Capítulo veintiocho
Capítulo veintiocho
Ruptura con el pasado
E ra el primer veinticinco de diciembre que Rebeka podía calificar como soso.
Si creía que las habitaciones que había visto hasta el momento en la mansión de los Ashburn eran frívolas y sin vida, no debería de haber tenido esperanzas de que en Navidad tomarían luz y color.
En un lugar como aquel los milagros navideños no existían.
¿A qué se debía su desánimo? A que los padres de Koen parecían alérgicos no solo a los buenos modales cuando estaban acomodados, sino que, por igual, parecían ser mortalmente alérgicos a cualquier decoración navideña.
Nada de bolas de nieve, ni un solo Rudolf o Santa Claus asomando, los calcetines de regalos no existían en aquella mansión y, bajo ningún concepto, tendrían un árbol ensuciando su preciosa alfombra de a-saber-qué-tienda de primera clase (o eso dijeron en el desayuno).
No tenían villancicos.
No pensaban poner las canciones maravillosamente típicas de la época.
Nada de maratones de películas con motivos navideños.
Totalmente prohibido los jerséis ñoños.
¿Y la cena de la víspera? Rebeka deseaba que un mafioso y cachas Papá Noel (como el de la película Red One ) irrumpiera en el gran comedor de la casa para sacarlos a Koen y ella de aquel maldito sufrimiento.
Era inhumano.
Aunque tampoco podía esperar milagros de un comedor como aquel: mesa larga de madera oscura, como las que se solían poner en la Edad Media para que los matrimonios que se odiaban tuvieran excusas para sentarse lejos; sillas rígidas que estaban destrozando poco a poco la espalda de Rebeka, iluminación blanca directa que cegaba sus ojos y vajilla de diseño.
Cada plato, cada vaso, malditamente iguales.
Hasta la proporción de bebida o la posición de la comida.
Era como si hubiesen sacado la comida de una impresora.
Y Koen…
Estaba tan sumido en su mente, con el ceño fruncido y en silencio absoluto, que tampoco le servía como vía de escape.
–Koen, hijo, no has dicho nada durante quince minutos. –Rebeka no supo si era buena señal que una mujer como Lara Ashburn compartiera opinión con ella. ¿Era preocupación por su hijo? ¿O simplemente pensaría que estar callado en una cena era otra forma de faltar al respeto?
–¿Te sucede algo? –apoyó Raylan, dejando a un lado el supuesto bistec con ensalada que habían cocinado, y que sabía a suela de zapato. (Tampoco es que Rebeka fuera muy fanática de los bistec, prefería el pollo frito).
Seguramente apartó su plato de sí mismo usando a Koen como pretexto, para no tener que sufrir una hospitalización por ingerir alimentos seguramente caducados.
Rebeka tenía por igual la sospecha de que la cocinera no era una interina contratada en la casa, sino una ficción creada por la pareja Ashburn para no admitir al público que la madre de Koen no tenía ni idea de cocinar.
–Sí, sí que me sucede algo –prorrumpió el monólogo humorístico interno de Rebeka, cruzando las piernas bajo la mesa.
Ella se removió, inquieta, al ver a los padres del chico responder a su intervención con recelo–.
Quiero deciros que no me hace nada feliz que volváis a estar juntos, sin que os hayáis molestado en disculparos por el daño que me habéis causado.
–Koen alzó una mano antes de que ninguno de sus progenitores tuviera oportunidad de hablar–.
Antes de que alguno de vosotros trate de decir que no hicisteis nada, guardáoslo. Ambos habéis apestado como padres.
Tanto Raylan como Lara se quedaron congelados en sus respectivos asientos.
–¿Perdona? ¿Qué acabas de decir? –espetó con incredulidad Raylan, cruzando sus manos sobre la mesa. Como todo buen hombre de poder haría creyendo que posee el mundo bajo sus manos.
–Koen, si estás buscando destrozar el momento, o que tu padre y yo volvamos a estar peleándonos todo el rato, no lo vas a lograr –agregó Lara, ofendida.
Rebeka se preguntó si pondría esa misma cara al ver a algún perro cagarse en el pavimento frente a su gran mansión apartada por verjas–.
En cambio, si esto es una especie de prueba para comprobar que estamos felices, tu comentario sobra.
Somos lo suficientemente adultos como para saber lo que hacemos o no.
–¿«Lo suficientemente adultos»? Vosotros no sabéis lo que la palabra «adulto» significa ni aunque la busquéis en un diccionario –rebatió con fría sorna Koen, lanzando a un lado la servilleta que usaba para escupir el bistec–.
He estado pensando, desde que volvimos aquí.
Desde que nos forzásteis a venir. Rebeka se ha sentido incómoda en todo momento, y hoy es solamente nuestro segundo día en este sitio.
Lo único que logro es tener pesadillas recordando la mierda de infancia que me disteis.
Por lo que a mí respecta, tanto vosotros, como vuestro segundo matrimonio que ya sabemos todos cómo va a acabar porque la historia ya está contada, como esta maldita casa tan vacía como grande, podéis iros a la mierda.
–¡Koen!
