Bajo el mismo techo Capítulo veintitrés #2
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Capítulo veintitrés #2

Entre bromas y algún que otro comentario coqueto –muchos de ellos provenientes de Koen más que de Rebeka–, cada uno se comió sus respectivos platos tras el pan: Rebeka una ensalada templada de burrata, higos asados y rúcula; y Koen un plato de pasta corta con limón, parmesano y pimienta negra.

Al terminar, la camarera que les atendía preguntó si querían postre, y fue Rebeka la que negó para luego mirar cómplice a Koen:

–Si comemos más, no habrá sitio para palomitas después. –Koen sonrió, pues así supo que su primera cita no era incómoda, no se les hacía extraña, sino que estaba saliendo bien.

En el cine recogieron su bol de palomitas para comer entre los dos, al igual que una botella de refresco que Koen quiso que Rebeka explorara: Coca-Cola con sabor a cereza.

Sentados uno al lado del otro, comiendo palomitas, disfrutando de los inicios de la película y el romance entre Joel y Clementine.

Se vieron reflejados en ella: se amaban a pesar de que en un tiempo amar dolía, repitieron elegirse el uno al otro aunque al final siempre parecía que no iban a ser perfectos.

Se sumaban el uno al otro, y aunque habían pasado tantas calamidades, tantos enfados y tantas peleas, si les dieran la opción de borrar sus recuerdos, ninguno la tomaría.

Rebeka, cuando Joel comenzó a buscar las formas de no olvidar a Clementine tras haber aceptado eliminar sus recuerdos, miró por el rabillo del ojo a Koen.

Este estaba fingiendo que no le interesaba, como ya le había visto hacer tantas veces antes, pero podía notar que estaba emocionando.

El brillo en sus ojos delataba sus ganas de echarse a llorar.

Cuando salieron del cine, Beka notó que la película había calado más hondo de lo que en un principio creyó en Koen. Este miraba al frente, con la mano de ella bien sujeta a su costado, mirando al frente en un silencio profundo y pensativo.

Cuando parpadeó, Koen la estaba besando.

–¿Y eso? –le preguntó cuando se separaron, divertida.

–Te quiero. –El corazón de Rebeka aleteó ante la afirmación–. Nunca querría olvidarme de nada vivido contigo. Ni lo bueno ni lo malo.

Rebeka estaba sonriendo tanto que comenzó a preocuparse de que nunca más pudiera ser capaz de volver a poner otra expresión. Tampoco le preocupaba, desde que Koen y ella por fin hablaron con sinceridad el uno al otro, la vida de la chica se había sumido en una calma que muchas veces había ansiado.

–Yo tampoco lo borraría. Te quiero, Koen Ashburn.

Koen gruñó, contento, antes de volver a besarla, haciendo que su novia se carcajeara.

–Demos un paseo –sugirió en un susurro íntimo–. Aún no quiero que se acabe nuestra gran primera cita.

–¿Quieres que vayamos por Logan Square? Antes de volver a casa.

–Hecho.

Koen metió sus manos enlazadas en uno de los bolsillos de su sudadera, buscando calentar de aquella manera a Rebeka, y ella agradeció mentalmente el día en que su hermano acogió entre brazos a un roto Koen, brindándoles la oportunidad de haberse conocido tiempo más tarde.

En medio del paseo Koen notó cómo la mirada de Rebeka no dejaba de dirigirse a una misma dirección: una librería acogedora, pequeña, con ventanas grandes y de madera clara. Se llamaba Lakebound Books.

Con el asomo de una sonrisa, tiró de ella para encaminarse a esta. Si Rebeka quería ver libros, iban a ver libros.

–Usted primero, señorita –ovacionó dramáticamente Koen, manteniendo sujeta la puerta para que ella pasara.

–Está hecho usted todo un caballero –agradeció Rebeka, adentrándose en esta.

