Capítulo veintidós #3
–Mi compañero de piso tenía, o tiene, no sé si siguen juntos, una novia –explicó–.
La chica no es una persona muy leal, la verdad.
Puede que tenga algún tipo de maldición encima, y que vivir contigo la haya curado, porque hasta ahora vivía rodeado de infieles.
Reagan, la novia, comenzó a coquetear conmigo.
Tuve que rechazarla varias veces. Al principio le parecía un juego.
El juego del gato cazando al ratón. Pero cuando supo que eso no era un juego, que no me estaba haciendo el duro de conseguir, sino que realmente no iba a tener nada con ella, se fue llorando a mi antiguo compañero de piso.
Le dijo que había abusado de ella, aunque más bien fue ella la que me acosó.
El chico ya tenía sus cuernos de antes pulidos, pero siempre ha vivido en negación, así que opté por no perder el tiempo con él y pelearme.
Cogí mis cosas, mi dinero y me fui directo a ver a Adrian. El resto de la historia ya la conoces.
–Joder. –Rebeka sirvió más vino a ambas copas, sonriendo divertida–. Pues sí que tenías una maldición. Recuérdame no pedirte elegir a mis amistades nunca.
Koen carcajeó.
–Te lo recordaré.
Rebeka respondió con coger con cuidado su copa y alzarla entre los dos.
–Por las novias infieles y los malos amigos.
–Y por las buenas amistades y personas que conocemos en el camino –añadió él, mirándola de aquella misma forma en que la miró en el festival, con ese mismo brillo lleno de calidez–. Chinchín.
Así comenzaron a beber, aún dados de la mano. Comenzaron a reír cuando el alcohol se les subió a la cabeza. Se pusieron a coquetear y lanzarse cumplidos el uno al otro.
Rebeka, de un momento a otro, con el ramen ya acabado, señaló el pecho de Koen con una sonrisa autosuficiente.
–Estoy segura de que si te retase a que me besaras, no tendrías las narices de hacerlo.
Koen respondió alzando las cejas.
–Reto aceptado –susurró, inclinándose hacia ella. Sus rostros estaban tan próximos que, desde ojos ajenos, parecería que ya estaban el uno sobre los labios del otro–. ¿Pero serás tú la que no se acobardará si te beso?
Rebeka, siempre lista para un reto (y más cuando el alcohol seguía aún cosquilleando su lengua), respondió con una mueca de su parte.
–No lo haré.
–Bien.
–Bien.
Aquello fue el detonante.
La tensión de aquellos días explotó. Koen capturó los labios de Rebeka en un beso mucho más pasional del primero que compartieron. Acogió su rostro entre sus manos, acariciando sus mejillas con sus pulgares mientras se movían para profundizar el beso.
Nunca supieron cuándo se levantaron de sus sillas, ni en qué momento habían vuelto a entrar en el piso.
Quizá habían chocado con alguna pared o algún mueble en su camino.
No lo sabían. Estaban demasiado concentrados en tocarse, en besarse, en ver quién era el vencedor en la batalla que habían creado con sus lenguas.
Rebeka perdió la camisa en mitad del pasillo. Koen los pantalones a la puerta de su dormitorio. Rebeka los suyos a un lado de la cama de Koen.
Cuando se dieron cuenta, Rebeka estaba –felizmente– aprisionada bajo el musculoso cuerpo de Koen. Sus respiraciones entrecortadas. Sus labios soltando suspiros y jadeos alterados. Sus pulmones ignorando, por primera vez, su necesidad de respirar al solo querer más besos. Más contacto.
Más, más, y más.
Las manos de Koen exploraron a Rebeka. Ella también se permitió el lujo de delinear cada contorno del cuerpo de Koen. Ardían, se quemaban, y se necesitaban el uno al otro para apagar aquella llama que se había encendido desde el primer día en que se conocieron.
Koen se movió sobre Beka, ella se deshizo de las últimas prendas que no permitían a sus cuerpos estar al completo expuestos. Cuando sus pieles chocaron, suspiraron de puro alivio. Cuando Koen la inundó por completo, Rebeka gimió.
Las grandes y fuertes manos de Koen, esas que la habían sostenido siempre que caía, con las que la había sujetado en sus peores momentos, marcaban cada parte de su cuerpo.
Lo estudiaba. Se lo aprendía de memoria, como si fuera a ser la última vez que se tocaran, pero a la misma vez la primera de muchas.
Definitivamente la primera de muchas.
Rebeka movía sus caderas, Koen movía las suyas. Ella pedía, él cumplía. Eran un enredo de piernas, besos torpes y desesperados, risas y deseo. De atracción contenida durante años.
De un amor infinito que no tenía cabida.
–Beka –gruñó Koen contra su oreja, mordiendo con suavidad el lóbulo. Sus dedos trabajaban con precisión, explorando los puntos que más le gustaban–. Te necesito tanto. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
Ella solo pudo gemir en respuesta antes de tocar el cielo.
Con los dedos hundidos en sus omoplatos, Rebeka se dejó ir, Koen siguiéndola.
Cuando el peso de Koen cayó sobre el de ella, precavido pero cansado, con una bobalicona sonrisa en sus labios, Rebeka supo que si tenía que elegir un lugar en el que estar, siempre sería este.
Al lado de Koen.