Bajo el mismo techo Capítulo diecinueve #2
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Capítulo diecinueve #2

Una chica menuda y con un pelo lleno de rulos alocados, tierna a los ojos, se carcajeó mientras asentía.

–Aunque esa no es una de las mejores historietas de Koen en aquellos tiempos.

–La chica, viendo a Rebeka a un lado de Koen, le sonrió tan amigablemente como Theo había hecho segundos atrás–.

Encantada de conocerte, me llamo Crystal, como sabes ahora salgo con Sussie.

Debe de estar perdida por las zonas de bebidas para despotricar contra todo aquel que quiera sobrepasarse. ¿Eres amiga de Koen?

–Sí –respondió Theo, señalando con su mano de arriba hacia abajo a Rebeka, como si fuera el descubrimiento del año–. Se llama Beka, o Beks como Koen la llama. –Y con una mirada cómplice, comenzó a mover sus cejas sugerentemente–. La amiga de nuestro Koen.

«Me cago en la madre que…». Koen gruñó, hundiéndose aún más en su miseria mientras Rebeka comenzaba a notar una ola de calor recorrer su cuerpo hasta detenerse en sus mejillas y cuello. ¿Theo acababa de sugerir que ellos dos…?

–Amiga –musitó ella, presa del pánico. ¿Pánico? ¿Podía dejar de sentir nada tan fácil de ver acerca de Koen delante de un grupo de desconocidos? Se veía que no–. Soy su amiga…

–Ya veo. –Crystal rio suavemente y, debiendo haber leído los nervios en Rebeka y apiadándose de ella, cambió el tema–: ¿Sabías que la fama de Koen venía de colarse en sitios?

Espera, ¿qué?

–¿Cómo? –Rebeka juró haber escuchado su cuello crujir ante el repentino movimiento que hizo para girar a mirar a Koen, ojos abiertos de par en par–. Que Koen… ¿Cómo que se colaba en sitios? ¿En qué sitios?

–Oh, en todas las zonas del instituto que podía –respondió esta vez Easton, negando con la cabeza como si aún estuviera viviendo frente a sus ojos aquellos momentos–.

En undécimo tuvimos a la peor profesora de matemáticas que alguien podría haber esperado, la señora Carpter.

Una tiránica. Nos iba a hacer un examen de álgebra sorpresa para poder mandarnos a todos a las recuperaciones de verano, la muy bruja.

–Dios. –Koen hizo una mueca de disgusto ante el recuerdo–. Odiaba a la señora Carpter con toda mi alma. Esa mujer parecía vivir por y para destrozarnos la vida.

–Amén, hermano. –Theo negó con la cabeza, apesadumbradamente divertido–.

Koen escuchó sus maléficos planes antes de que llegase el día del examen, así que la noche de antes se coló en el instituto, en el despacho de los profesores y se metió en el ordenador de la profesora para mandarnos a toda la clase el examen y las respuestas.

Todos aprobamos y, cuando esa mujer lo vio, nos intentó suspender hasta que se fue del instituto.

Rebeka no sabía si sentirse maravillada u horrorizada.

La Beka del instituto con dieciséis años o diecisiete (por no decir la Beka de todas las edades) se habría muerto de un infarto si algo así hubiese pasado en su clase.

Por suerte, sus compañeros de clase nunca contaban con ella en aquellas actividades, así que vivió toda su adolescencia lo más tranquila posible en ese aspecto.

–¿Y en Halloween de nuestro último año? –recordó Crystal, carcajeándose–.

El maldito Koen se inmiscuyó en el despacho del director aprovechándose que era una nube de azúcar viviente, puso una bruja en su escritorio y asustó al pobre hombre al día siguiente con la risa de la bruja inesperada.

Funcionaba con sensor de movimiento. Imagina el infierno que el director vivió.

–O cuando estábamos en la piscina del instituto en noveno para hacer una fiesta a espaldas de todos –añadió Theo–.

Porque nuestro instituto era así de pijo, y el capullo este apareció con un traje elegante del copón porque tuvo no sé qué cena familiar, y creo que fue Ronald el que le dijo en broma que no se atrevería a tirarse así vestido a la piscina.

–¡Me acuerdo! –Crystal asintió–. Koen no dijo absolutamente nada, simplemente comenzó a quitarse la camisa, los pantalones y los zapatos, se tiró en calzoncillos a la piscina en pleno invierno y, cuando salió, dijo como si fuera el protagonista de una película de acción: «La dignidad está sobrevalorada».

–Mierda… ¿Acaso he venido para que todos os burléis de mí?

Rebeka, en cambio, comenzó a reírse. No pudo evitar imaginarse a un joven, imprudente Koen sin armaduras. Era enternecedora la mera idea.

Con una sonrisa distinta a la que tenía habituado a Koen, le miró con un brillo distinto en los ojos.

Aquello, por razones inexplicables, hizo que Koen quisiera que Beka supiera cada mínima anécdota desastrosa de su vida en aquel mismo instante.

Sus antiguos amigos debieron notarlo, pues se miraron una vez más cómplices entre ellos, antes de que unos brazos rodearon la cintura de Crystal y una voz femenina comentase:

–Recuerdo también el día en que Koen rescató a aquel gato callejero en el instituto.

