Capítulo veinte
Capítulo veinte
Los exes son lo peor del mundo
R ebeka no sabía cómo enfrentarse a sus sentimientos recién aceptados.
¿Debía correr a Koen y lanzarse a sus brazos?
¿Decirle que le quería como tanto se había prometido que no volvería a hacer?
¿Que no importaba lo mucho que intentaba prometerse a sí misma que Koen ya no era el hombre de sus sueños, Rebeka siempre terminaba cayendo a sus pies como si Koen fuera lo único bueno que hubiese en este mundo?
No podía hacerlo. No. Por mucho que pareciera tener sentimientos correspondidos. Por mucho que desease volver a sentir los labios de Koen sobre su pelo. Por mucho que ansiase saborear su piel bajo la yema de sus dedos o poder sentir su fuerte y segura mano sobre su cintura.
Rebeka juraba que estaba cambiando. Siendo mejor persona.
La mejor versión de sí misma. Ya no saltaba a la defensiva cerca de Koen como solía hacerlo, ni tampoco saltaba rápido en conclusiones sin conocer la historia al completo.
Como sucedió anoche, cuando estaban en la fiesta de Theo.
Rebeka no quiso creer que Koen estaba reemplazando a la misteriosa Brooke con ella, porque Koen no era esa clase de persona.
No iba a darle credibilidad a las palabras de Jakob, quien parecía gustarle más traicionar a sus amigos, que defender a otros.
Pero una cosa era estar siendo su mejor versión, y otra muy distinta era cambiar al completo. Aún le daba miedo abrirse a Koen. La idea de confesarse, abrirse en pecho y alma, y sentir aquella intensa mirada sobre sí misma, hacía que sus rodillas temblaran tanto de deseo como de terror.
Quizá también tenía algo que ver con que, la última vez que se confesó a una persona, todo acabó en un gran error que aún a día de hoy le hacía dudar de su capacidad para mantener relaciones amorosas.
Ocho años atrás. Instituto Faraday.
Rebeka conoció a Archie un día lluvioso. Ya habían acabado las clases del día, la gente salía riendo entre sí mientras se cobijaban con sus paraguas o capuchas.
Rebeka, apartada bajo la seguridad del techo del instituto, mantenía la mirada alzada mientras trataba de preguntarse si su hermano estaría muy ocupado como para ir a traerle el paraguas que dejó en casa tras que el tiempo dijera engañosamente que el día de hoy sería de los más soleados en la ciudad de Chicago.
Suspiró, optando por sufrir en silencio.
Lo último que quería hacer era convertirse en una carga para nadie.
Sus padres habían comenzado a exigirle que se hiciera cargo de sus propias decisiones, y la rubia no podía evitar encontrar la necesidad de cumplir con sus novedosas pero crecientes exigencias.
A veces se preguntaba si, si Adrian hubiera elegido el camino diseñado por sus padres, ella sería un poco más libre.
Recelosamente, no podía evitar el egoísta sentimiento de desear que su hermano fuera más responsable, o que quisiera luchar menos por su propia libertad.
Luego se sentía terriblemente mal, por lo que acallaba su cabeza.
Cuando se encontraba midiendo la distancia desde el instituto a su casa, que por suerte ambos se encontraban en Evanston, una voz masculina carraspeó a su lado.
–Veo que ha habido una víctima de los estudios climáticos de Chicago.
–Rebeka torció la cabeza, a sus ojos llegando un muy atractivo chico de amplia sonrisa y cabellos rubios que ya tenía sus ojos sobre ella.
Era un chico un par de centímetros más alto que ella, vestido con ropas bastante sencillas en comparación a las marcas que solían llevar el resto del alumnado, y unos ojos tan claros y oscuros a la vez que Beka dudó de su color, si era ceniza o si, más bien, eran grisáceos–.
Tengo espacio suficiente en el gran paraguas que mi madre me ha obligado a traer conmigo hoy.
Si no te asusta demasiado que un desconocido te proponga acompañarte, ¿quieres que te acerque a algún sitio?
Mi nombre es Archer, por cierto. Archer O’Brien.
Rebeka se quedó tan encandilada aquel día, que aceptó sin ninguna clase de duda tal oferta.
Archer la acompañó a casa, riendo entre anécdotas y bromas sobre sus compañeros de clase o sus profesores.
A la puerta de su casa, el chico le dio su teléfono como contacto.
«Por si la lluvia quería volver a juntarnos», explicó.
Desde aquel día, ambos comenzaron a hablarse por mensaje y a buscarse en los recesos o los pasillos del instituto.
Archer era mayor que ella por un año, por lo que no contaba con la suerte de compartir clases con el rubio. A pesar del obstáculo, el chico siempre le mandaba una gran sonrisa cuando sus ojos se conectaban entre sí.
Era la primera vez que Rebeka sentía algo así por un chico.
Así que se armó del valor que aún le quedaba en aquellos tiempos, le esperó junto a su taquilla y, directa al asunto, nerviosa y tropezando en sus palabras, le pidió una cita.
