Capítulo dieciséis
Capítulo dieciséis
Reconciliación
A drian esperaba a su hermana con los brazos cruzados sobre su pecho, el ceño tan fruncido que casi parecía irreal y muy incómodo en un rostro tan despreocupado como el suyo, y moviendo la pierna incesantemente.
Rebeka, cuando entró en la casa de su hermano, cogió asiento silenciosamente.
En gran parte, esta situación le recordaba a las veces en su adolescencia en que su hermano, al ver a Rebeka llegar a situaciones extremas de abandono por los estudios, la hacía sentarse con él para soltarle una charla paternalista que la hacía sentir entre avergonzada y querida.
–¿Se puede saber por qué no paras de cagarla con Koen? –fue lo único que soltó Adrian tras cinco estresantes minutos de absoluto silencio.
–Yo no…
–Rebeka –cortó Adrian, advirtiendo que las excusas no valdrían en esta ocasión.
Ella se removió en el sofá, incómoda.
–No sé porqué –admitió finalmente en un hilo de voz–. Es simplemente… No lo entiendo. Nunca me había pasado.
–¿Sabes que golpeó a ese cabrón porque estaba hablando fatal de ti?
Rebeka alzó la cabeza de sopetón.
–¿Cómo?
–No lo sabes. –Adrian suspiró, exhausto.
Pasando una mano por su rostro, que parecía haber envejecido diez años a cada discusión estúpida entre aquel par que llegaba a sus oídos, comenzó a explicar todo a Rebeka.
Desde el momento en que Koen escuchó a Jonas hablar de ella como una mera ramera, hasta el momento en que se reía con un amigo explicando cómo iba a lograr llevarla a la cama con facilidad.
Rebeka quiso vomitar.
Si de asco, de odio o de arrepentimiento, tenía una gran gama entre las que elegir.
–¿Cómo alguien puede…? –Se calló. Porque no era la primera vez que alguien hablaba de Rebeka de aquella forma.
Joder, no era ni la primera ocasión en la que había escuchado a chicos de su edad burlarse de otras chicas como si fueran meros objetos con los que divertirse un rato antes de desecharlos–. Mierda.
–Sí –asintió Adrian, leyendo a la perfección el torrente de pensamientos de su hermana–.
Debes de parar ya, Rebeka. Dejar de pensar mal de Koen.
De cada cosa que hace. Entiendo que quieras protegerte y todas esas cosas, pero no ha hecho nada hasta la fecha que no sea por tu bien.
¿No crees que se merece, finalmente, esa maldita oportunidad que hasta ahora no le has concedido?
Rebeka asintió, apesadumbrada.
–Voy a hablar con él. Lo siento mucho, Adrian.
–No es a mí a quien tienes que pedirle perdón.
–A ti también –negó–. Koen es tu mejor amigo. Y aún sabiéndolo, no he dejado de… ponerte en una situación comprometida. De verdad que lo lamento.
Adrian sonrió. Porque Rebeka era su preciada hermanita pequeña. Una boba que solo cometía errores pero sabía aceptarlos a diferencia de muchas otras personas.
–Anda. –Estiró una mano para tirar de su hermana a su pecho–.
Ven aquí, tonta. –Estuvieron abrazándose por unos minutos, antes de que se sonrieran y Rebeka, más decidida de lo que había estado nunca antes en aquellos tres años, prendió marcha de vuelta al piso para enfrentarse de una vez por todas a Koen y disculparse.
El chico se encontraba con la mirada perdida en el techo, sentado frente a la mesa del comedor con una taza de café que tenía todas las pintas de estar enfriada.
Rebeka jugueteó con su top, más tarde con su larga falda blanca.
–Koen. –El nombre del chico rebotó en el salón ante el inquietante silencio. Este giró con lentitud la cabeza hacia ella–. Yo… Quiero disculparme contigo apropiadamente. Sé por qué te peleaste con Jonas. Debí haber creído en ti antes que en ese malnacido. Lo siento mucho.
Koen entreabrió los labios para responder, pero Rebeka no se lo permitió:
–También siento haber sido tan prejuiciosa contigo todo este tiempo.
He sido muy injusta contigo. Es verdad que al principio no me caías para nada bien, pero…
Luego solo me has tratado bien. He terminado haciendo contigo lo que tanto odio.
Quiero… Si puedes perdonarme, me haría muy feliz que nos llevásemos bien.
Rebeka se sentó en una silla junto a la de Koen. Cerró con fuerza sus manos, arrugando la tela de su falda bajo sus dedos. Giró la cabeza antes de que Koen pudiera siquiera sopesar las disculpas de la chica y, cerrando los ojos con fuerza, se inclinó al frente.
Posó sus labios con fuerza en la mejilla de Koen, en un silencioso beso de disculpa y reconciliación.
–Eso era todo. –Con torpeza, se levantó de la silla y salió corriendo a esconderse en su habitación.
Koen se quedó pasmado en su sitio. Ojos abiertos como platos. El corazón palpitándole con fuerza dolorosa contra el pecho. Sus mejillas sonrojándose bajo el calor en estas.
Rebeka…
Rebeka acababa de besarle la mejilla.
Con la sensación de sus suaves labios picando en su mejilla, Koen acarició con sus dedos la zona del beso. Sonrió.
Estaba bien jodido.
Rebeka suspiró, lanzando una mirada cómplice a Demi. Esta le hizo una mueca de puro horror y disgusto al recoger las tazas de unos clientes que acababan de irse, haciendo reír a Rebeka.
–Hey, Rebeka. –La chica no dudó en poner los ojos en blanco cuando la voz de Jonas sonó a sus espaldas–. Te estuve mandando mensajes ayer por la noche… ¿No has podido responderme?
El chico, tras todo lo que había causado, había creído que lo mejor que podía hacer era pedirle una segunda cita por mensaje. Aunque, a su favor, Jonas aún pensaba que mantenía a Rebeka engañada.
–No es que no haya podido –respondió con una sonrisa envenenada–. Es que no me ha dado la gana hacerlo.
–¿Perdona?
–¿No lo has entendido? –preguntó ella con fingida sorpresa–.
Quería decir que me produces arcadas. No quiero volver a verte fuera de lo necesario.
No te he respondido porque odio a los capullos que usan a las mujeres a su gusto.
¿Creías que era tan idiota? Mmm, ¿cómo se diría en México? Ah, sí. Vete a la chingada.
Pareció herir el orgullo de Jonas, pues este dejó a un lado su máscara de chico bueno para bufar.
–¿Es por ese palurdo? ¿Ya te ha comido la cabeza tu noviecito? Sois patéticos. Ese tío nunca podrá hacerte feliz, no te llega ni a los talones.
–Que te quede clara una cosita –defendió con fiereza–, Koen está milenios por delante tuya.
Es lo mejor que una chica puede desear. Me ha hecho feliz durante tres años, a diferencia tuya.
He querido besarle, no como a ti. Cuando me toca, me electrifica y quiero más.
Pero, ¿tú? Tú solo me haces sentir incómoda.
Eres repulsivo. Estuve ciega al pensar que eras mejor opción que Koen, cuando está claro quién es el hombre y quién el niño entre los dos.
Jonas se marchó blasfemando su nombre en su idioma por lo bajo, pero a Rebeka no le importó. Ni ninguno de los pocos insultos que pudo hacer que le estaba dedicando, a ella y a toda su familia.
Demi posó una mano sobre su hombro mientras le hacía una mueca de burla a la espalda de Jonas.
–Estoy orgullosa de ti –alabó–. Mi Rebeka por fin ha madurado y sacado las garras
Rebeka, orgullosa, le devolvió la sonrisa.