Capítulo quince
Capítulo quince
Palabras escuchadas a escondidas
K oen supo que Rebeka volvió sola, en metro, aunque hubiera fingido haber estado encerrado en su habitación, durmiendo.
Supo que no fue una cita que hizo feliz a Rebeka al escuchar el sonido de sus pies arrastrados o el de sus suspiros prolongados.
Supo que ambos eran un par de idiotas sin remedio cuando oyó, a la mañana siguiente, la puerta de la casa cerrarse con dudas, Rebeka marchándose a trabajar sin haber podido hablar con él.
Así que, decidido, salió de casa cuando supo que el descanso de la chica era cercano para poder hablar con ella. Iba a aclararlo todo de una vez, por el bien de ambos. Por mucho pavor que le produjese, debía hacerlo.
Lo que no entraba en sus planes era encontrarse al tal Jonas apoyado contra la pared de la cafetería afuera, fumando y hablando por teléfono, sonriendo con suficiencia mientras parecía estar charlando sobre alguna chica con la que había salido hacía poco con un comadre suyo.
Con el ceño fruncido, Koen se escondió en el callejón entre edificios, pegando la oreja para escuchar con claridad la conversación.
– No manches, güey. –Se encontraba diciendo Jonas, expirando el humo–.
La güera esta del curro es una simplona.
Estoy seguro que en la siguiente cita será la definitiva.
Esta noche cena Pancho, compadre. –El chico comenzó a carcajearse.
De si sus palabras o las de la persona al otro lado de la línea, Koen no lo tenía claro–.
Ya te lo digo yo, güey . Me evitó el beso por nervios, pero a la próxima me la llevo a la cama. Está desesperada. Esa mamona va a caer…
No pudo acabar la frase.
En dos pasos, Koen se había situado a su lado. En un parpadeo, sus nudillos impactaron con fuerza contra el rostro de Jonas. En el momento en que el teléfono del mexicano se estampó contra la acera, Koen mantenía aprisionado entre su cuerpo y la pared, agarrado del cuello de su uniforme, a Jonas.
–Voy a decirlo en palabras tan simples que hasta un gañán de tu envergadura pueda entenderme –siseaba con un brillo peligroso en sus ojos–.
Si te vuelvo a escuchar decir el nombre de Rebeka una sola vez más, si te atreves a acercarte a ella tras esto, si siquiera piensas en tocarle un solo pelo o respirar su mismo aire; pienso arrancarte con mis propias manos los huevos que te sobran y hacer que te los tragues.
–Sacudió al chico en su agarre, notando que el otro comenzaba a temblar de impresión y pánico–.
¿Te queda claro? ¿O tengo que decírtelo con dibujos, güey ?
Jonas solamente se atrevió a asentir débilmente con la cabeza.
–Bien. –Pero cuando soltó al mexicano, cuando dio por zanjado el tema, el otro soltó una carcajada repentina.
–Te crees el héroe, ¿eh? –musitó.
Koen dejó de andar, dándose la vuelta para mirarle.
–¿Qué has dicho?
–Que te crees el héroe. El caballero de brillante armadura. Pero deja que te diga, a esa mujer no le importas nada. ¿No estaría contigo si así fuera?
–No necesito que sienta nada por mí para que la defienda de cabrones como tú –aseguró con la mandíbula apretada–.
A diferencia de carcamales como tú, para mí Rebeka merece ser respetada por el mero hecho de existir.
Te costará entender lo que es el respeto, pero te vendría bien hacer los deberes y comprar un diccionario.
Jonas gruñó, ofendido. Entonces, antes de que pudiera reaccionar, Koen tenía al otro encima suyo devolviéndole el puñetazo con otro directo en su ojo derecho.
Koen respondió pegándole una patada en la boca del estómago para apartarle de un empujón.
Con una mueca de disgusto, notando su ojos dañado comenzar a palpitar, escupió al suelo a pies de Jonas y se dio la vuelta para marcharse a casa.
Rebeka se sentía inquieta, y no comprendía la razón tras ello.
¿Sería por la discusión con Koen? ¿La forma en que su pecho se había contraído en el turno en la cafetería cuando estuvo cerca de Jonas? ¿Por la culpabilidad de haber jugado a una banda que, en realidad, nunca le interesó tener?
Cuando la puerta principal del piso se abrió y Koen hizo su aparición, al fin pudo dar razón a su inquietud.
–¡Santa Virgen! –exclamó alterada, jadeando cuando sus ojos se fueron directamente a la hinchazón en la cara de Koen–.
¿Qué te ha pasado? –Dio un par de zancadas para situarse a un lado del chico, quien la miró con sorpresa al principio antes de apartar la cara a un lado opuesto–.
Koen, ¿qué significa esto? ¡Tienes el ojo hinchado!
¿Alguien te ha pegado? ¿Han tratado de robarte?
–No es nada. ¿No deberías de estar en la cafetería?
–Hoy he salido antes. –Negó con la cabeza, su horario no tenía importancia en aquel momento. Con delicadeza, posó una mano en la mejilla de Koen para girar su cabeza y mirar la hinchazón de su ojo. Estaba rojo, como si recién hubiera ocurrido–. ¿Estás bien?
–No es nada malo, Rebeka. –No quería contarle la verdad. Porque no quería que Rebeka se volviera a sentir menos de lo que realmente era por culpa de un inútil que no sabía apreciar a una mujer–. Tranquila. Me he dado en el ojo cuando iba a visitar a tu hermano. Nada más.
–¿Quieres hielo? ¿Pomada? Cualquier cosa.
