Bajo el mismo techo Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

Capítulo veintiuno

Entre festivales

T res días habían pasado tras la reaparición de Archer, dos desde que su hermano se fue corriendo al piso donde Koen y Beka viven para comprobar que su hermanita se encontraba sana y salva; Rebeka recibió por parte de Carla y Demi un par de entradas para un festival que iba a tomar lugar en Grant Park.

Se hallaban a finales de agosto, el verano comenzaba a despedirse para ir poco a poco preparándose para el otoño en la ciudad de Chicago, y la gente comenzaba a buscar con entusiasmo las festividades típicas veraniegas que tomaban posesión de la ciudad en aquellas fechas.

Beka aceptó las entradas cuando Carla le explicó que eran para ella y para Koen. Una excusa para que Rebeka pudiera salir y olvidarse de todo, desmelenarse; y para agradecer a Koen la forma en que siempre estaba ayudándola cuando los demás no podían acudir en su rescate.

Cuando contó la noticia a Koen, ambos se miraron en silencio durante un tenso minuto. Rebeka juraba notar chispas saltando a su alrededor. Koen podía sentir su corazón suplicarle que se lanzara sobre Rebeka y por fin le dijera lo que tanto había deseado decirle durante meses.

Pero ninguno se atrevió.

Apartaron la mirada, sonriendo con las mejillas encendidas, y cada uno con su respectiva entrada en mano, se fueron a sus habitaciones para planificar el atuendo que usarían la noche del sábado, donde tomaría lugar el concierto al aire libre.

Rebeka pidió ayuda con su ropa a sus amigas. Koen, a Adrian.

Y el sábado por la noche se robaron el uno al otro el aliento.

Rebeka estaba preciosa. Su larga melena rubia suelta, vestida con un top rojo carmesí, falda corta hasta los muslos de color negro, chupa de cuero roja sobre su top que llegaba hasta el fin de su falda y unas botas de cuero negras, llegando estas hasta sus rodillas.

En secreto, había decidido usar aquel collar que años atrás Koen le había regalado por Navidad.

Cuando Estaba poniéndoselo, se le cayó al suelo, descubriendo aquella inscripción de la que, hasta el momento, no se había percatado.

Koen tampoco se quedaba atrás: camiseta de tirantes y cuello alto de color negro, mostrando sus entrenados brazos, que se apegaba a su figura tan ricamente que Rebeka tuvo que forzarse a apartar la mirada de su fornido pecho; vaqueros azules y botas negras a juego con las suyas.

Rebeka enrojeció, no sabía si era por la tensión en la que habían vivido aquellos días en casa, si por la forma en que su cabeza no dejaba de imaginar escenas más que traviesas con Koen donde el chico le dejaba explorar bajo su camiseta con libertad, o si eran las palabras que este dijo a Archer y que no paraban de repetirse en su mente.

Incesantemente. Quizá era culpa de aquella inscripción, aquella maldita frase, la que le ponía los pelos de la coronilla de punta.

«Para mi persona favorita».

«Rebeka es perfectamente imperfecta».

«O la adoras, o eres un necio».

Estúpido y sexy Koen Ashburn.

–Estás… Estás preciosa, Beks –murmuró Koen. Su voz sonó ronca, entrecortada, tan grave que mandó un escalofrío por la espalda de la chica–. Jodidamente preciosa.

–Gracias. Tú… Tampoco estás mal. –Se regañó al instante por sus palabras. ¿De verdad, Rebeka? ¿«Tampoco estás mal»? Era un desastre.

Koen no debió de tomar a mal su torpe cumplido, ya acostumbrado a recibir palabras cortantes por parte de Rebeka como para saber que aquel comentario era lo mismo que si otra persona le dijera que estaba para relamerse los dedos.

En respuesta, le dirigió una sonrisa que volvió a arrebatar el oxígeno de los pulmones de Rebeka.

¿Podía su corazón dejar de querer acabar con ella? ¿Y Koen parar de ser tan encantador?

Cuando llegaron al concierto y saludaron a Clara y Demi antes de encaminarse a una zona libre en la que tomar sitio, Rebeka notaba el suelo vibrar bajo sus pies. El aire olía a césped pisado, cerveza y la comida callejera de algunos puestos que habían abierto a sus alrededores.

Situados tras las chicas, Rebeka lanzó una ojeada a Koen, quien estaba a su lado con la mirada concentrada en el escenario, donde la banda que iba a tocar aquella noche subía, saludaba y hacía chillar a la gente sentada o de pie al igual que ellos.

El grupo era uno que compartían en gusto Carla y Rebeka, The Lumineers, e iban a comenzar una gira desde la ciudad de Chicago antes de partir a otras ciudades.

Cleopatra comenzó a resonar contra los altavoces, lenta, preciosa, perfecta, y la gente chilló aún más fuerte, a aplaudir y a ondearse al disfrutar de la buena música.

Carla se sentó en el césped junto a Demi, pasándole un brazo por la cadera mientras la otra reposaba contra su pecho. Se les veían sonrientes, enamoradas, mientras cantaban al compás la canción.

