Capítulo veintiocho #2
Al parecer, Koen había citado tanto a su ex-novia como a su antiguo mejor amigo en un restaurante cercano de la zona. Sin haberle dicho nada a ella antes.
¿Por qué no era conocedora de aquello?
Podría dudar de él. Volver a su yo del pasado. Estar insegura de su valía, del afecto y fidelidad que Koen guardaba hacia ella. Podía irse en silencio tras guardar en su mochila todo lo que trajo consigo, y encargarse de que su hermano fuera quien le echase de su apartamento.
Podría perfectamente elegir aquella opción.
Pero ya no era la misma de antes.
Ya no tenía miedo de sus sentimientos. Del rechazo.
De sentirse insegura. Era normal que se sintiera así.
Ya no solo por influencia de sus padres, sino por la sociedad en sí misma: enseñaban a las mujeres desde su nacimiento, dando igual cuánto un padre o una madre se esforzara en asegurar y afirmar lo contrario a su preciosa niña, que todas y cada una de ellas tenían algo malo.
Algo que fallaba. Algo de lo que debían sentir pena. Vergüenza.
Rebeka estaba harta de pensar así. Si lo hacía, no lo haría nunca más sola.
Porque Koen le había dejado muy claro que ya no estaba sola.
Con el móvil en mano y pasos silenciosos –no quería darle dinamita a la pareja Ashburn para usar en contra de su hijo tras aquella cena–, Rebeka (tratando de no perderse) bajó las escaleras de la mansión antes de dirigirse a la cocina.
Exactamente, Koen estaba en esta, colocando unos platos en una gran bandeja de cobre bañada en pan dorado que parecía ser el desayuno de los dos.
Aclaró su garganta para llamar la atención de este. Nada más sus ojos conectaron entre sí, saltó directa al tema:
–He mirado tu móvil. No paraban de llegar notificación tras notificación, así que he mirado por si era algo importante. –Alzó el teléfono, encendido y con los mensajes en la bandeja aún presentes, entre los dos–. No sabía que te ibas a ver con Brooke y Jakob.
Koen no se alteró. No empezó a chillarle enfadado, a exigirle que le explicara porqué había cogido su teléfono y leído sus mensajes.
Sabía más que nadie que Rebeka había sido una vez manipulada de aquella forma, todo gracias a ese capullo de Archer, y que ella nunca revisaría sus mensajes en búsqueda de una infidelidad.
Si desconfiara de él, ya le habría dejado.
–Debí decírtelo –admitió con un suspiro–.
Ayer por la mañana me desperté alterado por una pesadilla.
Soñé con el día en que mis padres decidieron divorciarse.
No es un recuerdo muy agradable, como puedes deducir.
Luego desperté, y estabas a mi lado, abrazándome y sonriendo mientras dormías.
Pensé que no había mejor sitio que el estar a tu lado.
Entonces también recordé la forma en que tú sola has sanado tras enfrentarte a tus demonios, mientras que yo he estado corriendo en vueltas para huir de los fantasmas de mi pasado.
Ambos se miraron el uno al otro en silencio por minutos. Él con una mirada de orgullo hacia ella. Ella con los ojos anegados de lágrimas.
–Quiero ser igual de fuerte que tú, Beks.
–Koen acogió en sus manos las mejillas de Rebeka, descansando su frente sobre la de ella–.
Quiero crecer, como tú has crecido. Ya no solo por ti, ni solo por nosotros, sino también por mí mismo.
Porque no puedo pasar el resto de mi vida estancado.
Así que les mandé un mensaje a los dos, por privado.
Iba a verme con ellos esta tarde, decirles que no quiero saber nada más de ellos por lo que me resta de vida, y luego volver contigo, a nuestra casa.
Lejos de todo lo malo. –Soltó una ligera carcajada–.
Aunque debería haber supuesto con anterioridad que tengo como novia a Sherlock Holmes, por lo que vuelvo a disculparme por no haberte contado mi decisión. Eso no es lo que hace un equipo.
