Bajo el mismo techo Capítulo trece
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Capítulo trece

Capítulo trece

Relación… ¿fingida?

R ebeka estaba enfadada.

Uno de sus yogures griegos había desaparecido.

Una vez más.

Con paso furioso y discurso mentalmente preparado, se encaminó a la habitación de Koen.

Cómo no, la puerta estaba cerrada.

Seguro que era porque se sentía culpable al robarle, una vez más, su comida.

Se había olvidado al completo de las malditas reglas.

Comenzó a llamar a la puerta con los nudillos. Incesante. Inamovible. Quizá incluso rozando el nivel de demasiado histérica por un simple yogur.

Pero es que era su simple yogur.

Cuando Koen abrió la puerta, el ceño fruncido de la rubia se asemejaba al que tenía él.

–¿Qué sucede ahora?

No le gustó el tono de voz que usó con ella. Como si fuera un fastidio más con el que lidiar. Pero no iba a admitirlo en voz alta.

–Falta un yogur en la nevera.

–¿Y a mí qué?

–Que yo no me lo he comido.

Koen bufó. Pues claro que Rebeka le buscaba solamente para discutir.

Habían pasado solamente un día desde que se había visto con Adrian, donde había confesado el aprecio infinito que sentía por la chica frente a sus ojos, cómo adoraba que le sacase de sus casillas, y lo único que habían logrado hacer era dejar el vacío mutuo para chillarse.

Espectacular.

–No he cogido nada de tus cosas desde hace días, Rebeka. La última vez fue cuando me comí uno de tus yogures, sí, pero eso solo lo hice para molestarte. Ahora mismo no siento necesidad de ello.

¿Por qué narices le hacía feliz que Koen quisiera molestarla? ¿Acaso estaba delirando y se había vuelto masoquista?

Rebeka bufó sus dudosas emociones.

–Entonces, ¿quién se lo ha comido? Nadie ha traído a gente a casa. No que yo sepa, al menos.

–No, Rebeka –respondió Koen. Comenzaba a sentir una nueva jaqueca presionar en el interior de su cabeza–. No ha venido nadie al piso, aparte de nosotros dos.

–Pues si tú no te lo has comido, ni yo lo he hecho, ¿quién ha sido, listo? Los yogures no tienen piernas para correr ni brazos para abrir el frigorífico.

–No lo sé, ¿vale? ¿De verdad crees que, estando como estamos, tendría necesidad alguna de robarte nada? ¿Para qué? ¿Para que empeoren más las cosas entre nosotros? Pues no. No me he comido tu maldito yogur.

Rebeka se quedó pasmada al principio. Luego abrió y cerró la boca un par de veces, buscando la mejor respuesta. Cuando creyó encontrarla, la puerta del piso fue abierta con un fuerte golpe. Uno que sobresaltó a ambos.

Rebeka soltó un chillido de sorpresa, saltando sobre sus pies. Koen, por su parte, abrió los ojos de par en par y, sintiendo que estaban en peligro, cogió con delicadeza la muñeca de Rebeka para tirar de ella y situarla tras su espalda, protector.

Rebeka definitivamente no estaba mirando embobada la fuerte espalda de Koen por aquel gesto.

–¿Q-Qué ha sido eso? –tartamudeó, tanto presa del pánico como buscando una excusa para no enfocarse en lo bien que se sentía tener los dedos de Koen alrededor de su muñeca, envolviendo con calidez su piel.

–No tengo ni remota idea –respondió él entre susurros, sus ojos fijos en el pasillo que conectaba la entrada con el salón–. Pero ni se te ocurra, pase lo que pase, moverte de detrás mía, ¿queda claro?

¿Era raro que Rebeka notara sus rodillas temblar más por el tono autoritario de Koen que por el miedo?

Seguro que lo era.

Mejor no pensar en ello.

–Queda claro –asintió en su lugar.

En cuestión de segundos, el sonido de pies apresurados alertaron a ambos. Rebeka podía ver a la perfección cómo los hombros de Koen se alzaban mientras estos se tensaban. Ella estaba igual, notando su respiración más cargada.

Más tarde, una melena rubia descontrolada, unos ojos azules inquietos y unas mejillas sonrojadas por el esfuerzo de la carrera se detuvieron en el salón. Mirándolos fijamente.

–Vosotros dos. Al sofá. Ahora.

Tanto Koen como Rebeka se quedaron congelados.

–¡Joder, Adrian! –se comenzó quejando la chica nada más Koen le liberó la muñeca, caminando a su hermano con furia–. ¿Cómo se te ocurre entrar así a nuestra casa, pedazo de animal? ¡Creíamos que alguien había forzado la entrada!

–¿Quién querría forzar la entrada en este sitio? –Ambos jóvenes le miraron con sincera ofensa. Adrian alzó las manos con rendición–. Tranquilos, solo bromeaba. No sabía que el piso tenía unos padres tan protectores.

–¿Qué narices es lo que quieres, Adrian? –inquirió esta vez Koen, tomando turno para encaminarse a los hermanos. Rebeka dudaba entre si seguir lanzando una mirada gélida a Adrian, o si volver a dejar a su corazón latir desbocado por causa del tono de Koen.

Definitivamente, se había intoxicado con algo.

–¿Podéis sentaros primero? Por favor. Es urgente.

Ambos hicieron caso –a regañadientes–. Tomaron sitio en el sofá marrón del salón, dejando cierta distancia entre ambos. El espacio recordando a cada uno que seguían peleados, acallando sus sentimientos que creían no correspondidos.

