Bajo el mismo techo Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

Capítulo veinticuatro

El caballero fue salvado por la princesa

D esde hacía una semana, Rebeka veía a Koen más nervioso de lo que nunca antes le había visto. Estaba todo el día andando de un lado a otro en el apartamento, murmurando sobre listas de precios, invitados y colocaciones cada cinco segundos consigo mismo.

Estaba preocupada.

Porque Koen se enfadaba, se molestaba, se enamoraba y hasta lloraba. Pero nunca lo había visto estresado.

–Koen, ¿te sucede algo? –preguntó con un tinte preocupado en la voz, sentándose a un lado de su novio, quien tenía el pelo revuelto de las veces que se había pasado la mano por este las últimas horas.

Una gran cantidad de folletos y planos se encontraban distribuidos por la mesa, llamando la atención de Rebeka.

Eran planos de uno de los edificios más prestigiosos de Chicago, donde se realizaban una gran cantidad de eventos y galas benéficas.

Todos orientados a personas de alto estatus.

Los folletos, por su parte, trataban de una nueva gala.

–Tengo uno de los encargos más importantes de toda mi carrera –reconoció, dejándose caer sobre el costado de Rebeka, buscando su reconfortante tacto.

Ella respondió felizmente, jugando con sus revoltosos mechones–.

Estoy a cargo de la organización de una gala corporativa benéfica para una fundación de salud mental, para jóvenes que se encuentran en riesgo.

Van a haber patrocinadores muy importantes, Beka.

Un montón de invitados confirmados con nombres pesados, prensa local y mucho dinero en juego.

Por no hablar de la imagen de mi empresa si fallamos.

–Con los labios fruncidos, inclinándose sobre su mano, buscando más de su tacto confesó–: Me da miedo.

Si fallo, voy a confirmar que no sirvo para nada.

No quiero fastidiarla y que me digan que no soy suficiente, o defraudar a mi jefe.

Ese hombre me dio mi puesto de trabajo sin preocuparse por el apellido de mis padres ni su desastroso matrimonio.

Me acogió como a uno más, y hasta ahora su confianza en mí me la he ganado.

Rebeka estiró un brazo para coger uno de los folletos.

La información aclaraba las empresas principales que llevaban a cabo la gala: un despacho de abogados de renombre en Chicago, una de las mejores empresas comerciales en la ciudad, entre otras dos grandes firmas.

Para cubrir el evento acudirían los principales medios de prensa de Chicago, tales como Chicago Tribune o Chicago Sun-Times, destacados por sus noticias locales, deportivas y políticas.

Entendía de dónde procedía aquel miedo, pues ella misma podía comprender la importancia de no fallar. Si lo hacía, habrían consecuencias reales que podrían destrozar el futuro de Koen en aquello por lo que tanto había luchado lograr.

–No te preocupes, no estás solo en esto.

–Rebeka, a diferencia de Koen, llevaba años viviendo bajo presión.

Siempre buscaba cómo mantener la calma a la hora de la toma de decisiones.

Había sido entrenada para momentos como aquel–.

Puedo ayudarte con la logística de la organización, y con los detalles decorativos y los costes.

Lo que más importa en estas situaciones es mostrar seguridad.

¿Ya tienes todas las invitaciones enviadas?

Koen asintió con la cabeza. Rebeka estaba enternecida, parecía un cachorrito perdido.

–¿Tienes la respuesta de todos?

–Creo que sí… Envié las invitaciones tanto por correo como por mail, así que tendré muchas respuestas en el ordenador. Las pocas confirmaciones que tengo son de las personas que recibieron el panfleto en físico.

–Eso es perfecto, Koen. –Rebeka besó su frente antes de levantarse para ir a por su portátil.

Con este en mano, cruzó las piernas sobre el sofá, posó sobre estas el ordenador y abrió un documento en blanco de Word al igual que un nuevo PowerPoint–.

Podemos realizar con eso una lista de invitados.

Repasaremos cada correo para señalar quiénes las han recibido y respondido.

–Mientras hablaba, escribía con diligencia en el Word, en una tabla dividida en dos columnas, un título de «asistentes confirmados» y otra de «no acudirán»–.

Cuando ya tengamos todos los nombres escritos aquí, le mandas la lista a tu jefe para que él se encargue de los que no han respondido o no acudirán.

Muchas veces esta clase de gente ni lee los correos que reciben, y le dejan su trabajo a sus secretarias o quienes estén a cargo de llevar su agenda.

Sus trabajadores solo aceptan invitaciones de gente con nombre.

