Bajo el mismo techo Capítulo dieciocho #2
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Capítulo dieciocho #2

–Creo que es hora de que os larguéis de nuestra casa –siseó una voz llena de fría amenaza a sus espaldas–.

No pienso permitir que sigáis haciendo nada de esto a Rebeka.

Habéis destrozado a vuestra hija toda su maldita vida, la habéis ninguneado como una muñeca.

Habéis hecho chantaje emocional tras chantaje emocional, sin siquiera avergonzaros o parpadear.

Sois unos padres terribles, pero lo que más debería daros vergüenza es lo inhumanos que sois como personas.

Los únicos fallos en este salón sois vosotros.

¿Koen Ashburn acababa de enfrentarse a sus padres para salir en su defensa? ¿Sin usar palabras sarcásticas que acabase en Rebeka metida en más problemas? El sueño de verdad la hacía alucinar.

La mano libre de Koen se alzó para acunar su nuca con una dulzura que casi hizo llorar a Rebeka. ¿Cuándo había sido la última vez que alguien había tenido un gesto de semejante calibre con ella?

–Una vez más, te atreves a interferir en mi familia –escupió con veneno Jackson, mirando a Koen acoger sobre su cuerpo a su hija con recelo–. Creí dejarte en claro que…

– No voy a repetirme una vez más. Quiero que se larguen de esta casa. Ahora. No es una opción, es una orden.

Jackson y Sadie, que nunca habían tenido a alguien que se confrontase a ellos con tal rabia, se sobresaltaron. Notando el cansado estado de Rebeka, y que solo lograban quedar peor ante ojos de un inexistente público, bufaron una vez más antes de irse a regañadientes.

Koen no se molestó en preguntarle a la rubia si se encontraba bien tras que la puerta se cerrase.

Tampoco intentó regañarla por haber jugado con su salud incluso tras haber prometido todo lo contrario.

Con simpleza, como si Rebeka pesara tan livianamente como una pluma, la alzó entre sus brazos y andó hacia su habitación.

Abrió con delicadeza la puerta del cuarto de Rebeka, y la mantuvo acunada contra su pecho mientras la acostaba sobre su colchón.

–Descansa –susurró, el tono autoritario presente pero sin la dureza anterior.

Ahora estaba teñido de pura preocupación–.

Prepararé algo para que comas cuando despiertes.

Si te sientes mal, en cualquier momento, llámame.

Vendré en un parpadeo. –Con un último vistazo sobre la chica, Koen suspiró antes de dejarla a solas en su habitación.

Rebeka, al fin, pudo descansar.

Era consciente de que todo lo que había pasado ya había sobrepasado los límites cabales de cordura. Rebeka ya no debía permitir que sus padres siguieran en su vida. No así. Solo eran veneno para ella.

A pesar de ello, acabó una vez más siendo perseguida por los fantasmas de Jackson y Sadie.

Había aprobado. Había logrado conseguir los títulos por los que siempre había luchado. Era libre. Pero su mente no lo podía aceptar.

Por ello, aunque Koen luchó con ella por hacer que se detuviera, Rebeka entró en un ciclo depresivo de culpa en el que no paraba de recordar los reproches de sus padres.

¿Y si tenían razón? ¿Y si les había humillado en su intento de ser libre al fin de sus emociones silenciadas?

Adrian se presentaba en el piso para tratar de ayudar, Demi y Carla no paraban de traer cosas pequeñas pero significativas en un intento de hacer reír a Rebeka. Pero nadie lograba sacarla de aquel vicio que acababa de abrazar.

Llevaba años viviendo de la culpa, ¿cómo debía ahora salir de ello cuando había ocurrido la gran discusión? Su familia tenía una cesura irreparable, y una pequeña parte de sí misma, incoherente pero dañina como ninguna otra, la señalaba como la culpable de todo.

Un día, muy a regañadientes, Koen tuvo que salir del piso para irse a trabajar. Iba a ser la inauguración del evento que tanto tiempo le había tomado preparar y sus clientes deseaban que pasase al menos unas horas allí presente.

A la noche pudo volver a casa, con el corazón en un puño.

–¿Rebeka? –llamó en voz alta, yendo directamente camino al pasillo para buscar a la chica–.

Ya he llegado a casa. Y me he pasado por el súper ese tan raro al final de la calle.

He comprado algo que parecen ser burritos de queso y bacon.

