Capítulo veintidós
Capítulo veintidós
Un apagón del amor
A l día siguiente, tras una vuelta a casa llena de sonrojos, roces tímidos y miradas secretas, Rebeka desayunó junto a Koen mientras trataron de hacer una conversación normal.
El beso había sido lo mejor que habían hecho hasta ahora. Ninguno se arrepentía. Volverían a repetir la experiencia. El problema venía cuando se tenían que encarar al otro tras aquello sin haberse confesado.
Koen le explicó a Rebeka que aquella noche iría a trabajar desde la tarde hasta bastante entrada la noche. Trataba de una fiesta de empresa en la que varios funcionarios fingirían ser totalmente capaces de tener habilidades sociales a pesar de haber estado diariamente encerrados en sus despachos.
Así que, cuando Koen dudó varios segundos antes de irse cómo despedirse de Rebeka, que le había acompañado hasta la entrada sin comprender la razón tras ello, y optó por posar un beso en su frente con un musitado «nos vemos luego»; Rebeka se encontró sumida en el silencio y espacio de su piso.
Era hasta gracioso, irónico realmente. Cómo hacía tiempo atrás Rebeka, desde la mudanza de Koen, se sentía agradecida al estar sola y como ahora deseaba que la puerta volviera a abrirse con Koen asomando por esta.
Como buena mujer con la mente clara y una personalidad tranquila que Beka era –ya, más quisiera–, la rubia pasó la tarde entera limpiando la casa hasta el punto en que brillaba con solo parpadear.
Se parecía mucho al día en que Koen, buscando sacarla de sus casillas, dejó la cocina tan reluciente que parecía sacada de una revista.
A la noche no podía aguantarlo más, así que paró una de sus películas favoritas en el mundo, Orgullo y prejuicio, y dejó de comparar al Señor Darcy con Koen para meterse en la cocina.
Rebuscando entre las estanterías, encontró su cajón al que bautizó como «para días de estudio duro». Dentro había toda clase de comida precocinada, rápida de preparar en una sartén y algunos paquetes de fideos ramen para cocinar.
Cogió dos de ellos, junto a su caldo y las especias que necesitaría, antes de ponerse manos a la obra.
Si no iba a centrarse, al menos podía tomar algo que le despejara la mente.
Cuando se encontraba terminando de cocinar una olla llena de ramen, la cocina envuelta en el olor del caldo, las verduras y la carne que añadió a este, vestida con una simple camiseta gris y unos pantalones de pijama de rayas azules y blancas, Rebeka oyó cómo la puerta principal era abierta.
Koen ya había vuelto a casa.
Apagando el fuego y dejando reposar el ramen, con el corazón saltándole fuera de la garganta, Rebeka se giró a tiempo de ver a Koen sonreírle con timidez y afecto, mucho afecto, asomado desde la puerta.
–Ya estoy en casa –saludó.
–Bienvenido.
El momento fue tan familiar, tan cotidiano, que sus respiraciones se entrecortaron al mismo tiempo. Deseaban muchos más días como este.
Cuando Rebeka, como el buen remojo de nervios que era, se encontraba con la boca abierta para soltar la primera chorrada que se le cruzara por la cabeza en un intento de aliviar la tensión entre los dos, las luces de la cocina se apagaron de golpe.
Rebeka soltó un grito bajo, sobresaltada. Koen bufó con confusión.
–¿Han saltado los plomos? –preguntó ella, andando a ciegas en la cocina, cuidadosa de no acabar tocando la olla hirviente de ramen y acabar la noche en el hospital Northwestern Memorial.
Si volvía allí, le darían carta de cliente VIP.
–Puede ser… Se han apagado las luces de todo el apartamento –informó Koen desde el salón.
Rebeka podía ver la linterna de su teléfono alumbrar por todas partes desde el pasillo–.
Un momento. –El gruñido que soltó Koen la alertó de que no habían buenas noticias–.
La red eléctrica en sí no funciona. No me van bien los datos.
Tampoco veo las farolas funcionar en la calle ni nada… Solo algunas luces de emergencia.
Eso quería decir que…
–¿Chicago sufre un apagón?
–Sí. Espera justo ahí, Rebeka. No te muevas, no queremos que te hagas daño. –Era gracioso que ambos hubieran pensado lo mismo. Aunque no era momento de reírse. Toda la ciudad se había quedado sin luz ni electricidad.
En unos segundos, la luz del móvil de Koen la cegó hasta que el chico se disculpó musitando un «mierda, no sabía que estabas tan cerca», y cogió la mano de Rebeka para guiarla al salón.
Su corazón no entendía la emergencia en la que estaban, pues se puso a chillar como una adolescente ante el roce de sus pieles.
–¿Tenemos velas que podamos usar? –Rebeka asintió atontadamente, viendo a Koen moverse por el salón listo para reaccionar.
Sentaba bien dejar el control a otra persona.
¿Cuántas veces había dejado que fuera Koen quien tomara las riendas de las cosas?
–. Bien, con eso bastará. Nunca antes me había sentido tan agradecido de que fueras tan previsora, Rebeka.
Tienes tantas cajas de velas aquí guardadas que no nos vamos a tener que preocupar.
Aunque es gracioso que las guardes en el cajón de tus bebidas alcohólicas.
