Bajo el mismo techo Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

Capítulo diecinueve

Poolparty del pasado

A Rebeka le dieron de alta en el hospital a su quinto día de ingreso.

Había recuperado el color en su rostro, algo de su peso perdido había vuelto a su cuerpo y ya no rechazaba ninguna clase de comida o bebida tras haber acostumbrado a su estómago a lo contrario.

Los médicos estaban contentos, pues había, por igual, seguido una serie de pautas que la psicóloga del hospital le había pedido cumplir, y ahora parecía casi otra persona.

A veces se necesitaba tocar fondo para apreciar lo que uno tiene y valorarse.

Su hermano había halagado a Rebeka al ser conocedor de su decisión de dejar a sus padres de lado, y Demi y Carla habían preparado en su piso una pequeña fiesta de bienvenida con sus pocos amigos (es decir, Koen, su hermano y ellas dos) junto a una cesta preciosa con varias cosas que gustaban a Rebeka.

Fue un gran día, y Rebeka al fin se permitió llorar. No de pena, ni de rencor, sino de puro júbilo al verse acompañada de gente que adoraba.

A los dos días siguientes, un mensaje llegó al móvil de Koen.

Un mensajero del pasado le preguntaba si le apetecía unirse a una fiesta en su casa.

Al parecer, un conocido con el que había dejado de hablar hacía unos siete u ocho años desde que se había graduado del instituto iba a mudarse a otro estado, por lo que quería tener una gran última fiesta con gente con la que había pasado parte de su vida y despedirse al completo.

Normalmente Koen habría rechazado la oferta. Hacía mucho tiempo que habían dejado de gustarle las fiestas. Pero el recordar la presión que había tenido obnubilada a Rebeka últimamente hasta que acabó en el hospital, le hizo plantearse la idea de acudir.

–Oye, Rebeka. –Ambos estaban sentados en el sofá.

Rebeka había puesto en Netflix una serie de las que le gustaban (y a las que se estaba enganchando).

Si no recordaba mal, se llamaba Ann with an E .

Mientras tanto, Koen fingía que no le interesaba tanto como realmente lo hacía las aventuras de Anne y sus amoríos con Gilbert (Koen nunca admitiría recordar los nombres de sus personajes)–.

Me ha hablado un conocido del instituto.

Va a hacer una fiesta en su casa. Como es verano y aún no se ha mudado de la casa de sus padres, tiene piscina, así que será ahí. ¿Te gustaría que vayamos?

«Vayamos». No un «ir conmigo». No un «acompáñame». Sino una forma que los incluyera a ambos. Como si la invitación de su antiguo amigo fuera tan suya como la de Koen.

Rebeka dejó asomar una pequeña, ilusionada sonrisa entre sus labios.

–¿Quieres ir conmigo a una pool party ? –preguntó ella de vuelta, acomodada sobre los cojines del sofá.

–Me encantaría que vinieras conmigo a una pool party –replicó él, comenzando a sonreír igualmente,–. Te mereces pasar un rato divertido, Beka. Has dado todo de ti hasta el final. Un descanso y unas risas son el premio merecedor para una luchadora como tú.

Una luchadora. ¿Eso era lo que Beka era? ¿Una persona que se esforzaba por todo hasta el último momento y oportunidad? Quizá sí lo era, pero que fuera Koen quien lo recalcara tenía mayor logro para ella.

–Está bien. –Se levantó con vagueza de entre los cojines, su sonrisa ampliada. Se sentía un poco idiota. Como si le hubieran anestesiado por más tiempo del que lo había estado a su salida del hospital y ahora viviera en una nube–. Vamos a esa fiesta de la piscina.

–¡Sí! –celebró Koen con los puños alzados, tan exagerado que solo hizo reír a la rubia–. Es esta noche, para llegar con tiempo si quieres pongamos como hora de salida las ocho.

–Me parece un buen plan. Hasta las ocho, cita misteriosa. –Con un guiño, Rebeka se encaminó a su habitación para ponerse a hojear todos sus atuendos que usar para la gran ocasión.

Koen, quedándose un rato disfrutando del comentario coqueto de Rebeka, y permitiéndose creer que realmente iban a una cita; terminó yendo por igual a su habitación para hacer lo mismo.

Con el positivo presentimiento de que iban a tener una gran noche.

Cuando llegó la hora, y ambos salieron en sus elegidos conjuntos de la noche, se quedaron congelados uno frente al otro sin siquiera parar a darse cuenta de lo obvios que habían comenzado a ser.

Rebeka había elegido aquella noche su famoso bikini azul oscuro, ese que recordaba haber tenido tanto éxito en su día aquel maravilloso verano.

Para acompañarlo, se puso encima unos vaqueros azules cortos hasta los muslos acompañado de un pareado blanco a modo de chaqueta abierta, sus pies cómodos en unas chanclas negras que adoraba.

Koen, por su parte, no había querido quedarse atrás.

Vistió con un bañador azul celeste, cómodo y deportivo que se acortaba por encima de sus rodillas, dejando ver parte de sus piernas.

En la zona superior se puso una camisa de botones blanca, con dibujos playeros como el Sol en verano, palmeras y barcos.

Desabotonada al completo y dejando ver su tonificado cuerpo.

