Capítulo doce
Capítulo doce
Amores secundarios que nacen
A drian estaba nervioso.
Esta era ya la décima vez en la que tenía que secarse las manos. Podía jurar que la tela de sus vaqueros parecía ser víctima de una lluvia repentina.
Este era su primer trabajo. Su primer gran trabajo.
Acababan de ofrecerle un contrato fijo en la empresa de desarrollo de software para aplicaciones en la que había estado como becario por unos meses.
Mucha gente solía sorprenderse ante ello.
Incluso él se sorprendía ante su trabajo.
Sus padres no tenían conocimiento de aquello. No deseaba que, tras enterarse de que su hijo «bueno para nada» en realidad tenía muchas más habilidades de las que nunca les había mostrado, le obligasen a meterse en la empresa de la familia.
Al menos, en su empresa, podría ayudar a gente para cumplir sus sueños y vocaciones. Podía hacer que personas como él consiguieran tener en sus manos el programa desarrollado para la aplicación de sus sueños.
Y, ¿a quién engañar? Jugar con códigos computacionales era mucho más divertido de lo que nunca admitiría a nadie.
Pero este encargo…
Este era su primer y verdadero encargo. El que dejaría saber si sus jefes se habían equivocado o no a la hora de ofrecerle un sitio asegurado en sus filas.
No podía fallar.
No quería.
Así que, en una desesperada búsqueda de calma sin tentaciones a su alrededor, se puso a buscar por su barrio una cafetería tranquila. Porque si iba a donde su hermana trabajaba, se conocía, y acabaría perdiendo el tiempo bromeando con ella.
Lo que no esperaba era que, en aquel lugar, Adrian Noster encontraría a la mujer más preciosa que había visto nunca antes.
Se encontraba ensimismado en la pantalla de su portátil (dado por la empresa), tecleando a toda mecha, siguiendo el compás de la música que vibraba a través de sus auriculares; cuando una voz melódica, angelical –o puede que solo exagerara porque era un enamoradizo–, se abrió paso entre la tormenta.
Adrian se quitó los cascos, colgándolos sobre su cuello. Giró la cabeza. Sus ojos se fijaron en la figura delante suyo y creyó que le faltaba el aire.
«Joder».
Ante sí, una de las que –podía suponer– camareras del local le miraba con una amable y sencilla sonrisa.
Piel morena. Cabello oscuro largo hasta sus hombros, cayendo en capas lisas sobre estos.
Ojos del mismo color que la miel, brillantes bajo la luz.
Vestida con un uniforme cualquiera, y aún así logrando tener un aire de elegancia que podía hacer babear a Adrian sin que se diera cuenta.
Sus ojos no pudieron evitarlo.
Tenía que saber cómo se llamaba.
Leyó la chapa colgada a un lado sobre la camisa de botones.
Zoe Hussain.
Un nombre precioso para una chica preciosa.
–Perdona –murmuró con la lengua trabada el Noster, dándose cuenta de que, tras la sonrisa dulce, había un brillo de incertidumbre en aquellas orbes de color meloso–. Estaba escuchando música y… No te he escuchado, perdón. ¿Me decías algo?
Zoe Hussain sonrió ahora aliviada al saber que el chico no sufría de ninguna clase de colapso mental.
–Preguntaba si ya tenías clara la orden –explicó, señalando a su alrededor–. Ya sabes, si quieres tomar café o alguna cosa.
–Ah. –¿Se estaba avergonzando? Adrian notó el calor emanar a sus mejillas–. Sí, claro. Disculpa. Mmm… La verdad es que no tengo nada pensado ahora mismo, así que… Me dejaré llevar por el gusto de la camarera. Seguro que conoces mejor que nadie qué bebidas debería pedir.
Zoe se rió por lo bajo. Y Adrian supo que le encantaba el sonido de esta.
