Capítulo veinticinco
Capítulo veinticinco
Besos interrumpidos
C hicago estaba cubierta por cielos grises. Un día de tormenta como aquel, donde no tenía nada más que hacer que quedarse en casa, era de los favoritos de Rebeka.
Tras preparar dos tazas de chocolate caliente –Koen había bajado a recoger el correo por lo que no tardaría en subir de nuevo al piso–, se acomodó en el sofá, encendió la televisión y preparó su manta favorita (de felpa franelada a rayas, de color lavanda) para que los dos se acurrucaran bajo esta.
Se encontraban ya en el mes de noviembre, a unas semanas de entrar en diciembre, en su época favorita del año. Llevaba saliendo oficialmente con Koen dos meses.
Dos meses que, aunque se le habían pasado volando, habían sido de los tiempos más felices en toda su vida.
Como buena fanática de películas ñoñas (así lo había declarado el peli moreno) que Rebeka era, optó porque aquel día llevaran a cabo una maratón de uno de sus directores favoritos: Tim Burton.
Ya habían visto películas como Pesadilla antes de Navidad –película que volvería a ver en bucle el mes que viene en la víspera–, Frankenweenie, Beetlejuice, Eduardo Manostijeras o Alicia en el país de las maravillas .
Pero estaba dejando su película favorita para el final: La novia cadáver.
Koen no tardó en unirse a Rebeka, dejando un par de folletos de publicidad sobre restaurantes turcos o de kebab a un lado en la entrada, y se lanzó a los brazos de Rebeka y la calidez de la manta.
–¿Por qué te gusta tanto esta película? –preguntó Koen tras ver la introducción de las dos familias, y amantes.
–Porque nunca antes había visto una película que representase lo que es el verdadero amor como en esta –explicó, su mirada fija en la pantalla–.
La forma en que Emily ama a Víctor, cómo elige dejar ir al ser amado y siempre busca el bien de otros…
Creo que nadie ha sabido querer más ciega y puramente tanto en vida como en muerte.
Además, me parece muy interesante el contraste de colores que usa el director.
–¿Ah, sí? ¿Porque Emily es un cadáver azul? Puede que sacara la idea de Avatar .
–Imposible, Tim Burton estrenó La novia cadáver en 2005. Avatar es de 2009. En todo caso, James Cameron plagió la idea de Tim Burton.
–Vale, pues Tim Burton hizo a Emily de color azul por Los pitufos. –Rebeka respondió con un codazo en su costado. Koen dramatizó ante el daño causado–: ¡Au! No puedes tratar así a tu novio. ¿Qué harás al quedarte viuda?
–No es por eso. Si te fijas ahora, mira –señaló la pantalla en el momento en que Víctor era acogido como un «recién llegado» en el Mundo de los Muertos–.
El Mundo de los Vivos está lleno de paletas de colores negras, blancas y, sobre todo, grises.
Tristes. Como sus personajes. No tienen una pizca de alegría por vivir.
Pero el Mundo de los Muertos está animado, y aunque todos son cadáveres con cuentas pendientes en búsqueda de su descanso eterno, tienen más color que cuando vivían.
Siempre me ha hecho preguntarme si tiene razón, si las personas no sabemos valorar lo que teníamos hasta que ya no tenemos oportunidad de disfrutarlo.
Aquello silenció a Koen, viendo junto a Rebeka al personaje de Víctor moverse despavorido y asustado al encontrarse no solo rodeado de personas fallecidas, sino casado con, literalmente como dice el título, un cadáver.
–Hay todo tipo de personas. Pero en su mayoría la gente no lo aprecia –argumentó Koen, tomando un sorbo de su chocolate caliente–.
Estamos tan acostumbrados a las cosas que nos rodean habitualmente, que nunca nos detenemos a pensar que el tiempo no es infinito.
Que la vida cambia. Por desgracia, hay gente que sí lo sabe valorar, pero únicamente porque siempre les enseñaron que si no lo hacían, un día iban a perderlo todo.
Gente a la que ya antes les habían arrebatado lo que más querían y, cuando tuvieron una nueva oportunidad, supieron adorarlo.
El resto de la película la pasaron entre risas, alguna que otra lágrima y, sobre todo, con un Koen falto de amor (o así era como lo explicaba) que no separaba sus labios de los de Rebeka.
Su sofá, por el que tanto habían peleado en los inicios de su convivencia, se había vuelto el lugar seguro donde podían esconderse y compartir su amor. Era el silencioso testigo de cómo su relación había superado todos los baches que se les habían presentado.
Solo que era un sofá, no podía comunicarse, así que no les pudo advertir de los pasos que se abrieron paso, decididos, en el pasillo del rellano.
Cuando Rebeka y Koen estaban sumidos en un beso lento que comenzaba a alterar sus respiraciones, la puerta de su apartamento fue abierta con fuerza, sobresaltándolos.
