Bajo el mismo techo Capítulo trece #2
55%

Capítulo trece #2

Cuando alcanzaron a la pareja comenzaron las presentaciones.

A Zoe se la notaba tímida, realmente nerviosa, así dejando ver a Rebeka que la chica realmente no mintió ante la petición a su hermano.

La forma en que miraba a Adrian, con esa chispa entre obnubilación y esos primeros indicios de atracción, confirmó más aún que su hermano no iba a tener problemas para enamorar a la chica.

A pesar de ello, la cabeza de Rebeka se hallaba en otra parte.

Concretamente, en la persona que sonreía educadamente a su lado, con una mano descansando sobre su cadera.

Koen se había vestido un tanto informal, en comparación a los demás: camiseta negra ceñida, pantalones vaqueros azules bastante llanos y unas zapatillas blancas. Pero no le hacía falta arreglarse. Ese poco se lo podía admitir a sí misma. Porque Koen, vistiera lo que vistiese, se veía atractivo.

El problema venía en que la piel del chico rozaba directamente contra la suya.

Porque Rebeka Noster, siempre buscando un pozo en el que tirarse con un cartel en su frente chillando « BUSCO PROBLEMAS », había decidido que su mejor opción de vestuario era un vestido que no tapase ni un poco su espalda.

Estaba preciosa, ella misma lo sabía. Pero a qué coste.

Había seleccionado para la velada un vestido negro de seda fina, escote caído perezosamente en el frente y los lados del vestido anudados a su cuello fingiendo ser tirantes.

La cosa venía en que amaba ese vestido porque su espalda quedaba completamente expuesta, dando un contraste picante a su imagen.

Y aunque había dejado su pelo suelto a modo de escudo protector, podía notar la piel de Koen a través de sus hebras más que los propios latidos de su corazón.

Error suyo era el no darse cuenta de que el causante de su tensión se hallase de la misma manera.

Rebeka estaba despampanante aquella noche.

Koen tenía que morder el interior de sus mejillas para no quedarse con la mirada fija en la figura de la rubia.

Para no permitir a su mente divagar a zonas muy peligrosas que, en su estado de batalla y odio compartido como en el que se encontraban, su ego no quería permitirle acceder.

Porque por mucho que sus dedos deseasen perderse en la piel expuesta de Rebeka, Koen acabaría primero ahogado tras tragar su propia sangre al morder con fuerza sus mejillas.

Entraron al restaurante, la reserva bajo el nombre de Adrian, quien trataba de actuar como todo un caballero y contentar a Zoe. Parecía lograrlo, pues la chica reía tontamente ante sus gestos tiernos y algo torpes.

Todo parecía ir bien, hasta que tuvieron que sentarse frente a los dos nuevos tortolitos, muy próximos.

Koen tragó saliva. Rebeka se humedeció los labios. Y sus cuerpos no les hicieron caso. Porque estaban piel con piel (o tejido contra tejido), cuerpo contra cuerpo, hombro rozando hombro.

Y aunque lo intentó, al final la mordida de mejilla no sirvió de nada para Koen, pues notando los nervios de Rebeka, no pudo contener el deseo de saber si era él, su presencia y tacto, el causante de ellos.

Usando la excusa de la relación falsa, comenzó posando un brazo en el respaldo de Rebeka, casi sobre sus hombros.

Tuvo que contener una sonrisa cuando notó la respiración de la otra entrecortarse.

Siguió, entonces, con permitir a sus dedos explorar como antes hubieran querido su espalda.

Se comenzaron a mover a lo largo de su antebrazo, por su hombro, mandando una sensación de cosquilleo que bloqueó todo pensamiento racional en la mente de Rebeka.

Se permitió acercarse más a ella, rozar su rodilla contra la suya propia, posar el lateral de su muslo contra el de ella. Comenzó a juguetear con un mechón de pelo de Rebeka cuando, con cierta satisfacción, escuchó el sordo suspiro que salía de los labios de su dulce acompañante.

Quizá lo de fingir no era tan malo.

Tras pedir su orden, Zoe se puso a preguntarles sobre su relación.

Muchas respuestas las habían recibido por mensaje por parte de Adrian, así que tenían el guión aprendido de casa.

Todo parecía ir como la seda, aunque Rebeka estuviera en su infierno personal a cada roce «inocente» por culpa de su supuesto novio por una noche.

Al menos, hasta que Zoe no pudo obviar más la postura tensa de Rebeka y, con confusión, intercedió:

–¿Os sucede algo? Llevo un rato pensándolo, pero estáis algo tensos… ¿Hay algún problema?

Los tres presentes se alarmaron.

–Ninguno –contestó con rapidez Koen, poniendo su mejor sonrisa de galante–. Perdónanos si os hemos incomodado. Antes de venir hemos tenido una pequeña disputa de nada, pero se nos pasará pronto. ¿Verdad, tesoro?

–Sí –asintió Rebeka, sin darle muchas vueltas a aquel apodo cariñoso. Era por la farsa. Por Adrian y su vida amorosa. Nada más–. Es porque creo que se ha comido uno de mis yogures. Nada trascendental.

«Pequeña diabla», pensó Koen, divertido. Claro que iba a aprovechar aquella ocasión para lanzar de nuevo una pulla. Escondió una sonrisa ladeada tras su mano con una tos fingida.

