Bajo el nombre de Astrid
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Capítulo 1
La mantequilla de Nesbol pesaba lo que tenía que pesar. Hild lo sabía porque la había batido ella y porque había visto a su tío apretar las cuñas dentro del barril con los pulgares hasta que no quedó aire.
En el patio de Grimsgarth habían puesto las rentas en dos hileras, como todos los años.
Barriles de mantequilla en la de dentro, sacos de malta en la de fuera, y al fondo, contra el muro de piedra seca, las piezas de paño enrolladas y atadas con cuerda de crin.
Llevaba dos días lloviendo y el barro del patio se había puesto blando por arriba y duro por debajo, de esos que resbalan sin dejarte hundir.
Alguien había encendido temprano el fuego de la casa grande, para que el hombre del conde no pasara frío mientras contaba lo que se llevaba, y el humo de turba bajaba sin subir y se quedaba a la altura de la cintura.
Hild había atado el paño desde antes de la luz.
Tenía las manos agrietadas de la crin y la cuerda le había dejado dos surcos rojos en la palma derecha.
Llevaba las varas de Ormar en el cinto, dos, sujetas con un cordel, una para la mantequilla y otra para el paño.
Se le habían mojado por arriba y la madera olía a lana.
Nefsteinn contaba en voz alta. Era un hombre pequeño, con la capa buena y los zapatos malos, y tenía la costumbre de decir el número dos veces, una para él y otra para el que pagaba.
—Sæbjorn de Skalabakki. Cuatro. Cuatro barriles.
—Cinco —dijo Sæbjorn.
—Cuatro he contado.
Sæbjorn bajó la cabeza. Era un hombre grande y se le notaba que estaba haciendo la cuenta de lo que le costaba el quinto barril si tenía que traerlo otra vez.
Un barril de mantequilla es el trabajo de un mes de dos mujeres, y en abril no hay mantequilla, porque la vaca lleva todo el invierno comiendo paja.
Miró la hilera con las manos colgando y no dijo nada más, porque el que discute con el que escribe paga dos veces.
Hild los había visto pasar. Habían entrado por la cancilla cuando ella estaba terminando con el paño, y habían pasado de uno en uno porque la cancilla es estrecha, y ella los había ido oyendo.
El primero lo llevaba el hijo mayor de Sæbjorn.
El segundo y el tercero, dos mozos de la casa, juntos, con una pértiga entre los dos porque uno de ellos cojea.
El cuarto lo había traído Sæbjorn. El quinto había entrado el último, encima de la carretilla, con un saco de malta cruzado por arriba, y lo había bajado la mujer de Sæbjorn, y al bajarlo se le fue la carretilla y dijo una palabra que no se dice.
—Cinco —dijo Hild.
Lo dijo sin levantar la voz. Le salió como le salían las cuentas, antes de decidir si quería decirla.
El patio estuvo callado. No del todo, porque los perros seguían, pero los hombres sí.
Ormar le puso la mano en el brazo. Su tío tenía una manera de tocar a la gente que servía para pedir las cosas sin decirlas.
—Calla —dijo.
Nefsteinn levantó la cabeza de la vara. Buscó quién había hablado y tardó, porque no esperaba que fuera una mujer con las manos llenas de cuerda.
—¿Tú llevas la cuenta de Skalabakki?
—No.
—Entonces.
—Han entrado cinco —dijo Hild—. El último venía en la carretilla, con la malta encima.
—He contado cuatro.
—Has contado cuatro porque el perro de Hoskuld se te metió entre las piernas cuando entraba la carretilla y te diste la vuelta.
Eso sí lo oyó el patio entero.
Bergdis, la mujer de Ormar, cerró los ojos un momento.
Hoskuld se rio por la nariz y luego se calló, porque nadie más se rio.
Nefsteinn se puso rojo por encima de la barba y empezó a decir algo del respeto, y de que él llevaba nueve años haciendo aquello, y de que en las islas del norte no había habido una queja contra él en nueve años.
El hombre del conde estaba apoyado en el muro de la casa grande y no había abierto la boca en toda la mañana.
Se apartó del muro y vino andando despacio por el pasillo que quedaba entre las dos hileras.
Era alto y ancho de hombros y llevaba la lana sin teñir, sin bordado ninguno, como un hombre que viene de descargar.
Tenía la barba castaña con el rojo dentro y las canas se le veían solo en un lado, junto a la boca.
La nariz se la habían roto una vez y no se la habían puesto bien.