Rebeka soltó un chillido, Koen se apartó de sus labios, atrayéndola hacia él, para mirar en dirección a la entrada. Ambos comenzaron a fruncir sus ceños cuando unos pies comenzaron su marcha, con mucha familiaridad, hacia el salón donde estaban.
¿No habían vivido algo así antes?
Oh.
Oh, mierda.
Adrian.
Fue Adrian quien había entrado por sorpresa en su piso, de la misma forma abrupta.
–Joder. –Koen tapó con la manta a Rebeka hasta que esta pareció un burrito, dejando cierto espacio entre ambos al moverse sobre el sofá y peinar sus pelos, su idea de fingir que no habían sido interrumpidos en una de sus –muchas– sesiones de besos.
Adrian, que era fácilmente engañado, creyó que los pillaba únicamente viendo una película.
Y, aunque se hubiera fijado, no se habría dado cuenta.
Estaba demasiado excitado y contento como para pensar en cualquier otra cosa que no fuera su motivo por aparecer de la nada, con tanta fuerza, en el apartamento de Rebeka y Koen:
–¡No os lo vais a creer! ¡Zoe me ha pedido salir!
–¡Genial, Adrian! –celebró Rebeka, tratando lo mejor que le era posible ignorar la rojez de sus mejillas.
–Nos tienes que contar todo lo que ha pasado. Con pelos y señales –añadió Koen, aclarándose la garganta, tanto para disimular su molestia como la diversión que le causaba el nerviosismo de Rebeka.
Se veía tan jodidamente tierna.
Y él se sentía mucho mejor al saber que era el causante de aquella expresión.
Rebeka le golpeó en el brazo como un silencio regaño, ganando como respuesta una sonrisa ladina ocultada bajo su mano.
Adrian tomó sitio entre los dos sin pensarlo dos veces, antes de comenzar a explayarse con sus explicaciones:
–Hemos estado todos estos meses yendo de citas, no he parado de visitarla en su trabajo.
Hasta hace poco, quiso invertir en un nuevo proyecto.
El sueño de Zoe siempre ha sido abrir su propia cafetería, con un espacio para lectura y todo.
Le dije que si no arriesgaba, nunca ganaría.
Es inteligente, ha ido haciendo amigos hasta ahora que le ayudarían sin dudarlo dos veces en la cafetería, y tiene ahorros para poder permitírselo.
Es más, he invertido algo de mi dinero para que pudiera hacerlo.
Lo rechazó al principio, porque así de maravillosa es ella, pero no se lo permití.
Y, bueno, esta mañana estaba ayudándole a pintar las paredes y esas cosas.
Un amigo mío es contratista de reformas, así que nos ha echado una mano con todo esto.
Y ahí estaba yo, pintando una pared de color crema, con Zoe riéndose mientras me lanzaba pintura a mi peto de trabajo, y cuando me di cuenta, nos estábamos besando.
¡Nosotros! ¡Besándonos! ¡Llevo esperando poder dar el paso con ella tanto tiempo, y al fin al pasado!
–Eso suena…
–¿Acaso has visto Pretty Woman y querías convertirte en Richard Gere? –le picó Koen. Rebeka escondió una sonrisa divertida tomando un sorbo del poco chocolate que aún le quedaba en la taza.
–Ja ja –ironizó Adrian, rodando los ojos–. Me parto de risa contigo, Koen. Eres tan original , que no sé cómo sigues soltero.
Rebeka comenzó a toser al ahogarse con el chocolate.
Koen apretó los labios entre sí para contener su risa.
Adrian, sin saber la fuerza de sus palabras, miró preocupado a su hermana.
–Oye, oye, ¿estás bien? Pensaba que te llevabas bien con Koen… ¿Te sorprende la idea de que haya alguien en este mundo lo suficientemente capaz como para soportarlo?
–Créeme –replicó Koen muy a pesar de la pobre y avergonzada Rebeka–, tu hermana sabe muy bien que hay chicas ahí fuera que morirían por estar conmigo.
–¿Es así?
–Totalmente.
–Bueno –cortó Rebeka–. No has terminado tu historia. ¿Cómo te pidió Zoe salir? ¿Fue ella la que te besó?
–Verdad. –Adrian pareció olvidarse de lo sucedido, para alivio de Rebeka–. No sé muy bien quién de los dos dió el paso, la verdad. En un momento estaba bromeando con ella, y en el siguiente, ¡pum! Nos estábamos morreando como si el día de mañana no existiera.
–¿De verdad, Adrian? ¿«Morreando»?
–Que seas un fino hasta para hablar, Koen, no quiere decir que todos lo seamos. ¿Me dejas acabar? ¿O tienes algún comentario más de payaso?
–Vale, vale. –Este alzó las manos en señal de paz–. Veo que incluso cuando la mujer de tus sueños te pide salir, no pierdes momento para quejarte de mis muy graciosos chistes.
Adrian tuvo suficiente con bufarle.
–Total –resumió–, que tras separarnos, nos quedamos mirándonos el uno al otro.
Sin decir nada. Como si hubiéramos dejado de pensar.