–¿Y bien?

–Vale. Aquí va. –Con un par de bocanadas de aire, Adrian sonrió tan ampliamente que sus músculos debían de estar agarrotándose–. Zoe me ha pedido una cita.

–¿¡En serio!? –celebró Koen, sonriendo igual que su amigo.

–¿Cómo ha pasado? –preguntó Rebeka, quien conoció de la existencia de la chica cuando decidió desviar el tema de conversación aquel día en que le llamó para ver qué pasaba entre los dos.

–Estaba en la cafetería. Pensando en… -se calló al instante, recordando que esa parte no podía contarla.

No sin exponer a Koen ante su hermana–. En el trabajo –excusó–.

Cuando Zoe se me ha acercado, pidiendo hablar conmigo.

Estaba tan guapa y tan nerviosa… Creí que lo de los sonrojos solo era cosa de vergüenza, pero en Zoe se ve como si fuera un milagro del cielo. Y…

–Corta el rollo y ve al grano.

–Sí, cierto. –Aclarándose la garganta, de un momento a otro, los compañeros de piso tenían a Adrian arrodillado frente a ellos, inclinándose como si fueran deidades a las que debiera sumisión–. Os lo ruego, necesito vuestra ayuda.

–¿Nuestra ayuda?

–¿Para qué?

Adrian alzó la cabeza. Aquel gesto culpable en su rostro mandó un temblor de pánico a ambos, quienes se miraron en silencio antes de volver a posar los ojos sobre el rubio.

–¿Qué has liado ahora? –preguntó Rebeka, decidida a dar el valiente paso de confirmar sus miedos.

–Bueno… Puede que haya edulcorado un poco la realidad sobre vuestra situación a Zoe –confesó–.

Le dije que, en fin, mi hermana y mi mejor amigo vivían juntos.

Ella se maravilló, diciendo que le parecía muy maduro por mi parte no entrometerme en vuestra relación aún siendo parte de vuestras vidas, y cuando le pregunté a qué se refería…

No he intentado quitarle de la cabeza que en realidad no sois pareja.

–¿¡Qué!? –exclamaron Beka y Koen a la par.

–¡Lo sé! ¡Perdón! ¡Perdón! Pero me dijo que se sentiría más a gusto si hubiera otra pareja en la cita, que lleva mucho sin tener una, y que le gustaría conoceros de lo mucho que le he contado de vosotros. ¡Por favor, venid a mi cita y fingid que sois novios!

–¡Ni muerta! –continuó exclamando Rebeka, cada vez más horrorizada–. ¿Quién narices iba a creerse que este idiota de aquí y yo somos nada? ¡Si antes de que vinieras estábamos discutiendo!

–Obviando la ofensa que acaba de hacerme insultándome tan de la nada –coincidió Koen–, estoy de acuerdo con Rebeka. No creo que seamos, lo que se dice, convincentes. Además, es vuestra cita, ¿por qué quiere que haya otros allí? ¿Acaso busca una excusa para no estar contigo a solas?

–Vas a hacer que me sienta fatal –regañó Adrian–.

Que yo estaba muy contento con que la chica que me gusta me haya pedido una cita.

Es nueva por aquí, ¿vale? Viene desde Illinois, no conoce a mucha gente, y se pone muy nerviosa cuando va a una cita.

La verdad es que me gustaría ayudarla un poco, ampliando sus círculos.

–No pienso ir –se negó rotundamente Beka, cruzando los brazos.

–Vas a ir –rebatió Adrian, con firmeza. Mayor que la de su hermana–. Porque llevo aguantando vuestras peleas desde hace tres años. Sin tregua. Siempre en el medio. Queráis o no, vais a hacerme este favor. Como que me llamo Adrian Noster.

Aquello los acalló. No podían negarse, no ante tan buen argumento. En realidad, se lo debían.

–Está bien –cedieron a la vez, cada uno con la mirada posada en un lado diferente del salón.

–¡Genial! Os quiero. Va a ser genial. Nos vemos mañana por la noche, le mandaré a Koen el enlace del restaurante. –Y tan pronto como llegó, Adrian dejó a aquel dúo problemático a solas de nuevo.

Esto iba a ser un dolor en el trasero.

Esto iba a salir mal. Muy mal.

Volvía a pensar Rebeka por no-sé-cuánta-vez en su cabeza, alisándose el vestido aunque este ya no contaba con arruga alguna.

Lo volvía a pensar cuando el sonido de sus tacones asemejaba el ritmo de las pisadas de Koen a su derecha.

Volvió a pensarlo cuando, a lo lejos, hizo la figura difusa de su hermano junto a una atractiva joven de piel morena y cabellos recogidos en un moño informal.

Rebeka se alegró de haberse vestido para la ocasión al divisar el vestido de la chica, que supuso trataría de Zoe, verde manzana (un tono que encantaba a Rebeka), sin tirantes, sujetado por el escote y una bufanda fina alrededor de su cuello, ambos de seda.

Su hermano, por igual, iba arreglado como muy pocas veces le había visto: camisa blanca arremangada y con varios botones en el pecho sin abotonar, pantalones vaqueros elegantes (de esos que Beka nunca creyó ver puestos nunca antes en su hermano) de color caqui y zapatos negros en común al cinturón que los sujetaba.

Resultaba hasta cómica la forma en que Adrian se había arreglado tan esmeradamente.