Bastante poco mexicano y muy americano, he de confesar, pero ya sabes cómo funciona la colonización.

El silencio fue su única respuesta.

Koen se sintió mucho más inquieto.

–¿Beka? –Sus ojos se fijaron en un cuerpo en el suelo en medio del pasillo, la puerta de la habitación de Rebeka abierta–. ¡Joder! ¡Rebeka!

Lanzó la bolsa de plástico a un lado, se agachó con fuerza al suelo, seguro de que terminaría con moratones en las rodillas pero sin importarle, y acurrucó a una inconsciente Rebeka entre sus brazos.

La apretujó contra su pecho, tomó con pánico su pulso, sus constantes, y no se calmó hasta que la escuchó respirar.

–Mierda, ¿por qué siempre eres tan cabezota?

–regañó con los ojos comenzando a nublarse.

Iba a llorar. Porque la chica en sus brazos estaba destrozada de forma injusta.

Porque había llegado a extremos a los que nadie debía alcanzar–.

No te preocupes –aseguró con sus labios presionados contra su cabeza, el pelo de la chica haciéndole cosquillas bajo la nariz–. No estás sola, Beks. Aquí me tienes.

El resto de la noche pasó ante sus ojos como una película.

Llamó a una ambulancia, los paramédicos tomaron las mismas constantes a Rebeka, Koen tuvo que explicarles la situación al completo de lo sucedido y, cuando vio a Rebeka siendo descansada en una camilla con ruedines, Koen pidió desesperado ir con ella, acompañarla en todo momento.

Los paramédicos, notando su estado de ánimo, aceptaron e hicieron ejercicios junto a Koen para regular su respiración mientras trataban a Rebeka como podían de camino al hospital.

Koen avisó de lo sucedido a Adrian y amigas de Rebeka mientras andaba de un lado a otro frente a la puerta donde estaban tratando a la rubia.

Cuando salió el médico, le explicó la situación por encima: una situación de estrés y ansiedad constante habían llevado a Rebeka al límite, añadiendo que habían problemas de descanso y alimenticios en su sistema, su delgadez pronta había debilitado su cuerpo.

Koen tuvo que tragar un nudo en su garganta para aguantar las lágrimas.

Rebeka le necesitaba. Sería el fuerte de los dos.

El resto de la noche, mañana y tarde del día siguiente, Koen lo pasó en la habitación asignada a Rebeka.

Acogió su mano con la suya propia, la aferró, como si fuera a escaparse de entre sus dedos si no lo hacía, y al final, acabó durmiendo a un lado del cuerpo de Rebeka, sentado a su izquierda sobre una butaca de madera incómoda y sin respaldo.

Rebeka no despertó hasta el atardecer.

Estaba confundida. Le pesaban la cabeza y los párpados. Tenía la garganta más seca de lo que nunca antes la había tenido, hasta llegar a un punto de sequedad inexplorado. Notaba en su brazo algo inyectado.

Cuando se hizo a la habitación y supuso que trataba de un hospital, se sorprendió ante la calidez que notaba en su mano.

Movió la cabeza a un lado, encontrando la tierna imagen de un Koen adormilado a su lado.

La cabeza estaba recostada sobre la cama del hospital, sus brazos como almohada casi a la altura del pecho de Rebeka.

Llevaba las mismas ropas que el día anterior cuando se fue a trabajar: un simple chándal grisáceo y una camiseta interior negra.

Debía de haber pasado todo el tiempo a su lado.

Con una pequeña sonrisa, Rebeka movió con cuidado una de sus manos, buscando no quitarse las intravenosas que alimentaban y ayudaban a su cuerpo a recuperarse.

Comenzó a acariciar los mechones rebeldes de Koen antes de pensarlo.

Apartó de su frente y sus ojos algunos, se entretuvo notando la suavidad bajo su piel.

Hasta aquí , pensó mientras usaba su mano libre para buscar sus enseres personales, su teléfono, y meterse en el chat de su madre.

Rebeka:

Hasta aquí hemos llegado,

todo se acaba de una vez ✔ ✔

Rebeka bloqueó a sus padres antes de que le llegase una de sus respuestas mordaces, apagó su teléfono y giró la cabeza para mirar de nuevo al soñoliento Koen. Una dulce sonrisa se formó en sus labios, recorriendo sus facciones con suavidad, a la par que dejaba a sus dedos recorrer su rostro.

El círculo dañino se cortaba de una maldita vez.