El interior era igual de precioso que el exterior. Madera y olor a libros por todas partes, lomos antiguos junto a títulos más actuales. Poca gente estaba en aquel momento, haciéndolo más acogedor.

En una esquina habían dos sillones marrones con una mesita de té en el medio, circular y con acabados romanticistas.

En uno de los sillones, en un cojín de terciopelo rojo, se encontraba un gato negro con manchas blancas recostado y dormido.

Algunas tazas decoraban tanto la mesita de té como el mostrador, donde un joven con gafas les sonreía relucientemente.

–Sean bienvenidos a Lakebound Books. Con cualquier cosa en la me necesiten, ya saben dónde encontrarme.

–Muchas gracias –agradecieron los dos al unísono, antes de que –esta vez– fuera Rebeka la que tirase de Koen para comenzar a andar por las estanterías.

–Tengo algo de dinero ahorrado que no voy a usar –comentó, pasando sus dedos entre los lomos con fascinación–. Quizá aproveche para actualizar mi librería.

–Me parece una idea genial. –Él, en cambio, no tocaba ningún libro. Tenía suficiente con ver la calma y cuidado con que ella los trataba: sacándolos y volviendo a colocarlos en búsqueda de aquellos que le interesasen.

Si Rebeka no podía pagarlos, él se los regalaría.

Ella notó la mirada de este, y se dio cuenta una vez más que nadie la había mirado así antes. Con fascinación. Como si fuera lo más precioso que había existido nunca antes.

Cogió el primero de ellos que le llamó la atención, aunque habían ya unos pocos en su campo de mira que le parecieron interesantes: Las cosas que no dijimos a tiempo , de la autora Margaret Holloway.

–¿De qué trata? –quiso saber Koen, leyendo por encima de su hombro el título y la sinopsis de este.

–Es una novela intimista de una mujer adulta que vuelve a su ciudad natal tras la muerte de su padre –explicó Rebeka–.

Al llegar, se enfrenta a todo lo que nunca se atrevió a decir: a su familia, a su primer amor y a sí misma.

Había leído antes algunos extractos, pero siempre he querido leerlo entero.

La historia va alternando entre el presente y sus recuerdos, está construida a base de silencios y de pequeños gestos.

Me gustaba mucho porque me recordaba a mi caso, ¿sabes?

A las expectativas de mi familia impuestas sobre mí, las palabras que guardé por miedo.

Era el espejo de la relación con mis padres.

Koen asintió, dolido y enfadado, mirando el libro e imaginándose a Rebeka en el papel de aquella mujer.

–Lo compramos –dijo, cogiendo el libro de manos de Rebeka–. ¿Tienes alguno más en mente?

–Sí. En este sitio tienen muchos de los libros que siempre quise leer pero no llegué a comprarme nunca.

–¿Por qué no?

–Porque vivía encerrada en contentar a mi familia, en cumplir sus expectativas y hacer valer mi sufrimiento. No sé si alguna vez llegué a darme un descanso sincero.

–Bueno, ahora ya eres libre. Puedes leer tantos libros como te dé la gana.

Rebeka se rió por lo bajo, cogiendo el segundo de ellos: Cartas que nunca envié, del autor Elliot Barnes. Un libro compuesto por cartas escritas a personas que ya no están: padres, amigos y amores perdidos.

–Este libro me gusta mucho, por lo que representa –murmuró Rebeka–.

Te deja saber que nunca hay respuestas, que hay veces en que las cosas pasan y no tiene más misterio.

Que no se solucionan, sino que el tiempo lo cura.

El autor quiso cerrar sus heridas escribiendo.

Decía en sus cartas todas las palabras que nunca se atrevió a decir cuando pudo.

–Suena a que es de esos libros por los que te tendré que comprar una caja de pañuelos –bromeó Koen, pasando las páginas para leer algunas de las emotivas palabras que dedicó el autor a personas tan importantes como su primer amor, el mejor amigo que perdió tras un atraco o a una madre que falleció mucho antes de volverse anciana.

