Capítulo 2
La vara de Skalabakki estaba encima de la mesa de Nesbol con la mordida del cuchillo hacia arriba, y Kolbein llevaba un rato sin tocarla.
Se la había traído para acordarse. No de Nefsteinn, que se acordaba solo, sino de lo otro: de que un hombre que cuenta mal delante de doce personas cuenta peor cuando está solo.
Y cuatro casas del sur de la isla habían entregado la renta en la orilla, sin pasar por el patio, porque el camino de abajo estaba anegado.
Nefsteinn había ido a contarlas solo. Ahora estaba en la cama de la casa grande con la cara vuelta a la pared diciendo que le dolía el vientre.
A Kolbein no le parecía que le doliera el vientre, pero un hombre tiene derecho a que le duela lo que quiera una vez cada nueve años.
Hacía once años, en Rousay, una cuenta hecha sola le había costado la vaca a un hombre que no debía nada. Kolbein había sido el que fue a por la vaca. Desde entonces no cerraba una lista sin dos cabezas dentro.
Bergdis le puso delante un cuenco de gachas de avena con un pegote de mantequilla en medio y se fue a la vaca sin preguntarle nada.
Kolbein miró la casa mientras comía, porque era lo que hacía en todas las casas.
Nesbol tenía el techo bien, la puerta mal y un arcón bueno.
Las mantas estaban remendadas con lana de otro color.
No había queso colgado, y a finales de abril eso quiere decir que se lo han comido en marzo. Tenían ocho remos y no tenían sábanas.
Fuera sonaba el mazo de Ormar en la quilla, lento, uno cada dos respiraciones. Llevaba desde el amanecer calafateando, porque en tres semanas tenía que llevar a una mujer del rey a Birsay y no pensaba llevarla en un barco que hiciera agua.
La sobrina entró con la leña y se puso a alimentar el fuego. No preguntó nada. Se quedó de cuclillas metiendo tepes de turba por debajo del caldero, y Kolbein la miró y vio que llevaba un rato contando con los dedos contra el muslo.
—Ketilsdottir.
Ella se levantó.
—Las casas del sur. ¿Estabas?
—No. Yo estuve en el patio todo el día.
—¿Quién bajó a la orilla?
—Nefsteinn y el hijo de Hoskuld. Volvieron cuando se estaba acabando el paño.
Kolbein empujó el cuenco a un lado.
—Dime lo del patio. Todo. Desde la primera casa.
Ella estuvo quieta un momento. Luego se limpió las manos en el delantal y empezó.
Empezó por Kvibakki, que entró la primera, dos barriles y tres sacos, traídos por el viejo y la nuera.
Siguió por Grimsgarth, que no paga porque es donde se cuenta, pero que puso seis piezas de paño.
Al llegar a Skalabakki, Kolbein le dijo que se lo saltara, que ya lo sabía, y ella se lo saltó y siguió por Hofn.
Dijo las casas en el orden en que habían cruzado la cancilla.
Dijo lo que traía cada una y quién lo traía.
Dijo dos veces «y con eso se acabó la mañana», porque hubo dos casas que llegaron después de comer y ella marcaba ahí el corte.
Tardó lo que tarda una mujer en desgranar una cosa que tiene entera. No se paró a pensar en ningún sitio. Cuando dudó una vez, dudó en el nombre del mozo de Hofn, no en el número.
Kolbein sacó sus varas del saco y comprobó tres al azar. Hofn, Sandvik y la de los dos hermanos de la punta. Las tres estaban como ella las había dicho.
—¿Quién te ha enseñado eso?
—Nadie.
—Alguien te ha enseñado.
—No se me van las cosas. Es lo que hay. —Miró hacia la puerta—. Mi madre decía que la cabeza es mal sitio para guardar, porque no se puede vaciar.
Kolbein sacó del saco un pedazo de vara sin usar y se lo puso delante, con el cuchillo al lado.
—Las cuatro del sur no las tengo. Nefsteinn las tiene en la cabeza, y en la cabeza de Nefsteinn hoy no entro. Vas a ir a las cuatro casas, me vas a traer lo que dicen que entregaron y lo vas a marcar aquí.
Ella miró la vara y no la cogió.
—Yo no sé marcar.
—Se aprende antes que a contar.
Le enseñó cómo. Una muesca larga por barril, una corta por saco, una cruz por pieza de paño, y todas en el mismo canto, para que se lean seguidas y no haya que darle la vuelta a la madera delante de nadie.