–¡No te hemos enseñado a hablar de esa manera!
–Me habéis enseñado muchas más cosas, y peores cada cual –accedió él–.
Me habéis enseñado cómo no se debe de amar, cómo no debo tratar a mi pareja, cómo no hablarle a mis hijos y, sobre todo, cómo no mentirme a mí mismo.
Es muy triste, la vida que lleváis, y no pienso acabar como ninguno de los dos.
–Creo que deberíamos de hablar de esto en otro momento, Koen –señaló Raylan, en un desesperado intento de apagar la llama de la rebelión que tanto él como su ex-mujer (futura mujer renovada, ¿eso existía?) habían ido avivando con los años.
Era la mismísima historia de María Antonieta y Luis XVI de Francia siendo enfrentados por el pueblo francés tras aquel famoso «Que coman pasteles».
Una explosión de hartazgo y años de resentimiento.
(Aunque al menos María Antonieta se salva con la duda de un mito histórico del que no existen pruebas certeras de que fuera cierto).
Así que Rebeka, como buena novia de Koen a la que el chico había defendido y apoyado en muchas más ocasiones que dedos tenía en sus dos manos, se levantó de la mesa y de aquel objeto de tortura al que llamaban «asiento». El sonido de la silla arrastrándose llamó la atención de los presentes.
–Creo que no deberían posponer esta conversación, señor Ashburn.
Si me lo permite, considero que su hijo tiene toda la razón en este aspecto, al igual que la libertad de derecho de estar en contra de su…
unión… o reunión, o como prefieran llamarlo.
–El ceño del hombre se frunció al ser rebatido por una persona treintaiún años más joven que él–.
Le han tratado como un mensajero durante su proceso de divorcio, como un juguete o una mina de oro para hacer daño al otro sin darse cuenta, o sin siquiera querer verlo, que ya se estaba germinando en Koen.
Ha sufrido durante gran parte de su vida las decisiones infantiles que ambos han tomado, hasta niveles que rozan la locura.
Deberían de aceptar que es totalmente aceptable que ponga en duda sus palabras cuando ha sido testigo de sus muchos fallos e infidelidades.
–Rebeka, querida. –El retintín en el apodo empleado por Lara casi hace que la muchacha se retirase a su asiento de nuevo.
Solo que se quedó en un casi–. No sé siquiera desde hace cuánto conoces a mi hijo o sois pareja, pero una don nadie como tú, a la que nos hemos visto forzados a abrir nuestras puertas, no tiene voz ni voto.
Este tema no tiene nada que ver contigo.
–Tiene que verlo todo con ella, madre. –Koen siguió las acciones de Rebeka para levantarse de la silla–.
Rebeka es mi presente, y ya os adelanto que también será mi futuro.
Es mi para siempre . Mi «y fueron felices, y comieron perdices».
Si ninguno de los dos piensa darle su merecido respeto, creo que lo mejor será que, nada más nos vayamos de aquí, que os aseguro que va a ser muy pronto, dejemos nuestros lazos donde pertenecen: en una tumba.
No dejó responder, una vez más, a sus padres. Simplemente cogió de la mano a Rebeka y se la llevó con él fuera del gigante comedor.
Definitivamente, pensó Rebeka, a Koen le gustaban las salidas dramáticas.
«O quizá solo quiere una excusa para cogerme de la mano».
Ante el ligero temblor de su mano sobre la de ella, el corazón de su amada se apiadó antes de que, con una expresión suave, diera un apretón solidario a esta.
Koen acababa de dar uno de los pasos más importantes de su vida.
Había acabado con la malsana relación con sus padres.
Ahora ya solo le quedaba un último problema al que enfrentarse.
A la mañana siguiente, Rebeka despertó sola en la cama.
Extrañada, supuso que Koen se habría levantado antes y estaría o en el baño privado de la habitación (porque claramente era una mansión con baños en cada habitación), o en la cocina para tratar de preparar un desayuno que no les resultase mortal de comer.
Esperando con las piernas cruzadas sobre la cama, el teléfono de Koen sonó con una notificación. La ignoró. Luego sonó otra. Volvió a ignorarla. A la cuarta notificación, decidió que la curiosidad, por mucho que mató al gato, ganaba sobre las ganas de respetar su privacidad.
Si fuera algo alarmante, debería comunicárselo, ¿verdad?
Convencida de sus propios argumentos, recordando la clave que el propio Koen le había dado una tarde en la que estaba recibiendo una serie de mensajes de su hermano que el chico no podía responder al estar en la ducha, desbloqueó el teléfono antes de meterse en las notificaciones.
Eran cuatro mensajes.
De dos personas diferentes.
Dos sujetos que le sonaban de antes.
Brooke West:
Hola, Koen, me alegra
saber de ti por fin ✔ ✔
Me parece perfecto,
nos vemos esta tarde ✔ ✔
Jakob Clayton:
Estoy libre esta misma tarde,
no tengo problema en quedar ✔ ✔
Siento lo de la otra vez, nos
vemos allí junto a Brooke ✔ ✔
Una dolorosa punzada aguijoneó el corazón de Rebeka tras que esta terminase de leer aquellos mensajes.