Bajo el mismo techo Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

Capítulo diecisiete

Si tú no te cuidas, yo lo haré por ti

L a fecha final estaba pronta.

Le habían mandado un correo, al igual que al resto de sus compañeros, desde la coordinación del máster. Avisaban de que las fechas de entrega del trabajo final debían de realizarse a lo largo de la semana que viene, con los borradores ya presentados a sus correspondientes tutores.

Rebeka no sabía qué le dolía más, si la cabeza o las constantes vibraciones de mensajes de sus padres exigiendo conocer, por lo menos, el título de su TFM.

Le iba bastante bien, no podía engañar a nadie. Su tutor estaba orgulloso del trabajo y esfuerzo de Rebeka. Llevaba más de la mitad de su trabajo ya desarrollado y planteado. Su PowerPoint parecía cobrar vida bajo la elegancia de su tema y colores elegidos para la defensa ante el tribunal.

Rebeka podía sentirse orgullosa. Había logrado mucho por sí misma, sudando, llorando y abandonándose (de una forma de la que quizá no debía estar tan orgullosa por su parte) por sus metas y sueños.

Pero el gusanillo de la duda siempre se encontraba presente en su mente.

Era un constante runrún que acababa consigo misma.

Que carcomía cualquier pensamiento racional que pudiera existir en ella.

Disfrutaba de sus inseguridades, le hacía valorarse de menos y cuestionarse a sí misma si era merecedora de todo lo que obtenía.

Así que, ¿su mejor opción? Encerrarse durante horas, días, en su habitación. Sin descanso alguno.

Koen podía escuchar de la noche a la mañana las teclas del portátil de Rebeka ser presionadas con rigor.

Podía notar que la comida de Rebeka no había sido tocada desde que le había llegado aquel correo.

Que, por la razón que fuera, prefería pedirse unos días de asuntos personales en la cafetería, aún y cuando todo en su vida parecía estar por ahora resuelto.

A siquiera permitir que la luz solar proporcionara el calcio que su cuerpo requería.

Así que decidió preguntar a la persona que mejor la conocía. Al hombre que había logrado con sus palabras hacer que la cabezota y temerosa Rebeka Noster se disculpara con él.

Adrian le respondió con rapidez. Al parecer, se encontraba igual de preocupado por el estado mental y físico de su hermana.

Por lo que le explicaba, esta no sería la primera vez en la que Rebeka dejaría de cuidarse como un ser humano cualquiera haría por tal de dedicarse de lleno a sus estudios.

Se volcaba de forma extrema.

Era bastante alarmante.

Le contó la primera anécdota en tiempos de instituto donde Rebeka cogió tan mala costumbre.

Tendría unos catorce años. Pocos para haber comenzado tan temprano con ansiedad y estrés.

La presión de sus padres había comenzado a aumentar sobre sus hombros al ver que Adrian, de diecisiete años, pronto a su graduación, no iba a elegir desde aquellas edades los rigurosos caminos que sus padres habían construido para sus hijos.

Adrian les dejó saber que había decidido entrar en la universidad, sí.

Pero no para dirigir la empresa de su familia.

Ni muerto deseaba acabar como ellos dos, siendo los mejores ejemplos de una vida gris.

De decisiones que le harían arrepentirse en el lecho de su muerte no haber escogido la felicidad propia.

Así que las expectativas, de la noche a la mañana, habían caído sobre los hombros de una muy joven Rebeka.

Sus notas pasaron de ser felicitadas a medias por sus padres, a no ser lo suficientemente buenas.

Sus proyectos de futuro terminaron siendo «basura, propaganda que vendían para fingir que el mundo está hecho para todos».

Sus sueños eran nada comparado con la vida que sus padres podían otorgarle.

Un futuro estable. Un trabajo estable. Una posición estable.

Todo perfecto.

Impoluto.

Así que en la fecha de exámenes finales de su curso, Rebeka comenzó a dejar de comer.

Se hidrataba con agua como mucho, muy de vez en cuando.

Pasaba la mayor parte de las noches en vela.

Tenía un aspecto cadavérico el día antes de su primer examen: ojeras pronunciadas, mejillas consumidas, ropa que le comenzaba a quedar sospechosamente holgada, manos temblorosas y pasos arrastrados.

Se había estado duchando bajo las recriminaciones de su madre, pero poco más.

Terminaron llamando de urgencia a sus padres, sus tutores legales, a mitad del examen.

Rebeka se había desmayado cuando estaba respondiendo una de las preguntas.

Adrian fue el primero en abandonar su aula para correr en búsqueda de su hermana. Bien podían mandar a tomar viento a sus exámenes, su graduación y su futuro. Si su hermana no sobrevivía aquello, él mismo se encargaría de hacer la vida de sus padres un infierno.

Pasó ingresada dos semanas hasta que logró recuperar el color en la piel.

Para sus padres, aquello no fue un aviso de advertencia. Ello fue un símbolo de debilidad para emplear a su favor.

La manipulación, las inseguridades, la exigencia, todo fue implantado en el pecho de Rebeka. En cada poro de su ser. Su existencia culminó en algo inservible, de dudosa importancia.

