Capítulo catorce
Capítulo catorce
La primera cita
E staba realmente jodida.
Llevaba ya días pensando de tal forma, y todos los días el culpable de ellos tenía siempre el mismo nombre.
Quizá estaba poseída por un fantasma deseoso de pasión e hiciera perder la coherencia a Rebeka.
Quizá Koen en realidad no provenía de este mundo, y realmente era un ser del averno con pócimas para encandilar a sus víctimas.
Porque si no, la tercera opción era una que la chica no quería ni plantearse.
Por ello, aún siendo consciente de que debería haber aprendido de por sí de sus errores del pasado, Rebeka se permitió ser inmadura y volver a caer sobre la misma piedra.
Antes de salir de Luz de Tarde , Rebeka acogió todas su fuerza de voluntad y se encaminó a Jonas, quien estaba secándose las manos en su delantal.
«Tú puedes, Rebeka», se animó a sí misma.
–Hey, Jonas. –Llamó la atención del chico con unos toquecitos en su hombro, recordando la sensación plana en su pecho cuando se encontró con el chico pegado a su espalda.
No le sucedía como hacía unas noches atrás, cuando Koen había acariciado su brazo como si se tratara de lo más común entre los dos.
No le temblaban las rodillas, ni el corazón se derretía, sus dedos no se movían nerviosamente con la necesidad de acariciarlo.
–Rebeka. –La sonrisa alegre que le dedicó el mexicano volvió a asentar aquella carga de culpabilidad en el pecho de Rebeka–. ¿Qué necesitás ?
–Verás, mañana por la noche voy a estar libre. Estaba pensando que quizás… ¿Te gustaría salir por ahí? ¿Conmigo? –Con rapidez, añadió–: No tiene que ser nada en plan formal o serio, claro. Ni tampoco una cita. Llevamos un tiempo trabajando juntos y… No sé, no me parece mala idea.
–Rebeka, no manches , me encantaría salir contigo mañana por la noche. Rollo cita –aseguró Jonas.
–¿De verdad?
–De verdad.
Ambos quedaron en que terminarían de concretar los últimos detalles por mensaje, por lo que Rebeka volvió a casa con la misma sensación de angustia con la que había vuelto aquella tarde en la que había tratado de coquetear con el mexicano.
¿Cómo iba a explicarle a Koen, tras la pelea que habían tenido y que aún no habían resuelto, que había decidido salir en una cita con otro para huir de él?
Se pasó el resto del día fingiendo que no pasaba nada.
La mañana y tarde del día siguiente tampoco encontró la seguridad en sí misma de encararse a Koen.
Una vez más se preguntaba por qué sentía la necesidad de explicarle nada sobre su vida amorosa, ni sentirse como una intrusa al ocultarle algo que en principio no le incumbía, hasta que volvía a recordar la forma en que el chico la había mirado desde la primera vez que se conocieron.
La forma en que, incluso cuando estaban más enfadados, Koen había hecho de tripas corazón para ir a disculparse con ella como nadie había hecho antes (aparte de su hermano) o cómo siempre había sabido hacerla sonreír más que enfadarse.
–Vaya, estás… preciosa –halagó Koen al ver a Rebeka salir con la cabeza agachada de su habitación, donde se había encerrado horas antes de la cita para prepararse–. ¿Hoy se celebra algo especial? ¿Que he cumplido por una semana entera las reglas al fin?
Rebeka notó una tirantez en la comisura de sus labios.
–No. No es eso –respondió escuetamente, huyendo de la brillante mirada avellana que absorbía el dos piezas de Rebeka–. He quedado.
–¿Con las chicas? –Koen, en un intento de fingir que no podía apartar los ojos de Rebeka, se acomodó en el respaldo del sofá para coger su teléfono, excusa perfecta para apartar la mirada–. Si salís hasta muy tarde, puedo ir a recogerte con el coche más tarde.
Las mariposas comenzaron a revolotear en el interior de Rebeka.
Koen nunca usaba el coche. O al menos, lo usaba lo menos posible.
¿Lo usaría, aún enfadados, solo para que pudiera volver a casa y dormir en su cama?
–No son Carla y Demi. –Tragó saliva, nerviosa–. Es con un compañero de trabajo, Jonas. Le… Le conoces. Es el chico del otro día…
Koen se calló abruptamente.
A su cabeza volvió la imagen que tanto había luchado por eliminar de su mente. Rebeka en su puesto de trabajo. Con un hombre desconocido a sus espaldas. Dejando que la tocara como le placiera.
–¿Es así? Pensé que no erais pareja.
–No lo somos.
–Aunque puede que al final lo seáis –añadió él, antes de que la rubia tuviera alguna excusa nueva–. Me alegro por ti, Rebeka.
El tono de su voz dejaba claro que no pensaba para nada así.
–Escucha, no es… No es nada personal. Es solo que…
–Rebeka –cortó–. No me debes explicaciones. Siento cómo reaccioné la otra vez. Pero, ¿puedo pedirte algo?
–Sí. Claro.
–No quiero saber si la cita va bien o no.
Ni nada sobre ese chico. Por favor. Tampoco podré ir a recogerte, pídele a ese chico que te traiga a casa por mí.
Que lo pases bien. –Sin darle tiempo de que pudiera responder, con los puños apretados hasta que sus nudillos comenzaron a palidecer por la presión, Koen se levantó del sofá y fue a encerrarse en su habitación.
Con un solo pensamiento en la cabeza.
Rebeka quería a otro.
Él era el único idiota que sentía algo entre los dos.
Rebeka se fue a su cita con el pecho hundido. Porque era tonta. Una tonta de manual.
Jonas se había arreglado, parecía bastante contento. Pero Rebeka no pudo evitar pensar que a su lado, Koen se vería mucho más atractivo usando aquellas ropas.
El mexicano la llevó a una sesión de cine sobre la película que le había comentado por mensajes.
No era el tipo de película que Rebeka vería normalmente, le pareció un poco violenta y grotesca, pero aceptó verla por no imponer su opinión a otros.
Más tarde, escuchando en silencio todos los comentarios de Jonas sobre la película, fueron a comer a un restaurante cercano a la zona.
Era un lugar de comida rápida, un tanto destartalado.
Las luces no funcionaban muy bien y los asientos se encontraban a medio roer.
Pero Rebeka volvió a aceptarlo, se sentó y puso su mejor sonrisa mientras comía las patatas fritas de dudosa procedencia.
Todo se sentía incómodo.
Erróneo.
Jonas caminó a la chica hasta la boca de metro más cercana, pero cuando trató de agacharse para besarla como despedida, algo en ella reaccionó.
Riendo nerviosamente, giró la cabeza fingiendo girarse a mirar el reloj colgando de la estación, alegando lo tarde que era para despedirse corriendo y marcharse de allí.
La había cagado.
Porque ahora Koen pensaría que Rebeka quería estar con Jonas. Porque ella misma quería hacerse creer aquella mentira autoimpuesta. Y ahora estaba decepcionada, vacía y sola.
Sobre todo sola.