Capítulo veintitrés
Capítulo veintitrés
La mañana del día después
A sí era como volvían al presente. A ese presente en el que Rebeka abría los ojos, confundida, con el cerebro palpitándole contra la cabeza, sin recordar lo sucedido la noche pasada.
Al punto en el que despertaba con Koen a sus espaldas.
Ahora, ahí estaban ellos: uno frente al otro, en la cama de Koen, semi-desnudos, tapados únicamente por unas sábanas cómplices, tras haber pasado una noche de pasión empujados por el vino.
La luz que entraba por la ventana era grisácea, el cielo nublado al empezar a adaptarse a las lluvias que traerían los meses iniciales al otoño. Todo se hallaba sumido en silencio, nada en el piso, ni Koen o Rebeka, se atrevía a moverse ni un milímetro.
Pero ninguno se avergonzaba. Sí, estaban sorprendidos. Porque todo parecía haber pasado rápidamente mientras que, a su mismo tiempo, parecía haber tardado años en suceder. Estaban inseguros. Ante lo que iba a suceder.
Porque lo sabían, estaban bien jodidos si dejaban saber a Adrian que acababan de acostarse juntos, tras todas las veces en que le habían hecho sentir incómodo con sus infantiles peleas.
Pero, ¿se arrepentían?
Koen decidió romper el silencio:
–No me arrepiento –aseguró con honestidad, acallando las posibles dudas en la mente de Rebeka–. No quiero que esto quede en cosa de una sola noche, Rebeka.
Ella tragó saliva, nerviosa, pero sabiendo que si podía confiar en alguien, ese era Koen.
–Yo tampoco. –Se sorprendió a sí misma con la seguridad que su voz proyectaba, pero iba a seguir.
Koen se merecía escuchar lo que ella sentía por él–: No me arrepiento de que nos besáramos en el festival, ni que nos hayamos acostado esta noche.
Me hubiera gustado poder hacerlo sobria, eso sí que es cierto, pero solo para recordarlo todo.
Yo… Llevo mucho tiempo dándome cuenta de que, por mucho que lo intente, no puedo huir de lo que siento por ti.
Koen estiró las manos hacia ella para atraerla contra su cuerpo y cubrirla en un fuerte abrazo.
–Te amo, Rebeka –confesó contra la piel de su cuello, rozando sus labios contra este en una dulce caricia que despertaba los sensibles nervios de la chica–.
Llevo enamorado de ti desde… Joder, desde hace casi tres años.
Supe que me traerías problemas desde que te vi por primera vez y, aún así, no he podido evitar quererte.
Porque lo haces sencillo, ¿sabes? Aunque peleemos, aunque hayamos dejado de hablarnos muchas veces, a pesar de todo lo malo, siempre ha sido sencillo estar cerca tuya.
Quererte. Buscarte. Tocarte. Todo se siente como si fuera el lugar al que pertenezco.
Eres mi hogar, Beka. Este piso es el símbolo de ello.
Rebeka respondió a su abrazo con los ojos anegados en lágrimas, emocionada por esa confesión tan sincera y preciosa. Hundió la cabeza en el pecho de Koen, sonriendo de pura alegría.
–Sí que nos ha costado llegar aquí –susurró contra el carcajeante cuerpo de Koen–. Yo también te amo, Koen. Más de lo que creí que podría hacerlo. De una forma que me ha dado tanto miedo hasta ahora que no me he permitido disfrutarlo hasta que desperté.
Koen respondió con un beso en su pelo. Otro en su cuello, uno más en su barbilla y comenzando a recorrer cada facción de su rostro hasta que, entre la deliciosa risa de Rebeka, besó sus labios.
Con lentitud.
Porque a partir de ahora, tendrían todo el tiempo que quisieran para disfrutarse el uno al otro.
–¿Podemos decir, entonces, que eres oficialmente la señora de Koen Ashburn? –le preguntó juguetonamente, sus dedos enredándose en su pelo.
–Podemos decirlo oficialmente. Y tú eres el señor de Rebeka Noster. –Ambos se miraron con alegría, sus ojos relucientes.
Pasaron el resto de la mañana acurrucados en la cama, besándose, disfrutando de poder gritar al fin a los cuatro vientos que estaban enamorados.
–Oye, Koen… –susurró Rebeka. Estaban ya vestidos, en la cocina mientras tomaban el desayuno que el chico tanto había insistido en preparar para hacer aún más especial aquel día–. ¿Vamos a contarle lo nuestro a Adrian?
Los hombros de Koen se tensaron.
–No lo sé –admitió, dejando a un lado la sartén que había usado para preparar unos huevos revueltos y bacon con pan tostado.
Se dio la vuelta para apoyar la cintura contra la encimera, sus ojos directamente sobre los de Beka–.
Quisiera hacerlo, pero tampoco quiero saltar rápido a decirle a todo el mundo que somos pareja y no poder disfrutar lo nuestro.
¿Y si Adrian quería que nos llevásemos bien, pero no le hace pizca de gracia que salgamos?
No quiero perder a mi mejor amigo. Y sé que si se pone en contra de lo nuestro, discutiré con él y no le hablaré hasta que nos dé «su bendición».
