Capítulo 3
—Una sola —dijo Bergdis—. Traen una vela y vienen remando. Eso no es venir bien.
Estaban en lo alto de la duna con las faldas empapadas hasta la rodilla, porque la hierba de abril en Sanday guarda el agua de dos días y no la suelta.
El barco venía del sudeste. Traía la vela recogida a medias, catorce remos en el agua y gente de pie en la proa, que es lo que se hace cuando se quiere llegar antes de que a alguien le dé tiempo a nada.
—Vienen con prisa —dijo la mujer de Thorgils.
—Vienen con algo —dijo Bergdis.
Bajaron. Los hombres ya estaban sacando los rodillos del cobertizo y poniéndolos en línea sobre la arena dura, y Thorgils gritaba por dónde, y nadie le hacía caso porque todos los años lo mismo.
Hild se recogió la falda y entró en el agua con las demás a por los cabos.
El agua de abril en Sanday muerde por dentro de la carne y no por fuera, y a los tres o cuatro pasos deja de doler, y eso es lo peor.
El barco entró de proa y lo dejaron entrar. Catorce remos se levantaron a la vez y se quedaron en alto, goteando, y esa fue la primera cosa que Hild vio de la gente del rey, que hacían las cosas todos al mismo tiempo.
El patrón saltó antes de que el barco estuviera varado. Era un hombre de Sogn, de barba corta y ojos hundidos, y lo primero que dijo lo dijo mirando al hombre del conde, que había bajado el último y se había quedado en lo seco.
—La criada se nos murió a tres días de aquí. La echamos al agua con lo que llevaba puesto.
—¿De qué.
—De lo mismo que tiene la señora.
En la orilla no habló nadie. Bergdis dio un paso atrás y luego se avergonzó de haberlo dado y volvió a ponerse donde estaba.
—¿Cuántos más? —dijo Kolbein.
—Ninguno más. Catorce remos y catorce hombres, y todos comen.
—¿La criada comía con vosotros?
—La criada comía con la señora.
Kolbein se calló. Hild lo vio contar la tripulación con los dedos contra el muslo, dos veces, aunque el hombre acababa de darle el número.
—Que no toque tierra nadie más hasta que yo lo diga —dijo—. Los catorce, al barco.
—Llevamos dieciocho días —dijo el patrón.
—Y vais a llevar uno más.
—Esto no se le hace a la gente del rey.
—Esto se le hace a la gente que trae una fiebre a una isla con cuarenta casas. —Kolbein no había levantado la voz ni una vez—. Mañana os miro a los catorce y coméis en tierra. Hoy no.
Desde atrás, entre los hombres de Sanday, alguien dijo que entonces tampoco tenía que bajar la señora. Lo dijo bajo y no lo dijo del todo, y aun así lo oyeron los que hacía falta.
—La señora baja —dijo Kolbein—. La señora baja porque hay dada una palabra con nombres, y si esa mujer pasa una noche más en un banco de remo, el que paga es esta isla y no el que la ha traído. Prefiero la fiebre.
Nadie discutió eso.
La mujer bajó por su pie.
No la bajaron ni la ayudaron. Se soltó del brazo que le ofrecieron dentro del barco, pasó por encima de la regala sola, puso los dos pies en el agua fría sin hacer ningún ruido y anduvo los doce pasos hasta la arena seca sin apoyarse en nada. Arriba se paró y se puso derecha.
Hild la vio de cerca por primera vez ahí.
Tenía la cara encendida con un rojo que no es de sol y que se corta en seco debajo de los ojos.
El pelo se le había soltado por el lado izquierdo y lo llevaba pegado a la sien.
Encima de la camisa de lino crudo llevaba un vestido de lana roja, y la lana roja en aquella orilla era como si alguien hubiera prendido algo.
Hild no había tocado nunca un paño teñido de ese color.
Sabía lo que costaba porque lo había oído decir.
Los dos broches que le sujetaban los tirantes eran de bronce dorado, cupulares, grandes como la palma de un niño, y estaban puestos torcidos, uno más alto que el otro, como se los pone quien se viste sin que le vean las manos.
—Astrid Sigvaldadottir —dijo—. Hija de Sigvaldi de Sogn. Vengo bajo la palabra de Vigfus Hallsson y del hombre que responde por las islas.
Lo dijo entera, como se dice en una asamblea. A mitad de la segunda frase tuvo que coger aire, y el aire le salió mal, y se le notó.