–Entonces te prepararé un arábica, si te parece –sugirió Zoe, señalando en el menú de la mesa donde se sentaba Adrian el café en específico. Ni se había enterado de que había un menú allí–. ¿Algo para comer?
–Eeeh…
Zoe sonrió divertida ante la duda del chico.
–Déjame adivinar, ¿confías en mi veredicto de nuevo?
Adrian fue quien rió esta vez. Le gustaba Zoe.
–¿Tienes una bola del futuro escondida bajo el uniforme?
–Sí, en uno de los bolsillos de mi capa invisible. Ya sabes que las brujas no somos muy bien aceptadas por la sociedad.
–Chica lista.
Con un guiño de su parte, Zoe se marchó, dejándole solo de nuevo, para ir a preparar su orden.
Desde aquel día, Adrian comenzó a frecuentar la cafetería.
Buscando qué días aparecía Zoe por allí.
Queriendo conversar con ella. Hablaron del trabajo de Adrian, de los sueños y aspiraciones de Zoe, cómo tenía en mente un proyecto a futuro para el que se encontraba ahorrando en el que abrir un café-librería, hasta que hablaron un poco más de lo normal: sobre Rebeka y Koen, que parecían haber entrado una vez más a un punto indefinido de odio mutuo, o sobre las trifulcas en la cafetería con compañeros de Zoe.
Y Adrian lo supo. Cuando comenzó a buscar la sonrisa de la chica entre los camareros. Cuando pasaba horas en sus reuniones de trabajo deseando poder volver a la cafetería. Estaba comenzando a gustarle Zoe.
Nunca antes se había sentido así por nadie. Era torpe con ella, vacilaba en sus decisiones, y no se atrevía a dar el paso para pedirle siquiera su número de teléfono.
Se sentía patético.
Así que le tocaba recurrir a su única artillería.
–¿Por qué me has hecho venir a tu casa con tanta urgencia? –preguntaba Koen mientras se estiraba sobre el sofá para coger el vaso con refresco que Adrian le había preparado.
–He conocido a una chica.
–Vaya, qué novedad. –El sarcasmo en su réplica era claro. Adrian le lanzó un cojín que no recordaba haber comprado nunca antes, Koen riéndose en respuesta–. Vale, vale. ¿Qué tiene de especial? Siempre conoces a una chica.
–Esta chica es diferente, Koen. Se llama Zoe.
Trabaja en la cafetería a la que voy últimamente.
–El rostro de su amigo se transformó hasta formar una mueca de malicia–.
Sí, lo sé. Estoy arrastrándome por una chica a la que casi ni conozco.
Si te burlas de nuevo, te corto en trocitos y te tiro por la cisterna del váter.
–Qué específico.
–Necesito tu ayuda, ¿vale? –imploró–. Zoe es…
Es todo lo que nunca creí que podría tener.
Es guapa, inteligente y tiene proyectos a futuro.
No me juzga incluso cuando le cuento lo que todo el mundo ha pensado toda mi vida.
Está de mi lado, alegando que el rechazo de mis padres es algo vergonzoso.
Me hace sentir bien, como si tuviera valor. Pero, tío, no puedo pedirle una cita.
–¿Por qué no? –El tono de voz de Koen esta vez era empático. Logró tranquilizar a Adrian.
–Porque me da miedo –admitió–. Se merece a alguien que no venga con tanta mierda en la maleta de equipaje, ¿no crees? Solo sería un lastre.
Koen usó el mismo cojín que Adrian le había lanzado para imitar su acción.
–No digas sandeces. Eres un partidazo. Si esa chica aún no te ha echado a patadas fuera de su lugar de trabajo, significa que, aunque sea solo mínimamente, le gusta tu presencia. Estar contigo. ¿Qué perderías por intentarlo?
–Que me odie. Que se burle de mí. Que me rechace. Que me asesine con un…
–Vale –le cortó Koen, alzando ambas manos–.
Obviando que a cada segundo me das más miedo con tu amplia imaginación sobre asesinatos, deja de pensar así.