–Koen… –Rebeka se relamió los labios, su garganta seca ante la fuerza de amor incondicional que sentía en aquel momento–. Estoy muy orgullosa de ti. No tienes que pedirme perdón. Has tomado la mejor decisión.
El chico sonrió ampliamente.
–Te amo, Rebeka Noster.
–Yo también te amo, Koen Ashburn.
Ambos inclinaron sus cabezas para acortar los últimos centímetros de distancia entre sus labios, sumiéndose en un dulce beso.
Un beso que sabía a hogar.
Su hogar.
Rebeka no sabía si estaba más nerviosa que Koen al estar ambos esperando, uno sentado al lado del otro, en aquel restaurante a que aparecieran tanto Brooke como Jakob.
Cada vez que la puerta del local se abría o cerraba, ambos se sobresaltaban, antes de girar sus cabezas en dirección a la puerta, para no ver nada.
Absolutamente nada.
–Ya ha pasado una hora… –murmuró Rebeka volviendo a comprobar el reloj de su teléfono–. ¿Y si realmente no se presentan? Puede que a última hora se hayan arrepentido de aceptar, y no vengan.
Koen negó con la cabeza, sin creer que aquello fuera un escenario posible.
Conocía demasiado bien a aquel dúo. Eran demasiado orgullosos como para dar una batalla por perdida y rendirse antes de lucharla.
Al igual que deberían de haber odiado que quedasen como los malos de su propia película, por mucho que fueran conscientes de que ellos eran los que habían cometido el pecado.
Sobre todo Brooke.
Su primera novia podría haber sido todo lo preciosa que hubiese querido en su momento, pero la inocente sonrisa de sus labios escondía tanto veneno que a veces Koen temía que, si se mordía, se fuera a matar a sí misma.
–Vendrán –aseguró–. Nunca faltarían a un espectáculo en el que puedan ser protagonistas.
Rebeka dudó de aquello.
Pero sus dudas se vieron resueltas, apoyando las palabras de Koen, cuando dos minutos más tarde aparecieron por la puerta, buscando a Koen entre los demás clientes.
La última vez que había visto a Brooke, fue en la foto de perfil de aquel mensaje olvidado.
Su cabello rojo, teñido a la perfección en el tiempo en que la fotografía fue tomada, ahora era reflejo de ella misma: se estaba apagando.
Se encontraba decolorado, casi rubio pajizo. Su rostro acompañaba este tono con agotamiento y cierta crudeza en las arrugas de sus ojos.
Jakob, en cambio, no estaba muy diferente de cuando lo vio (y conoció) en la fiesta a la que fueron en casa de Theo.
Ambos parecieron contentos al notar a Koen sentado, esperándolos. Sobre todo Brooke, seguramente con ideas falsas en su cabeza de haber al fin logrado recuperar a los dos hombres que habían peleado por ella años atrás.
Aquella sonrisa se borró nada más se fijaron en que Koen no estaba solo, sino con Rebeka. La acompañante que llevó este meses atrás a una fiesta.
Obviando la evidente molestia que aquello le parecía causar, Brooke fue la primera en acercarse a la mesa. Borrando instantáneamente su mueca por una sonrisa, como si nunca hubiera existido. Cualquiera se habría cuestionado si aquella mueca no fue imaginación suya, pero no Rebeka.
Brooke parecía tener muchas cosas en común con Archer.
La chica de pelo teñido, ignorando la presencia de Rebeka como si, de aquella manera, fuera a lograr hacer que esta desapareciera, trató de saludar afectuosamente a Koen.
Con un abrazo, fallido pues el chico no se dignó a levantarse de su asiento.
Con una coqueta sonrisa, igualmente fallida pues el chico, una vez más, se negó, esta vez a mirarla.
–Jakob, ¿tomáis asiento delante nuestra? –dijo en cambio, devolviendo a Brooke su falta de respeto a Rebeka.
La rubia sonrió. Los otros dos bufaron antes de sentarse.
