Capítulo veintidós #2
–Ese tiempo es bastante corto, y no hay muchas historias divertidas como las hubo de mi tiempo en el instituto –confesó, acomodándose sobre el respaldo de su silla–.
Mis padres son gente con mucho dinero. De esas familias ricas de Chicago que viven en una gran mansión en The Loop.
Mi padre es empresario de bienes raíces, y mi madre decoradora de interiores.
No sé mucho sobre su historia, pero lo poco que he conocido me parece desagradable.
»Cuando tenía diez años, mi madre iba a llegar tarde a casa porque, después del trabajo, se iba a ir a cenar con un grupo de amigas del barrio.
Todas ricas, con sonrisas impuestas y mentiras sobre sus maravillosas vidas.
Cuando llegué de jugar en la calle, escuché ruidos viniendo de la habitación de mis padres.
Pensando que mi padre se habría hecho daño de alguna manera, subí para ir a verle.
Acabé pillándole con una mujer en la cama.
Le era infiel a mi madre desde hacía dos meses.
»Aunque ella tampoco se quedó atrás. Cuando lo supo, ya llevaba un mes siendo infiel por igual. A mi madre la pillé la semana siguiente. Habían comenzado una tonta competición malsana para ver quién tenía un ego más grande.
»Cuando empecé el instituto, todo saltó por los aires.
Tanto mi madre como mi padre perdieron el norte y trajeron a casa a sus respectivos amantes, mintiendo con que el otro no estaría presente aquel día.
Aquella fue la peor noche de mi vida. Se chillaron, se insultaron.
Fue… un despropósito. No sé cómo siquiera pueden, en público, fingir ser encantadores.
»Así que a los dieciséis años viví un divorcio que, si soy sincero, me hubiera gustado que hubiese sucedido mucho antes.
Me usaron como arma contra el otro, lucharon por mi custodia sin realmente mostrarme afecto en privado.
Me hicieron pasar mensajes de un lado al otro.
Todas las tonterías de colarme en el instituto o de las cosas que te contaron, las hice porque necesitaba sentir que aún había algo en mí que me permitiera ser un niño.
Mantener viva la llama de inocencia que me arrebataron.
Rebeka se quedó petrificada en su sitio.
Era una historia devastadora. Las acciones monstruosas, que iban más allá de lo egoísta, de los padres de Koen la hacían estremecerse. ¿Cómo podía haber gente tan horrible en este mundo? ¿Ser padres, cuando muchos otros, que sí merecían formar una feliz familia, no tenían la misma oportunidad?
No dijo nada. Un «lo siento» quedaba demasiado frío para algo de tal envergadura. Se decidió por abandonar su propio ramen para posar su mano sobre la de Koen, quien le sonrió con cansancio tras rememorar aquellos tiempos.
–¿Por qué nunca antes has dicho nada de todo esto?
–Porque no es una historia ni fácil, ni bonita, Beka.
–Koen pasó una mano por su pelo, mirándola con un deje triste en su expresión–.
Porque me cerré en banda tras cosas que me pasaron durante ese tiempo, y al único al que he podido contarle todo sin tener miedo a que me abandonase o prejuzgase fue a tu hermano.
»Al ver cómo el matrimonio de mis padres, en vez de hacerles sentir dichosos, les hizo volverse peores personas, decidí que no quería vivir como ellos.
Que si me enamoraba, que si algún día me casaba, sería con la persona que me hiciera sentir seguro.
A gusto conmigo mismo. Alguien en quien pudiera confiar ciegamente.
Decidí tomar como valor principal la fidelidad, y hasta ahora he tratado de hacer todo lo posible por ser fiel a todos, a mí mismo y a mis principios.
Una sonrisa triste asomó en labios de Rebeka, quien asintió comprensiva.
Aunque ella misma había creído erróneamente que Koen era lo opuesto a lo que estaba predicando, viviendo con él se había dado cuenta de qué tan equivocada estaba.
Que los rumores, muchas veces, no tienen bases de las que partir más allá de la rabia y la envidia.
–¿Sabes? En realidad, lo que decían de que nunca he tenido una novia, o una que me tomara en serio, era mentira. –Koen soltó una carcajada hueca, su mano bajando a sus ojos–. ¿Recuerdas a Jakob?
–El chico de la piscina –asintió ella.
–Era mi mejor amigo. Fue mi primer mejor amigo.
Nos conocimos de pequeños, lo hacíamos todo juntos.
Fue a él a quien le lloré de pequeño al descubrir las infidelidades de mis padres.
Fue a él a quien iba durante el divorcio de mis padres para poder olvidarme de todo.
Creía en él como un ciego lo haría de su perro guía.
