Bajo el mismo techo Capítulo dieciocho
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Capítulo dieciocho

Capítulo dieciocho

El de un ingreso

A pesar de lo hablado, y de que Koen estaba haciendo lo mejor posible en su trabajo como cuidador de Rebeka, la chica seguía en sus trece.

Por mucho que tuviera ahora a una persona encima suya, tal como hacía su hermano antiguamente, los viejos hábitos son difíciles de eliminar.

De ahí que dijeran «los malos hábitos nunca mueren».

Para empeorar la situación, Rebeka, en vez de aprender que sus padres no iban a mandarle mensajes únicamente de apoyo, sino todo lo contrario, cogió una tarde su teléfono para ponerse a leer los mensajes enviados. La mayoría eran mandados por su madre, en nombre de los dos:

Sadie Noster:

¿Cómo te está yendo hasta ahora? ✔ ✔

Rebeka, tu padre y yo tenemos

grandes expectativas. ✔ ✔

Vamos a suponer que no nos

respondes por estar estudiando. ✔ ✔

Más te vale aprobar tu TFM,

o las prácticas en la empresa de tu

padre estarán perdidas. ✔ ✔

Eres nuestra hija, por lo que sabemos,

y creemos, que no nos avergonzarás. ✔✔

Y así seguían continuando hasta llegar a aquella misma mañana, recordándole el peso sobre sus hombros. Haciendo que no olvide que el futuro de su vida, de su familia y su empresa estaban todos en la palma de su mano.

Si Rebeka fallaba ahora, ¿qué sentido habría tenido todo el sacrificio? ¿De qué habrían servido las horas inagotables de estudio? De nada. Porque se volvería un fracaso. Sería exactamente lo que sus padres siempre habían temido. La cara de la misma moneda que Adrian: una decepción.

No podía ser una decepción.

Con lentitud, Rebeka inspiró. Al notar sus pulmones llenos de aire, lo retuvo unos segundos hasta expulsarlo. Realizó el mismo proceso unas pocas veces más antes de asentir, decidida.

Las horas en las que Koen no estaba en casa, Rebeka aprovechaba para encerrarse y ponerse con el TFM sin descanso alguno.

A veces, pedía a Koen dejarle la comida o la cena fuera de su dormitorio pues fingía que iba a estar durmiendo y descansando, comiendo a lo largo del día el plato que le había traído en pequeñas porciones en vez de tomárselo de una sola vez.

Así pasó una semana al completo hasta que el día de su defensa se acercó.

Ya había entregado oficialmente la versión final de su trabajo, revisado más de veinte veces su PowerPoint convulsivamente, comprobado que no habría ningún problema en medio de su defensa con las diapositivas ni perdiendo el PowerPoint (tenía tanto la copia en Google, como diferentes pendrive listos).

Su defensa debería de constar de 40 minutos entre la defensa de su propuesta, la explicación de la teoría empleada, el trabajo de campo que había decidido aportar con resultados de encuestas anónimas, al igual que la parte de preguntas del tribunal para demostrar que no solo conocía lo preparado, sino que estaba segura de su campo de estudio.

Al tratarse de un acto público, sus amigos habían acudido a apoyarla. Koen había ido para apoyarla. Por desgracia, sus padres también tomaron la mañana libre para estar presentes.

Sabía lo que su tema elegido iba a causar en ellos, pero no iba a echarse hacia atrás.

Creía que era más allá de lo profesional, un tema personal para sí misma.

No era un estudio específico de contabilidad, ni tampoco había tratado de comparar las leyes de comercio durante específicos años hasta la época moderna, o realizar nuevas propuestas de arrendar una empresa.

Rebeka quiso ser diferente, presentar un trabajo único y personal.

Sus padres dejaron en claro su molestia cuando se presentaron en su piso, tras haber sido felicitada con un sobresaliente alto en su TFM y vuelto a casa junto a Koen toda sonrisas y felicidad más allá del agotamiento, para exigirle explicaciones sobre el tema que había tratado con tal maestría.

–¿Acaso has buscado humillarnos delante de todo el mundo presente?

–se encontraba inquiriendo con ira Jackson.

Su mujer, a un lado suyo y con su perfecta coleta alterada, asentía como apoyo silencioso–.

¿Te das cuenta de cómo nos has dejado ante un grupo de desconocidos y posibles socios a futuro?

¡Eres una ingrata, Rebeka! ¡Una descerebrada!

Su TFM había sido titulado de una forma muy clara como un mazazo directo para sus padres: «El impacto del liderazgo familiar en la toma de decisiones profesionales de los jóvenes adultos» .

Su trabajo consistía en analizar cómo los estilos de liderazgo familiar influyen en la toma de decisiones profesionales de los jóvenes adultos, especialmente en contextos de alta exigencia y expectativas elevadas.

