Bajo el mismo techo Epílogo
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Epílogo

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El fin de un ciclo

Dos años más tarde

L a primavera renacía a lo largo de Chicago mientras Koen y Rebeka volvían a casa tras una tarde de celebración, dados de la mano.

Habían pasado la tarde comiendo en un picnic, salpicándose en la costa del Lago Michigan y donde habían reído descalzos mientras chapoteaban.

Con libertad.

Hacía un año, Koen y Rebeka habían dejado su piso alquilado para dar un paso mayor en su relación: comprar juntos un apartamento que fuera totalmente suyo, a orillas del Lago Michigan. Tuvieron suerte de que sus ahorros y una gran oferta de mercado les permitió comprárselo.

Ahora, un año más tarde, Rebeka y Koen habían firmado y cerrado sus nuevos contratos: ella como consultora de estrategia y desarrollo organizacional para pequeñas empresas y proyectos sociales, y él como recién nombrado director de estrategia y eventos en una agencia creativa con valores sociales.

Entre los cambios que habían surgido en sus vidas, podía decirse que Koen era quien regaba las plantas, cocinaba y planeaba los viajes.

Rebeka, por su lado, se encargó de elegir los colores de las paredes, decidió dónde debía ir cada cosa colocada y, rompiendo con sus estructuras de perfección, comenzó a dejar objetos a la vista sin pedir ni permiso ni disculpas a nadie.

Koen, el chico que temía el hogar, ahora había creado uno con sus propias manos. Beka ahora pensaba en el futuro sin temerle.

–Si algún día nos casáramos –comentó Koen en pleno paseo de vuelta a casa, besando la mano de Rebeka–, no seríamos el matrimonio Ashburn, sino el matrimonio Noster.

Ella le miró con un rostro divertido.

–¿Porque el apellido de mis padres es mucho mejor que el de los tuyos? Si piensas que así evitaremos que el ADN de nuestros futuros hijos se vea distorsionado por la maldad de sus abuelos, deja que te haga un pequeño spoiler: pueden ser igual de locos.

–No por eso –se rió él, dando un juguetón golpecito a su hombro con el suyo propio–. Sino por hacer honor no solo a la mujer de mi vida, sino a su hermano.

–Vale. Eso es raro. ¿Recuerdas que Adrian está vivo, verdad? Que se haya mudado de su apartamento en muy cuestionable estado para vivir con Zoe, no quiere decir que se haya muerto.

–Lo digo, listilla, porque si no hubiera sido por Adrian no solo no habría vuelto a ser feliz, sino que nunca te habría conocido. Quiero hacer honor a ello.

–Ay, Koen Ashburn-Noster, te has vuelto todo un romántico.

Una suave brisa de verano movió los pelos y ropas de ambos, como si quisiera extender la dulce risa que soltaban sus labios.