–De los que se leen con manta y helado. Como este de aquí –señaló un libro con una portada blanca, en grande su título: El arte de quedarse , escrito por Lena Whitmore.

Bajo el título las figuras de un hombre y una mujer que, aunque se dan la espalda, estiran las manos para rozar sus dedos entre sí.

–¿Una historia romántica? Tan tú, Beks. No me sorprende.

–No es solo una historia romántica, Koen.

–Rodó los ojos, divertida–. Es una historia de amor sobre dos personas que no huyeron de sus sentimientos cuando comenzaron a enfrentarse a una serie de diversos problemas que parecían querer separarlos.

Me gusta porque no es solo pasión, sino una reflexión sobre la elección diaria de permanecer con esa persona.

Koen, aunque no creía que nunca se lo admitiría a Rebeka, se vio reflejado en aquel libro. Porque toda su vida se había cuestionado lo que sería que alguien se quedara con él contra viento y marea, y a día de hoy tenía a Rebeka para darle ese amor que creyó nunca tener.

–¿Me lo prestarás?

–¿Ahora te van las historias románticas, Ashburn?

–Desde que me enamoré de la persona correcta.

Rebeka se carcajeó, cogiendo un par de libros más que habían llamado su atención: Cuando el miedo también es hogar de Noah Feldman y Pequeñas vidas que cambian despacio de Claire Montrose.

El primero de ellos le tocaba directamente a Rebeka, pues conectaba directamente con su adolescencia e infancia, con los recuerdos que había plasmado tiempo atrás en su propio TFM: trataba de un ensayo narrativo que explora cómo las personas normalizan el miedo cuando crecen en entornos exigentes o inestables, y cómo confunden seguridad con obediencia.

–Mira este. –Koen se acercó más aún a Rebeka mientras este le enseñaba la novela de Claire Montrose–.

Según esto, es «una novela coral sobre personas aparentemente corrientes cuyos cambios internos son casi invisibles, pero definitivos».

Según esto… «La crítica dice: Lo mejor de Claire Montrose no son sus giros dramáticos, sino su evolución; la aceptación del proceso ayuda a millones de lectores en el mundo a abrazar sus realidades».

»¿Lo añadimos a la cesta? –Cuando Rebeka asintió, Koen no dudó en acudir a la caja para dejar los cinco libros sobre el mostrador.

El dependiente y Koen intercambiaron una serie de palabras, y Rebeka se vio forzosamente relegada a un lado pues Koen decidió que sería él quien pagase los libros de Rebeka.

–¿Queréis una bolsa antihumedad? –sugirió el dependiente, señalando a una de las grandes ventanas de la librería–. Ha empezado a llover con bastante fuerza. Por desgracia, no vendo paraguas. Pero lo mínimo que puedo daros son unos libros intactos.

–Gracias, cogeremos una. –Ambos siguieron el dedo del dependiente. Afirmativamente, había comenzado a llover afuera. Con verdadera fuerza.

Rebeka se puso a buscar en su teléfono algún mercado cercano a Logan Square donde pudieran ir a comprar al menos un paraguas, pero antes de que pudiera terminar su búsqueda, Koen le puso la capucha de la sudadera, los dos tapados con las suyas, le cogió de la mano y salieron riéndose a la calle.

–¡Koen! ¡Se nos va a calar la ropa! –se quejó entre carcajadas Rebeka, aunque no oponía resistencia.

–¡Pues que se nos calen! –Koen tiró de ella hasta que Rebeka estaba contra su costado–. Mi chica se merece un momento de película, ¿no crees? Ya no tenemos que huir de las cosas que salen mal, Rebeka. Estamos juntos. Podemos reírnos dentro de ellas.

Rebeka volvió a sonreír ampliamente.

Cuando alzó la mirada, con la tierna mirada de Koen sobre ella, lo supo: Koen era el amor de su vida.