«¿Acaso son una mente colmena?», se cuestionó Rebeka.
Brooke intentó abrir la boca para, seguramente, explayarse sobre lo arrepentida que estaba, que lo ha estado durante los duros ocho años que han estado separados.
Jakob tenía suficiente con mantener una postura protectora hacia Brooke, seguramente creyendo que con ello le hacía un favor a la chica para volver a enamorarla cuando estaba claro que ella solo se quería a sí misma.
Koen, igual que hizo en casa de sus padres, fue directo al asunto:
–Quiero que penséis en mí como una persona fallecida.
No me busquéis, ni compréis otros teléfonos nuevos para mensajearme, ni me pidáis hablar para arreglar algo que no solo rompisteis solos, sino que no me importa nada.
Tengo una novia leal ahora, un verdadero mejor amigo. Sois mi pasado, y ahí os váis a quedar.
–¿Cómo…? –Sorprendentemente, Brooke pareció dolida ante el crudo rechazo. Como si realmente hubiese albergado esperanzas de conquistar aquello que no podía ser conquistado–. Sé… Sé que me equivoqué, Koen. Mucho. Pero te echo de menos. Nadie me ha sabido tratar como tú lo hacías. Yo…
–¿«Nadie»? –resaltó Jakob, comenzando a estirar los labios con disgusto–. Vaya, muchas gracias, Brooke. Yo aquí peleándome con todo el mundo por ti, para que a la primera de cambio me dés así la patada.
–Oh, por favor. Jakob, sabías que no somos nada serio. Nunca lo hemos sido. Solo un par de revolcones, como mucho.
–Perdí a mi mejor amigo por solo, ¿qué? ¿«Un par de revolcones»?
–Yo perdí a mi novio.
–Perdiste a tu novio porque no sabes cerrarte de piernas a nadie.
–Dando lecciones de vida a la gente cuando no has sabido mantener la bragueta cerrada desde los dieciséis años.
Rebeka miró a Koen mientras aquellos dos seguían lanzándose insulto tras insulto, el siguiente más horripilante que el anterior. ¿De verdad estaba oyendo lo que a sus oídos llegaba?
Koen, con una mueca casi divertida, mucho más sereno de lo que nunca creyó que estaría al enfrentarse a aquel desastroso pasado, asintió con la cabeza.
«Madre mía».
–Escuchad, par de tortolitos –cortó Koen la refrenta–.
Por muy divertido que sea el show que estáis montando ahora mismo, me encantaría largarme con mi novia para no tener que volver a pensar en vosotros, ni en nada de lo que dejo atrás en The Loop.
Si queréis, podéis quedaros en esta mesa, comer juntos y revolcaros un par de veces más.
–Se levantó, siendo seguido por Rebeka, y sin despedirse se marcharon del restaurante.
Dejando atrás un peso que había agotado en su momento a Koen.
Más tarde, de camino a casa, hacia la calidez familiar de Wicker Park, Rebeka se giró sobre su asiento para mirar a Koen, concentrado en la carretera, con el ceño ligeramente fruncido.
Cuando aparcó frente a su edificio, este también se giró a mirarla.
–Perdona por lo de antes –susurró Rebeka apenada, con un deje de vergüenza–. Por haber dudado, aunque fuera solo un segundo. Soy un desastre. Incluso cuando creía que ya he cambiado, sigo siendo un desastre con piernas.
–Lo sé.
No sonó a reproche. Ni siquiera a acuerdo. La forma en que la miraba decía algo muy distinto.
Era amor. Afecto. Aprecio. Algo que no exigía que fuera perfecta, ni que borrara del todo sus partes rotas.
–Si ya lo sabes, ¿por qué me miras así? –preguntó ella en voz baja.
–¿Así, cómo?
–Como si fuera lo más fascinante que hayas visto nunca.
Koen sonrió apenas, acercándose a ella.
–Porque lo eres, Beka. Mi desastrosa y maravillosa fascinación.