–Ya veo. –Al parecer, la explicación fue suficiente para calmar los recelos de Zoe, quien sonreía con comprensión–. Podéis aprovechar el momento y daros un beso de reconciliación. Es lo que hacen mis padres siempre que les pasa lo mismo.

Tanto Koen como Rebeka dejaron de funcionar en aquel instante.

«Error de sistema: RebeKoen.exe ha dejado de operar».

–No creo que… –trato de intervenir Adrian, sin mucho éxito, pues su amigo, saliendo de su estado de estupefacción, comenzó a sonreír ampliamente.

Malas noticias.

–Eres una mujer muy sabia, Zoe –halagó, atrayendo más aún a Rebeka contra su costado, casi teniéndola recostada sobre su pecho–. Creo que tiene razón, tesoro. ¿Nos damos un beso de reconciliación? Y te compro un paquete de yogures mañana.

Rebeka giró la cabeza de tal forma que su cuello podría haber crujido antes de romperse sin sorprender a nadie. ¿Estaba quedándose con ella?

Nada más ver la satisfacción brillando a lo largo de la expresión de Koen, el reto silencioso en sus palabras, se olvidó del verdadero objetivo de la noche antes de sonreírle con dulzura.

–Es verdad. Acepto el trato.

Antes de que Koen pudiera si quiera procesar lo que acababa de decir, Rebeka acogió con apego el rostro del chico entre sus manos. Se inclinó sobre su asiento, le atrajo a su rostro y alzó el suyo propio.

Koen podía sentir que moriría de un infarto.

Y que solo se podía fijar en los labios de Rebeka. Al igual que ella solo en los suyos.

A escasos centímetros el uno del otro, un chillido interrumpió el momento.

–¡Es que son algo tímidos! –Estaba comentando Adrian con urgencia–. Mi hermana suele dejar el contacto físico para ámbitos… más privados. Eso. –Comenzó a reír con nervios, lanzando miradas de silenciosa sorpresa a los dos delante suyo.

Ellos se encontraban igual de impactados.

¿Rebeka y Koen casi se besan?

El resto de la cena fue rápida. Incómoda. Pesada. Cargada de aquellos sentimientos y pensamientos que cada día pasado uno junto al otro más se avivaban.

Nada más acabaron de pagar la cena, cada uno se fue por su parte.

Adrian se había presentado voluntario para acompañar a casa a Zoe, alegando que no podía dejarla irse sola por la noche.

En medio de su paseo, Zoe tragó aire para hablar:

–Lo siento mucho.

Adrian giró la cabeza, encontrando una arrepentida Zoe ante sus ojos. La imagen le enterneció el corazón. Mirada al frente, pero agachada. Hombros caídos. En necesidad de ser reconfortada.

–¿Por qué lo sientes?

–Porque no he sabido leer el ambiente y os he puesto a todos en una situación incómoda.

Siento mucho haber hecho que nuestra primera cita fuera así de rara.

–Soltó un apesadumbrado suspiro, sin ser consciente de que la forma de preocuparse más por Koen y Rebeka que por la farsa que habían montado, aunque a sus ojos aún creyera en ella, estaba haciendo caer aún más rendido a Adrian a sus pies–.

Ahora tu hermana debe de odiarme. El peor comienzo de la historia.

Adrian rió con suavidad. Tomando valentía, estiró la mano para envolver la de Zoe. Entrelazar sus dedos.

–Rebeka no te odia. Es más, estoy seguro de que le has caído genial –la reconfortó con un tono dulce–. No tienes de qué preocuparte, mi hermana no es de las personas que odian.

Eso era cierto.

Rebeka no odiaba a nadie. No realmente. Ni a Koen. Porque vivía ocupada odiándose a sí misma y fingir que su problema era el resto, para no tener que sentarse ante un espejo que ella sola deformaba.

–¿De verdad?

–Lo juro.

Ambos se lanzaron una sonrisa, y cuando llegaron al portal de Zoe, Adrian por fin le pidió su número de teléfono, al igual que una segunda cita. Ellos dos solos. Zoe aceptó y, con cierta timidez, se despidió de él con un beso casto y rápido en la mejilla.

Adrian se quedó mirando a la chica desaparecer con rostro ensimismado, mano en la zona donde aún sentía el fantasma de los labios de Zoe. Con un chillido de júbilo, emprendió la marcha a su casa.

Al menos una de las dos parejas acababa bien aquella noche.

Koen y Rebeka estuvieron sumidos en silencio durante todo el trayecto a su apartamento. Saltaban a cada mínimo roce, como si se quemasen el uno al otro.

Cuando llegaron al apartamento, se quedaron mirando entre sí, cada uno en la puerta de su correspondiente habitación.

–Buenas noches –susurró Rebeka, casi cohibida.

–Buenas noches –devolvió el susurro Koen, con voz grave y ronca.

Se quedaron unos minutos más, sin moverse, con la respiración contenida. Con una sacudida de cabeza, instaron a su cuerpo a reaccionar, abrieron a la par la puerta de sus habitaciones y entraron, cerrando tras de sí.

Dejando el fantasma de un nuevo deseo circular por el pasillo.