Por ello Adrian, que ahora tenía a un aliado más que estuviera cerca de su hermana las veinticuatro horas del día para poder cuidar de ella, le pidió si podía hacerse cargo de su hermana

Trataba de una tarea sencilla: recordarle beber y comer, hacer que se acueste cuando parezca que sus defensas han bajado, cada ciertos minutos hablarle de algo de su interés para que, de forma inconsciente, tomase pequeñas dosis de descanso.

Koen aceptó encantado el cargo. Quería proteger a Rebeka. Ya lo había demostrado muchas veces. Y esta vez no sería menos.

Cuando salió al día siguiente de la cocina y vio a Rebeka en el sofá, piernas cruzadas, rostro serio y concentrado, mirada perdida en su portátil; sintió una punzada de dolor.

Su pelo rubio tan largo y precioso se encontraba aprisionado en un moño más bien mal hecho.

Su cuerpo estaba tapado únicamente por una camiseta oversized de color azul, dejando a la vista su complexión últimamente más delgada de lo usual.

Aunque no eran muy notables, comenzaban a formarse aquellas ojeras que Adrian le había descrito.

Tenía que buscar alguna forma de hacer que sus manos se despegasen del portátil. Ya.

–¿Qué tanto estás mirando? –preguntó buscando sacarle las cosquillas, dejando caer su cuerpo justo al lado del de la chica en el sofá.

Despreocupado. Como si no estuviera chillando internamente de rabia por el daño que el matrimonio Noster había causado–.

¿Te ha mandado Demi de nuevo un hilo de threads de animales comiendo y haciendo cosas graciosas?

Rebeka no le respondió. Gusto por los animales adorables, tachado. Probó otra vez:

–He escuchado que van a estrenar el mes que viene en cines la película de ese libro que tanto te gusta. Podríamos ir juntos a verla. ¿Quieres buscar el tráiler y lo vemos juntos? Así puedes criticar a gusto la elección del casting.

Aún silencio. Bien. Iba a ser complicado. No podía esperar menos. No de ella.

–Estaba pensando en la cena. –Aquella era su mejor baza.

Si aquello no funcionaba, ¿qué narices podía elegir?

–. No tengo muchas ganas de cocinar nada, y no creo que tú sí las tengas.

¿Qué te parece si pedimos a domicilio en ese restaurante asiático del que me has hablado alguna vez?

Tú eliges. Los platos que te den la gana pedir.

Pues no. No funcionaba.

Koen bufó, contrariado. Normalmente, le divertiría el hecho de que Rebeka le ignorase.

Porque, aunque estaban mejor entre los dos y no habían vuelto a discutir tras lo de Jonas, a Rebeka aún le gustaba aquel tira-y-afloja que los dos mantenían –y para qué mentir, a él también–. Así que no le quedaba de otra.

Debía tomar cartas en el asunto.

Antes de que Rebeka pudiera decir nada, Koen le arrebató el portátil. Dejado a un lado, seguro de no romperse, los fornidos brazos de Koen alzaron a Rebeka en el aire. Un brazo por sus piernas, el otro en su espalda, y cuando la chica pudo parpadear, se encontraba sobre el hombro de Koen.

Como un maldito saco de patatas.

–¿¡Pero qué-!? –chilló, jadeante–. ¡Mi madre! ¡Koen! ¿Qué narices estás haciendo? ¡Bájame!

–Mmmm… Déjame que lo piense. No. –Sonrió, guasón.

Comenzaba a gustarle las pataletas de Rebeka.

Era hasta tierna la forma en que sus dulces puños chocaban contra sus omoplatos exigiendo ser liberada–.

Si quieres que te baje, tienes que dejar el TFM por un rato aparte.

¿Me oyes? Ahora vamos a funcionar en base a tratos. Ya sabes, de esos que te gustan tanto.

Rebeka bufó. En realidad, estaba agotada. Exhausta. Había dejado realmente de notar las puntas de sus dedos al llegar a la página cuarenta. En el fondo, estaba agradecida de la detención por parte de Koen. Si lo admitía, hasta encontraba el estar siendo cargada por él, tocada, hasta agradable.

–Está bien –farfulló–. Me rindo. Así que bájame, ¿sí? Por favor. Prometo portarme bien, descansar y todo lo que has dicho antes. No te estaba escuchando.

–Decía que hoy vas a pedir lo que tú quieras de ese restaurante asiático que te gusta para la cena.

–Con delicadeza, Koen volvió a descansar los pies de la chica sobre el suelo, orgulloso de su victoria.

Palmeó su cabeza como si de un cachorro se tratase, su sonrisa solamente aumentando bajo el gruñido de Rebeka.

Mientras esta cruzaba los brazos bajo su pecho, fruncía ese precioso ceño por y para el que Koen vivía, y miraba al frente como si el mundo entero fuera su mayor ofensa; el chico comenzó a carcajearse.

Su Rebeka era tan jodidamente insufrible y maravillosa.

La adoraba.

Arropó el menudo (demasiado, iba a cerciorarse de que no dejase ni un solo fideo en sus cacharros) cuerpo entre sus brazos, mirándola con diversión. Ella, muy a su pesar, aún haciendo un gran puchero, se dejó abrazar.

Porque, a decir verdad, le encantaba ser abrazada de aquella manera por el Ashburn.

Quizá un poquito demasiado.

Aunque aún no iba a confesarlo.