Bajo el mismo techo Capítulo veintisiete
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Capítulo veintisiete

Capítulo veintisiete

Navidad en la casa de los Ashburn

A pesar de haber aceptado acudir, no podía creerse aún, tras cinco días desde aquella desastrosa cena (quizá estaban malditos en eso de las cenas con padres) que sus padres hubieran decidido volver a salir juntos.

Que aquellos dos fingieran amarse era territorio conocido. Su día a día. Pero, ¿que fingieran que no se habían puteado el uno al otro para hacerse daño mutuamente? ¿Cuando Koen había sido la principal víctima del egoísmo de sus padres?

O lloraba, o se reía.

Quizá elegiría la opción de volverse loco.

Sí. Tenía mayor sentido (y se quedaría mucho más a gusto).

¿La única parte positiva de todo aquello? Que Rebeka podría conocer el hogar del que provenía –si eso podía ser positivo–. O, al menos, que sabía, tal y como ella le dijo, que ya no tendría que enfrentarse solo a aquella locura de hogar.

Así que allí estaban, con dos bolsas deportivas llenas de ropa, situados frente a la gran mansión en la que la familia de Koen vivía. El uno miraba la exagerada casa de grandes proporciones con rechazo, mientras que la otra lo hacía con sincera sorpresa.

Si Rebeka alguna vez creyó que la casa de sus padres era amplia, la de la familia Ashburn podía hacerle competencia y ganar en un pulso.

–¿Lista para una locura digna de El silencio de los corderos?

Rebeka sonrió.

–¿Acaso crees que alguna de tus locuras puede realmente sorprenderme a estas alturas, Koen Ashburn? Tu familia está como un cencerro, pero eso no significa que vayan a lograr quitarme el sueño.

–Esa es la chica de la que me enamoré. –Con un muy necesitado beso, Koen suspiró, cogió las dos bolsas del suelo y guió a Rebeka al interior de la casa.

Estaba situada en una calle discreta pero que aparentaba clara exclusividad, a pocos minutos de los rascacielos del centro.

Quizá era cosa del momento, pero no había nada de vida en el barrio de The Loop: reinaba el silencio, el portero estaba encerrado en su centralita sin hacerles real caso, las cámaras se movían en base a los movimientos cercanos y los coches caros de la colección de sus padres se encontraban aparcados a lo largo del jardín.

Desde fuera, la fachada era de piedra clara y cristal.

Todo líneas rectas, con una simetría tan perfecta que parecía ser más bien un claro símbolo de la máscara de perfeccionismo de aquella familia.

No tenía detalles, nada impresionante más allá de lo ostentoso.

Nada familiar que la hiciera lo más mínimamente acogedora.

Era una casa hecha para ser vista, no para ser vivida.

Rebeka, mientras Koen llamaba al timbre, pudo fijarse que la entrada estaba compuesta por unas puertas altas que tenían pinta de pesar mucho más que los coches repartidos frente a esta.

El vestíbulo, comprobó cuando un hombre de canoso pelo engominado y traje elegante les abrió, era amplio y frío: suelo de mármol gris pulido, paredes blancas con alguna que otra réplica de cuadros conocidos y ansiados, y muebles que Rebeka nunca soñó siquiera en llegar a tener.

Lo único que parecía destacar en aquel lugar era el brutal espejo frente la entrada.

–Ese de ahí –explicó Koen entre susurros–.

Es el espejo del egocentrismo. Siempre te has preguntado cómo puedo ser tan creído.

Ahí tienes la razón. Siempre que me portaba de forma políticamente incorrecta, me mandaban a sentarme frente al espejo.

Aprendí a medirme antes de hablar, y a corregirme antes de sentir.

La mejor forma de aprender para un niño de ocho años cómo portarte como un capullo integral pero con carisma.

Rebeka contuvo una carcajada apretando los labios.

Llegaron al salón principal, donde el (¿futuro?) matrimonio Ashburn parecía estar esperando su llegada.

Estaba formado de techos altísimos que hacían a Beka cuestionarse la salud de sus trabajadores, sofás impecables que parecían haber sido muy poco usados y ventanas enormes con vistas a la ciudad.