Habló de varios conceptos trascendentales en el tema como la diferencia entre el liderazgo autoritario contra el liderazgo de apoyo, las expectativas familiares internalizadas, que el éxito externo iba muy en contra del bienestar interno en estas situaciones y el burnout académico y profesional en estos jóvenes.

–No era nada personal –se defendió. Aunque mentía.

Su TFM fue una forma para poder soltar el lastre que arrastraba consigo misma–.

Solo he aportado hechos científicos y psicológicos a un tema de estudio que puede resultar de interés.

En la literatura se demuestra que cuando el liderazgo familiar se basa en el control y la exigencia constante, los jóvenes terminan desarrollando una identidad profesional orientada al cumplimiento, no a la vocación.

Su madre soltó un bufido.

–Paparruchas. –En un par de zancadas, la madre de Rebeka miraba a su hija con frío desdén.

Una mirada que era muy poco de una progenitora, y más de un torturador sin escrúpulos–.

Solo buscas justificaciones para no aceptar que has buscado humillarnos.

¡Si hasta has hecho encuestas de este tema a hijos e hijas de otros empresarios, Rebeka!

Era cierto, había buscado a personas en su máster, antiguos contactos de la carrera, que tenían perfiles con padres exitosos, controladores o perfeccionistas al igual que ella, y les había asegurado que nada de su información personal saldría a la luz.

–Eso es porque conocía casos perfectos para mi estudio, pero no he sacado a la luz los nombres.

No hay ningún perjudicado en esto –replicó–.

Los participantes mostraban altos niveles de logro académico, pero baja satisfacción personal y una fuerte desconexión personal con sus propios deseos.

–Tragó saliva al comunicar aquellos datos de la forma más lejana a su realidad posible.

Porque escocía, que incluso con un baño de realidad sus padres siguieran culpando a otros de sus errores.

Pero sabía qué era lo que más les escocía entre todo lo que criticaban. Eran los resultados de su trabajo, donde se veían reflejados en un espejo roto, sucio, y la discusión final que abrió a debate para las preguntas del tribunal.

Habló de la dificultad de estos jóvenes para poner límites, la autoexigencia extrema, el miedo al fracaso ligado al amor familiar y problemas de salud que no solo le eran familiares, sino alarmantes: ansiedad, desmayos o agotamiento crónico.

Añadió unas palabras que embelesaron al tribunal y a todos los presentes menos aquellos, tal y como el matrimonio Noster, que se vieron reflejados con vergüenza en su perfil: «Muchos participantes no fracasan por falta de capacidad, sino por haber aprendido que descansar equivale a decepcionar», había dicho.

«El liderazgo familiar debería guiar, no dirigir; acompañar, no imponer.

Cuando el éxito se convierte en una condición para el afecto, el joven adulto aprende a sobrevivir, no a vivir.

El éxito profesional solo es posible cuando el individuo puede definirlo por sí mismo, sin miedo a perder el reconocimiento de su entorno más cercano».

El tribunal había aplaudido, sus padres se habían puesto rojos hasta las orejas. Les dolía porque no podían decir que no había hecho un buen trabajo.

Mucho menos aún podían afirmar que mentía.

Rebeka había salido de su cárcel aún y cuando seguía estando atada con grilletes.

Había empleado las armas que le habían dado –sus estudios, el rigor y el éxito– contra ellos mismos.

Le habían dado la máxima nota entre los demás alumnos, cosa que ellos siempre habían deseado, y su pelea no había sido privada, sino pública y brillante.

Rebeka había ganado una partida de ajedrez a la que no habían accedido unirse.

Ello no era sinónimo de que dos personas sin remedio fueran a despertar.

Claro, había una pequeña parte de Rebeka con la mínima esperanza de que nada de esto sucediera, pero otra parte, la realista y pesimista, estaba preparada para acabar una vez más decepcionada.

–Eres una vergüenza –escupió finalmente Jackson, atrayendo a su esposa en un supuesto abrazo protector. Porque para ellos Rebeka, su hija, no era la víctima, sino ellos–. Te hemos dado todo, Rebeka. Todo. ¿Y así es como nos lo pagas?

Rebeka, como respuesta, se quedó callada. Porque era una pérdida de tiempo. Porque comenzaba a notar su falta de cuidado estos últimos días calar en ella. La adrenalina se había mudado, abriendo paso a las consecuencias.

Había luchado su defensa a lo largo del cansancio. No había permitido a sus ojos cerrarse, ni a sus rodillas perder la poca fuerza que les quedaba. Había ido contra la sensación de vértigo y las ganas de salir corriendo para romperse a llorar ante un nuevo ataque de nervios.

Pero no podía aguantar más chillidos e insultos.

Cuando notó su cuerpo dejar de responder ante ella, cayó sobre un fornido y ancho pecho. Un cálido brazo rodeó con firmeza su cintura. Una firme mano escondió su costado bajo sus dedos.