Capítulo veintiséis
Capítulo veintiséis
Una cena inesperada
D iciembre se abrió paso antes de que ninguno pudiera darse cuenta. Faltaban cuatro días para que fuera oficialmente Navidad, y Rebeka nunca antes se había sentido tan excitada ante las fechas.
Sin la presión de sus padres, ni la necesidad de ser la hija perfecta en fechas de celebración, incluso estando en (muy) buenos términos con Koen, ya no tenía frentes abiertos que pudieran amargarle su época favorita del año.
Koen se encontraba igual de contento. No recordaba la última vez que había tenido pareja en aquellas fechas.
La propia Brooke nunca fue muy abierta a festividades que no incluyeran fiestas de disfraces, alcohol comprado a espaldas de los padres y postearse en redes sociales para fingir que vivía la Navidad más de lo que realmente le importaba: nada.
El invierno llegó aquel año a Chicago frío, las lluvias dando paso a nevadas. Las calles comenzaban a ser decoradas con motivos navideños, adornando las noches de luces que enamoraran a sus espectadores.
Aquel veinte de diciembre Beka y Koen tuvieron su primera vivencia de pareja oficial: la compra de decorativos navideños para su apartamento.
Rebeka corría por el apartamento mientras preparaba todo lo que iban a necesitar aquel día: dos de sus totebag favoritas, los abrigos para cada uno, botas de nieve –habían avisado en el tiempo que aquella semana iban a haber nevadas–, dinero y la tienda artesanal en Lakeview a la que iban a acudir.
Porque querían que su primera decoración navideña comprada como pareja, una que tenían planeada que les durase tanto como su relación: el resto de sus vidas, fuera de la mejor calidad.
Y a Rebeka no le gustaban tanto las que solían vender en centros comerciales.
Caminando de la mano, ella cobijándose bajo un abrigo marrón suave, Koen en uno largo hasta las rodillas de color negro, pasearon por las calles de Chicago, pudiendo amar con calma su ciudad, el lugar que los había visto crecer, romperse y sanar.
En cuestión de minutos, bajo las indicaciones de Rebeka, llegaron a una tienda pequeña, cálida. De esas que parecían contar su historia con solo mirarlas.
Su fachada era de madera oscura, decorada en sus ventanas e interior con guirnaldas sencillas.
Encima de la puerta, un cartel con el nombre de la tienda abría paso a sus clientes: Everpine Atelier.
Cuando abrieron la puerta, fueron bienvenidos por una campanilla que dejaba saber la entrada de nuevos clientes.
El interior, cálido y rústico, estaba lleno de la esencia natural de pino y canela.
Todas las estanterías se encontraban llenas de adornos navideños de toda clase hechos a mano: de cerámica, vidrio soplado, madera…
Beka se fue deteniendo en cada zona de la tienda, observando objetos pequeños que fueran del gusto de ambos: un Rudolf de madera, un caballo de juguete, un cascanueces, bolas para decorar el árbol, estrellas de vidrio, una figura de cerámica de un pingüino con un sombrero de Papá Noel, una casa o un tiovivo de jengibre (que fue construida con la misma cerámica que el pingüino), entre otros objetos con los que siempre había soñado tener.
Koen, con una cesta que una dulce anciana le había aconsejado coger, comunicaba a Rebeka sus opiniones de los objetos que ella elegía, en el fondo siendo consciente de que si incluso le pedía comprar aquel ridículo Santa Claus del final de la tienda con gafas de Sol y una botella de Coca-Cola en la mano, Koen lo compraría por verla feliz.
Con la cesta al completo, ambos se dirigieron a donde el que parecía ser el marido de la anciana estaba tras la caja registradora y pagaron los decorativos.
Estos fueron puestos con delicadeza en bolsas y cajas con motivos navideños y, tras una dulce pero corta conversación con el matrimonio, la mujer les regaló una bola de nieve en las que se veía a una pareja besarse en medio de un bosque nevado.
–Mi marido me regaló una parecida en nuestras primeras Navidades juntos –explicó con una sonrisa tierna, su mano sobre la de su marido.
Los anillos que a día de hoy aún eran testigo de su inagotable amor brillaron con el movimiento bajo las cálidas luces de la tienda–.
Espero que seáis tan felices como nosotros lo somos.
–Feliz Navidad, chicos –añadió el marido mientras una emocionada Rebeka, que últimamente estaba más sensible de lo normal, y un sonriente Koen se acercaron a la puerta de la tienda artesanal.
–Feliz Navidad –respondieron ellos al unísono. Afuera, Koen sonrió divertido al ver cómo la nariz de Rebeka enrojecía.
–Es por el frío –justificó.
–Seguro, cariño. Es culpa del frío.
–De verdad que es por el frío, no por el gesto tan bonito de aquella pareja que deseo que vivan tres milenios más.
Como si el clima estuviera del lado de Rebeka, tapó su excusa con una repentina nevada que hizo que ambos, congelándose hasta los dedos, buscaran refugio entre risas.
Este fue una cafetería en la misma calle llamada Juniper le contó a Rebeka por mensaje (desde hacía un par de citas dobles se habían llevado de maravilla) que Adrian y ella estaban preparándose para que conociera oficialmente a sus padres.
No esperaban a nadie.
Koen posó a Rebeka con delicadeza en el suelo antes de dirigirse a la entrada del apartamento, seguido por esta misma.
Nada más la puerta fue abierta, Rebeka pudo ver cómo la postura de Koen pasaba de relajada a tensa. En un parpadeo, su dichosa expresión comenzaba a ser borrada, mirando a la persona que esperaba en el rellano a ser atendido.
Un hombre con canas incipientes, rostro duro y ojos fríos, cabello similar al de Koen y piel bronceada como la del chico, estaba recolocándose una manga de su caro y elegante traje con una calma que puso alerta a Rebeka.
En un par de pasos, la chica estaba a un lado de Koen, una mano posada en su espalda.
–¿Qué haces aquí? –fue lo único que soltó Koen.