Ella hizo la primera y le salió torcida y demasiado honda.
Al empezar la segunda se le fue el filo hacia la palma.
Kolbein le cogió la mano y se la giró.
Se la giró para ver por dónde se le había ido el cuchillo, y vio que no se había cortado, y vio lo demás.
Tenía las palmas de una mujer que trabaja la orilla.
Callos duros en la base de los dedos, de remo y de cuerda.
Las uñas cortas y rotas en tres sitios. Y una cicatriz blanca en el pulpejo del pulgar izquierdo, curva, con ese brillo que dejan las que han tenido un hierro dentro.
—Anzuelo —dijo.
—Tenía once años.
—¿Te lo sacaron por delante o te lo cortaron?
—Por delante.
Le tuvo la mano un momento más del que hacía falta para eso. Ella no la retiró. Tenía los dedos fríos por arriba y calientes por dentro, como los tiene la gente que lleva toda la mañana fuera y acaba de entrar.
—¿Remas?
—Cuando falta uno.
—¿Y cuántas veces falta uno?
—Bastantes.
La soltó y le puso el cuchillo al otro lado de la mesa, con el filo hacia dentro.
—Más plano —dijo—. No aprietes. La madera la partes tú, no el filo.
La segunda que hizo después de eso le salió honda otra vez y la rompió por el canto, y no dijo nada, y cogió otro pedazo y empezó de nuevo sin mirarlo a él. La tercera le salió bien.
Estuvieron así un rato largo. Ella marcando y él pasando al limpio las cuentas del norte, y el fuego debajo del caldero, y el mazo fuera.
—El camino de abajo —dijo él sin levantar la cabeza—. ¿Cuándo se anegó?
—La víspera. Con la marea de la noche.
—¿Y las cuatro casas lo sabían el día antes?
—Lo sabía toda la isla. Se anega tres veces al año y siempre las mismas tres.
Kolbein dejó de escribir.
Si se sabía la víspera, las cuatro casas del sur habían decidido antes de la víspera que entregarían en la orilla, y habían decidido antes de la víspera que las contaría un hombre solo.
—¿Quién bajó con Nefsteinn, has dicho?
—El hijo de Hoskuld.
—¿Y el hijo de Hoskuld de qué casa se casó?
Ella tardó un momento en verlo. Luego lo vio.
—De Sandvik. La segunda de las cuatro.
Kolbein miró la vara mordida de Skalabakki un rato largo. Aquella mujer le había dado en media tarde dos cosas que Nefsteinn no le había dado en nueve años, y no había puesto ninguna cara al dárselas.
—Ketilsdottir.
—¿Qué.
—¿Tú sabes mentir?
Ella dejó de marcar.
—No me ha hecho falta.
—Eso no es lo mismo.
—Es lo que tengo.
Kolbein dejó pasar eso.
Antes de comer subió a Grimsgarth.
Nefsteinn estaba de cara a la pared, en la cama de la casa grande, con la manta hasta la oreja. La capa buena colgaba de un clavo, cepillada. Un hombre con el vientre roto no cepilla la capa.
Kolbein acercó el taburete y se sentó.
—Las cuatro del sur.
La manta no se movió.
—Contadas están —dijo Nefsteinn.
—Contadas por ti solo.
—Como llevo nueve años.
—Como llevas nueve años. —Kolbein se apoyó en las rodillas—. El hijo de Hoskuld bajó contigo. ¿Sabías que está casado en Sandvik?
Hubo un silencio. Después Nefsteinn se volvió despacio, se incorporó sobre un codo y lo miró con los ojos de un hombre que no ha dormido.
—Yo no he tocado una muesca en mi vida.
—No he dicho que la hayas tocado. He dicho que bajaste solo con el yerno de una de las casas que ibas a contar, por un camino que se anega tres veces al año y siempre las mismas tres.
—El camino se anegó.
—El camino se anega. Eso es lo que te estoy diciendo.
Nefsteinn se frotó los ojos.
—¿Y qué quieres, que le lleve la cuenta una mujer?
—Quiero las cuatro casas contadas dos veces. Me da igual quién sea la segunda cabeza.
—La segunda cabeza. —Nefsteinn se rio sin ruido y volvió a tumbarse de cara a la pared—. Ya. Pues cuéntalas tú con ella, ya que te sale tan barata.
Kolbein se levantó y puso el taburete donde estaba.