Se paró delante de la hilera de Skalabakki y no miró a Hild.
—Dilo otra vez —dijo.
Hild lo dijo otra vez. Dijo quién había traído cada barril y en qué orden, y dijo lo de la pértiga y lo del mozo que cojea, y dijo lo que había dicho la mujer de Sæbjorn cuando se le fue la carretilla, y al llegar ahí Bergdis carraspeó y Hild se saltó la palabra.
El hombre del conde escuchó sin moverse. Cuando ella acabó, se agachó y contó los barriles de la hilera con la mano, tocando cada uno en la tapa. Los tocó todos. Luego contó los sacos de malta de Skalabakki y los tocó también.
Se levantó.
—Cinco —dijo—. Rehaz la muesca.
—El conde no paga por contar dos veces —dijo Nefsteinn.
—El conde no cobra dos veces tampoco. Rehazla.
Nefsteinn la rehízo. Tuvo que rebajar la madera con el cuchillo para borrar la anterior y le quedó una vara fea, con una mordida en medio, y esa vara la iba a ver toda la isla durante un año.
Sæbjorn no dio las gracias. Miró a Hild una vez, largo, y luego miró al suelo. En Sanday no se dan las gracias delante del que cobra, porque dar las gracias es reconocer que te podían haber quitado más.
El hombre del conde se fue hacia la hilera de la malta. Nefsteinn se quedó atrás con la vara mordida en la mano y esperó a que Hild pasara por su lado para agacharse un poco hacia ella.
—Tu tío tiene una renta que pagar todos los años —dijo. Lo dijo sin mirarla, muy bajo, con la voz de quien está leyendo una cuenta—. Todos los años, en este patio. Y lo que se cuenta en este patio lo cuento yo.
—Hoy lo ha contado él.
—Hoy. —Nefsteinn se puso la vara debajo del brazo—. Nueve años, niña. Él viene once días al año. Yo vengo siempre.
Se fue detrás del hombre del conde con los zapatos malos metiéndose en el barro hasta el tobillo.
Hild se quedó con eso también, porque se le quedaba todo. Yo vengo siempre.
Siguieron contando hasta media tarde. La malta se pesaba con la romana colgada del dintel del establo, y había que meterse dentro para leerla, y allí el aire estaba caliente y espeso de vaca y a Hild se le empañaron las pestañas cada vez que entró.
En Hofn hubo otra parada. La viuda de Hofn había traído dos barriles y debía tres, y lo dijo ella misma antes de que nadie contara nada, de pie, con las manos cruzadas delante.
—El tercero no lo tengo. Tengo la vaca.
Nefsteinn ya estaba mirando hacia el camino, calculando qué vaca era y cuánto andaba.
—Hasta la siega —dijo el hombre del conde.
—¿Entero?
—El tercero y medio más, por esperar. Si en la siega no está, hablamos de la vaca.
La viuda de Hofn aguantó quieta un momento, haciendo la cuenta, y luego asintió y se fue sin decir nada, como hace la gente cuando le han dado algo y no sabe si dar las gracias la va a dejar en deuda.
Hild se guardó las dos frases. El tercero y medio más, por esperar. Si en la siega no está, hablamos de la vaca.
Al paño llegaron con la luz ya de lado. El hombre del conde pasaba dos dedos por la trama de cada pieza, apretando, para ver si la habían tejido floja. Y fue ahí cuando Hoskuld dijo lo que decía todos los años.
—Esto antes era mío y no lo pagaba.
Lo dijo mirando al suelo, como quien habla del tiempo. Tenía setenta años y le quedaba poco que perder, y eso en Sanday es lo más parecido que hay a la libertad.
—Cállate, viejo —dijo Thorgils.
—Digo lo que es.
—Digo yo que te calles.
Hild esperó a ver qué hacía el hombre del conde. No hizo nada. Siguió apretando la trama con dos dedos, pieza por pieza, hasta la última. Cuando acabó se limpió la mano en el muslo.
—Está bien tejido —dijo—. El del año pasado no lo estaba.
Y eso fue todo lo que dijo de lo que había dicho Hoskuld.
Cuando ya estaban cargando, mandó juntarlos delante de la casa grande. Los hombres se pusieron delante y las mujeres detrás, y los críos encima del muro, y Hild se quedó en el borde con las varas de Ormar todavía en el cinto, porque no había querido soltarlas en todo el día.