Fue una de las mejores citas en la vida de Rebeka, y cuando tuvo su primer beso.
Rebeka comenzó a abrirse con Archer. Le contó sus dudas y miedos, la forma en que su hermano había elegido un camino muy alejado del que sus padres siempre habían creído que Adrian querría, la forma en que ella debía de ser todo lo que ellos deseaban para no ser una segunda decepción.
Archer siempre la escuchaba sin exigir nada a cambio, la miraba como ella era, sin necesidad de buscar la perfección en ella.
La abrazaba, le besaba la frente cuando ella comenzaba a llorar de frustración, siempre le prometía un futuro a su lado en el que ni sus padres, ni las presiones sociales acabarían con la gran personalidad que Rebeka tenía.
Se sintió, por primera vez, elegida.
Lo presentó a su hermano, quien parecía no opinar lo mismo que ella creía de Archer, tras que el chico le pidiera salir juntos de forma oficial.
Ella veía en Archer una persona estable, educada, hasta actuaba de forma encantadora frente a Jackson y Sadie.
Era una persona diseñada para ella, conveniente.
Así que trató de hacer entrar en razón a su hermano, usando las mismas palabras que usaba consigo misma al recordarse por qué se estaba enamorando de Archer: «No discute conmigo.
No me cuestiona nada. No me exige como el resto».
Adrian, siempre protector de su hermana, le respondió con un escueto: «Por muy bueno que sea, si te hace daño, le partiré las piernas».
Esa fue la mayor aceptación que podía lograr, así que la acogió.
Lo que ella no veía que su hermano sí era que Archer, poco a poco, había comenzado a elegir por ella.
Se había ido introduciendo en el funcionamiento de su mente hasta que se convirtió en su muñeca.
En ocasiones, se preguntaba si se enamoró de Archer por culpa de sus padres, o si se volvió tan débil de opinión frente al matrimonio Noster por culpa del O’Brien.
Siempre estaba listo con un «Es mejor así», un «Te vas a estresar si no me escuchas, Beks», o un «No tienes de qué preocuparte, yo me encargo de todo». Pero en lo que ella más creía eran sus «confía en mí» .
El tiempo siguió pasando. Llevaban un año siendo pareja cuando Rebeka se volvió el trapo de Archer. Cuando las pequeñas renuncias tomaron papel principal en su relación.
Siempre que Carla y ella tenían planes, los terminaba cancelando excusando que Archer «se encuentra cansado y me necesita».
En sus citas ya planificadas, aún sabiendo el estrés que el cambio repentino de planes comenzaba a hacer en Rebeka, Archer lo cambiaba a última hora por mensaje porque «no me parece un lugar práctico al que debas ir, Rebeka».
Aunque siempre que estaban en público se reía y la abrazaba, en privado optaba por una máscara paternalista.
La primera vez que Rebeka se enfrentó a él, se quedó congelada y sin respuesta ante su réplica: «No hace falta que seas así, Beka. Ya eres suficiente».
Como Archer comprobó que aquel falso afecto funcionó en la joven mente de su novia, comenzó a atacar con el mismo estilo.
Se molestaba si ella no estaba disponible para él, alegando que estaba abandonando su relación.
Si Beka se enfadaba con él, Archer terminaba siendo la víctima en la pelea.
Nunca le pedía perdón, se limitaba a explicarle lo que ella había hecho mal para que mejorase.
Sus discusiones estaban repletas de «No entiendo por qué te pones así, Beks. Solo quería ayudarte», y sus débiles contestaciones: «Perdón… Tienes razón, estoy actuando muy sensible».
Entre la presión de sus padres y las exigencias de Archer, Rebeka comenzó a dudar de sí misma. A hundirse en aquel pozo en el que se sumió por años hasta perderse en el camino.
Hasta que Adrian, que comenzaba a irritarse a cuanto más veía a su hermana hundirse y romperse, quien comenzaba a discutir ferozmente con sus padres y Archer a cada oportunidad que tenía a pesar de las súplicas de Rebeka, rompió por ella con aquello.
Fue el último día que vio a Archer. La última y más importante discusión entre ellos.
Rebeka estaba mirando universidades a las que ir.
Universidades que entraran en los ricos requisitos de sus padres.
Había realizado un examen simulacro de su universidad preferida para comprobar si lograría entrar, y cuando obtuvo una muy alta nota quedando la primera entre los examinados, corrió feliz a dar la noticia.
Sus padres se alegraron, aunque se dieron a sí mismos la palmada de triunfo por su gran esfuerzo criándola.
Su hermano, quien había estado gruñendo tanto a sus padres como a Archer como una animal rabioso –su novio de aquel tiempo fue invitado por Sadie para saber en familia los resultados–, se levantó para abrazarla y felicitarla.
Archer, en cambio, fue el único que se veía triste por la noticia.
Cuando el matrimonio Noster se marchó a trabajar, como siempre, Rebeka se sentó junto a su hermano y Archer. El segundo de ellos la miró con pena brillando en sus claroscuros ojos, antes de añadir: