo Kolbein—. Y en esa casa nadie enseña lo que es delante de un hombre que cuenta barriles.

—Pues vaya sitio al que voy.

—Es un sitio como los demás. Con más gente.

La mujer volvió la cabeza en la paja.

—¿Eso lo preguntas tú o lo pregunta el cargo?

—Lo pregunta el cargo. Y lo pregunto otra vez.

—No quiero nada.

Kolbein siguió de pie a los pies de la cama. Fuera, Bergdis andaba con el caldero y hacía más ruido del necesario, que es como escucha la gente en las casas pequeñas.

—Ya he mandado aviso a Birsay —dijo—. He dicho que bajaste por tu pie delante de la isla y que tienes la fiebre de tu criada. No he dicho más.

—¿Y qué pasa si me muero?

Lo preguntó sin adorno, igual que él había preguntado lo suyo.

—Se rompe la palabra —dijo Kolbein—. Y responden dos hombres. El que te trajo desde el barco hasta esta cama, que es el dueño de esta casa. Y yo.

—¿Con qué.

—Él con lo que tenga. Yo con mi casa, mi tierra y dos vacas.

La mujer se rio. Le salió corta y se le fue en tos y tardó en volver.

—Toda mi vida —dijo cuando pudo— me han dicho lo que valgo.

Lo que valgo para mi padre, lo que valgo para el rey, lo que valgo para el hombre con el que me van a casar.

Y he tenido que venir hasta aquí y ponerme mala para que alguien me diga por fin lo que valgo muerta.

—Se pasó la lengua por los labios—. Dos vacas y una casa.

No está mal. Es más de lo que me han ofrecido nunca por estar viva.

Kolbein no contestó a eso. No se le ocurrió nada que no sonara a consuelo, y el consuelo no entraba en lo que había venido a hacer.

—Mañana vuelvo a preguntarte lo mismo —dijo—. Y pasado.

—Ya lo sé. Vete.

Durmió en el establo, con la vaca, porque la casa estaba llena y porque quería oír si entraba o salía alguien de noche.

Antes de dormirse hizo la cuenta, porque no había manera de no hacerla.

Hamnavoe son dieciocho brazas de casa larga con el techo bueno, un establo pegado, tierra de arriba para cebada y avena y el pedazo de abajo que se inunda y que no vale para nada más que para el heno.

Dos vacas. Cuatro ovejas que no cuentan porque las ovejas se compran otra vez.

La casa la levantó su padre y la retejó él hace seis años, solo, con turba de la misma ladera.

Once años viviendo ahí sin nadie dentro. Lo había pensado muchas veces, que aquello era demasiada casa para un hombre. Nunca había pensado en cuánto valía, porque no había hecho falta.

Ahora ya lo sabía. Valía lo mismo que una mujer de Sogn que no conocía de nada y que tenía la cara del color de la cera.

Se despertó dos veces. La segunda, ya de madrugada, oyó voces en la casa a través de la pared de piedra seca, y no eran voces de enferma. Era una sola voz, la de la sobrina, hablando muy bajo y muy seguido, como se reza o como se cuenta.

No estaba rezando. Estaba diciendo un verso.

Lo que se dice en voz alta no se pierde.

Lo que se calla se lo queda el mar.

Dije mi nombre en la puerta de mi padre

y la puerta lo guarda mejor que yo.

Lo dijo entero. Lo dijo otra vez, y la segunda vez lo dijo igual, con las mismas paradas en los mismos sitios, y la enferma la interrumpió a mitad para corregirle una palabra y ella volvió a empezar.

Kolbein sacó la vara del día y le hizo la muesca. Cuatro de mayo. Catorce hombres mirados, dos mandados a Birsay, la enferma viva.

De lo otro no apuntó nada, porque no había en ninguna vara del conde un sitio donde poner que la sobrina de un patrón de barco se sabía de memoria un poema que había oído dos veces.

Se echó otra vez en la paja. A través de la pared la voz seguía, y ya no era una sola. Eran dos, una detrás de otra, y la de detrás nunca se equivocaba.