Rebeka asintió, comprensiva. Ella compartía el mismo miedo. Adrian siempre había parecido querer que se llevasen bien, pero lo achacaban a sus ganas de poder estar con ellos sin que tuviera que interceder en alguna de sus discusiones sin sentido.
Durante el tiempo que pasaron juntos, aunque nunca llegaron realmente a besarse y solamente se daban de la mano en secreto, Adrian no parecía tener ni una pizca de sospecha.
¿Se debía a que ni siquiera los imaginaba juntos?
Fue quien sugirió la idea de que vivieran juntos, pero fue bajo una situación que lo exigía y, seguramente, como táctica para que hicieran las paces.
El problema venía en que habían hecho mucho más que hacer las paces.
–Yo tampoco quiero estar enfadada con Adrian –lo apoyó, logrando así mostrar a Koen que era consciente del riesgo al que se podrían enfrentar si decidían dar la gran noticia–.
Además, acabamos de decidirlo todo. Es pronto como para contarlo.
Hasta hace nada seguíamos peleando, ignorando lo que sentimos.
Quiero ser capaz de poder disfrutar de esto.
Sin presiones, sin gente encima nuestra preguntando diariamente cómo nos está yendo.
Ambos lo sentían: querían que los inicios de su relación fuera algo que solo fuese suyo.
Koen sonrió antes de besar la mejilla de Rebeka, inclinándose sobre sí mismo.
–Eres la mujer de mis sueños, ¿lo sabías? –Ella respondió con un bufido que le hizo reír.
–No sabía que eras de los ñoños, Ashburn.
–Solo tú puedes volverme un oso amoroso, Noster.
Este era un nuevo comienzo para ambos. Uno que pensaban disfrutar hasta el final.
Los dos se pasaron el resto de agosto y todo septiembre cumpliendo sus palabras.
Nadie conocía de su relación. Aunque Koen iba a visitar a Rebeka al trabajo, Demi creía que era porque, desde el festival, ambos se habían hecho cercanos (ni ella ni Carla se dieron cuenta de que se habían besado frente sus narices, demasiado ensimismadas consigo mismas).
Todos creían que la tregua de paz era símbolo de una creciente amistad.
Miradas que se esconden. Sonrisas robadas. Mensajes nocturnos estando en habitaciones diferentes. Besos secretos sin testigos de ellos.
Gran parte del tiempo se lo pasaban en casa, con tardes de manta y películas (ambos habían descubierto los gustos del otro.
Koen se había enganchado a las películas que tanto le gustaban a Beka como El castillo ambulante o Mi vecino Totoro –a Rebeka le encantaban las películas del Studio Ghibli–, como Rebeka se sintió curiosa ante películas como Inception o Gladiator .
Aunque ambos compartieron su gusto por The Dark Knight o 500 Days of Summer ).
Hasta que octubre llegó, y con él el frío y las tardes de lluvia.
Como no habían tenido ninguna cita oficial hasta el momento, decidieron que era el momento perfecto para ello.
Koen lo preparó todo, queriendo dar el mejor recuerdo a Rebeka.
Comida en un restaurante cercano a River East 21, para luego ir a ver una película juntos al cine.
Se había enterado que estaban volviendo a estrenar Eternal Sunshine of the Spotless Mind , una película que sabía que encantaba a Rebeka, por lo que compró dos entradas y los productos del bar con antelación.
Era un día nublado, por lo que Rebeka pidió a Koen si podía usar una de sus sudaderas sobre la ropa para resguardarse del frío, y el chico se la prestó con una sensación de nervios en el pecho.
La veía allí, usando su ropa, y sentía que nadie más podría lucirla como ella.
Así que con dos chaquetas-sudadera negras, con capucha, bien abrigados, y pantalones vaqueros con camisetas interiores, ambos salieron de paseo hasta River East 21.
Pararon en su destino: el restaurante de cocina americana moderna con toques mediterráneos, Amber & Rye.
El lugar era conocido en su presentación de platos pequeños que eran pensados para compartir, al igual que un ambiente de luz cálida, ventanales amplios, mesas de madera clara y música suave de fondo. El lugar idóneo para conversar sin prisas, disfrutar de la comida y la compañía del otro.
Sentados uno frente al otro, Koen buscó la mano de Rebeka. Entrelazados sus dedos, se sonreían mientras argumentaban qué platos del menú serían mejores opciones para la comida.
–¿Qué te parece si pedimos uno para compartir, y luego cada uno su propio plato? –sugirió Rebeka, dejando el menú en el medio de la mesa.
–Suena bien. ¿Qué quieres que pidamos?
–Mmm… Me ha llamado la atención la tabla pequeña de pan artesanal.
–¿La que tiene aceite de oliva especiado y sal ahumada? –Koen asintió un par de veces, usando su mano libre para girar el menú sobre la mesa y mirar las imágenes que acompañaban a los platos del menú–. Suena bien. ¿Te parece bien que pidamos la limonada de la casa? Tiene que estar deliciosa.
–Genial. –Pidieron sus platos a la camarera, quien tomó nota y se fue a prepararles sus bebidas mientras se llevaba a cabo en cocina sus órdenes.