Te estás autosaboteando. Si tratas de hacer que las cosas salgan mal mucho antes de que puedan siquiera empezar, entonces esa chica no es para ti.
O, más bien, no lo eres tú para ella. Si te gusta, ve a por ello. Pero no te escondas.
Adrian sopesó sus palabras. Tenía razón. Quizá era algo adherido en los hermanos Noster, la manía de buscar que todo salga mal desde el inicio para no llevarse una decepción más tarde.
–Te ha quedado muy profundo, ¿sabes? –bromeó.
–Lo sé. ¿Vas a intentarlo?
–Voy a intentarlo– asintió–. No quiero vivir así nunca más. Zoe me gusta de verdad, y quiero que lo sepa. Empezaré pidiéndole su número de teléfono.
–Buen chico.
–Tío, que no soy un perro.
Koen rodó los ojos para mirar al techo, resoplando.
–Otro consejo, deja esta clase de bromas para la segunda cita. Eres un pelmazo.
–Yo también te adoro. –Ambos se quedaron en silencio. Adrian se quedó mirando a su amigo, mientras este llevaba el vaso a sus labios.
Llevaba un par de días con algo rondando en su cabeza (aparte de Zoe).
La última vez que habló con Rebeka para comprobar si las cosas entre los dos iban bien, su hermana le había comentado por encima que no se hablaban.
De nuevo. Cuando intentó entrar en detalles, Rebeka hizo uso de sus evasivas y acabaron colgando la llamada antes de poder saber siquiera quién era el culpable esta vez de su trifulca.
–¿Qué ha pasado con mi hermana?
Koen, que estaba disfrutando del refrescante sabor de su bebida y de cómo la gaseosa hacía que las burbujas explotaran en su paladar, se ahogó y comenzó a toser, golpeándose el pecho con una mano.
–¿Cómo?
–Llamé a Rebeka, para ver si todavía estábais los dos vivos. Me contó que os habéis peleado una vez más. ¿Qué ha pasado?
Koen se quedó mudo. Porque no quería contarle a Adrian que las dos personas que más le importaban en el mundo se habían sobrepasado por culpa de sus celos. Porque Koen mismo se odiaba por haberse sentido de aquella forma. De haber discutido así con Rebeka.
Se quedó a gusto tras lo que le dijo pero, ¿a qué coste? No se habían vuelto a hablar. Ni siquiera se dirigían la mirada. El piso ya no era un campo de batalla divertido, sino el reino de la indiferencia.
Era opresivo.
Eso no sacaba de su cabeza la familiaridad en Rebeka cuando estaba siendo envuelta por aquel chico de su trabajo.
–Nada nuevo bajo el sol. –Aquello no parecía convencer a Adrian, que le miraba con las cejas alzadas, inquisitivo.
Koen suspiró, pasando una mano por su pelo.
¿No habían vivido una situación parecida antes, en este mismo sofá?
–. Es una tontería. Otra estupidez que hace que nos distanciemos.
Y la verdad, si esto sigue así, no creo que haya forma de volver a tener paz entre los dos.
–¿Quién es el que ha explotado esta vez?
–Yo –reconoció con cierta vergüenza–. Fui a verla al trabajo, pero estaba…
cariñosa con un chico con el que trabaja.
No sé qué me pasó, ni porqué me sentí así, pero cuando volvió a casa, exploté contra ella.
Le hablé de sus prejuicios sobre mí. –Una carcajada hueca y vacía brotó de su garganta–. La he vuelto a cagar con tu hermana.
–Tampoco creo que debas culpabilizarte siempre por cada cosa que haces, Koen.
No es justo, ni sano. Puedes lapidarte cuando cometas un grave error, pero esto es reparable.
Quiero decir, habéis vivido ya, ¿cuántas situaciones así?
Y muchas de ellas las ha empezado Rebeka.
La adoro, es mi ojito derecho, la niña de mi vida, pero tengo que ser justo.
