Bajo el mismo techo Capítulo veintiséis #2
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Capítulo veintiséis #2

–Menuda forma de saludar a tu padre, hijo.

–El corazón de Rebeka dio un vuelco en su pecho ante aquello.

El puñetero Raylan Ashburn se había presentado en su casa sin anunciar–.

Tu madre se ha enterado de que te fuiste del piso que compartías con ese chico, Dustin, y que ahora vives aquí.

–Koen no se molestó ni en corregir el nombre confundido de Joel (tampoco era que su antiguo compañero de piso fuera de su agrado), ni en gastar energía tratando de saber cómo su madre había logrado saber aquella información cuando él no se la había contado.

Era una de las tantas cosas que la gente lograba al estar rodeado de la alta esfera. Seguramente los padres de Joel se lo contaron a los suyos, y su madre usó los contactos que tanto ella como su padre crearon con el tiempo para que terminasen de completar la información.

–No sabía que te hablabas con Lara desde aquel verano en el que hicisteis que la casa de la playa fuera un club de alterne con vuestras… parejas de aquel tiempo. –La sorna en el tono de voz de Koen no pasó inadvertida para ninguno de los presentes.

–Lara es tu madre –recalcó Raylan, como si a su hijo se le hubiera dado alguna oportunidad de borrar aquello de su memoria–. En cuanto a lo de hablar entre nosotros… Bueno, no tiene importancia.

–Claro. ¿Qué lo tiene para ti?

Raylan ignoró el comentario sarcástico de su hijo.

–Te tenemos una sorpresa preparada, hijo.

Tu madre y yo hemos venido hasta Wicker Park porque queremos que te nos unas mañana por la noche a una cena.

Será cerca de nuestra casa, en The Loop, en un restaurante llamado Halcyon Room.

Es uno de los restaurantes de moda en Chicago, es muy complicado lograr reserva.

He podido tirar de algunos hilos, así que espero que seas agradecido y te presentes.

–No sé si podré acudir –rechazó con crudeza Koen, señalando con la barbilla a Rebeka como refuerzo–. Mi novia y yo estamos ocupados decorando la casa.

Aquello cambió la atención del señor Ashburn de su hijo a Rebeka. Beka adoraba que Koen hablase de su relación con tanta libertad, de verdad lo hacía, pero la mirada fija y oscura de su padre no era algo que apreciara tener sobre ella.

–Tu novia queda oficialmente invitada entonces. Suerte que siempre pienso de antemano e hice la reserva para cuatro.

Genial.

Era una forma muy delicada de su padre de decir que nunca se sabía si Koen tendría o no a alguien a su lado. No sabía si le ofendía más la idea de que sus propios padres lo tomasen por un mujeriego, o si creyeran todo lo contrario y hubiera algo en él que repeliese a las chicas.

–No hace falta que…

– Insisto –replicó Raylan antes de que su hijo tuviera de nuevo oportunidad de rechazar su propuesta. Estaba claro que no iba a marcharse hasta que Koen le diera una respuesta positiva.

Koen pasó una mano por su rostro, frustrado. Llevaba casi un año sin ver a sus padres, ¿y ahora querían fingir ser la familia perfecta? A saber qué propiciaba esta repentina reunión familiar.

Una que no tenían ni cuando el matrimonio estaba aún casado.

–Iremos –gruñó muy a su pesar–. ¿Ya has terminado? Tenemos cosas de las que encargarnos, una vida que vivir. Esas cosas de las que nunca has tenido que preocuparte.

El padre de Koen frunció los labios, disgustado por los pocos modales y falta de respeto que su hijo mostraba (más aún a ojos de otras personas, poco sabiendo que Rebeka era conocedora de la escabrosa historia de su matrimonio).

–Me voy. Nos vemos mañana por la noche. No lleguéis tarde.

Koen cerró la puerta con fuerza a sus espaldas, sobresaltando a Rebeka con el sonido seco de esta.

–¿Estás bien? –preguntó con suavidad, acariciando su espalda tratando de recordarle que no estaba solo ante los fantasmas de su pasado.

–Sí, sí. Es solo… –Koen suspiró, sus hombros cayendo rendidos.

Como si la carga que había ido desapareciendo estos meses hubiese vuelto a caer sobre ellos de golpe–.

No pensé que esto pasaría. Mis padres no suelen buscarme, a no ser que quieran lanzarse al cuello del otro.