Koen ya había visto a Rebeka usando ropa como aquella antes. Rebeka ya sabía lo fuerte y atractivo que Koen era. Hasta casi se habían besado. Y, aún así, se miraron el uno al otro estupefactos casi durante quince minutos seguidos.

Eran un par de simplones.

Al llegar a la fiesta, Koen fue palmeado en la espalda y bastante mejor recibido de lo que Rebeka hubiera esperado ver (Koen tampoco se creía su popularidad tras años sin ver a ninguno de los presentes).

La gente parecía estar bastante contenta de ver al chico de brillante sonrisa y agradable cuerpo a la vista, muchas chicas –y algunos chicos– lanzándole miradas de reojo acompañadas de risas por debajo de sus respiraciones o murmullos un tanto fuera de tono si ponías la oreja para escucharlos.

–¡Mirad quién ha venido realmente! ¡Koen destroza fiestas Ashburn!

–Un chico pelirrojo, con pecas a lo largo de su cara y cuerpo, vestido con una camisa de manga corta verde y un bañador negro, se acercó a los dos con una amplia sonrisa y un vaso de plástico lleno de, seguramente, cerveza–.

Pensé que ibas a dejarme en la estocada, tío.

Me alegro que hayas venido al final. Cuando me confirmaste tu presencia, pensé que simplemente te estabas quedando conmigo.

Koen resopló, saludando al pelirrojo con un choque de manos.

–Me alegra saber que tú tampoco has perdido tu no-decoro, Theo.

–Koen se giró a mirar a Beka mientras que Theo descansaba un brazo sobre sus hombros–.

Deja que te presente, Beka. Este es Theo, el idiota que se muda y que cree que lo mejor que puede hacer es una fiesta de adolescentes a la buena edad de veinticinco años.

Theo, esta es Beks, una amiga mía. Cercana.

Rebeka no supo definir si le gustó o no que Koen la categorizara como amiga, o nombrar lo que le causó aquel «cercana».

–Un placer, Theo. –Lo mejor que podía hacer era fingir oídos sordos y sonreír tan educadamente como siempre había aprendido a hacer–. Espero no importunar tu fiesta. Koen me pidió acompañarle.

Theo alzó las cejas, mirando divertido entre Koen y Rebeka, antes de negar con la cabeza.

–Tranquila. No importunas a nadie –tranquilizó con una sonrisa más suave dirigida a ella–. El único que puede molestar a la gente es este grano en el culo de aquí. Es un placer igualmente, Beka. Está bien tener una cara nueva por aquí para alumbrar la fiesta.

Rebeka soltó una carcajada a la par que Koen daba un amistoso manotazo a Theo en su pecho. El chico le caía bien.

–¿Puedo preguntar a qué viene ese «Koen destroza fiestas Ashburn»? –inquirió con guasa, preparando mentalmente un bolígrafo y cuaderno para apuntar los detalles del pasado vergonzoso de Koen nada más notó cómo este gruñó al oír su pregunta.

La sonrisa de Theo ahora se tiñó de camaradería.

–Es una gran historia. Una de mis favoritas. Koen era un desastre con piernas en nuestros buenos y juveniles tiempos.

–¿Ah, sí? –Rebeka era ahora la que miraba con guasa a un avergonzado Koen.

Este estaba masajeándose la frente con los nudillos mientras trataba de repasar una vez más la ley criminal de Estados Unidos, sopesando si acabar con la vida de Theo valía la pena.

–Definitivamente. Este chico de aquí ha recorrido todas las fiestas que había en aquellos tiempos.

Era el alma de la fiesta a niveles impensables.

Hasta que un día, en una de las más salvajes que hubieron en nuestro último año, decidió que lo mejor que podía hacer era mezclar vodka con ron y whiskey, y acabó destrozando todas las lámparas y jarrones de la casa de Sussie Paneweth, la chica más popular del instituto.

La pobre mujer nunca volvió a tratar de ligar con él tras la bronca que se llevó al día siguiente.

–No le hagas ni caso –gruñó de nuevo Koen, fulminando con la mirada a Theo, quien parecía estar pasando el mejor tiempo de toda su vida–. Este idiota miente más que habla. Seguro que estabas tan pedo ese día que me confundiste con otro.

Theo lanzó una gran carcajada antes de girarse a otro chico que estaba por allí próximo, hablando con un par de personas en círculo.

–¡Easton! Cuéntale a este burro de Koen, y a su preciosa compañía de la noche, la forma en que Sussie a día de hoy sigue evitando tener cosas de cristal cerca en fiestas.

El recién nombrado se giró y, sonriendo igual que todos los conocidos de Koen habían hecho al verlo, abrió el círculo para unirse a su conversación.

–¡Mierda, si Koen destroza fiestas de verdad ha venido!

–exclamó, acabando con gran parte de la defensa de Koen, quien parecía estar deseando poder tirarse a la piscina y nunca salir de debajo del agua–.

Claro que sí. Por lo que sé, Sussie no solo odia las cosas de cristal, hasta se fue por el camino del lesbianismo después de la salvajada de Koen, su súper crush durante dos años.

Aunque, oye, se la ve muy feliz con Crystal. ¿O no, Crystal?