Quizá no reaccionaste de la mejor manera, pero ni tú ni ella habéis mostrado hasta ahora mucha madurez, así que ni me sorprende.
–Con un suspiro, Adrian dio un sorbo a su propia bebida–.
Deberíais comenzar a comunicaros. Apropiadamente.
O si no, acabaréis tirándoos de los pelos.
Y ya te aviso, no serás tan sexy estando calvo. No es tu look.
Koen asintió, con una triste mueca que trataba de aparentar una sonrisa.
–Sabes, siempre me lo he preguntado. Exactamente, ¿qué es lo que te gusta tanto de mi hermana?
Koen sopesó aquella pregunta. Habían habido momentos en los que él mismo se lo había cuestionado. Rebeka era solo la hermana pequeña de su mejor amigo, ahora su compañera de piso, pero siempre la había sentido como algo que iba mucho más allá.
Habían instantes, lapsus, en los que Koen comprendía que le gustaba esto o aquello de Rebeka, pero eso no racionalizaba sus sentimientos encontrados.
A veces solo era su sonrisa, otras el brillo travieso de sus ojos cuando se retaban en silencio, muchas la forma en que su ceño se fruncía cuando se molestaba, o el sonido de sus bufidos.
El olor que emanaba. La calidez de su presencia.
Que aunque le enjuiciara, hubieran veces en las que parecían entenderse como nadie más podría.
–Todo –resumió. Porque esa era la respuesta, ¿no?
Incluso ahora, estando enfadado y celoso, molesto con la chica y que otro la hubiese rozado, Koen no podía silenciar los latidos de su corazón ni cómo se suavizaba cuando sabía que sufría–.
Tu hermana es… Rebeka lo es todo. Me río con ella, me puedo librar de mis cargas.
Pero, joder, siempre que parecemos dar un paso adelante, damos dos para atrás.
Avanzamos y reculamos, pero nunca mejoramos.
»Quiero estar bien con ella. Se lo dije una vez, hace un tiempo, y lo sigo pensando. Rebeka me importa. Quizá demasiado. Quiero verla feliz. Pero hay algo en mí que… Que simplemente no puede evitarlo. Ella se aleja, o yo me alejo, y ya no sé cómo romper ese ciclo.
Adrian lo estudió. Era lo más sincero que le había escuchado decir hasta la fecha tratándose no solo de su hermana, sino de sus propios sentimientos.
Porque Koen siempre se dejaba, no luchaba por nadie, ni por sí mismo.
Pero con Beka era como si, de algún modo, algo dentro suya se avivase con determinación.
Era doloroso, saber que podían hacerse tan felices, pero que no se permitieran sanar para ello.
Al día siguiente, tomando sorbos de su ya usual arábica, no paraba de darle vueltas al tema. A las palabras de Koen.
¿Qué podía hacer para ayudarles a reconciliarse?
Sacó su móvil y buscó el chat con su hermana para hablarle:
Adrian:
He escuchado lo que
ha pasado con Koen ✔ ✔
Creo que deberías esforzarte un
poco más para darle una
oportunidad, la última ✔ ✔
Ambos sabemos que se
la merece ✔ ✔
En leído.
Su hermana no le respondió.
Adrian suspiró, derrotado. Luego sacudió la cabeza.
En quien debía centrarse no era en aquel dúo de idiotas, sino en la camarera que le había robado el aliento.
Hoy tenía que pedirle su número de teléfono.
Justo cuando comenzaba a elaborar un plan en su mente, aquella voz que le hacía temblar de pies a cabeza se abrió hueco, como aquel primer día en que la conoció.
–Oye, Adrian… –La cabeza del recién nombrado alteró su atención al completo hacia el nervioso rostro que se adueñaba de la dulce expresión de Zoe. Ella se removió, inquieta, antes de tomar aire y acoger valentía en su pecho–: Quería preguntarte una cosa.