Nos van a arruinar las fiestas, Rebeka. Van a buscar cómo atacarme, y seguramente te vayan a usar a ti en mi contra.

–Koen. Es solo una cena, ¿sí? En un restaurante pijo, en una zona de pijos.

Nada más de lo que preocuparse. Una noche, unas horas de sufrimiento y para casa.

Como si nada hubiese pasado. –Rodeó la cintura de Koen con sus brazos, el chico descansando su barbilla sobre la cabeza de Rebeka–.

Ya no tienes que enfrentarte a esto tú solo.

Me tienes a tu lado, ¿recuerdas? Somos un equipo.

–No sé qué haría sin ti, Rebeka Noster –susurró contra su pelo tras besarlo.

–Seguramente –contestó ella con guasa–, no tendrías a una persona que te saque las cosquillas como rutina diaria.

Koen soltó una carcajada, relajándose bajo la calidez que le proporcionaba Rebeka.

–No lo tendría de otra forma.

El restaurante Halcyon Room era de todo, menos algo que entrara en los gustos de Koen.

Techos altos, grandes ventanales, las mesas tan separadas entre sí que parecía haber todo un lobby entre ellas, mantelería impecable y lámparas de luces blanquecinas, dando un tono quirúrgico al restaurante de paredes blancas y manteles blancos.

Rebeka notó que la clientela de aquel lugar vestía estrafalariamente cara. No eran de su agrado, muchos de los trajes y vestidos que veía no eran del tipo de ropa que valía mucho pero que se veía más bien exagerada.

Era un sitio tan frío como la pareja sentada al otro lado de su mesa: el antiguo matrimonio Ashburn.

Si Rebeka creyó que Raylan era un hombre frío, era porque aún no había conocido a la que un día fue su esposa.

Lara Ashburn, déspota, se había presentado a sí misma diciendo únicamente su nombre tras dar un beso fingido en la mejilla a Rebeka, uno que le recordó a Judas, y fue a sentarse al lado de Raylan sin siquiera preguntarle cuál era su nombre.

Koen habría señalado su falta de decoro si no estuviera demasiado ocupado en ver cómo de cerca estaban sus padres sentados, sin lanzarse el cuchillo a la cara o clavarse el tenedor en la mano el uno al otro.

La comida fue igual de frívola: platos pequeños, precisos y, sobre todo, caros. Bebidas de marcas demasiado célebres para su gusto. Demasiada ostentotería radiando por todos lados.

En medio del postre, Koen observó atónito cómo su padre cogía de la mano a su madre y ambos se sonreían antes de mirar directamente a Koen.

–¿Qué es eso? –inquirió él, señalando con desagrado las manos unidas.

–Tenemos una gran noticia, hijo –Lara descansó su cabeza sobre el hombro de su ex-marido–. Tu padre y yo hemos vuelto juntos. Tenemos pensado volver a casarnos en cuatro meses.

¿Cómo?

–Estáis de broma –replicó Koen con una nerviosa carcajada–. ¿No? Eso no puede… Vosotros lleváis años sin estar enamorados. ¿Cómo que estáis de nuevo juntos? ¿Que os vais a casar?

–Sí, Koen. Tu madre y yo fuimos unos idiotas. Quisimos poner al otro celoso, nos portamos como unos críos. Pero hace un par de meses nos dimos cuenta de lo idiotas que estábamos siendo. Nos merecemos ser felices.

–¿Acaso no te alegra que tu padre y yo estemos juntos de nuevo?

Koen optó por no responder, demasiado sorprendido por lo que estaba escuchando.

Rebeka no dudó en alargar la mano para entrelazarla con la de Koen. Tenía el presentimiento de que esta bomba no iba a ser la peor de toda la noche.

–Queremos celebrar tales buenas noticias contigo. Vuelve a casa por unos días en Navidad, Koen. Puedes traer a tu novia si te apetece.

Este miró a Rebeka, preguntándole en silencio si realmente le apetecía algo como aquello. A él no le apetecía. No quería formar parte de la nueva locura de sus padres.

Ella se inclinó sobre él para susurrarle su respuesta:

–Si dices que no, no iremos. Pero creo que puedes aprovechar esta oportunidad para ver si, por obra de algún milagro, han madurado al fin. Y sino, simplemente puedes aprovechar la ocasión y cortar lazos con ellos.

Koen suspiró, asintiendo, antes de dar su resolución:

–Iremos.