Ni rastro alguno de fotos familiares, siendo más importante según parecía continuar con varios cuadros de arte moderno.

Ni objetos personales, ni ese tipo de desorden hogareño que suele permitir a las emociones dejar huella. Presencia.

Era una casa de portada de revista.

–Rebeka, querida. –La recién nombrada sintió un escalofrío ante la forma en que Lara Ashburn se dirigió a ella.

Al menos parecían haber hecho los deberes, y ahora conocía el nombre de la novia de su hijo.

O la extraña a la que habían invitado a pasar las vacaciones en su adinerada morada–.

Es una alegría teneros a los dos aquí. ¿Qué te parece la casa? Preciosa, ¿verdad?

–Totalmente –respondió para la diversión de Koen. Su novio sabía a la perfección que Rebeka parecía odiar tanto como él aquel sitio–. Tiene mucha personalidad. Se nota el buen gusto que tienen.

–Ay, querida. –La risa de Lara sonó tan falsa como la cuerda de un violín a punto de romperse–. Me halaga conocer tu opinión. Si te apetece, podemos…

–Disculpadnos, madre, padre –cortó Koen con la misma sonrisa plástica que pintaban los labios de sus progenitores–.

Ha sido un viaje muy largo. –Cosa que todos sabían que no era cierta–.

Estamos muy cansados, y quiero que Rebeka pueda asentarse con tranquilidad.

Estaremos en mi antigua habitación. Si os parece bien, y nada ha cambiado.

Aquel comentario fue lanzado con malicia, Koen siendo consciente de la forma en que aquello pondría en entre dicho la buena templanza que sus padres trataban de proyectar al mundo exterior.

–Claro, hijo –respondió por su pareja Raylan–. Espero que no encuentres ninguna queja, Rebeka. Siéntete como en casa.

Koen contuvo una carcajada antes aquellas palabras. La mansión nunca había sido una «casa», ¿para qué intentar veinticinco años después que lo pareciera? Una sincera pérdida de tiempo.

Sin dar tiempo a Rebeka a que siguiera el juego de sus padres, Koen tiró de ella con suavidad pero presura hacia unas escaleras blancas, grandes y con una barandilla a cada lado, silenciadas por una gran alfombra media de color carmesí.

Subieron por esta llegando a otro de los muchos pasillos que se encontraban igual de decorados que la entrada: con cuadros y alguna escultura bohemia.

–Bienvenida a la casa de los Ashburn. O como me gustaba llamarla, la pesadilla de la familia Adams. –Koen abrió una puerta al final del pasillo antes de dejar pasar a Rebeka, para que fuera esta la primera en posar sus pies dentro.

Era una habitación. Ordenada en exceso, casi sin ninguna clase de recuerdo. Frente a una cama de matrimonio con cabecero de madera y sábanas blancas, se hallaba una ventana grande que estaba tapada por unas grandes cortinas.

Todo parecía intacto en aquel sitio, como si la persona que solía dormir allí nunca hubiera tenido permiso para crecer.

–¿Te gusta mi habitación? –bromeó Koen–. Eres la primera chica a la que traigo. Aunque podría darte una serie de razones de porqué es así.

–No hace falta que me las digas. Tengo el ligero presentimiento de que tiene que ver con tus encantadores padres.

–Premio.

Rebeka carcajeó.

–Bien, señorito Ashburn, ¿qué es lo que desea hacer ahora? ¿Cuáles son sus indicaciones de procedimiento?

–Tengo dos deseos: me encantaría lanzarme por esta ventana aquí tan bien colocada, o tirarla a usted, señorita Noster, a mi cama para al menos tener una buena memoria de mis tiempos en esta casa.

–Suspiró, siendo él quien se tiró sobre la cama–.

Pero como las paredes tienen ojos y oídos, me contento con que pasemos el rato tumbados hasta que llegue la noche y tengamos nuestra excusa perfecta para irnos a dormir.

Y eso hicieron.

Por la noche, se acostaron abrazados bajo el edredón de la cama. En una cama que Koen habituaba a tener vacía.

–¡Llevo muchos años aguantando todas y cada una de las cosas que has hecho mal, Raylan!

¡Muchos años de matrimonio quemado! ¡Muchos años de soportar a esos amigos tuyos de oficina y sus comentarios mordaces!