Koen suavizó su expresión ante la urgencia en su tono. Con una pequeña sonrisa, alzó su mano para envolverla con la que Rebeka mantenía en su mejilla.
–Gracias –susurró–. Algo de hielo y pomada me vendrían genial. Voy a mi habitación, ¿sí? Necesito tumbarme. Puedes entrar cuando quieras.
Dudando por un instante, Koen movió la mano de Rebeka a su boca para besar sus nudillos antes de soltarla e irse a su habitación.
Rebeka, confundida y preocupada, notó que su prioridad se volvió la piel en sus nudillos donde los labios de Koen acababan de posarse.
¿Qué le había pasado?
Al día siguiente Beka pidió a Demi el favor de que cambiasen turnos, para así poder quedarse en el piso y cuidar de Koen.
El chico estaba divertido con la situación. Dentro de lo malo, este incidente había logrado que Rebeka sacase su lado protector y dulce, y era tratado como si se hubiese roto varios huesos en vez de tener un ojo –ahora– morado.
Tras que Rebeka le preguntara cinco veces si estaba seguro de su decisión, le soplara en el ojo y aplicase un poco más de pomada para calmar la zona del moretón, Rebeka se vistió para irse a trabajar con la promesa de volver a casa lo antes posible.
Quizá Koen debía meterse en peleas más de vez en cuando , pensó.
Rebeka, sin poder dejar de pensar en Koen y su estado, pasó todo el turno de mañana con la cabeza en su apartamento, en el precioso ojo pícaro de Koen ahora cubierto por un color morado que solo le retorcía las tripas.
¿Quién narices le había hecho eso?
Sus dudas, una vez más, se resolvieron cuando estaba a punto de abandonar la cafetería y buscando una farmacia cercana abierta a la que ir a comprar más pomada.
–Rebeka. –La chica, al darse la vuelta, volvió a jadear de pura sorpresa. Jonas la miraba con pesadumbre, su mejilla tapada por una gasa, algo hinchada bajo esta–. ¿Puedo hablar contigo un momento?
–¿Qué te ha pasado?
–Tu amigo. –Aquella respuesta la confundió.
¿Qué amigo?–. No lo sabes, ¿no? El otro día vino un mamón a la cafetería.
Estaba hablando con un amigo sobre nuestra cita y que tenía ganas de pedirte otra, cuando de la nada comenzó a emputarse y me golpeó en la cara.
Era alto, con el pelo azabache y la piel tostada.
Los ojos de Rebeka se abrieron de pura sorpresa. ¿Ese que describía no era Koen?
–No puede ser. Debe de haber algún error –replicó con una carcajada–. Koen no es un chico violento. Nunca haría daño a alguien sin motivo alguno. Nunca antes le he visto en problemas de peleas, Jonas. ¿Estás seguro de haber visto bien?
–Te lo juro, Rebeka. No tengo razón para mentirte, ¿no crees? –Jonas se acercó con pena a ella–. No quería que no supieras lo que pasó. Esto me lo hizo él. Lo admito, le devolví el golpe, pero… No entiendo por qué me pegaría. Puede que estuviera celoso.
Koen.
Pegando a un chico con el que había salido por celos.
Era una idea estúpida.
Pero el golpe de Koen en la mejilla de Jonas estaba frente a sus ojos. Esa prueba era irrefutable.
–Gracias por contármelo. –Tragó saliva. Su garganta se encontraba repentinamente seca–. Hablaré con él. Siento… Siento lo de la mejilla.
–Y el estómago –añadió el chico con una mueca.
–Y-. Y el estómago. Yo…. Perdona, me tengo que ir ya a casa. –No esperó a escuchar nada por parte del chico para salir corriendo de allí.
Alejarse.
Eso era lo que necesitaba.
Cuando entró en el apartamento, la cabeza le retumbaba de todas las dudas que habían crecido en su camino hasta casa.
Cuando Koen fue a darle la bienvenida, sonriente, ella no pudo evitar sacar el tema:
–¿Es verdad que golpeaste a Jonas?
La sonrisa del chico vaciló.
–Es verdad –confesó. Nada más la chica soltó una maldición por lo bajo, Koen trató de acercarse a ella–. Pero no por lo que crees, Rebeka. Ese capullo estaba…
–¿¡Por qué narices tienes que estropearlo todo siempre!? –chilló antes de darse cuenta de sus propias palabras. Koen retrocedió un paso, dolido, como si le hubiese atestado una bofetada. Rebeka comenzó a negar con la cabeza–. No… No quería decir… Koen…
–¿Acaso ese tío te ha dicho que le he pegado porque, qué, me apetecía?
¿Porque me levanté por la mañana pensando que a quién iba a joderle la cara?
–El tono dolido de Koen caló en las defensas de Rebeka–.
¿De verdad me ves capaz de hacer daño a una persona que te quiere, Beka?
–La chica no pudo responder, pues añadió–: Porque si es así, entonces no me conoces de nada.
Incluso tras años juntos, sigues sin saber quién narices soy.
Rebeka agachó la cabeza, su mente hecha un desastre.
¿Era cierto? ¿Aún a día de hoy, tras haber admitido cientos de veces que Koen la hacía sentir libre, seguía dejándose llevar por otros antes de creer en él?
¿Tal y como Koen decía, Rebeka estaba enfrascada en aquellos rumores y prejuicios estúpidos de su época como estudiantes en la universidad?
–Koen…
–Me voy a dormir. Estoy agotado.
Y tal como empezó, la discusión se cortó una vez más con un silencio atronador.
Era realmente una idiota.