Bueno, yo no podía pensar nada más que en querer volver a besarla, pero ya me entendéis.
Zoe, que es la más inteligente de los dos, decidió ser la que diera el paso.
Se confesó. Dijo que le gustaba, que siempre estaría agradecida por todo lo que había hecho por ayudarla, y que quería salir conmigo.
Como novio y novia. Y yo solo pude asentir antes de chillar que sí.
–¿Y luego?
–¿Luego?
–Luego, Adrian. –Rebeka tocó un par de veces su frente–. ¿Qué pasó luego?
–Pues… Luego le dije que tenía que correr aquí, porque estoy muy feliz, y quería decirles a las dos personas que más me importan en el mundo que por fin estoy saliendo con una chica con la que quiero tomármelo en serio…
Dijo que no tenía problema, y que volviera a la cafetería cuando acabase. ¿He hecho mal?
–No –respondió en voz baja Rebeka, lanzando una mirada significativa a Koen–. No has hecho nada malo. Estoy muy feliz de ti, hermano. Zoe es una chica maravillosa.
Adrian sonrió ampliamente, y los dos se sintieron culpables.
El rubio había dejado a su ahora novia para venir corriendo a contárselo. En cambio, ellos habían estado aquellos dos meses tan sumidos en disfrutar tanto el uno del otro que aquella idea de mantener su relación en secreto se había vuelto una realidad, más que un tiempo de prueba.
Sumidos en el silencio, Koe y Rebeka se plantearon si era el mejor momento para contarle su relación a Adrian.
Se merecía saberlo. Que su hermana y su mejor amigo eran pareja.
–¿Qué os pasa? –preguntó preocupado este, notando cómo el ambiente se había vuelto ligeramente cargado–. Pensé que chillaríais de alegría y todo eso… ¿Ha sucedido algo?
–Bueno… –Koen interrumpió a Rebeka. Él había sido el primero en pedir mantener su relación en secreto, temeroso de enfrentarse a Adrian, a decepcionarlo, por lo que sería él quien se lo contase todo, no Rebeka:
–Rebeka y yo llevamos saliendo dos meses.
La recién nombrada contuvo la respiración. Adrian comenzó a tensarse entre ambos mientras aquella idea se calaba en su cabeza.
–¿De verdad?
–De verdad.
–¿No me estás gastando una broma para tirarte un año entero recordándomela?
–No, tu hermana y yo de verdad somos pareja. Y entiendo perfectamente si te enfadas conmigo por no habértelo contado. Se lo pedí a Rebeka. Tenía miedo que nuestra amistad, o vuestra relación como hermanos, se fueran a ver afectadas por esto. Perdona, Adrian.
–Ya veo… -Adrian carraspeó, girándose para mirar fijamente a Koen. Este se estiró para sentarse derecho por reflejo. Adrian estaba mirándole con aquella extraña expresión seria que tan poco usaba–. Si le haces daño, sabes lo que te voy a hacer, ¿verdad?
–No…
–Te cortaré las piernas. –Ambos se sobresaltaron.
No era fácil saber si bromeaba o no en aquel instante–.
De verdad lo haré. Eres mi mejor amigo, pero Beka es mi hermana pequeña.
Si te atreves a hacerle llorar aunque sea solo por haberle robado una vez más sus yogures, me presentaré aquí, con cualquier cosa que pille en mano, y te cortaré las piernas. ¿Entendido?
–Alto y claro.
Entonces, Adrian rompió su máscara de seriedad para que una gran sonrisa brotase de sus labios. Como el buen rey del drama que era, comenzó a llorar de pura alegría mientras atraía a Rebeka a sí mismo en un fuerte abrazo.
–¡Me alegro tanto por ti, hermanita! –exclamó a moco tendido–. ¡Espero que tengáis muchos hijos, y que os caséis! ¡Podré ser el tío Adrian! ¡El tío guay de la furgoneta! Por fin podré ser familia legalmente de Koen… ¡Estoy muy feliz por vosotros!
Los hombros de Koen se relajaron, viendo no solo a su mejor amigo realmente contento por ellos, sino a Rebeka comenzando a emocionarse igual que el otro en sus brazos. De tal palo, tal astilla.
–Yo también soy muy feliz. Te adoro, Adrian.
–Y yo a ti, hermanita.
El miedo al juicio, a perder a Adrian, se había disipado. Más cuando este juró en repetidas ocasiones que comenzarían a tener citas dobles con Zoe.
–Veo que se lo ha tomado genial. Con charla de hermano sobreprotector incluida –susurró Rebeka mientras veían a Adrian llamar a Carla para contarle las buenas nuevas.
Koen asintió, feliz.
Adrian había sido quien le abrió las puertas a un nuevo mundo.
Fue quien le enseñó que, aunque todos en su vida le habían decepcionado, todavía era pronto para tirar la toalla.
Quien, en su primer año de universidad, se le acercó a pesar de los rumores que comenzaban a crearse en torno a su figura y le buscó hasta que ablandó su corazón.
No podía sentirse más dichoso.