–Crystal alzó la cabeza para dejar un beso en la mejilla de la mujer que la abrazaba, y la sonrisa que le devolvió dejó saber a Beka que se trataba de la famosa Sussie–.

Me acuerdo perfectamente, hizo que todas se derritieran por sus huesos.

»Un gato callejero se había colado en el instituto y el pobre, asustado, trató de esconderse hasta que quedó atrapado en una cornisa –explicó a Rebeka–.

Los profesores llegaron al acuerdo de llamar a control animal al día siguiente, pero Koen, con Easton y Theo aquí presentes, decidieron que eran la Liga de la Justicia, así que se colaron por la noche en el edificio, saltando la maldita valla como si fueran Tarzán.

Al día siguiente, apareció en el tablón de anuncios una foto del gato con el nombre de «Director Honorífico».

Una chica, amante de los animales y de Koen, adoptó al gato.

Beka, con cejas alzadas, intentando no acabar como aquellas chicas de su instituto que se había derretido ante aquella tierna historia, miró a Koen con un claro mensaje: «Esto no encaja con el Koen capullo que conozco tan bien en los rumores del campus».

Koen, en respuesta, ligeramente incómodo cuando su vergüenza alcanzó niveles desconocidos, se encogió de hombros.

–Recuerdo otra buena, como esa –añadió el nombrado Easton–.

En mitad del semestre de undécimo, un chico nuevo empezó las clases en nuestro instituto.

Era bastante tímido y reservado, así que los mierdas de allí se aprovecharon y empezaron a burlarse de él y acosarlo.

Eran un grupo un tanto… chungo, por explicarlo, así que muchos teníamos miedo de que nos fueran a rajar.

Koen fue el único que no permitió que las cosas siguieran pasando de tal forma.

»Un día en el que estaba en el comedor, el pobre chaval sentado a solas en una mesa y apartado, Koen cogió su bandeja de comida, se sentó al lado del chico y cuando uno de los mierdas esos le dijo algo para hacerse el gracioso, Koen dijo con toda la calma: «Si tienes un problema con él, lo tienes conmigo».

Desde ese día, el chico fue dejado en paz y pudo acabar el instituto sin ser molestado.

Rebeka, cada vez más aturdida, sopesó aquella historia.

Tan diferente de los rumores que hacía tres años atrás habían hecho que fuera tan injusta con él, tan opuestos en el campus de su universidad a los del instituto de Koen.

Ahora entendía muchas cosas: la forma en que siempre estaba listo para defenderla de todo, cómo se portó ante lo que sucedió con Jonas, cómo protegía con uñas y dientes a los suyos y su disgusto por los rumores.

–Aunque no todos estaban muy agradecidos –repuso Sussie, bufando molesta ante la memoria de lo que fuera que recordase–. El gilipollas de Jakob, por ejemplo.

Aquel nombre pareció tensar en segundos el ambiente que apenas segundos atrás era tierno y jovial.

–¿Por qué? –preguntó llena de curiosidad Rebeka, muy a pesar de los tensos hombros de Koen. Nunca había oído aquel nombre antes, pero parecía ser bastante importante.

–Bueno… –Sussie parecía haber notado tarde lo que su comentario había causado, lanzando una mirada de disculpa a Koen–.

Jakob no era de lo mejor, pero era… En fin, se llevaba bien con Koen.

Un día, Jakob vino con una broma pesada a clase en la última semana de duodécimo, una semana antes de los exámenes finales y la graduación.

Todos estábamos reacios, y Koen trató de disuadirlo, pero Jakob quería hacerla sí o sí, así que Koen decidió seguirle el juego para no dejarlo solo.

»La cosa está en que se les fue de manos, y rompieron algo importante del instituto.

Cuando les llamaron a dirección, Koen no dudó en aceptar todo cargo de culpa.

Y Jakob nunca pensó en detenerlo. Dejó que Koen sufriera solo todas las consecuencias.

Así que Koen se llevó el castigo y el otro salió limpio de su propia broma.

Rebeka no pudo evitar volver a mirar a Koen, quien fruncía el ceño al suelo, como si tuviera allí mismo al tal Jakob Delante suya.

Se preguntó cuántas veces se había enfrentado a situaciones injustas.

Se preguntó si había causado más dolor del que pensaba al prejuzgarlo, mientras lo iba conociendo mejor cada día, y tan poco se parecía al Koen habituado en rumores a las mujeres, las fiestas y fastidiar la vida a otros.

Cuando separó los labios para decirle algunas palabras de aliento, cuando su mano se alzó para alcanzarlo, una voz dijo el nombre que Koen menos quiso escuchar aquella noche.

Porque el karma es una zorra, y más con él.

–Jakob. –El ambiente se enfrió momentáneamente ante la voz de Crystal. Koen, que había dejado de fruncir el ceño al notar lo que Rebeka se proponía, dejó de estar aliviado por un segundo, palideciendo, antes de ponerse rígido como nunca antes Beka lo había visto.

Rebeka notó antes que nadie que algo no iba nada bien, así que sin dudarlo, estiró su mano de nuevo para, esta vez, acoger la de Koen en esta. Entrelazó sus dedos y le dio un seguro apretón, un silencioso apoyo que alivió la carga en el pecho de Koen.