Rebeka no pudo evitar imaginarse a sí misma en aquella misma situación con Koen. ¿Se sentiría cálido estando arropada al completo por Koen, como le pasó aquel día en la fiesta de Theo?

La canción llegó a su fin, el grupo saludó al público, agradeciendo su presencia aquella noche al igual que la muestra incesante de su amor y apoyo, antes de dar paso a una de las canciones preferidas del grupo de Rebeka, Sleep on the Floor.

Entre el sonido de la guitarra acústica, de la voz que cantaba la letra a la vez que ella, siendo seguidas del violonchelo, sonidos preciosos de piano y percusión suave, Rebeka no notó que la mirada de Koen había pasado del escenario a ella.

Se veía tan perfecta en aquel momento. Etérea. Deseaba poder detener el tiempo, borrar las huellas del pasado que habían dañado a Rebeka y que viviera su vida partiendo de esta mágica noche.

Su sonrisa. Su tímida voz. El brillo en sus ojos. Las luces y efectos desde el escenario iluminando sus rasgos.

Koen nunca se había sentido tan enamorado de Rebeka Noster como en aquel momento.

Ninguno de los dos se dio cuenta cuando otra fan del grupo, desesperada por llegar a las líneas del frente y estar apegada al escenario, con pasos torpes tras haberse emborrachado, se dirigió a ellos.

De un momento a otro, Rebeka fue empujada por un torpe pero fuerte hombro. La sorpresa del golpe hizo que no pudiera reaccionar a tiempo, perdiendo el balance en sus pies. Cerró los ojos, lista para el golpe. El rídículo. La vergüenza.

No sintió el césped aporrear cruelmente su rostro, sino una fuerte mano en su cadera. Otra sujetando con delicadeza su muñeca.

Koen la había salvado de un golpe certero.

Mientras la chica que se chocó con ellos musitaba un par de disculpas antes de ser apartada por sus amigas, Koen mantuvo sus ojos firmes sobre los azules de Rebeka.

Su mano en la muñeca únicamente la soltó cuando se estabilizó. No para alejarse de ella, sino para posarse en el otro lado de sus caderas y mantenerla firmemente sujeta entre sus brazos.

Mientras la música seguía sonando, el cuerpo de Koen ahora un muro protector sobre el de Rebeka, la chica no pudo apartar aún sus ojos de los del otro.

Koen, en cambio, sí pudo.

Para mirarle a los labios.

El mundo se detuvo. El murmullo de la música y la gente se volvió lejano. El bajo se volvió un latido compartido por ambos. El viento comenzó a mecer suavemente sus cabellos.

Rebeka supo en aquel momento que todas las veces que se dijo odiar a Koen se había engañado. No era odio. Nunca lo fue. Era esta gran sensación de amor que se le había escapado entre sus dedos como arena cuando sus manos ya no podían contenerlo.

Justo cuando comenzaba a dudar si Koen sentía lo mismo, se fijó mejor en él.

Koen la miraba con fuerza, con un brillo que ya había identificado tantas otras veces pero que, temerosa, nunca se había atrevido a categorizar. La miraba como si él también hubiese llegado a una conclusión silenciosa por sí mismo.

Él le sonrió apenas, por primera vez inseguro.

El corazón de Rebeka se derritió ante ello. Ante el efecto que tenía sobre Koen.

Se decidió, antes de que su cerebro pudiera pensar en las acciones de su cuerpo.

Sus manos se posaron sobre su pecho, sus pies se pusieron de puntillas, sus dedos recorrieron su cuerpo hasta que llegaron a sus costados. Con los ojos cerrados, pudo sentirlo todo: el acelerado latido del corazón de Koen tras su pecho, su respiración entrecortada, la urgencia en su cuerpo.

Sus respiraciones se entremezclaban mientras su rostro seguía aproximándose al de él. Sus labios se partieron, listos para amoldarse a los del Ashburn.

Cuando el espacio entre sus labios se cerró, Rebeka soltó un placentero suspiro que fue tragado por Koen.

Ambos se acogieron el uno al otro. Koen la apegó más si era posible a él. Beka comenzó a subir y bajar sus dedos a lo largo de su abdomen y pecho.

Se besaban con calma, con ternura. No era un beso urgente. No era torpe. Era algo que ambos habían ansiado y necesitado desde el primer día en que se conocieron, desde que Koen salió de aquel restaurante para ser un silencioso apoyo.

Sus labios se movieron con tanta lentitud que Rebeka habría caído al suelo sino fuera por la forma en que Koen la mantenía firme. Se saboreaban no con pasión desatada, sino con reconocimiento. Como si este no fuera el primer beso que compartían.

Koen no era la jaula de Rebeka. Era su refugio.

Y se quedaría milenios pegada a sus labios. Porque sabían a esa libertad que tanto había deseado tener.

Ella fue la primera en separarse, los dos abriendo los ojos con lentitud. Koen gruñó, sin querer acabar, sin importarle que sus pulmones exigieran aire, y Rebeka solamente se carcajeó ante ello.

Koen no dijo nada, ni ella tampoco. El chico se contentó con descansar su frente contra la de Rebeka, con acariciar dulcemente la punta de su nariz con la suya propia.

Por primera vez, no hubo ruido suficiente para tapar lo que sentían.