Seguramente muchos que te hayan dicho que no podrán acudir ni siquiera han leído la importancia de esta gala, lo que promueve, y solo se han fijado en que no eres el CEO de la empresa.

Aquello tenía sentido. Muchas veces, en sus descansos, Koen escuchaba a sus compañeros de trabajo quejarse cuando les tocaban eventos de tal clase.

No parecían soportar que la mayor parte de gente en las grandes esferas de la sociedad se creyeran tan intocables como para rechazar cada invitación que recibían, cuando creían que no leían ni la mitad de las cosas que firmaban.

–¿Y el PowerPoint? –Señaló este a un lado del Word que iba tomando eficientemente forma–.

¿Para aprovecharte de mi miseria y satisfacer ese perverso hábito tuyo que casi roza lo sexual sobre PowerPoints de todo tipo?

Porque si solo quieres verme en modo empresario, me lo puedes pedir.

Me pongo mi mejor esmoquin de mi etapa de niño rico y me pongo a actuar como James Bond por la casa.

Rebeka le dio un suave golpe en el brazo, riéndose.

–No, bobo. Este PowerPoint será para que escribas las ideas para las decoraciones, las empresas con las que has colaborado en anteriores eventos y en las que puedes confiar, como para decidir tanto el catering como una forma en que quieran abonar caritativamente a las ONG que respaldéis.

Se la presentas a los jefes, explicas con ella tu proyecto e ideas, y se lo mandas a quienes organicen contigo la gala.

Sencillo, y rápido. –Cuando Koen se la quedó mirando durante dos minutos en silencio, Rebeka se removió inquieta en su asiento–. ¿Qué? ¿A qué viene esa cara?

–Rebeka Noster –Koen dejó a un lado el portátil al igual que su teléfono.

En un parpadeo, Rebeka se encontraba sentada en el regazo de Koen–.

Pensé que cuando te dije una y otra, y otra, y otra vez que te quería, no alcanzaría niveles mayores en mis sentimientos.

Pero viéndote así, como una sexy corporativa, siendo mi privada Supergirl, creo que acabo de enamorarme más aún de ti.

–¿Qué? ¿Pero de qué hablas…? ¡Koen! ¡Koen, esp–... Koen! –El chico no hacía caso, ni a las palabras de Rebeka, ni a las risas, ni a la seriedad que la preparación de un evento de tales proporciones exigían. Su nerviosismo anterior totalmente evaporado, demasiado ocupado en bañar en besos a Rebeka.

El día del evento llegó.

Koen, vestido con ese esmoquín con el que había querido provocar a Rebeka, iba acompañado de esta misma, quien vestía un precioso traje-chaqueta de color gris, formado por unos pantalones de pana, un chaleco interior y una gran chaqueta de traje encima de este.

La mano de Koen estuvo en todo momento situada en la parte baja de su espalda.

Tanto cuando la presentó como su novia a sus compañeros de trabajo y a su jefe Rob (un hombre que Rebeka pudo confirmar que era realmente amigable), como cuando se pasearon para comprobar que todo estaba en su sitio, como a la hora de dar la bienvenida a los invitados y de dirigir a la prensa al corredor donde podrían realizar entrevistas o tomar fotografías de aquellos que lo deseasen.

–Nada de esto habría funcionado si no fuera por ti, Rebeka –susurró Koen contra su oreja cuando pudieron quedarse a solas, disfrutando de los frutos de su trabajo–. Somos un gran equipo.

La gente parecía pasarlo bien. Las habituales sonrisas plastificadas en esta clase de eventos, buscando hacer contactos, eran más naturales mientras disfrutaban de cada zona que habían organizado.

El catering y bebidas estaban siendo un gran éxito.

Y la gente no paraba de donar en los botes que habían preparado para recaudar fondos al haber escuchado a una de las representantes de las ONG a las que estos iban a ir destinados.

–Esto lo has hecho tanto tú como yo, simplemente has tenido algo de ayuda.

–Eres mi hada madrina, Rebeka. Cuenta a partir de ahora con mi necesidad de pedirte consejo.

Rebeka se rió por debajo de su respiración.

–Siempre estoy preparada.

–Cuidado, señorita Noster. Estamos en público, por lo que no me será sencillo contenerme si me coquetea.

–¿Desea que nos escapemos, señorito Ashburn?

–Nunca lo he deseado tanto.

Así que, a la primera oportunidad que se les presentó, Koen expuso una excusa –que fue pillada al vuelo por su jefe– y se fue de allí con Rebeka.

Juntos. A su piso.