—Kolbein Ottarsson. Yo soy el que responde.
—Entonces ya hemos acabado los dos.
Hild se quedó con la frase. Entonces ya hemos acabado los dos.
—Que bajen mi arcón —dijo la mujer—. Y que se cuente aquí.
El patrón hizo un gesto y dos hombres bajaron un arcón de madera clara con refuerzos de hierro, y lo pusieron en la arena, y la mujer se arrodilló al lado y lo abrió ella misma.
Hild vio lo que había dentro mientras lo iban diciendo en voz alta para que lo oyeran los de la orilla.
Paño. Una cadena. Dos vasos. Un peine. Un saquito de piel que sonó a metal cuando lo levantaron y que volvieron a dejar sin abrirlo.
—Está todo —dijo ella, y cerró el arcón y se apoyó en la tapa para levantarse, y tardó.
—¿Quién lo ha oído? —dijo Kolbein.
La mujer miró la orilla. Estaban los hombres de Sanday con el agua por la rodilla y las mujeres arriba en la arena seca y los catorce del barco asomados por la regala.
—Todos estos.
—Bien. —Kolbein señaló con la barbilla a Thorgils y a Sæbjorn—. Vosotros dos lo subís. Y lo subís juntos.
La llevaron a Nesbol, porque Nesbol tenía la cama de tablas y el resto de la isla no.
Bergdis fue delante corriendo por el camino de arriba y cuando llegaron ya había sacado de la cama lo suyo y lo de Ormar y lo había metido todo en el arcón grande, y había puesto la manta buena, la de las bodas, que llevaba nueve años doblada.
En cuatro pasos había deshecho la mitad de su casa sin que nadie se lo mandara, que es lo que se hace cuando se tiene miedo y no se quiere decir.
Por el camino, detrás, venía media isla.
Se quedaron en el muro, a quince pasos, sin entrar en el patio.
La mujer de Thorgils traía la media rueda de queso envuelta en un paño y no se la dio a nadie, la sostuvo.
Hoskuld se puso en la cancilla y desde allí dijo, para nadie en concreto, que en su casa hubo una fiebre el año de la nieve grande y que se llevó a cuatro. Nadie le contestó y nadie se fue.
Bergdis salió a la puerta secándose las manos.
—El que quiera entrar, que entre —dijo—. Y el que no, que se aparte del muro, que desde aquí se os oye.
Se apartaron del muro. Ninguno entró.
La mujer aguantó de pie en el umbral. Miró el suelo de tierra, el fuego bajo, el caldero y el hueco de la cama, y no dijo nada de lo que estaba pensando. A Hild le pareció bien educado y le pareció también un insulto, y las dos cosas a la vez.
—¿Quién me atiende? —dijo.
—Yo —dijo Bergdis.
—Tú llevas la casa. No puedes llevar la casa y llevarme a mí.
Bergdis miró a Hild.
—Mi sobrina.
La mujer giró la cabeza. Tenía los ojos brillantes de la fiebre y aun así miró bien, de arriba abajo, y se paró en las manos.
—¿Has cuidado enfermos?
—A mi madre.
—¿Y se murió?
—Sí.
—Bueno. Todas se mueren.
Al ir a entrar se le fue una rodilla.
No cayó del todo. Se agarró al quicio con las dos manos y se quedó doblada, y el aire le entraba y le salía de una manera que se oía desde el fuego. Hild la cogió por debajo del brazo y notó el calor a través de la lana, un calor que no es de estar viva, y la metió dentro.
La sentó en el borde de la cama. Le quitó los zapatos, que estaban empapados y llenos de arena por dentro, y los puso a secar lejos de la lumbre para que no se acartonaran. Le trajo agua y se la dio despacio, tres tragos y descanso, tres tragos y descanso, como se lo había dado a su madre.
Fuera se oía al hombre del conde con el patrón del barco.
Le estaba preguntando cosas, una detrás de otra, y esperaba después de cada una.
Hild oyó qué día se había puesto mala la criada y qué día se había puesto mala la señora, y oyó que había cuatro días entre lo uno y lo otro, y oyó preguntar si alguno de los catorce tenía calentura, y oyó decir que no, y oyó al hombre del conde contestar que se lo volvería a preguntar por la mañana.
