Capítulo diecinueve #3
–Hola, chicos. –Saludó el tal Jakob a espaldas de Koen. Rebeka le dirigió una mirada, solo una, y algo en su interior comenzó a retorcerse al ver la forma en que miraba a Koen.
Culpa. Pesadumbre. Rabia. Duda. Cruel morbo.
¿Quién narices se creía este idiota para mirar a Koen de tal manera? ¿Y qué narices había pasado entre ellos para que lo mirase así? Porque la historia de la broma no era tan fuerte como para crear tal tensión.
–Koen. –La forma en que Jakob dijo el nombre del peli moreno fue cautelosa, como si hablara con un salvaje animal asustado que fuera a saltar a degollarlo. Quizá debía degollarlo–. Es bueno verte, tras tanto tiempo. Llevo tratando de ponerme en contacto contigo ya años…
Koen miró con enfado a Theo, que negó con la cabeza antes de defenderse:
–Juro que no le he invitado. Ni nadie más. Tampoco a Brooke. No tengo ni idea de qué narices hace aquí, ni cómo se ha enterado.
Jakob se carcajeó antes de que nadie pudiera añadir más.
–¿De verdad, Theo? No actúes como si fueras el mejor amigo de Koen, ni como si le hubieses importado antes, cuando dejó de hablarnos a todos tras graduarnos.
–Me pregunto de quién es la maldita culpa de eso –musitó con sarcasmo Sussie, estrechando protectoramente a Crystal aún más contra su pecho.
–¿De verdad? –Jakob debió notar que todo el grupo le miraba como si hubiera cometido el peor crimen en el mundo, por lo que optó dejar de pelear y volvió a mirar a Koen–. Da igual, ¿podemos hablar en privado, por favor?
Rebeka notó que la ira iba incrementando a cada segundo en Koen. No parecía que fuera a haber una charla inofensiva entre los dos si se quedaban a solas, por lo que saltó antes de pensarlo:
–Lo siento –dijo, apegándose al costado de Koen, quien contuvo la respiración antes de calmarse ante su presencia. Dejó ir su mano, para rodear con su brazo la cintura de Rebeka–. Pero no está solo, y no creo que esta noche debiera de estropearse con charlas no deseadas.
Jakob al fin pareció fijarse en la presencia de Rebeka. Mirando la mano de Koen abierta, con los dedos extendidos para esconder todo lo que alcanzaban de su costillar, la culpa se volvió frialdad con tanta rapidez que hasta Rebeka se congeló.
–¿Estás de coña, Koen? –espetó el chico casi con repulsión–. Brooke lleva años tratando de ponerse en contacto contigo, yo llevo años intentándolo, ¿y nos ignoras por una chica cualquiera?
Koen apretó más –si era posible– a Rebeka contra él, su cabeza ahora contra su fornido y desnudo pecho.
–Si vuelves a hablar de ella de esa forma –siseó amenazante–. Pienso partirte la cara como debí haber hecho seis años atrás.
–¿Sí? Porque creo que el único portándose como un capullo aquí eres tú, Koen. ¿Qué tan fácil ha sido superar a Brooke? Se ve que no has tardado en encontrar a alguien más.
–Mira quién fue hablar –soltó tenaz Koen, una carcajada dura que deformaba sus preciosos rasgos. Rebeka podía verlo: el dolor bajo la capa de ira en su mirada–. No estás para dar lecciones de moralidad, amigo.
Rebeka saltó en brazos de Koen ante el veneno en aquel «amigo». Cuando creía que no podía ver un Koen más enfadado de lo que había hecho ya antes, el chico le mostraba lo equivocada que estaba.
Por alguna razón, más que asustarla, le dolió. Dolía ver a Koen tan destrozado, y mucho más el no saber el porqué.
El nombre de Brooke, entonces, recordó que era de la chica que había creído que era su nuevo ligue.
Una vez más, Rebeka se había equivocado.
–No entiendo lo que pasa ni lo que quieres de Koen –defendió antes de que Jakob tuviera la mínima oportunidad de replicar al chico en su defensa.
Cuando este la miró, Rebeka estaba en su mayor máscara mordaz, protectora del hombre que la apretaba contra su pecho, como si fuera lo único que le mantenía estable en aquel momento–.
Me importa una mierda realmente quién narices eres, la verdad.
Pero si no te largas ahora mismo, pienso usar ese barril de cerveza para abrirte la cabeza antes de que puedas decir nada más.
Nadie parece quererte aquí, nadie te ha invitado, así que largo–.
Con esa mirada desdeñosa que tan loco había vuelto a Koen muchas veces en el pasado, Beka alzó su barbilla antes de añadir un final–: Escoria.
Sin preocuparse en mirar si Jakob se largaba o no, sin preocuparse en si los antiguos amigos de Koen pensaban de repente que era ruda y brutal, salió del agarre de Koen para arrastrarlo tras ella de la mano, preparada para abandonar la fiesta y todo aquel pasado atrás, lejos de dañar a Koen una segunda vez.
–¿Estás bien? –Se dio la vuelta cuando ya se encontraba a tres calles de la casa de Theo. El lugar estaba silencioso, casi vacío, para alivio de ambos.
Koen sonrió débilmente.
–Estoy genial, Beks –aseguró antes de tirar de sus manos, entrelazadas una vez más cuando se dejó guiar por la rubia.
En segundos, estaba siendo sostenida entre los fuertes brazos de Koen en un abrazo.
En un abrazo que parecía chillar muchas cosas que Rebeka no lograba nombrar–: Eres lo mejor que me ha pasado nunca antes, ¿lo sabes? Gracias por sacarme de allí.
–No seas tonto –se quejó comenzando a sonrojarse. Aunque no se apartó del abrazo, en silencio disfrutando el contacto–. Lo mejor que te ha pasado, cuando hasta hace nada estábamos lanzándonos al cuello del otro… Eres un dramático.
Koen soltó una suave carcajada antes de posar un apreciativo beso en la cabeza de Rebeka, uno que entrecortó su respiración. Era tierno. Dulce. Algo que prometía más de un «eres lo mejor que me ha pasado».
–Has hecho mucho, Beks. Más de lo que nadie ha hecho antes.
–¿... Estás realmente bien? –Koen asintió, gruñendo, dejando saber así que no quería realmente hablar del tema.
No en aquel momento, con ella en sus brazos–.
Está bien. –Sin presionar, ella le devolvió el abrazo, haciendo que los restos de tensión abandonaran el cuerpo de Koen–. Vayamos a casa. Juntos.
Rebeka lo supo en aquel instante. Ya no podía tener escapatoria ni de Koen Ashburn, ni de sus sentimientos por él.