—Mañana te miro a los del barco conmigo —dijo—. Los dos. Y eso lo apunto.
Bajó a Nesbol andando por el camino de arriba. No le pareció poco lo que acababa de hacer, que era ponerle nombre a una sospecha delante del sospechoso, y no tenía a nadie a quien decírselo.
Ormar entró a media tarde con las manos negras de brea y se sentó a comer sin lavárselas. Estaba contento y lo estaba de una manera que se le veía en cómo dejaba la cuchara. Le habían dado el encargo delante de la isla entera y eso valía más que el descuento del skatt.
—Tres días —dijo—. Tres días, y en Birsay ya comen ellos.
—Si llega.
Ormar se rio.
—Llega. Con ocho remos llega hasta el que no quiere llegar.
—No hablo de tu barco.
Kolbein apoyó los antebrazos en la mesa.
—Escúchame esto una vez, Ormar Hrutsson, y no te lo repito.
Esa mujer no es una mujer hasta que pise Birsay.
Es una palabra. Si se le tuerce un tobillo bajando de tu barco, respondes tú.
Si se pone mala del agua que le des, respondes tú.
Y detrás de ti respondo yo, porque yo di el nombre delante de los hombres del rey. Dos cabezas. La tuya y la mía.
Ormar dejó de masticar.
—En treinta años no se me ha muerto nadie en el barco.
—Ya lo sé. Por eso te lo he dado a ti.
—¿Y qué pones tú? —dijo Ormar. Lo dijo medio en broma, con la cuchara en el aire—. Si se cae ella, ¿qué pones tú?
—Hamnavoe.
La cuchara bajó.
—¿La casa?
—La casa, la tierra de arriba y las dos vacas. Y el cargo, que es lo de menos, porque el cargo se lo puede quitar cualquiera a cualquiera. —Kolbein cogió la jarra y se sirvió agua—. Lo demás lleva once años pagado y no lo quiero volver a pagar.
Ormar abrió la boca y la volvió a cerrar. Bergdis, que había entrado con el cubo, estuvo parada en la puerta.
—¿Y por qué lo pones? —dijo.
—Porque me lo pidieron y dije que sí.
—Te lo pidieron a ti pudiendo pedírselo a un hijo del conde.
—Un hijo del conde no responde con nada. —Kolbein se encogió de hombros—. Por eso se lo piden a los que tienen dos vacas. Un hombre con dos vacas se porta mejor.
—¿Y no te podías haber callado?
—Me lo preguntaron delante de los hombres del rey. —Kolbein estuvo mirando el fondo del cuenco—. Cuando te preguntan delante de gente, callarse también es contestar.
Bergdis dejó el cubo en el suelo más fuerte de lo que hacía falta y se fue hacia el fuego sin decir nada más, que es la manera que tienen las mujeres de las islas de decir que lo han oído todo.
La sobrina no levantó la cabeza de la vara. Pero dejó de marcar y estuvo un rato con el cuchillo quieto encima de la madera.
—Ketilsdottir.
—¿Qué.
—Mañana a primera hora, las cuatro del sur. Preguntas y traes lo que digan. No discutes con nadie.
—¿Y si lo que digan no es lo que hay?
—Entonces me lo traes igual. —Kolbein cerró la lista—. No te he mandado acertar. Te he mandado oír.
Ella asintió y se guardó el pedazo de vara en el delantal.
Fuera, el mazo se había callado. Por la puerta abierta entraba ese frío de abril que viene de abajo, del suelo mojado, y que se mete por los tobillos antes que por ningún otro sitio.
Kolbein recogió lo suyo. Cogió el pedazo de vara donde ella había marcado, y a partir de la tercera muesca estaba tan bien hecho como el de cualquier escribiente del conde.
Buscó en el saco la vara de los jornales, la de la gente que trabaja por cuenta del conde y cobra en grano, y le puso la punta del cuchillo encima para abrirle media muesca.
No la abrió. La sobrina de un patrón no va en esa vara. Si la ponía, tenía que explicar por qué, y la explicación no le apetecía ni a él ni al que la leyera en Birsay.
Guardó la vara de los jornales sin tocarla. El pedazo con las cuatro casas del sur se lo metió en el cinto, por dentro, donde llevaba también el brazalete de plata del cargo, que solo se sacaba cuando había que enseñarlo.
Fue entonces cuando el hijo de Hoskuld llegó corriendo por el camino de arriba gritando que había vela.