—Antes de la luna nueva llega un barco de Noruega —dijo—. Trae a una mujer. Viene a casarse con el segundo hijo del conde y viene bajo grið.
Nadie dijo nada. Todo el mundo sabía lo que eso quería decir, aunque casi nadie lo hubiera visto de cerca. Quiere decir que la mujer no es una mujer mientras viaja. Es una palabra dada. Y las palabras dadas tienen detrás nombres de hombres que responden con lo suyo.
—Por parte del rey responde Vigfus Hallsson. Por parte de las islas respondo yo.
Hild se quedó con la frase entera. Por parte del rey responde Vigfus Hallsson. Por parte de las islas respondo yo. Se le quedó como se le quedaban las cosas, sin querer, en el orden en que habían salido.
—Aquí hará escala —siguió él—. Sanday le da cama, comida y barco hasta Birsay. El barco lo pone Ormar Hrutsson.
Ormar levantó la barbilla. Se le notó en la espalda que se le había puesto recta.
—El mío lleva ocho remos —dijo.
—Lo sé. Por eso.
Hubo ruido entre los hombres. No protesta.
Ruido. Una mujer del rey comiendo en la isla en abril, que es cuando no hay nada, y un barco parado tres días y ocho hombres sin faenar.
Hild hizo la cuenta sin darse cuenta de que la estaba haciendo.
Tres días de ocho hombres son veinticuatro días de hombre. Y después la comida.
—Se descuenta del skatt del año que viene —dijo el hombre del conde.
—¿Entero? —dijo Thorgils.
—Lo que coma y lo que reméis. Entero no.
Thorgils escupió a un lado, que era lo más que podía hacer, y con eso se acabó.
Detrás, entre las mujeres, ya había empezado la otra cuenta, la que no se marca en ninguna vara.
Qué come una mujer del rey. Si comería pescado seco o habría que matar algo.
Si querría cerveza o leche. Si traería sábanas o si habría que sacar las de las bodas.
La mujer de Thorgils dijo que en su casa quedaba media rueda de queso del otoño y que la iba a poner, y lo dijo en un tono que dejaba claro que quería que se supiera.
La de Kvibakki contestó que ella tenía cuatro huevos y que los cuatro hacían falta en su casa, y que si el conde quería huevos que mandara gallinas.
Se rio poca gente. En abril hay huevos y no hay nada más, y una mujer que ofrece huevos en abril está ofreciendo lo único que tiene.
Bergdis volvió al fuego. Bergdis estaba mirando su propia casa desde lejos, desde el patio, como se mira una cosa que va a haber que deshacer.
Volvieron por el camino de arriba, que está más seco. Bergdis la llevaba del codo y anduvo cien pasos antes de hablar.
—Nueve años lleva ese hombre contando en las islas del norte —dijo—. ¿Y sabes cuántas veces le ha corregido alguien delante de la gente?
—No.
—Yo tampoco. Y hoy ya sé una.
Hild bajó la vista a la vara.
—Tu tío le acaba de sacar el mejor encargo de su vida a ese barco. Eso es pan de un año. Y a ti te da por contarle los barriles al escribiente.
—Eran cinco.
—Ya sé que eran cinco. —Bergdis le apretó el codo y se lo soltó—. Todos sabíamos que eran cinco, niña. Eso es lo que no entiendes.
—Sæbjorn no lo sabía.
—Sæbjorn lo sabía mejor que nadie y se estaba callando, que es lo que hace un hombre con cuatro bocas cuando le quitan un barril. Se calla este año y el que viene le cuentan bien.
Se le adelantó y siguió sola. Iba deprisa, con la falda pesada de agua hasta la rodilla, y al llegar a la cancilla no se volvió.
Hild se acordó de que se había dejado la segunda vara encima del muro del patio y dio media vuelta.
El hombre del conde estaba allí, guardando las suyas en un saco de cuero. Las metía de canto, para que no se rozaran unas con otras y se les fueran las muescas.
Ella cogió la suya y se la puso en el cinto con la otra.
—Hoy te has hecho un enemigo —dijo él.
—Ya lo sé.
—¿Y lo has dicho igual?
—Eran cinco.
Él acabó de atar el saco. Se pasó la correa por el hombro y estuvo un momento mirando las dos hileras vacías y las marcas redondas que habían dejado los barriles en el barro.
—¿Cómo te llamas?
—Hild —dijo ella—. Hild Ketilsdottir.
Él asintió una vez, con la barbilla.
—Ketilsdottir —dijo, y se fue.