Pensaba que Jakob era mi luz, mi bastón, y que siempre contaría con él. Pero me equivoqué, del todo.
–¿Qué fue lo que pasó? –preguntó con suavidad, entrelazando sus dedos.
–Brooke West. Eso es lo que pasó. –El suspiro que salió de labios de Koen partió el corazón de Rebeka.
Porque a pesar de los años que deberían de haber pasado desde aquella historia, podía escuchar cómo se le rompía la voz–.
Jakob era mi mejor amigo, y Brooke la chica que me gustaba.
La conocí en clase de química. Fuimos compañeros por un día de laboratorio, y fue tan divertida, me reí tanto con ella como llevaba ya meses sin hacer durante el proceso de divorcio de mis padres, que me quedé encandilado con ella.
Brooke West. La chica de los mensajes. La chica a la que Jakob defendió por encima del que una vez fue su mejor amigo.
Las cosas comenzaron a tener sentido en la cabeza de Rebeka, el puzle comenzando a formarse.
–No tardé mucho en pedirle salir –continuó Koen.
Jugaba con sus dedos inconscientemente, acariciando sus nudillos como si fuera lo que le mantuviera anclado al presente–.
Era feliz. Le era leal. Me reía tanto con ella…
Era mi apoyo, igual que Jakob. Me sentí tan dichoso.
Había pasado de estar solo en la vida, a tener una novia y un mejor amigo, dos personas geniales que formaban un todo en mi día a día.
»Por mi cumpleaños, justo el año en el que el juicio con la sentencia del divorcio salió, mis amigos prepararon una fiesta sorpresa.
Los que conociste el día de la fiesta de Theo.
Jakob y Brooke fueron los cabezas de esa fiesta.
Estaba muy feliz. Cuando llegué a una azotea que habían alquilado, con luces y música y todos los rostros de la gente que eran parte de mi vida en aquel momento, con Brooke y Jakob allí para sonreírme, pensé que nunca necesitaría nada más en la vida.
»Al final de la fiesta, perdí de vista tanto a Brooke, que había estado en todo momento apegada a mí, como a Jakob.
¿Sabes dónde los encontré? En una esquina, a oscuras.
Estaban besándose. No estaban borrachos, no fue un momento pasional que pudiera resolverse.
Les escuché hablar entre besos y risas, y al parecer, se habían liado dos semanas después de que los presentara.
»Tanto mi mejor amigo como mi novia me engañaron, y todo explotó el día de mi cumpleaños. Un día que había deseado que no llegase, porque no quería ser el foco de atención para nadie, y que desde ese día las dos personas más importantes de mi vida habían arruinado.
Rebeka contuvo la respiración.
Porque Koen no solo vivió la traición de sus padres, sino la de todos aquellos que le importaron alguna vez. Todo en unos contínuos sucesos sin darle descanso.
–Joder, yo… Nunca supe… –Koen la acalló con una sacudida de cabeza, una sonrisa cariñosa y un apretón de manos.
–No tenías que saberlo, Beka. No quería que lo supieras.
Una de las cosas que más me gustan de ti es lo natural que eres.
Cuando estamos juntos, eres la única que me señala sin vergüenza y me llama la atención por mi mierda.
Adoro que seas tan directa. Si hubieras sabido algo de todo esto, sé que habrías sentido pena y me habrías tratado diferente.
–Alzó sus manos entrelazadas para posar un suave beso en sus nudillos–.
¿Sabes? Lo primero que pensé de ti era lo malditamente guapa que eres.
Lo segundo, que me parecía muy divertida tu forma cortante de hablar, aunque tratabas de aparentar ser perfectamente educada. Y lo último fue que no te soportaba.
Ambos soltaron una carcajada ante aquello.
–Me ponías tan de los nervios –admitió Koen, mirándola con un brillo travieso en los ojos.
Ese brillo que únicamente iba dedicado a Beka–.
Eras todo lo que no quería cerca. Prejuiciosa, ruda y demasiado directa para tu propio bien.
Solo me iba a comportar en principio bien contigo por ser la hermana de Adrian, a quien no le había dado pena por mi pasado, sino que había logrado hacerme reír con ello.
–Entonces, ¿por qué quisiste venir a vivir conmigo?
–¿Aparte de que me quedé sin casa? Rebeka, tengo mil razones preparadas en una lista sobre por qué eres la única mujer con la que siempre me iría a vivir.
Ella se relamió los labios, recordando el beso, las dulces palabras de Koen.
Rebeka era su persona favorita. Por eso quería vivir con ella.
–¿Cómo te quedaste sin casa? –Koen se rió con suavidad, sabiendo que con aquella pregunta Rebeka no solo conseguía comprenderle del todo, sino evitar decir en voz alta lo que ambos sabían.