Después se hizo el silencio fuera y él apareció en la puerta. No entró. Se quedó en el umbral con la mano en el marco, mirando la cama desde allí, y a Hild le pareció que estaba contando otra vez, aunque no había nada que contar.
—¿Come? —dijo.
—No ha comido.
—¿Bebe?
—Tres tragos y descanso. Lleva dos cuencos.
Él asintió.
—Si cambia algo por la noche, lo que sea, mandas al hijo de Bergdis a Grimsgarth. A la hora que sea.
—Bergdis no tiene hijos.
Kolbein se quedó un momento callado.
—Entonces vas tú —dijo—. Y no vas por el camino de abajo.
Se fue. Hild oyó los pasos alejarse por la hierba mojada y luego ya no los oyó.
La mujer se dejó caer hacia atrás en la paja. Con la cabeza apoyada se le puso la cara distinta, más joven, y se le vio que tendría veintitantos y no los treinta que aparentaba de pie.
—¿Tú lo conoces? —dijo.
—¿A quién?
—Al hijo del conde. Al segundo.
—No he estado nunca en Birsay.
—Yo tampoco lo he visto. —Se rio un poco y la risa se le fue en tos—. Mi padre sí. Mi padre dice que es callado y que lleva las cuentas de su casa. Eso es lo que me ha dicho de él en todo el invierno. Que lleva las cuentas.
Hild le acercó otra vez el cuenco y ella lo apartó con dos dedos.
—Me han traído en dieciocho días y me han enseñado tres cosas por el camino. Cómo se saluda al conde, cómo se saluda a los hijos del conde y qué se contesta si me preguntan por el rey. —Volvió la cara hacia la pared—. Nadie me ha dicho cómo es la casa. Ni si hay árboles.
—No hay árboles.
—Ya lo he visto.
Estuvo callada un momento. Luego levantó la cabeza dos dedos de la paja.
—En la orilla. Cuando he bajado. ¿Qué he dicho?
—Has dicho tu nombre.
—Entero. Dímelo entero.
Hild se lo dijo entero.
—Astrid Sigvaldadottir. Hija de Sigvaldi de Sogn. Vengo bajo la palabra de Vigfus Hallsson y del hombre que responde por las islas.
La mujer dejó caer la cabeza otra vez.
—Bien. Iba a decir el nombre de él y no me acordaba. —Cerró los ojos—. Llevo dieciocho días diciéndomelo por dentro para no equivocarme delante de nadie y al bajar se me fue.
—No se te fue. Lo dijiste bien.
—Lo dije sin decirlo. Es distinto. —Movió la mano encima de la manta, buscando algo que no había—. Si me vuelve a pasar, tú me lo dices.
—¿El qué.
—Lo que haya dicho yo. Palabra por palabra, como ahora. Que quiero saber lo que sale de mi boca.
Estuvo un rato con los ojos cerrados y Hild pensó que se había dormido.
—¿Cómo te llamas? —dijo la mujer.
—Hild.
—Hild.
—Hild Ketilsdottir.
—Ya. Hilda.
—Hild.
—Hilda —dijo ella otra vez, y se durmió con la boca abierta y la mano todavía agarrada al borde de la manta.
Hild esperó a que la respiración se le hiciera larga. Después le desabrochó los tirantes.
El bronce estaba frío. Fue lo único de aquella mujer que estaba frío.
Sacó el primero del ojal y después el segundo, con cuidado de no tirar de la lana, y los dejó juntos encima del arcón, boca arriba, con la aguja hacia dentro para que no rascaran la madera.
Pesaban. No se había imaginado que pesaran tanto.
Le sacó el vestido rojo por los pies, para no moverle la cabeza, y le dejó puesta la camisa. Después se apartó al lado del fuego con la lana en las manos.
Estaba húmeda de la orilla y caliente de ella, y las dos cosas se notaban a la vez y una de las dos se iba a ir en un rato.
Hild la sacudió una vez. La estiró por las costuras.
Vio el remiendo de la sisa izquierda, hecho con hilo del mismo color, que es un lujo, porque teñir hilo para un remiendo es tirar el dinero.
La dobló en tres y la dejó en el arcón, y encima los dos broches. Después se miró las manos, que le habían dejado dos marcas de tierra en la lana a la altura del hombro, y las frotó una contra otra hasta que se le fue lo que llevaban.
Detrás de ella, en la cama, la mujer habló en sueños. Dijo un nombre. No era el suyo y no era el de Hild.