Rebeka enrojeció ante la mueca maliciosa del rostro alumbrado de Koen.
–Me gustan mucho las velas –razonó, aunque sabía que Koen no le estaba juzgando–. Además, esto podía pasar en cualquier momento. Son muchas personas viviendo en un único sitio…
–Prudente, como a mí me gustan. –Este estúpido corazón suyo no dejaba respirar tranquilamente a Rebeka, y Koen no estaba por la labor de ayudar.
Mientras cada uno se ponía a repartir cuidadosamente velas por la casa y a encenderlas, el silencio tomó posesión del ambiente. Rebeka buscaba a Koen con los ojos, Koen buscaba a Rebeka con los suyos.
Cuando acabaron, se quedaron mirando, como parecía que no dejaban de hacer desde el día en que se besaron. Callados. Mortificados.
Koen carraspeó mientras rascaba su nuca, su teléfono ahora olvidado junto al de Rebeka tras haber cumplido su misión.
–¿Quieres…? –Con un gesto vago, señaló al cajón de donde había sacado las velas–.
Parece que esta noche has cocinado algo que huele de muerte, así que…
¿Te apetece tomar algo de vino mientras cenamos?
Podríamos ir al balcón. Creo nunca he estado allí.
Tenemos ese vino que me regalaron en el trabajo, el de la Toscana.
–Me parece una gran idea. –¿Su voz no sonaba como un chillido nervioso? Seguro que no. Es decir, Koen no parecía notarlo. ¿O era porque estaba igual de nervioso como para preocuparse en su voz? «No, Rebeka. Céntrate».
Mientras Koen se encargaba del vino y las copas, llevando una vela al balcón del apartamento, posando todo sobre un mantel que tapaba una pequeña mesa circular, Rebeka se encargaba de servir dos boles de ramen para cada uno de ellos.
¿Esto no podía considerarse una cita?
Koen abrió la botella, alertado, pensando que definitivamente parecía una cita. Una causada por un maldito apagón.
–Lo que olías era ramen. –La repentina voz de Rebeka abriéndose paso en la terraza le hizo sobresaltarse una vez más, derramando algo de vino en el mantel, maldiciendo mientras Rebeka soltaba una carcajada tierna ante su torpeza–.
Puedes ir a cambiarte si quieres, ¿sabes?
Ponerte cómodo. Ya me encargo yo de secar este desastre.
Koen asintió, agradecido, antes de perderse en el piso.
Cuando volvió a salir por la puerta que los conectaba al salón, Rebeka casi se ahoga con su propia saliva.
Koen había elegido que su comodidad eran unos pantalones de pijama negros de pierna larga, pero nada de camiseta.
Su torso estaba totalmente desnudo ante sus ojos.
Sus hambrientos ojos.
Nunca había visto a Koen así. Bueno, sí, las dos veces que le había visto en bañador. Pero era en bañador, podía resultar menos íntimo cuando en una playa o una piscina no parecería fuera de lugar.
Pero, ¿en su casa? ¿A la luz de las velas? ¿Con Chicago al fin lleno de silencio? ¿Cuando aún podía sentir el fantasma de sus labios sobre los suyos? Definitivamente diferente.
No se cortó, ello sí, a la hora de mirarle.
Abdominales marcados, cuerpo definido y cuidado, piel morena brillante a la luz de la vela, anchos hombros y clavícula marcada. Brazos fuertes.
Joder.
Maldito-requete-joder.
Koen estaba para comérselo.
Rebeka se golpeó mentalmente ante tal pensamiento. Porque no es hora de estar fantaseando con tu compañero de piso, Rebeka , se dijo.
Koen aún así sonrió para sus adentros, contento de haber logrado tal reacción en la chica.
La ayudó a sentarse echando su silla hacia atrás, tomó sitio a su lado y ambos comenzaron a tomar el ramen de Rebeka en silencio.
Tras haberse tomado ambos la mitad de sus respectivas copas de vino tinto, Rebeka notó la lengua más suelta, las defensas lanzadas por el balcón donde estaban y, sonriente, intercedió rompiendo el hielo:
–Si lo pienso detenidamente, Koen, no sé realmente mucho de ti.
–El chico estaba muy ocupado repasando la línea de sus labios con los ojos como para entender el significado de sus palabras, pero aún así soltó un sonido ronco como si la entendiera–.
Lo único que conozco es un poco de cosas que Adrian me contó de ti, y las anécdotas de tu adolescencia.
Pero poco más. Tú, en cambio, sabes casi mi grupo sanguíneo y todo.
–Eso es porque el día en que fuimos al hospital me preguntaron si compartimos grupo sanguíneo en caso de que fuera necesario –excusó, aunque no le importaba en lo más mínimo que Rebeka mostrase interés en conocer su vida, en conocerlo a él–.
Pero me parece bien si quieres saber algo, soy todo tuyo esta noche.
«Todo tuyo». Rebeka casi tiritó ante la repentina ola de electricidad que la sacudió. Ante las imágenes que aquellas palabras impregnaron en su mente.
–Bien, pues… Háblame de tu infancia, por ejemplo. No sé ninguna historia de aquellos tiempos. –Aunque sentía curiosidad, decidió que preguntar directamente sobre su relación con sus padres sería brusco, aunque tenía ciertas ideas por lo que Adrian le explicó las Navidades que pasó junto a ellos.