¡Que no sepas ni respetarme en público al echarle ojitos a esa mujer con la que, al parecer, te has estado acostando!

–chillaba una alterada Lara, andando de un lado para otro a lo largo del patio trasero.

Koen odiaba su casa desde que tenía cinco años.

Era fría, silenciosa y asfixiante. Sus padres nunca le permitían tener nada decorando su habitación, tenía que andar con cuidado de no romper algunas de las «artísticas» estatuas decorando el salón y pasillos.

Aquel maldito espejo que parecía burlarse de él cada vez que miraba a su reflejo.

Y el patio trasero no era diferente al resto.

Pensado para tener un estilo minimalista (¿cómo narices se conseguía hacer minimalista un jardín?) perfectamente cuidado y sin una sola flor exuberante.

Estaba todo perfectamente controlado, en un intento desesperado de fingir que era el reflejo de su matrimonio.

Uno que estaba claro que nunca había funcionado.

–¿Acaso crees que eres la única que se ha callado cosas, Lara?

Estaría bien si dejaras de creerte el centro del universo y te dieras cuenta de que los demás también somos personas.

Sí, te he sido infiel, pero ¿crees que tú eres más inocente que yo en esto?

¡Te has acostado con uno de mis compañeros de trabajo, joder!

–¿Y te molesta? Creía que en tu oficina estaban todos abiertos al libertinaje. Como tratas a tus compañeras como platos de un buffet libre…

–No vuelvas con las mismas historias, Lara –Raylan comenzó a despeinarse su perfectamente peinado cabello gracias a su nerviosa mano–. ¿Podemos dejar el tema? A este paso nos van a escuchar.

–¿¡Y qué importa si nos escuchan!? ¿Sabrán que mi marido es un putero? ¡Pues que lo oiga todo el vecindario! Así sentirás la misma vergüenza que he sentido yo cuando te has presentado en tu estúpido club de machos machorros con esa mujer del brazo.

Raylan gruñó, dándose la vuelta para marcharse. Ninguno de los dos se dio cuenta, ni tampoco se preocupó por notarlo, de que su hijo estaba escuchando a escondidas una de sus infinitas peleas.

Lara, en un momento pasional, se dejó llevar por la ira. Siguió a su marido al interior de la casa, cogió una de las estatuas favoritas de Raylan y, sin parpadear, se la lanzó a la cabeza.

–Pero, ¡¿a ti qué coño te pasa?! ¡Se te ha ido la cabeza! –exclamó este, que había logrado evitar el golpe por suerte.

–¡Quiero el divorcio!

–¡Pues divorcio tendrás!

Koen despertó sudando, las imágenes vívidas en su cabeza.

Fue la víspera del divorcio de sus padres, el último día que pasaron como pareja oficialmente.

Uno de los peores recuerdos de un joven Koen.

Era culpa de esta casa.

De esta familia.

De la maldita suerte que había tenido al parar en un hogar tan destrozado.

Un cuerpo se acurrucó contra su costado, como si buscara más de su calor, o como si pudiera notar su alterado estado y buscase una forma de darle afecto.

A sus ojos llegó una dormida Rebeka, con el rostro calmado, el pelo a lo largo de la almohada y un adorable pijama que le quedaba una talla más grande.

Koen sonrió ladinamente, agachando la cabeza para besarle la frente.

Esta pareció despertar ante ello, pues comenzó a removerse hasta acabar con los brazos alrededor del torso de Koen.

–Buenos días –murmuró Beka adormilada, enterneciendo el corazón de Koen.

–Buenos días.

Al ver la dulce sonrisa de Rebeka, contrastando con aquel frío sentimiento que se le había asentado en el pecho nada más su vuelta al «hogar» de su infancia, Koen supo que este era el final.

Iba a seguir los pasos de Rebeka, ser valiente y enfrentarse a su pasado para cortarlo y abrir paso al futuro.

A su futuro.

Y ya no tendría nada que temer, porque ahora tenía a alguien por quien luchar. Alguien que siempre había sabido cómo hacerle enfrentarse a aquello que tanto pavor le producía.

Alguien que le esperaría con los brazos abiertos.